
25.08.08 @ 00:50:57. Archivado en En el Moleskine
En homenaje a Bro, que me sugirió este alegre experimento sobre la tristeza, ahí van unas aproximaciones hacia esa cosa melanosa que nos encoge el alma de vez en cuando. La primera es del antípodo que llegó un domingo, por su regreso a Españñña. Ongivenido!
La tristeza es volver cuando otros se van, o que unos se vayan cuando otros vuelven, o que los que vuelven tal vez no vuelvan a irse, o que los que se fueron tal vez no vuelvan.
Triste como una carnicería un sábado por la tarde.
Triste como una corrida de toros en San Fermín txikito. Con sirimiri. Y Paquiro. Y Gamocho.
Triste como los Juegos Paralímpicos.
Triste como un septiembre sin ningún fascículo que montar, ni ninguna empresa que emprender.
Triste como un matrimonio de vacaciones en Marina D'Or.
Triste como el barrio de San Juan -de Pamplona- un domingo de colegio.
Triste como el Segundo Ensanche -de Pamplona- un sábado por la tarde.
Triste como el tendero -Mambrú- del quiosco de la Taconera, un sábado o domingo por la tarde.
Triste como la tarde del 1 de enero: mal comienzo de año.
Triste como San Sebastián cuando pierde la Real.
Triste como ciertos empleados del peaje, que no dicen hola ni adiós.
Triste como un bocata, mustio y seco, de jamón, de Pransor.
Triste como mear en una estación de servicio de Ciudad Real.
Triste como la Atención al Cliente.
Triste como un Gracias por su visita.
Triste como que te digan: ¡qué aproveche!
Triste como una de esas ensalasadas sin aliñar, con huevo duro de yema gris.
Triste como un camarero, de luto y blanco.
Triste como una mediana.
Triste como un ambientador.
Triste como la información de tráfico de Anselmo, el locutor triste de la DGT.
Triste como tres tigres.
Triste como un terrario.
Triste como los osos polares del zoo de Barcelona.
Triste como un delfín (deprimido).
Triste como el agua de un canario (entre rejas).
Triste como una cuarta cuerda -Re- de la guitarra rota (aliteración).
Triste como el metro de París en noviembre por la mañana.
Triste como el metro de Londres en noviembre por la mañana.
Triste como el túnel del canal de La Mancha, en el solsticio de verano.
Triste como la Fosa de las Marianas, con una piedra pómez al cuello.
Triste como atravesar la Patagonia con un cd de Paulina Rubio en el coche.
Triste como el funeral de un conocido.
Triste como una casa sin alfombras.
Triste como ciertos pueblos de Huesca.
Triste como un mercado municipal.
Triste como un post sin comentarios.
También disponible aquí.
|
20.12.07 @ 01:50:08. Archivado en En el Moleskine
En estos días de diciembre se me sube al ánimo de una manera casi cuantificable, si es que hubiera gramajes del optimismo y la no-melancolía. Siento que vuelvo a esa vida frívola sin remordimientos que tan bien sienta al cuerpo. Como cuando éramos pequeños y creíamos que las cosas del telediario eran sucesos extraordinarios en plan ¡Esto es increíble! que padecían una serie de desgraciados con mala suerte.
En el periodo que va del 17 al 21 de diciembre, aprox., siento una especie de bienestar del calendario que no sé muy bien a qué razones obedece. Me pasa casi parecido con las (o los) antípodas de ese punto concreto del año, el del solsticio de verano, del 17 al 21 de junio. Como si fueran puntos extremos de esa tabla de medir la vida que son los años, periodos más reconocibles que otros, yo qué sé.
Primero hay una atmósfera, en estos días de diciembre, que no se aprecia en otras épocas del año. Como si el aire se volviera más denso, pesado, por un frío que ya llega sin timideces, colocándonos ese rictus duro del invierno, y forzándonos a andar a buen ritmo, dando por buenas bufandas, guantes y demás accesorios tópicamente invernales. Se agradece por fin –perdón por la extravagancia- un frío de esos de verdad, de los que jode en la cara, y que nos acerca a los interiores de las casas con la mirada: alabanza de interiorismo noruego. Se agradece porque sabemos que su duración es finita y hasta vemos este frío como una evocación de los inviernos de nuestros abuelos, una cosa quasi exótica. Al menos aquí en Madrid.
También me gustan estos días de diciembre porque lo que tienen de prolegómeno. Y si uno es amante del asunto navideño, que lo es, pues resulta que todo es como un gran jueves, un gran adviento reconcentrado en pocos días, un gran hacerse ilusiones sobre fechas previsiblemente afortunadas. Mis días navideños se superponen a los de otras navidades, de otros años, y hay como un humus de felicidad infantil abonada que yo diría que es casi indeleble, sale a la luz y hace su trabajo él solo, barnizando todo de una extraña y discreta felicidad burguesa como de Segundo Ensanche, con perdón.
Así que ante esa previsión de días refocilantes de comidas familiares, cenorrios varios, copeos jacarandosos y consumismo sano o insano, el espíritu se tonifica. Son unas vacaciones en sentido estricto, aunque se trabaje. No puedo evitar que se extinga del todo esa cosa que se ha venido a llamar espíritu navideño, y se apodera de mí, lo siento. Entonces, claro, en estos días de diciembre, tan prefestivos, justo lo contrario al mortífero 7 de enero, pues hay como alegría o así. Porque, luego, una vez empieza la cosa en sí, sea Navidad, un viaje a Ámsterdam, o un helado de pistacho, el final está más cerca, y entra la angustia de la finitud, tan habitual en el ser humano. Y ya estamos casi pensando en su conclusión para disfrutar todo con la distorsión edulcorada de los recuerdos. Sí, porque en cuanto los niños de San Ildefonso cantan el Gordo, ya se ve a lo lejos el final de la Navidad, ya estamos en el tobogán y no podemos hacer otra cosa que dejarnos llevar hacia abajo y esperar que vuelvan otra vez estos días de diciembre, por que la imaginación, esa herramienta de crear recuerdos futuros, es siempre más jugosa que la realidad.
|
06.12.07 @ 14:50:34. Archivado en En el Moleskine
En esta mañana de dormir mucho y bien he sido interrumpido por el sucio sonido de una tos tabacosa, febril, áspera, perruna, pastosa, profunda, quejumbrosa, herrumbrosa, de mi compañero de piso, que por cierto jamás lee estos textos, como tantos otros amigos míos contemporáneos.
Me ha venido entonces a la mente toda una sinfonía de toses o tosidos familiares, de indeleble huella en mi archivo sonoro, en mi filmoteca personal de sonidos inclasificables pero que se clasifican, y he reconocido muchas de esas tosificaciones tan incómodas para el que tose y para que las oye. Toses de esas como de suegra, con lengua gorda que acompaña la tos con animal tendencia ergonómica, y profusión de esputos y salivajes tan invisibles como infectos.
Cuando dejé el tabaco, cada día me apetecía fumar siete veces, o setenta, y me alegraba ocho veces de no hacerlo, u ochenta. Aún me pasa. Como anoche, en un minipiso madrileño que parecía neoyorkino, del NY de los setenta de las pelis, con ese fuma-fuma alegre de los invitados, despreocupado, colmado, en un círculo perfecto de los vicios: copa, charla, pito. Deseé siete, setenta veces, fumar. Más viendo el nuevo diseño o pakayín de los de Lucky Strike, que es como una cajetilla que se abre por los dos lados, y divide los cigarritos en dos compartimentos, con la de posibilidades que supone para el celoso fumador, coleccionista de placenteros hábitos para acrecentar, si cabe, el placer de fumar. Hoy, al levantarme, con las toses domésticas de mi co-locateur, me he sentido el vivo retrato de la salud.
Quizá de viejo, cuando ya no tenga más ambición que superar un día más vivo, y atufar a mis nietos con moralina alcanforada que ni yo mismo me creeré, vuelva a fumar. Este hecho puede revelar que realmente nunca dejé del todo de fumar, si es que se puede. Como nunca dejamos del todo a nuestras novias, si es que se puede, y siempre nos planteamos volver con ellas, en algún momento de este viaje no tan largo que es la vida.
Puede que por eso, quien sabe -las razones de la razón no entienden de razón-, me quité de lo del tabaco. Porque un día vi caer a los de mi lado como moscas por el sistemático acto de meterse nicotina entre pecho y espalda. Porque oía sus toses de ultratumba, como una orquesta de pulmones exhaustos, que ganaban terreno a la enfermedad, a la muerte.
No sé si volveré a fumar cuando mis músculos no obedezcan mis estimulantes órdenes mentales, cuando mi cabeza sea una biblioteca desordenada de papeles emborronados de autores en esperanto, puede que sí. Tendré entonces una tos ferina matutina agradable, un ir entrando en la muerte acompasado, feliz, a su debido tiempo, y me alegraré setenta veces siete de haber llegado hasta allí.
|
20.11.07 @ 14:03:55. Archivado en En el Moleskine
Hoy voy a pegar un poema, de Pedro Salinas, que he encontrado en el blog de Rafael Reig. Tiene ese algo alcanforado de universidad americana de los cincuenta, desde los ojos de un español, pero al margen de estilos, tiene su aquél. Quizá es que hoy estoy algo febril, la poesía llega palabra a palabra, sin mezclarse las letras en sí, sin los conceptos disparar a otros muchos, como unos fuegos artificiales desordenados aunque fértiles. No se vive mal febrilmente, algún día pedalearé sobre ello.
-Pedro Salinas:
Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida ?¡qué transporte ya!?, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
|
18.11.07 @ 15:41:33. Archivado en En el Moleskine
Hay palabras que no existen en determinados idiomas, con la limitación conceptual que eso conlleva. En francés, por ej, no existe la palabra rato, pero sí el concepto espacio temporal indefinido. Así que tienen que emplear fórmulas forzadas, como “dans quelques minutes” que, está fuera de dudas, tiene mucha menos fuerza expresiva que la contundente rato.
En el español o castellano, en castellañol, vamos, no existe, que yo sepa, la traducción de lo que los franceses quieren decir con soir. Ese periodo de la nocturnidad en el que el personal está despierto, y haciendo cosas, sobre todo sociales, fiestas, cenas, veladas (que viene de vela), asistencias a teatros, a operas, a operetas, a conciertos sacrosantos, a zarzuelas bufas. Todo eso y más pasa durante la soir, que los diccionarios traducen con frustración terminológica como “fin de la tarde, noche”.
Habría que inventarse, pues, una palabra para esa franja horaria tan intensa innominada, yo propongo decir suar, y tan contentos. Ayer por la suar paseamos por los soportales de la plaza del Castillo y pensamos en Ángel María Pascual.
Y es que la suar da para mucho, para mucha definición del espacio psicotemporal que envuelve nuestros días y las sensaciones que dentro se regurgitan. A mí siempre me ha parecido un tiempo raro ese, sobre todo cuando cae en sábado, especiamente, sí. El sábado suar se mueve entre dos polos, el de la botella más bien vacía o más bien llena. Depende del plan que uno tenga para la noche-noche, para que esa mudanza botellil del ánimo tienda a uno u otro de los extremos. Si a uno le motivan las siguientes horas, verá el mundo como un lugar amigo y con gente simpática e integrada. Si sus siguientes horas van a ser un tibio coñazo de runruneos varios, el cosmos se tenirá de melanos a puntapala, de apocalipsis de distintos tipos y medidas, y la gente nos parecerá fea, boba, odiosa y más feliz y afortunada que nosotros.
Por eso suelo temer esas delicadas horas del sábado-suar, en que la muchachada se aprovisiona de litros de alcohol que luego correrán por su venas, venas integradas en la corriente pelotoniana de la levedad nocturna. Son horas algo estridentes, de cuadro expresionista alemán, sobre todo en otoño, cuando los metros se agolpan de griteríos excitados de los fascitas, antifascitas, fachas, fachitas, antifachitas, pijos con la tontería en la lengua, góticos con bolsas de Carrefour, minifaldas con cabeza, metrosexuales agresivos de Parla, con clónicos pelos hacia arriba, con gomina barata, y actitud de roit-weiller a duras penas reprimida.
Más vale, pues, disponer de un horizonte favorable en ese tiempo puente hacia la noche que la suar, para sobrevivir anímicamente a esas tensas pero intensas horas.
|
30.08.07 @ 20:39:36. Archivado en En el Moleskine
Esta tarde he pasado por la librería del Reina Sofía, que está muy bien y te reconcilia con España. He visto varios libros interesantes, como suele pasar, y me he llevado uno de Fernando Luis Chivite, navarro y escritor, cosa posible, ojo, y de la que existen pruebas fehacientes y felices. Insomnio se titula, y es el último premio Café Gijón, que a mí me sonaba que se titulaba Oh, mirad esas lápidas, pero se ve que no. Husmeando me he encontrado con ese Georges Perec al que llevo tiempo siguiendo la pista (y eso que palmó hace veinticinco años) y su famosa La vida: instrucciones de uso, que de libro de autoayuda no tiene nada, que yo sepa. Sería bueno leerlo, ya que estamos, antes de que sea demasiado tarde, aunque con eso de las instrucciones ocurre que no nos gustan del todo, a mí al menos. Compro un móvil y leo las cuatro cosas básicas del manual, pero luego apetece más investigar alegremente, en plan náufrago celular. (Y luego pasa que del móvil no conocemos ni la mitad de sus maravillosas prestaciones, pero bueno.)
Decía que de Perec andaba tras un libro titulado Je me souviens, en español Me acuerdo, y así lo he visto en la librería del Reina Sofía. He abierto el susodicho libro y he leído algunos de sus recuerdos:
- Me acuerdo de Lee Harvey Oswald.
- Me acuerdo del algodón de azúcar.
- Me acuerdo de cuando descubrí que “cowboy” significaba “vaquero”.
… Y no me acuerdo de más.
Así que se me ha ocurrido seguir la idea perequiana, y plantar algunos de mis propios ‘me acuerdos’, y animar a mis cinco lectores y hacer lo mimmo, si es que tienen el día evocador.
- Me acuerdo de que el primer rascacielos que vi fue el de la Torre Madrid, en la plaza de España.
- Me acuerdo de la cara ensangrentada y polvorienta de Ceaucescu.
- Me acuerdo del insípido sabor de las piedras del colegio de El Tenis.
- Me acuerdo del txantxigorri de Torrens, particular magdalena proustiana.
- Me acuerdo de "mamaluju", anagrama de los cuatro evangelistas que nos enseñó mnemotecnicamente don Enrique en catequesis.
- Me acuerdo de que mi madre cogió una cajetilla de chicles Chiclets Adams en Dulces Unzué, me la dio, y me dijo: “Esto es robar”. (No nos atendían y se hacía tarde..)
- Me acuerdo de preguntarle a mi madre por qué me acordaba de mi propio nombre.
- Me acuerdo de que no respondió nada.
- Me acuerdo de los olmos muertos como un Stalingrado negro en el paseo Sarasate en una mañana morada de invierno.
- Me acuerdo de la primera vagina que vi en el Penthouse hurtado de Don Vecino: primerísimo primer plano.
- Me acuerdo del misterioso vecino literato y su sinfonía de nombres cultísimos en francés en aquel libro que cayó en mis manos: Literatura, amigo Thompson.
- Me acuerdo de tirar papeles incendiarios por el patio.
- Me acuerdo de las pelusillas grises del bolsillo del uniforme del colegio.
- Me acuerdo de que Ben Johnson se dopó en Seúl.
- Me acuerdo de la mascota del mundial de Méjico, y su sombrero mejicano.
- Me acuerdo de una bebida previa al kas y a la fanta, de cuyo nombre no logro acordarme.
- Me acuerdo del primer libro que leí: El mago de Oz, en esa colección naranja de Alfaguara.
- Me acuerdo de Dalí en una camilla, viejo y despojo de sí mismo.
- Me acuerdo del gua que había antes de la cocina, y de cómo pensaba que estaba allí a propósito, parte del mobiliario lúdico de la casa.
- Me acuerdo de los parquímetros con forma de remo que había en el paseo.
- Me acuerdo de los regalices de una pela.
- Me acuerdo de mis primeros recuerdos, y de cómo me gustaba recordarlos, como si fueran parte de una frágil colección.
...
|
17.07.07 @ 02:24:07. Archivado en En el Moleskine
Hoy en El Escorial, en San Lorenzo de El Escorial —que así se llama el pueblo creado tras la construcción del monasterio en honor al santo parrillero— hacía un desapacible frío veraniego. Nadie está preparado para esté tipo de días, y todos hacemos como que no nos damos cuenta, contenemos un poco la respiración, pasamos de puntillas por esta fracción efímera del calendario, nos hacemos los locos, no comentamos, no opinamos, sobre esta anomalía meteorológica. No tiene que ver nada con el cambio climático, no. Hoy entrevisté a un experto en cambio climático que además era ciego, pero tenía un aguda visión de futuro, de los riesgos y peligros de la no-acción, y de las oportunidades de montarse en el tren del cambio, el climático. Llevaba un curioso traje blanco con tupidas rayas azules, y un pelucón dorado de gran tamaño. ¿Quién elige el vestuario de los ciegos, qué criterio siguen para lograr su propia singularidad, si no pueden comparar, mirar, elegir, imitar?
El día de hoy, nublado, podría ser normal en el estío gallego, o en uno de esos veranos que imagino normales en Dinamarca, o países del bienestar que apenas conozco, en donde los termómetros ni aprietan ni ahogan. A veces pasan rápido, con el día, y la carga nebulosa se disipa y si te he visto no me acuerdo. Otras, no muy habituales, por suerte, la acumulación de nubes se instala horizontal y paralela al suelo, como un asfalto blando y opresor, y los días pasan y se pierden, porque un verano sin sol es un verano perdido. Hablaba Hemingway en París era una fiesta de las falsas primaveras parísinas, gélidas y chubascosas, nada floridas. Recuerdo un verano, el de 2002, como un más que falso verano, un verano absurdo, provocador, inverso, asqueroso. Vino además precedido de una primavera incómoda, gris también. Veía pasar cada día desde la ventana del castillo de Arazuri, donde trabajaba en labores de aprendiz de artistilla de circo marketiniano, de mico de feria publicitario, con la desesperanza de otro jodido día más vencido por unas nubes coñazo, inmóviles, tercas, oscuras, pardas, parcas.
Estos días descolocan a uno, como este 16 de julio, cumpleaños de Miguel Induráin, por cierto. Sin embargo, no dejan de ser un aviso de la falta de lógica del universo, al que confundimos con un jeroglífico descifrable, con nuestra mente periodística que exige explicaciones simples. Porque el misterio no entra, no cabe, en las páginas de un periódico, ni las rayas azules de la americana del ciego, tan encriptadas, ni los días fríos de verano, que parecen ocultar una respuesta un si es no es inquietante, estremecedora.
|
25.04.07 @ 01:05:01. Archivado en En el Moleskine
Juraría haber colgado un post que ahora no existe. No sé si ha sido fallo mío, del editor, o que mi mente me ha jugado una mala pasada y se ha inventado esa acción que no he cometido. Entonces, definitivamente habré entrado en el reino de la locura, en el que la memoria introduce elementos inventados, y uno juzga cosas que no ha hecho, y recuerda cosas que no ha vivido, y opina sobre aspectos que no ha leído, ni conoce, pero que cree que sí. Qué mal rollo da pensarlo. Sí, vale, habrá sido un fallo técnico, como el de Ana Rosa Quintana, pero siempre hay lugar para esa siniestra duda. Como juego macabro, desde luego, achanta un rato.
El caso es que decía, que con motivo del ya pasado Día del Libro, me pidieron un cuentecillo los de Diario de Noticias que tuviera que ver con García Márquez, sus ochenta años de vida, y sus cuarenta de éxito literario postCienAñosDeSoledad. Y saltándome un poco las libérrimas normas del Estatuto del Blogger que yo mismo inventé, allí va el microrrelato en cuestión:
Pescaditos y dinosaurios
Cuando despertó, los pescaditos de oro todavía estaban allí. Augusto Monterroso había leído Cien años de soledad mucho antes que tú. El propio Gabo le pasó el manuscrito, un montonazo de folios color gabardina con manchurrones de café entre las líneas serpenteantes de Macondo. “Léetelo, y me corriges las erratas”, le sugirió. Monterroso se tragó aquel legajo de un tirón, desatendiendo sus quehaceres cotidianos. No regó un ficus cingalés que ofrecía una sequedad vergonzante a las visitas. En ningún minuto miró la hora, ni pensó en antiguos amores; no se escrutó ante el espejo, ni hurgó en las concavidades de sus orejas de arrecife. Tampoco pensó en atracar ninguna frutería, ni pegar a ningún padre, ni ocultar datos a ningún oscuro revisor de la luz. Sólo quiso con toda su alma superar la obra de ese sudaca con ínfulas cervantinas.
Aquel día algo nublado de mediados de los sesenta, vivió un siglo de soledad en una misma jornada, y se sintió como más acompañado, pero preso de una envidia endecasílaba.
Años después, le encargaron una conferencia sobre García Márquez y su capital obra. Su mente, aguda e incisiva antaño, le recordaba ahora al inmenso y cimbreante trasero de una criada de la niñez. Evocó entonces la obra del colombiano, y sólo una imagen le asaltaba: los pescaditos de oro que el coronel Aureliano Buendía producía mecánicamente, náufrago en Macondo, robinsón afeitado que construye para no desvanecerse.
Los pescaditos. Sólo de eso se acordaba. “Qué cosas”, se dijo, antes de estirar la pata en su piso mejicano, con una amplia sonrisa malsana. Pensó antes en el puñetazo en el careto que le propinó Vargas Llosa a Gabo el 12 de febrero de 1976. Y en los pescaditos. Él, Monterroso, con tan sólo una magistral línea, a lomos de su dinosaurio, había conquistado el parnaso, la eternidad, al margen de nobeles y demás zarandajas.
|
20.04.07 @ 00:16:44. Archivado en En el Moleskine
Es un mes que cantan mucho los argentinos, supongo que Gardel, no recuerdo dónde, pero sobre todo Calamaro:
Te quiero pero te olvidaste abril
en el ropero...
Un día caí en que el abril de esa mitad del mundo es justo lo contrario al nuestro, una especie de mes vuelto del revés, un calcetín temporal en donde la primavera se vuelve otoño y el verano invierno. Sobre esto se ha escrito, pensado, teorizado, ensayado, poemizado, versado, versioneado, divagado, pedaleado y compuesto poco. Pienso de repenete en unos versos del archicitado por estos pagos Ángel González (mi cultura poética es pírrica, como se ve, perdón, quiero decir, mínima), que dice de este modo:
Cuando es verano en el mar del Norte,
Es invierno en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los baladros soleados arrastran por la superficie del Pacífico sur bellas bañistas.
Sostengo que no somos conscientes de la sincronía de las estaciones, creemos vivir en un invierno o veranos expansivos a todo el globo terráqueo. A mí al menos me pasa, y supongo que no seré el único.
Pero dejadme que os hable de abril, ese mes tan misterioso copado de resonancias sevillanas, y nombres de fragancias creadas por esos dos diseñadores que se acaban de casar. Es más que eso abril, porque no se deja definir tan fácilmente. La primavera es un verano con accidentes, dijo uno. Pues vale. El caso es que abril es cada año distinto, porque el calendario lunar del que depende la Pasión de Cristo acarrea un mes que no se parece nunca al anterior, en un desorden calendarístico que descoloca a los entomólogos del paso ordenado de los días. Eso lo hace más atractivo, claro.
A mí casi siempre me pasó inadvertido, como una antesala, un pasillo, unos metros cuadrados inútiles de los que no existen en los pisos madrileños, hacia esos triunfantes mayo y junio. En esos dos meses, en Pamplona (pongamos el chip Arazuri), la heladería italiana abría ya sin timidez, y anunciaban sus helados “especiales”, como aquel de yogur de manzana o el de kiwi. También había unas exóticas vitrinas con elementos italianos, cuando Italia aún nos parecía exótica, como la relación de los ganadores de los Giros. Nunca supe si esos italianos heladeros lo eran de verdad (que sí que lo eran), puesto que nuestro intercambio comunicativo no era el suficiente para descubrir un acento revelador. Uno de pistacho de una bola. Aquí tienes. Gracias. Abril era una primavera sin tómbola de Cáritas ni el runrún presanferminero e intimidatorio de finales de junio. Un mes rebelde y mutante, al que quizá infravaloré. De pronto, uno lo redescubre, agazapado como estaba en la vitrina de los meses de complicada definión.
Hace poco sentí que me daba un poco igual el tema de las gamas cromáticas de la primavera, incluso hice el cambio de hora con gesto seco y rutinario, como diciendo, “sí, sí, muy bien, venga, venga”. Me enfrenté al calendario como un soporte de los días y las horas, como un continente funcional de la vida. Luego me preocupé por esos síntomas y, por suerte, logré curarme, y escuché un cuarteto de cuerda con esa sonoridad especial de la música en primavera (es sabido que los violines suenan mejor en primavera). Ahora, si me roban el mes de abril, al menos me daré cuenta.
No todos pueden decir lo mismo.
|
14.01.07 @ 22:37:48. Archivado en En el Moleskine
Sin duda este post le parecerá a más de uno de un mariobenedettismo subido, pero hoy no lo puedo evitar. Me he levantado almizclado como un tulipán caramelizado de lapislázuli garrapiñado. O algo así. El caso es que yo tenía una grabadora de estas digitales de periodista modenno y dinámico, en la que guardaba unos poemillas que recitó Ángel González en los dos últimos veranos en que dio con sus huesos de posguerra en los cursos de El Escorial.
Tenía que hacer hueco para entrevistar a un delegado de Hacienda que me contaría los detalles de una reforma fiscal que reducirá las retenciones en las nóminas una media, ojo, del 4,6%. En pocos minutos me esperaba el afable hombre de bien para desbrozarme todo aquel galimatías tributario que se me atragantaba por la mañana como uno de esos jeroglíficos quasi egipcios de los periódicos. Mientras repasaba mis cuatro conceptos torpemente aprendidos con la mejor de mis intenciones, procedí a borrar archivos desfasados de la grabadora, en una cafetería ciudadrealeña en la que pides un té con leche y te sirven leche con té. Y no sabes si la culpa es tuya o suya.
De una primera tacada me cargué ese que empieza con Ayer fue miércoles toda la mañana, por la tarde cambió, se puso casi lunes. Luego fusilé el de Todos ustedes parecen felices, para guillotinar poco después aquel inventario propicio de lugares para el amor. La tecnología se alió en mi contra mientras la pata coja de la mesa me pringaba mi mesa de trabajo de un té tibiorro. Por la tele salía un ecuatoriano hablando de manifestaciones, lemas y pancartas, y Pepa Bueno con su expresión de ojeras bien disimuladas por el tapaídem.
Una punzada me perforó levemente el alma cuando descubrí mi autoexpolio lírico. “Al menos he salvado uno”, me dije, ese de Muerte en olvido, tan breve y certero. Lo guardé como un tesoro de bits sonoros, que jamás se borraría de sobre la faz de la tierra. Pero algo volví a toquitear mal, que el poema en ciernes desapareció, se lo llevó el viento, se fue, voló, murió, se perdió. Quise automáticamente presionar un enorme control+Z que por ningún lado existía, y me entró como una pena pequeña y profunda de la que ni Pepa Bueno, ni el ecuatoriano, ni el Delegado de Hacienda me resarcirían.
Al menos había salvado uno, el del campo de batalla, que no estaba mal, pero que no era ese. Traté de consolarme, pensando en que siempre podría volver a recordarlo, a leerlo por ahí. Luego descubrí que quizá ese olvido del que habla el poema no se produciría tan pronto como pensé, y que a lo mejor tardaría en llegar muchos más años de los que creía. Esto ampliaba entonces mi margen para seguir existiendo, para no ser aún ese hombre oscuro, torpe y malo en que pensé que podría convertirme.
|
16.09.06 @ 18:14:37. Archivado en En el Moleskine
Ya ha llegado ese tiempo serio de cazadoras de entretiempo, y de chicas con los hombros cubiertos. Aún quedan algunas que se resisten a volver a la indumentaria monjil y tapada del invierno, y lucen carne de gallina cuando el viento gris barre el verano para adentro.
Los calcetines necesitan más tiempo en el tendedor que hace pocos días, la exposición a las nubes nubladas no es suficiente alarga el proceso de secado. Llega el momento, también, de asumir el nuevo estado de cosas y sacar el mullido edredón de su refugio de naftalina.
Pero no todo es tan sencillo en este septiembre. No es un cambio de escenario tan rápido, una puesta de sol de esas aceleradas de los documentales de La2, sino un lento fundido interestacional que te deja un poco el culo con al aire. Me recuerda en cierto modo a esa peliaguda fase en la que el cangrejo ermitaño decide que su tradicional casa se le ha quedado pequeña, y debe buscarse otra. Se le queda el cuerpecillo desnudo, desprotegido, a merced de depredadores malotes y con hambre.
Una etapa de transición en que hay buenos propósitos de futuro, mucho espíritu de coleccionable y de hacer la tarea todos los días. Un espíritu encomiable, sí, siempre que los depredadores pasen por alto tu jugosa carne de rojizo crustáceo. Siempre que armemos bien nuestro nuevo habitáculo, y no se agriete como una goma de Milán demasiado viajada.
|
01.09.06 @ 12:58:57. Archivado en En el Moleskine
Hacía el ecuador de la calle, me entró un deseo de aventuras, de que allí pasará algo más o menos memorable, o al menos mínimamente literaturizable. Vi a una familia sentada en un coche a la puerta del Hotel de Suède en un conato de apuros, que decían en francés: “¿Vamos al hospital?”. No llegó a mayores. Al poco una señora que se parecía a la Castafiore de Tintín paró su coche a mi paso: “¿Es usted del barrio?”, me inquirió. Le dije que no, pero que no se preocupara, tenía L’ Indispensable, el callejero más apretado y completo de los que se venden en París. Buscaba desesperadamente, en semisollozos, la rue Las Casses. Le debí inspirar poca confianza, porque arrancó su Renault en el momento en que localizaba la solicitada calle, sin tiempo a proporcionarle mi salvadora información. Allí acabó mi principio de aventura, y con ella mis quijotianas intenciones de provocar al azar.
>> Sigue...
|
:: siguientes >>
|