El yonki cultural

Permalink 07.07.08 @ 03:35:45. Archivado en Misceláneo

Ayer le vi, en el metro de Noviciado. Su aspecto era el de siempre, barba de pocos días, pelo entre grasiento y engominado, pero limpio, a lo Ray Loriga, podría ser, con sus gafas tupidas de pasta. Rebuscaba entre las papeleras del metro, una a una, sin resultados. Bueno, encontró un folleto de MediaMarkt, una página rota, que se la empapuzó enterita hasta que llegó el metro.

Vi cómo se subía -yo estaba dentro- y se zampaba de una tacada uno de esos carteles literarios pegados a la pared, en esta ocasión un ameno texto de Juan Benet sobre un periodista que va a visitar, entusiasmado, a Pío Baroja, y sólo saca de éste avinagrados comentarios sobre su triste destino, de viejo escritor aún necesitado de escribir para ganarse el sustento. Eructó después y se sacó una pelotilla de la nariz.

Se acercó a mí, que leía un cuento titulado El camino, de una vieja promesa que se llama Antonio Ferres, en su libro El caballo y el hombre y otros relatos. Husmeó mis páginas sin disimulo, provocándome ese incomodidad habitual cuando me lo cruzo, a él, o otros como él, enganchados también a la cultura. Le rechacé y giré el libro en su cara, cosa que le sintió como un tiro y le hizo perder los papeles. Empezó a suplicar entonces a la gente, “por favor, aunque sea unos malos versos de Antonio Burgos, un microrrelato de Iwasaki, un artículo endomingado de Juan Manuel de Prada, una columna antitaurina, antimachista o antianoréxica de Espido Freire o Lucía Etxebarría, o de Juan José Millás metiéndose con Rouco, Zaplana, Acebes para variar, algo, lo que sea, la solapa de El juego del ángel de Zafón, por favor, que aún no he leído nada, ayúdenme, por favor”.

El personal del vagón ya estaba cansado, de él y de los parásitos de la cultura como él. Una ecuatoriana le pasó uno de esos gratuitos para el mercado latino, y lo devoró en pocos segundos, anuncios clasificados incluidos. Después perdió ya el control y le arrebató a una señora una edición de bolsillo de “La aventura del tocador de señoras”, poco antes de bajarse en la estación de Sol, dando gritos como un loco, como si corriera desnudo por los pasillos de un hotel, antes de birlarle a un jubilado Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena y a una estudiante de periodismo La insoportable levedad del ser, de Kundera.

El Ayuntamiento debería hacer algo. Esto es ya una vergüenza, un descontrol, un despropósito y así no hay que quien salga tranquilo a la calle.

No se hagan ustedes de ORANGE

Permalink 19.06.08 @ 13:20:18. Archivado en Misceláneo

Escribo este post, en el día de mi cumpleaños, bajo la enajenación transitoria de la ira que provocan las grandes empresas de telecomunicaciones incompetentes y sacacuartos. Resulta que hoy es el día señalado de mi intro-historia, ese particular día en rojo de la vida de cada uno, y que te llaman por tfno, y que llamas, porque soy del antiguo protocolo de agradecer, aunque sea con un somero, sms, el detalle felicitatorio.

Pero a lo que iba, que ya me ha ocurrido dos veces, en los meses que llevo de contrato con la naranja compañía. Pues bien, si uno supera el límite que teoricamente contrató (no recuerdo haberlo hecho), en vez de darte las gracias y enviarte una caja de bombones, te cortan la línea y te mandan un sms estresante imperando a que uno se ponga en contacto con ellos de manera URGENTE. Entonces sólo te queda la opción de pagar vía tarjeta, con la consecuente duda existencial sobre la posibilidad de ser víctima de un "phising" telefónico, y que con tus números de cuenta están pagando una conexion vitalicia a Adultsexfriend.com.

Total que pago y callo, como es habitual en el consumidor español, y me quedo tranquilo porque al menos mi móvil vuelve a moverse. Pero al día siguienete, el de las celebraciones, me encuentro que vuelve a joderse el móvil de los cullons. Entro entonces en una desesperante espiral de departamentos de cobro, servicios de post-venta, gabinetes técnicos e hilos musicales en bucle, capaces de inspirar guiones tan grandes como el de Un día de furia.
Entonces mi tono se vuelve agresivoide con el inocente personal de Orange, mientras me van pasando de terminal, previa repetición, eso sí, de mi DNI, dirección, edad, número de teléfono y por poco filiación política y sexual.

Entonces sólo hay lugar para el desahogo y, ya que tampoco es plan de cebarse con los pobres teleoperadores -aunque algo ya les ha caído-, siempre queda este islote bloguil para soltar un poco ira tamizada en palabras. Lo decía ayer una colega periodista, demasiado afín a la queja: "No hay que guardarse las cosas malas dentro". Para todo lo demás, Mastercard.

Domingo en Ramses

Permalink 28.01.08 @ 02:16:38. Archivado en Misceláneo

Este domingo mi tía y mi prima me han invitado a Ramses, uno de esos sitios cuya rutilancia se comenta desde provincias, entre la gente que está enteradilla de qué es in y qué no lo es. Está en la plaza de la Independencia, donde la Puerta de Alcalá, Madrid.

He llegado con esas pintas de resaca dominical de pelo mojado y despistado, y por poco no me dejan entrar. El personal receptor me ha mirado con desconfianza, y me han preguntado como tres o cuatro veces que qué quería, y qué donde iba a comer, si había reservado, y no sé qué más. Me han hecho sentir como la amiga puta de Julia Roberts en el hall del hotel de Pretty Woman. Luego han caído en que yo tenía mucha más clase que ellos, y me han conducido hasta do se encontraban mis parientes, comiéndose el orgullo por esa errónea presunción de ordinariez con que me habían tratado. Les he ignorado con la más acusada de mis indiferencias, por supuesto.

Del lugar me ha llamado la atención esa decoración entre blanquinegra cebril, con toques yo diría que góticos, de película futurista a lo Gattaca. Me he sentado en una silla rococó pero más bien estándar, mientras que tía e hija permanecían introducidas como en unas carlingas que les envolvían toda su proporción corporal. Me he pedido un Mary Blood, que era como un Bloddy Mary pero con otro nombre, y la verdad es que estaba fuertote, y no he podido con él. Porque el Bloody Mary tiene además una vida muy corta, en cuanto el hielo se convierte en agua, y el cóctel en una piscina sangrienta con sabor a gazpacho soso.

“La decoración es de Philippe Stark”, me informan mis familiares, mientras uno de esos camareros con poca vocación de servicio nos ofrece un risotto con boquerones y almejas y calamares, muy rico. Luego le han servido a mi tía otra copa de Möet Chandon, y entonces sí que he visto por primera vez el brillo del lujo, con su distancia sobre el vulgo, el clamoroso encanto de la burguesía. Han sido un par de fracciones de segundo, pero el plano, el fotograma visual, ha merecido la pena. El plomo del cuello de la botella del champán, dorado, brillo entre la oscuridad de cebra reinante, que regalaba unos destellos lujosos, vivos, sublimes, me han hecho disfrutar de la imagen como el pintor hiperrealista que no soy. Ese ha sido el momento sublime de ese brunch más lunch que breakfast al que me he sido amablemente convidado, con mi moderada resaca a cuestas. Y he apreciado el valor del lujo, como cosa excepcional y lúdica, que no como hábito, pose o, mucho menos, pretensión.

Después he ido a mear, porque en este tipo de sitios siempre hay que explorar los servicios, y he descubierto que eran unisex, cosa que en el fondo a mí no me gusta, por aquello de que las trastiendas de la digestión y sus sonoridades no me gusta airearlas intersexos. Después de la micción, me he aproximado a esa suerte de lavado amplio y espacioso, y no he conseguido lavarme las manos, porque no había manera de que el surtidor surtiera efecto, y agua. Ponía las manos debajo y nada, y me sentía inútil y observado, con una música alta y glamourosa de fondo. He salido por esa puerta faraónica con cortinajes a ambos lados y, ya por curiosidad, le he preguntado a un camarero que cómo coño funcionaba el gripo. “Hay un pedal”, me dice. Un pedal que yo había pisado de todas las maneras, muy por cierto.

Y la sesión de pedorrería barrisalamanquesa matritense ha concluido del modo más egregio posible, nada menos con la presencia de doña Letizia Ortiz, principesa de Asturias a la sazón. Iba de incógnito, acodada en la elegante y blanca barra de la parte de abajo, acompañada de lo que creemos que era su hermana. Llevaba unas grandes gafas de camuflaje, unos pantalones que no ocultaban su extrema delgadez y unas Nike muy modernas. Los camareros la miraban sin mirarla, hechizados por esa aureola de monarquía clandestina y atrayente que de pronto imperaba en el local.

Hemos salido, y le he lanzado un saludo popular desde el otro lado del cristal. No he podido evitar esas ganas de hacer el ganso en plan simpático mientras nos mezclábamos alegremente con la gente, con el sol de Madrid, con la calle Alcalá, contentos de ser plebeyos y libres, con el brillo del Möet aún en la retina, difuminándose sin traumas.

Para que yo me llame Ángel González

Permalink 12.01.08 @ 11:27:24. Archivado en Misceláneo

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

Hasta siempre

Cuando te joden o pierden algo

Permalink 28.06.07 @ 02:04:30. Archivado en Misceláneo

Algo se te muere en el alma. Es un golpe, un trauma, que ahí queda. Sobre todo por la impotencia de no poder expresar tu ira como Dios manda, a limpio grito, con agitación airada de puños, mesamientos de pelambrera hasta parecer Doc regresando del pasado y así. Cuando te joden o pierden algo que es tuyo, se te genera un triple malestar: el de la pérdida irreparable, el de la impotencia en los desahogos por no hurgar más en la herida del perdedor/jodedor de cosas ajenas, y por el mal rato que pasa el pobre desgraciado, que sabe que debe pedir perdón, y lo hace, pero en voz baja y empequeñecido.

Ayer me dice esto Latinajo de Híspalis: “Tengo que decirte algo un poco desagradable”. Y después me suelta que me ha perdido 2666, el libraco aquel de Roberto Bolaño que me preocupé en su día de hacerme regalar. Quería tener esa primera edición, en plan coleccionista, porque sabía que era un libro diseñado para intentar colarse en 6 de julio a las 12 abigarrado de talentos que es la Posteridad. Lo leí en sus 3/5 partes, que no está nada mal teniendo en cuenta que son más de mil paginicas, y que Bolaño tiene su cosa pero que acaba siendo un “mago de un solo truco”, como dijo un crítico en Babelia. Lo leí en un tiempo bilbaíno, muy para leer a Bolaño, con esa sobriedad ahumorística que recuerda a ciertas negritudes de la ría de Bilbao, que de noche y en el invierno húmedo imponen lo suyo. Mi amigo Latinajo no me previno lo suficiente, pensó que podría reponer el daño ocasionado con una visita rápida a la FNAC, mas no. Podrá paliar el salchucho, pero ese libro ya no existe y, bueno, que se le va a hacer, pues a joderse.

En estas perjuicios ajenos siempre digo que hay que extremar el tema de las disculpas. Pedir perdón hasta cansar. Hace un tiempo un compañero me descuajeringó mi cámara de fotos digital, y se hizo básicamente el sueco, hasta que luego le exigí la reparación no del aparato, sino de mi dignidad echada a perder. No es que fastidie tener que pagar tú el cacharrito que equivale al sueldo de un becario, sino que no se te haya respetado lo suficiente el honor. Porque cuando destrozan algo que es tuyo hay como una tendencia natural a sentirse atacado en lo más íntimo, como si te estuvieran llamando gilipollas. Como si alguien te cogiera de la cartera dos billetes verdes y los tirara a la hoguera. Al final es lo mismo. Hay que redoblar los perdones. El bien en sí es lo de menos si el infractor no tiene la delicadeza de asegurarte que te repondrá lo que haga falta y esas cosas que se dicen en esos casos.

También me deformaron las gafas hace poco, en un salto mal calculado de Sahsi, cuyo grácil cuerpo fue a parar sobre mis lupas de diseño. Ay, cómo me dolió aquello. Qué hacer. ¿Berrear mi ira por la fractura del único objeto que uso todos los días y que me sirve para ver bien y que además me ve todo el mundo por qué está colocado justo en toda la cara? Pero me dolió más por tener que enfadarme con ella, con el mundo más bien, por algo que en el fondo es una nadería. Decidí tragarme el iracundo albodigón y me sentí algo más hombre digamos. Quien supera esas pequeñas putaditas puede aspirar a conquistar imperios, a ser más libre, quizá ese sea el lado bueno de todo esto, aunque en general prefiero que no me descojonen mis cosas, gracias.

Reivindico mi derecho a no elegir

Permalink 22.06.07 @ 02:32:33. Archivado en Misceláneo

Quiero ser un ser sumiso. No poner en entredicho mi natural determinismo cada vez que asalta una duda existencial: salsa gaucha Musa o curry con piña marca Heinz. Mis sesiones en el supermercado son cada vez más largas, y me provocan una mezcla de placer, altivez, sensación de libertad, de poder, a la par que una rara desazón y tembleque de rodillas, lúcida certeza del no poder nunca abarcar todo lo expuesto en los tentadores lineales. Dice algo sobre esto el gran periodista Manuel Chaves Nogales, en sus Narraciones Maravillosas:

Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada vez que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción insignificante de lo que poseen.

Oh, el drama de la libertad. La angustia es el vértigo de la libertad. El exceso de reflexión conduce a la inacción. El otro día me llegó una de esas cartas del banco que se rasgan con desgana, un poco por si acaso, más que nada. Me proponían no sé que tarjeta llena de ventajas y posibilidades adquisitivas. Decida cuánto quiere gastar cada mes y los plazos que más le convengan. ¿Gastar cada mes? ¿Cuánto gasto cada mes? Ni lo sé ni me importa. El dinero es un guarismo abstracto al que conviene tener un poco descontrolado, a su aire, como a un hijo problemático, sin prestarle demasiada atención pero sin perderle de vista. Destrocé automáticamente aquella pésima estrategia de MK directo: la virtud de la elección ha pasado de moda, ya no se lleva, señores publicitarios, ha muerto, ¡debe morir! El eslogan de ‘tú decides’ está más demodé que el saxofón, que las hombreras de Ana Torroja, que las camisetas de Iron Maiden, que los chicles sabor sandía, que las mochilas Mistral, que Jaime Urrutia, que ayer cumplió 49.

Estamos cansados de decidir. Cada día decidimos demasiadas cosas, queremos, yo al menos, gozar de la posibilidad de la escasez, o de una moderada oferta de yogures, por favor. El otro día me senté con Sahsi en un rutilante japonés muy para ese tipo de gays de provincias que se pirran por los colorines y todo aquello que huela a cosmofashion. Uno de esos con una cinta transportadora de minirraciones crudas y un poco mustias de comistrajos nipones, que se ven pequeñitos y se intuyen más caros quel copón. Aquello era un ir y venir de racioncicas coñazo, con nombres como de títulos de crédito de Super Mario BROS 3. Le pedí la carta a uno de esos camareros melifluos y de nacionalidad difusa, esperando que allí hubiera una oferta más o menos acotada, con la menor opción posible, pero no.

Nos largamos.

Esta noche he vuelto a cenar con Sahsi, esta vez en Méjico, La Mordida, calle Segovia, Madrid. De nuevo, la obligación de elegir se nos ha impuesto, como en una tiránica democracia participativa y tolerante. Tras varios minutos sin recibir las cartas, hemos colegido que los tablones de la pared con nombres platos escritos a tiza de colores debían de hacer las veces de carta. Y hemos acertado. Tacos, fajitas, enchiladas, refajitas, guacamoles, revainitas al queso azul, jalapeños al punto de cruz, chile temotliclán a las cuatro especias de Chihuahua, y así. Le pedimos unos tacos con no se qué, y para empezar una ensalada de nopales, así por experimentar. El pinche camarero wey nos aclaró que los nopales son la planta del cactus. Y en efecto, la jodida ensalada era un blandurrio cactus con aspecto de alubias verdes de la Rocha y cuatro doritos haciendo comparsa. Sabía a jabón y nada, como a queso fresco de Burgos y Heno de Pravia. Y la textura, no sé, entre pulpo y gomaespuma humeda.
Reclamo, imploro, exijo al sector alimenticio, hostelero y publicitario a que reduzcan al mínimo nuestra posibilidad de elegir, y que nos dejen disfrutar en nuestro tiempo de ocio. ¡Viva el menú del día, la tarifa plana y la moderación en la oferta láctea refrigerada!

Eutanasia cucarachil

Permalink 31.05.07 @ 02:20:09. Archivado en Misceláneo

Todos los lingüistas saben que eutanasia significa algo así como buena (eu) muerte (tanatos). Eu, es bueno. Eugenio: bien nacido; eufemismo: que suena bien. Por eso, ciertos vascos con chándal de domingo lo usan mucho para saludar a sus vecinos: ¡eu! Como diciendo, te deseo un ¡bien! general, buen día, buena tarde, buena digestión de la alubiada de Tolosa. Por eso, aunque sobre esto no hay consenso entre la comunidad académica, Euskadi empieza por esas dos letras benefactoras, pero esto ya es entrar en cuestiones que no nos atañen.

Yo quería hablar de cucarachas. Ayer soñé con ellas, soñé que me encontraba una por mi calle y la llamaba Gregor Samsa, y me costaba imaginar en ese cuerpo tieso y almidonado a un empleado alienado por la sociedad individualista europea de principios de siglo. Pero así es la literatura, capaz de eso y más. Quizá mi subconsciente esperaba la llegada de las cucarachas que en los albores del verano salen a la superficie, y corren alocadas cuando sienten un más que probable aplastamiento humano. Esto nos debe hacer pensar sobre el instinto, y su transmisión entre las diversas generaciones de cucarachas. ¿Cómo y cuándo aprenderon que el hombre —y la mujer— son capaces de aplastarlas? ¿En qué resorte de su minúsculo y pusilento cerebrín está registrada la orden que les hace huir despavoridas ante la inquietante presencia androide? Esta misma noche lo he experimentado. Me he acercado a una de ellas, he tamborileado los dedos sobre el duro suelo, y ha salido pateando que es gerundio la tía.

Hace poco hice un reportajito sobre fauna urbana: ratas, palomas y cucarachas. Hablé con un jefe de servicio de limpieza del Ayuntamiento de Ciudad Real. El hombre me dio una visión totalmente nueva de estos bichos. Renovó mi opinión sobre ellas, me hizo descubrir una conducta humana, mansamente humana. Daba gusto oírle hablar, pues hay mucho prejuicio sobre los animales, y demasiado menosprecio. Me contó cómo durante el invierno viven bajo tierra, en los saneamientos, en el alcantarillado. El frío no les sienta bien. Pero el calor achicharrante tampoco, así que cuando llegan las apreturas del verano, gustan de salir a refrescarse al anochecer, como esas parejas maduras que pasean después de cenar con un helado de nata en el típico passeig Maritim de agosto. “Salen a colonizar nuevas zonas, a explorar…”, decía el experto. Me reveló ese aspecto curioso, juguetón, de las cucarachas. Desde entonces me caen mejor, puedo decir que las conozco, aunque sea un poco.

Hoy, al volver a casa por la noche, ya digo que me he encontrado con algunas de ellas. He visto a las más audaces, a las Juan Sebastián Elcano de su colonia. Tres o cuatro. Una ya digo que ha puesto tierra de por medio en cuanto me he acercado en plan sir David Attemborough. Luego me he encontrado con otra, pero ha sido en un estado levemente dantesco. Un reguero de baba que terminaba en su cuerpecillo hacía pensar en lo peor. Me acerqué con actitud de Grissom y noté que aún mantenía las constantes vitales. Una de sus patas se movía aún, como parpadeando. Estaba en una esquina de la calle, como una puta apaleada e impagada. Sin duda alguien había cometido un cucarachicidio, pero se había quedado a medias. El bicho sufría, era evidente. Dudé si dejarlo allí, agonizante, desangrándose, o estamparle ese desagradable pisotón que incluye el igualmente desagradable crackcrack. Me armé de valor, y decidí acabar con el calvario del desdichado insecto aventurero. Crackcrack. Ya pasó, me sentí mejor, el mundo recobró la paz, el silencio. Después, metí la llave en el portal pensando en mi firme convicción en la eutanasia, y en cómo la cucaracha agradecería sin duda ese gesto firme y decidido de acabar con su lenta agonía callejera. Su muerte, pues, no fue en balde, sino un sacrificio redentor. DEP.

Observación politónica

Permalink 14.05.07 @ 14:56:04. Archivado en Misceláneo

Hoy no sólo nos define el color de nuestros ojos, el olor de nuestro perfume, ora Pachuli, ora Christian Dios (escuché esto a un gitanako en un mercadillo ciudadrealeño), ora llanpolgotié. Tampoco las diademas que algunas chicas se calzan en la cocorota, con alegres calaveras, o esas pulseras de cuerda que gasta ahora Aznar y que proliferan en cierto pijismo, muy amante de colocarse esas pulseritas para darse un aire de malote de barrio de Salamanca. En esto de las apariencias no hay que olvidar su capacidad para el engaño. Bro me habló de un compañero suyo del cole, pringao de necesidad, que al terminar el bachillerato se hizo jevitorro. Su agudo dictamen es que detrás de esas camisetas de Metallica e Iron Maiden con olor a Axe se esconden almas melifluas, incapaces de eructar en la cara a un monaguillo.
Yo, por principio, desconfío de quien se ‘maquea’ demasiado. Algo trata de compensar, no sé, no sé.

Pues bien, aparte de todo eso, que ha existido siempre, ahora tenemos también las melodías de los móviles, que vendrían a ser de dos tipos: Personales e impersonales. Entre las impersonales habría también una subdivisión, porque la elección que se haga de la mimma implica cierta implicación personal. Sólo diré de ellas que la mayoría elige las más chungas, todas me suenan como a locutorio peruano de Bravo Murillo.

Y en el apartado de las personales, dentro de ese gran campo de libertad que es la personalización, hay más. Dijo Enrique Bunbury en una entrevista que la libertad hoy día se limita a las carcasas de los móviles y que son pocos quienes trazan con verdadera libertad su propia deriva. Ojo. En este punto, en lo tocante a politonos personales, digamos que también desconfío. Sobre todo en ciertas gentes de aire taciturno, a las que una inoportuna llamada de la prima del pueblo echa por tierra su trabajado rictus de persona madura, con el Riders on the storm, de The Doors, o el Ave María de Andrea Bochelli. Que la canción en sí puede estar bien, oiga, pero macho, que es un teléfono, coños.

En mi lugar de trabajo, son habituales esas interrupciones melódicas que le provocan a uno cierta vergüenza ajena, que dura unos cuantos tonos. Está uno de Julieta Venegas, qué lastima pero adiós, me despido de ti, que pena, adiós. Luego uno que me resulta especialmente incómodo, por lo deprimente de su mensaje: Je n’ aime pas travailler. Otro que me enerva es el silbido aquel de la peli Kill Bill, que además no acaba nunca, sobre todo cuando la persona solicitada está en el baño. También están los estruendorosos, una irrupción de sonido a todo decibelio como si de un amplificador Marshall de los grandes se tratare. No sé cómo puede caber tanto ruido en una cosa tan pequeña. Ah, y también está ese de Héroes del Silencio, con el antes citado Bunbury con su inconfundibles meandros vocales.

Y es que así no se puede trabajar, oiga. En la Ordenanza de Convivencia y Civismo de ciertos ayuntamientos deberían incluir un apartado referido a móviles y sus excesos. Pienso ahora en uno al que yo no enviaría del todo al paredón, que hasta me gusta cuando suena. Son unas pocas notas, agradables como la pielecilla de los percutores blancos del piano. Tinaninaniiina… Cheers. Es el único que no me parece estridente, ni llamativo. Y ej que un móvil comunica mucho, demasiado.

Mala leche

Permalink 01.02.07 @ 17:53:44. Archivado en Misceláneo

Mi último descubrimiento sobre mis propios hábitos cotidianos ha sido el descubrir la vida sin cafeína ni teína. Aceptarla sin esos estimulantes está siendo para mí toda una sorpresa, sobre todo cuando uno comprueba como desaparece la ansiedad. Las colas del DÍA, los trayectos del metro, el relojito del Windows, todas esas esperas de las que un día aquí se divagó, se hacen menos intensas, nos oprimen menos el pecho, dejan de ser un final countdown hacia inexistentes patíbulos.

Es admirable como una pequeña sustancia puede modificar tanto el curso de los días, cambiar la consideración que uno tenía incluso de su mismo, la mente y el mundo. Porque ahora resulta que ciertos pensamientos no se arrebujan entre sí como en un txupinazo paralímpico, y que uno puede atender una conversación sin estar sometido a un constante y molesto zapping mental, convirtiendo el ocio en una paliza para el body. Porque el café, y el té, pueden llegar a dar sueño. Espolean tanto a las neuronas, que éstas acaban por darlo todo, y parecen esas secretarias eficientes, que a la vez son madres, deportistas y presidentas de su beligerante asociación de vecinos. Al final, después de tanto frenesí, el coco acaba pidiendo su dosis de sueño, y pueden ser las siete de la tarde.

Por todo ello, casi me he quitado del té, del té con leche, como un día me deshice del café. Por eso, tampoco me afecta tanto ese reciente estudio que ha demostrado que la leche anula los beneficiosos efectos del té. (El té negro mejora significativamente la capacidad de las arterias para relajarse y dilatarse, dice el artículo.) Yo no sabía nada de esto, que el té fuera beneficioso para nada, más que como un excitante de segunda categoría (porque también están los que dicen que el té es más estimulante que el café, cosa que me niego a aceptar). Y, bueno, ya que tomas una cosa, siempre es preferible que cuide tu organismo, y tal (véase el éxito de los actimeles, activias, etc. Ya nadie come por comer). Me pregunto qué harán ahora los millones de teinómanos de la Gran Bretaña, si seguirán tomando el té con el hilillo de leche, o progresivamente la irán suprimiendo, como un enemigo anticardiovasculante contra el que luchar.

Recuerdo un mes que pasé en la calle Saint Lukes, Road, 46, de Bournemouth, Inglaterra, en una familia, cuyos nombres eran John (no estoy seguro), Angie, James, Samantha y Steven. El padre, mientras veíamos un partido de Wimbledon antes de cenar a las soleadas seis de julio, me ofrecía un té calentísimo que yo aceptaba. Descubrí entonces que el té y la leche eran compatibles, como el whisky con cocacola o el melón con jamón. Recuerdo también que tenían uno de esos productos farsa del telemárketing, el magnetizador, o imantador de las aguas, que los consumidores cándidos colocaban en el grifo, para luego beber felices y sanos. ¿Cómo beberá el té esta familia a partir de ahora. ¿Con leche o con mala leche?

Noticia de un secuestro

Permalink 31.10.06 @ 19:28:41. Archivado en Misceláneo

Ayer entré fugazmente en un diario digital y leo: Roberto Vila, secuestrado en Gaza. Pensé en un primer momento en un amigo, Carlos, que comparte el mismo apellido. No seguí leyendo, y no leí que Roberto Vila era de Orense, como este amigo, ni leí tampoco esa descripción personal que dedicaba un periódico a su perfil: “Un hombre tranquilo, culto y preocupado por los demás”. Como el amigo del que os hablo.
Al poco me llama Porfiri Petrovic Durruty, y me dice que el secuestrado es hermano de Carlos, Carlinhos, y la noticia de carácter internacional, de cuestiones geopolíticas en el conflicto palestino – israelí cobra de pronto proporciones no ya locales, sino personales.

La política toma enseguida otro color, salta de los periódicos a la realidad, cuando has conocido a esa persona que está ahora secuestrada, aunque fuera un breve y formal apretón de manos. Cuando uno conoce a los padres del preso, su casa de Orense —esa ciudad donde las fuentes dan agua caliente—, todo queda de pronto muy cerca, y entre otras sensaciones, sobreviene una reconciliación con la sociedad de la información, y esa sobreabundancia de noticias parece ahora poca. Entonces, se valora toda esa cobertura como un servicio impagable y todo parece quedar unido por un tupido mando de solidaridad sin fisuras.

Me dice Porfiri que Al Fatah y Hamás han condenado el secuestro, y me choca el hecho de que me importe las decisiones o manifestaciones de esos grupos políticos tan remotos, tan ajenos. Por suerte, el rapto se queda en un susto para la familia, casi más que para el propio protagonista de la aventura, quien reconoció que hasta se echó un sueñecillo esperando el previsible feliz desenlace. Una aventura que duró siete horas, que acabó bien, pero que podría no haberlo hecho, pues el mero hecho de estar en ese foco de conflictos es un riesgo de por vida. Pienso ahora en un libro que escribió su hermano Carlos, en gallego, titulado Alén da aventura y entiendo todo un poco mejor. Lo podrá contar sí, como también todo el trabajo que hace al frente de Asamblea de Cooperación por la Paz, una ocupación de esas que le dejan a uno con complejo de parásito humanitario.

Velada mágico/onírica/literaria

Permalink 23.10.06 @ 16:48:37. Archivado en Misceláneo

Los directores de fotografía de los sueños no son predecibles. A veces emplean unos filtros difusos y envolventes, como de gasa, y crean esa pátina clásica de los mundos oníricos. Como el que imaginamos tras el peaje lisérgico que nos contó Jesús Ferrero, haciendo oral lo que nació para ser digital. Otras veces, la luz, el ambiente de los sueños, es más nítido, y nos sorprende mucho esa nitidez, y esos escenarios definidos, claros. Pasa entonces que los directores artísticos no derrochan recursos, y el sueño tiene un realismo sobrecogedor, a la vez que algún elemento distorsionado, más agudizado, distinto, que hace del sueño sueño y no realidad.

El acto literario que celebramos el viernes en la biblioteca de Yamaguchi tuvo mucho de sueño, de sueño real. Quizá mi condición de “joven pluma” aspirante a premio, con esa tensión que te pinza la nuca, influyó en que viera todo como una serie de fotogramas en movimiento. Cuadros visuales que juntos conforman la realidad: estaba acojonadito.
Justo después del donoso escrutinio del que salí favorecido, cuando hubo que levantarse y hacerse fotos, pude ver al público selecto allí congregado, y todo cobró el aspecto de uno de esos sueños cuya verosimilitud te hace dudar un poco de todo. Porque era raro veros allí a todos, y muy estimulante. Estaban Noj, Bro, Molusco, Cuca, Fonso, Blanca, el padrino Eduardo y su hermano Javier, talentudo intérprete de nuestra Historia con mayúscula, Jeru, Manolo, Porfiri Petróvich Durruty, Gabi Pavlóvich Hiperia y su complementaria Ruth, Rosa y su elegante presencia y abrigo y varias caras más de reconfortante visión.

Entretanto, no pude apenas retener nada del fértil discurso de Ferrero. Me acuerdo ahora de algo que dijo sobre el acto de escribir como un hecho no masturbatorio, sino tendente a la cópula, a la acción de darse al otro. No diré tanto como que aquello fue una cópula coral y mística, pero sí que tuvo mucho de velada mágico/literaria, sin egolatrías fules, de Encuentro, como las cervezas que nos pagamos después en el contiguo Gallipot con las otras “plumas”. Thanks.

La enfermedad de los sentimientos

Permalink 05.10.06 @ 17:04:38. Archivado en Misceláneo

Hoy podría ser un buen día para que usted se sintiera triste. Más que nada por que es el Día Europeo de la Depresión, y es bueno solidarizarse con todas las causas. Quizás haya también un Día Mundial de la Euforia, y todos vayamos por ahí exultantes y besuqueándonos. Frivolidades al margen, hoy me he levantado con una entrevista de Luis del Olmo a un especialista cuyo nombre no recuerdo, que ha dicho cosas como que en España hay cuatro millones de afectados por la depresión.

La ha definido como la enfermedad de los sentimientos, que afectan al estado del yo, que se encuentra apocado, venido a menos, con dudas de todo, miedo al presente, y sobre todo al futuro. Eso no lo ha dicho el médico, del porvenir jodido, lo decía Miguel Sánchez-Ostiz en uno de sus diarios. Ese ver el horizonte negro, cargado de incertidumbres, de desasosiegos por la noche, de no tener tu sitio, con el culo entre dos sillas, tanto que desaparecen las ganas de luchar contra ese destino descorazonador que para el deprimido es el futuro.

El doctor ha hablado de cuatro causas, caldo de cultivo de la depresión: factores hereditarios, neurológicos, de carácter y luego algo así como circunstanciales, o ambientales, no recuerdo, vamos, los aspectos externos de la vida, que te despidan de un trabajo, que tu novia te deje. Vemos, por tanto, que queda muy reducida la parcela en la que poder atacar la “nube negra” mediante nuestras propias armas, poniendo de nuestra parte, leyendo a Jorge Bucay, tomando mucho omega 3, bebidas de soja, manteniéndonos activos, haciendo el amor y riendo a mandíbula batiente. Si el bajón te visita un día porque sí, no hay nada que hacer más que esperar que pase.

Lo decía otra especialista que conocí este verano, María Jesús Mardomingo, al respecto de la depresión en niños y adolescentes. La mayoría de los pacientes con intentos de suicidio (la “complicación” más importante de la enfermedad de la depresión) presentaban niveles bajos de una sustancia al parecer mágica: la serotonina. Habló también esta mujer sobre los riesgos del otoño en personas con baja serotonina: los tendentes a la depresión sufren más en los meses de octubre y noviembre, en lo que se conoce como “depresión estacional”. Contó el caso de una chica joven que se tiró por el puente de la M-30, pero por suerte no murió. “Se rompió todo menos la cabeza”, recuerdo que dijo sin atisbo de morbo.

Supongo que cuesta asumir nuestra dependencia a la química. Uno puede haber construido solidamente el andamiaje de su vida, con los mejores materiales y arquitectos, para ver como todo se derrumba lentamente una mañana, producto de la alumisosis, ese cemento con fecha de caducidad. Serotonina, esa es la responsable de nuestra felicidad, qué simple es todo, a veces. Quizás algún día la administren por ahí, un chute y listo, a ver.

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