En las visceras de la ciudad monótona
04.12.06 @ 00:23:40. Archivado en 1.5 El tema de hoy
PRIMER ACTO
TRES DE LA TARDE en algún punto de las visceras del Metro del D-efe. Casi un día como cualquier otro. Monocromático. Pálido. Tal vez sólo las cosas interesantes aparecen en la televisión. Un día como cualquiera porque siempre que abordas el metro una hueste de vendedores o vagoneros, como se les conoce, entona una opereta de mercado.
Unos venden llaveros otros cantan y aquellos de allá que promueven música en formato mp3. Entre la gente que viene parada se abre paso una señora de cabello largo cano recogido y media robusta se arrastra por el piso de estos nuevos transportes de la línea 2. Lleva sueter verde de enfermera del IMSS y vestido blanco muy sucio. Sin zapatos. Con una esponja lodosa limpia el calzado de los pasajeros.
Una señora se conduele y le da una moneda mientras le dice: "Oiga, levántese, no pida dinero así". La aludida se calla un momento y agacha la cabeza como niña regañada. Enseguida, se lanza hacía los zapatos de un sujeto trajeado. Los medios hablan de los vagoneros como si fueran delincuentes.
SEGUNDO ACTO
Siete de la mañana de otro día borroso. Sí el Metro es, aparte de ser un transporte público muy solicitado, un tianguis ambulante también posee la cualidad de mutarse en espacio apto para la teatralidad. Un violín y un juglar. Dos tipos entran al vagón en la siguiente estación; uno de ellos va vestido de negro y trae puesto un sombrero como esos que usaba Chaplin. Saca un violín maltratado y suenan los primeros acordes que se confunden con el fuerte aire acondicionado del tren.
El segundo sujeto lleva puesto un gorro de arlequín y se mueve por el espacio como si estuviese en una puesta de escena mientras declama algo que parece ser un poema o un rap al ritmo de Bach:
Sólo quedan
las ruinas
del sueño.
Al sueño,
en sí,
nunca lo recordamos.
Los vagoneros los dejan trabajar siempre y cuando usen los dos últimos carros y de Tasqueña a Ermita. "Yo estudié música pero no encuentro empleo", dice el de violín y sombrero.
¿Quién ha sucedido?
Los besos se secaron como gotas
de agua bajo el sol.
Calor, desempleo, rostros angustiados, soledad entre cientos que abordan el transporte. Durante ese trayecto la víbora metálica color naranja con blanco se desliza a gran velocidad sobre unos rieles paralelos a la calzada de Tlalpan. Ha llegado a la estación Ermita. Ellos ya no pueden avanzar. Deben regresar.
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Filemón Alonso - Miranda
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