
Amigos,
Me voy, qué lástima pero adiós. Es curioso el concepto de ubicación en Internet. Es infinito pero prieto. Hay de todo, pero alcanzable a golpe de url. Por eso, y entre otras cosas, he decidido montar mi propio hogar cibervirtual pixelado en otra parte, ya que las hipotecas en Internet cotizan siempre a cero, siempre que pagues tu conexión, y a mí con Tele2 últimamente me va bien.
Creo que en pocas cosas en la vida habré sido tan constante como en el blog. Desde hace cuatro años, en que descubrí el asunto este gracias a mi hermano Bro, y me cree uno en Blogia, he sido fiel, con algún que otro periodo de leve desatención, a la escritura de textos bloguísticos. Esto tendrá pronto su recompensa en un formato libro, pero no adelantemos acontecimientos.
Ir gastando vida supone también definir tu modelo y voy viendo que el mío va cogiendo forma propia. Que me relacionen sólo conmigo mismo es una máxima que aspiro ir cumpliendo. Pero no es tanto por lo que digan los demás, sino por lo que se dice uno a sí mismo.
Podréis seguir leyendo estos textos pinchando aquí. Ya no volveré a escribir en Periodista Digital, así que me despido de los blogueros de esta Blog_Zone en la que, a decir verdad, hacía vida de efímero huésped. Entraba, depositaba y salía.
Suerte, gracias y espero reencontraros por aquí:
http://elnaufragodigital.wordpress.com/
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¿Dónde estabas tú a las 7.39 de la mañana del 11 de marzo de 2004? ¿Y a las ocho de la mañana -hora de Nueva York- del 11 de septiembre de 2001? Todos recordamos qué hacíamos en esas dos fechas negras del calendario de la Historia reciente y todavía estamos aquí para contarlo. Mientras realizamos acciones agradables, cotidianas, ligeras, pueden estar sucediendo escenas horrendas, infernales, de rostros carbonizados, vertebras rotas, pulmones aplastados y cráneos partidos. La realidad supera a la ficción, mientras muchos de nosotros leemos el chiste de Forges o nos miramos al espejo como quien mira un cuadro, un autorretrato efímero.
De muchas de esas tragedias ni nos enteramos. (El diablo se llama luci...dez) Pasan mientras jugamos a la Play Station o eternizamos la consulta de los bienes del frigorífico, con las pocas posibilidades gastronómicas que ofrece la mezcla de esos productos que amenazan con pudrirse. Mientras pensamos si huevo o salchichas, se sucede la matanza de Srebrenica y 8.000 personas desaparecen de la vida.
Es una reflexión manida ésta, pero que carga con su dosis de desasosiego. A las 14.30 del 20 de agosto de 2008 me tomaba (tomábamos) una caña en Carboneras, provincia de Almeria, bajo un sol suavizado por unos toldos. Nos trajeron la clásica tapa, que ésta vez consistia en cuatro pequeñas cigalas, dos por cabeza. Me dediqué a observar a la familia de enfrente, tres franceses de esos con aire de asiduos al cámping, de un mutismo agresivo, incómodo, y de esa vulgaridad turística que luego llena nuestras cajas registradoras. Ella, en cambio, de pronto se puso a leer Le Monde, mientras padre e hijo, con un aire entre asiático y hawaiano, miraban torvamente a la nada.
La caña entraba como sólo la cerveza rica y fresca, con su extraña dosis de elementos adictivos, sabe hacerlo. No sirven bien la cerveza en Almería, pero daba igual. Placer veraniego de los sentidos y también ese morbo voyeur de observar una de esas deprimentes familias de tres, y saber que uno no se embarcaría en proyecto similar ni por asomo. Sensaciones a fuego lento, lánguidas caricias de agosto, mientras en Madrid 153 personas mueren al unísono, con gritos despavoridos ante un accidente que trunca la vida del modo más violento imaginable. A los que se van, y a los que se quedan.
Arden los cuerpos, se desfiguran los rostros, se deshacen las narices, se estampan los uniformes contra los cuadros de mandos, salen despedidos como muñecos de trapo personas que antes leían, como nosotros, el chiste de Forges, y se regodeaban de felicidad ante los venideros días en la costa canaria.
Cuesta asumir realmente la tragedia, aunque no nos afecte directamente. El horror también forma parte de la vida en la Tierra y, en su miseria, nos recuerda que existe, cada día, su contrario, en una dosis abrumadoramente, descomunalmente, más generosa y abundante, aunque a veces cueste creerlo o la rabia nos impida verlo así.
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Lo dice Franco Battiato es una de sus más recientes canciones, que da también nombre a su última película: Niente è come sembra niente è come appare perché niente è reale. Nada es como lo vemos, nada es como parece, porque nada es real. Ni siquiera este artículo, que parecería un artículo sobre Mayo del 68, y esto es todo menos otro artículo sobre el manido tema.
En Mayo del 68, paradigma de revolución estática, que hace temblar los cimientos de la sociedad para dejarlos como están, aquellos estudiantes de chaqueta y buena facha –nada que ver con los ripiosos revolucionarios perrofláuticos de hoy día–, proclamaban esos eslóganes que luego se hicieron tan famosos. Sí, aquello de “Imaginación al poder”, “Prohibido, prohibir”, “Sed realistas, pedid lo imposible”. Es cierto, no hay artículo sobre Mayo del 68 que no cite algunos de esos lemas entre revolucionarios y poéticos. Sólo podrían haber surgido en París, estaréis conmigo. Pero éste no es un artículo sobre aquel periodo de vino y rosas y Sorbonas en funciones.
Una de esas proclamas estudiantiles era la de “Bajo los adoquines, la playa”. Porque en esas de las manifestaciones convocadas por los líderes estudiantiles, a las que luego se unían los sindicatos y sus trabajadores con reivindicaciones concretas, la poesía agresiva se convertía en violencia poética: coches volcados, semáforos arrancados, lunas rotas, adoquines por los aires. “Bajo los adoquines, la playa”. Treinta años después París instalaría toneladas de arena junto al Sena, y los parisinos sacarían sus tumbonas y su crema Vergasol para jugar a ciudad costera. Pero eso es otra historia.

El arrancamiento continuado de adoquines, esos adoquines poco menos que dieciochescos, descubrió al Daniel Cohn Bendit de turno que ahí debajo había una sustancia terrosa, húmeda, mullida, sobre la que descansaban esos adoquines que llevaban allí cosa de siglos pegoteados.
El joven revolucionario tipo, borracho de proclamas que tampoco entendía bien, asqueado, eso sí, de una sociedad rígida, aburridoide, basada en un capitalismo sin esperanza ni alternativa, descubrió que había playa, o algo parecido, bajo los adoquines. Que se podía dar la vuelta, cual calcetín, a esa sociedad tan monolítica se les plantó en cara como la única posible. En Berkeley, California, epicentro del hippismo, ya habían dado con ello, y descubrieron que bajo los adoquines existía el budismo, la filosofía oriental, el sexo sin compromiso, drogas reveladoras y así.
Ese fragor excitante no duró mucho, y el personal acabó aceptando su apoético destino, sus hipotecas, las letras de su Dos Caballos, y tuvieron hijos que educaron bajo los designios burgueses, que parecían los menos malos. Esos hijos tuvieron una existencia más llevadera, menos rígida y coñazo, tuvieron carta ancha para emborracharse todos los fines de semana, para indagar en el sexo como quien indaga en una isla inexpugnable. Luego llegaría el cine de entretenimiento, los videojuegos, Internet, Xanadú, los centros comerciales y ese largo etcétera que hizo olvidar que bajo los adoquines estaba la playa.
En Mayo del 68 el arrealismo enseñó la patita. Ese arrealismo (concepto registrado y propiedad de El náufrago digital) que nos demuestra que nada es lo que parece, que la realidad que nos comemos con patatas todos los días es un invento, un decorado, un escenario, un spaghetti-western, una trola que los dirigentes políticos conocen. Como el Vaticano es una construcción para impresionar al melifluo hijo de Dios y los himnos nacionales se crean para cohesionar las almas perdidas y ávidas de afecto. Nada es auténtico.
En Mayo del 68 se abrió la puerta para el cambio, para reconstruir y redefinir toda una sociedad que no gustaba. Pero luego llegaron los maquillajes, los regalos y los jueguecitos, y Occidente prefirió irse de compras a cambiar el mundo.
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El grupo del gordito este, Miqui Puig, era un precursor, como Andy Hurtado, de un fenómeno sin parangón y con mucho futuro: el de los sencillos, esto es, los singles. En un principio fue el verbo, luego Dios creó al hombre, a la mujer, a Caín, a Abel, y un largo etcétera de personajes bíblicos –no cabrían en este post-, hasta dar con la última y genial criatura, esto es, los singles, los sencillos, los solterones/as, los nones, los impares, los lonelys, los bebedores de barra con un solo posavasos, los que sólo cuentan con una mesilla de noche, y un solo lado de la cama, los que tienen un armario con prendas de un solo género, los que los compran en el súper sólo lo que realmente les apetece, sí, los singles.
Son el ying y el yang de las parejotas con críos, eternos insatisfechos, que viven instalados en la sempiterna in-certitud, felices de ser singles por la esperanza vital que da pensar que algún día dejarán de serlo, y su vida será completa. Hasta entonces, van tirando en una existencia que no parece más áspera que la de las citadas parejotas. Porque, como pasa con todo excepto con Auswitchz, lo de la singletud tiene sus cosas malas y cosas buenas.
Mi compañero de trabajo y sin embargo amigo, Newcamarator, cita de cuando en cuando a su ex, con la coletilla añadida de “que en paz descanse”. No es que haya muerto, pero él poco menos que la da por difunta, con un deje de sano rencor en sus palabras. “No era feliz”, se explica desde su mirador de single, donde todo se ve a veces con un punto de refrescante libertad. Ahora se ha independizado a casa de sus padres, sitos en la Costa del Sol prejubilándose a gusto, y vive con esperanza la espera de que una “mujer guapa y rica” le vaya a buscar a sus clases de mecanografía de los martes.
Hasta entonces, dedica el poco tiempo libre que le permite el periodismo on-line a visitar amigos que crean familias, cumpliendo el papel de convidado de goma que se requiere en esas ocasiones domésticas de felicidad ajena, algo estomagantes para todo single. Porque un single tiene también algo de viudo, de visitador de vidas constituidas en las que se sentirá como un estorbo, como una pieza del Tetris con final no ensamblado. Siniestros pensamientos le rondarán el coco cuando se vea en la tesitura de “molestar” a esas jóvenes familias que le invitan a cañas con un punto de amabilidad un si es no es piadosa. Incluso le invitarán a apuntarse con él a no sé qué vacaciones o puente foral, en el que se sentiría más desubicado que Yola Berrocal en aquel programa de Sánchez Dragó.
La pareja, la familia emergente, se despedirá de él, pisoteando la alfombra de gambas en el suelo de ese bar madrileño, y quedarán en verse pronto, con profusión de afecto en las pupilas. Ellos envidiarán por momentos la anchura de posibilidades de su amigo single, su capacidad de seducir y ser seducido ad infinitum, la sensación de ir ligero como un globo aerostático sin saquitos de piedra, que en este caso son pañales con cacotas del nene. Él sentirá un punto de orgullo torero por trazar una biografía más “auténtica”, más heroica, si queréis, pero a menudo más vacía que el furgón del Dioni. Luego le invadirá una negritud barojiana y maldecirá el individualismo que le rodea cada poro de la piel, y el estar mirando el escaparate de una agencia de viajes con ofertas a Túnez para irse solo. Sí, un single debe acostumbrarse a viajar solo, y sentir el zumbido de la gente por la Quinta Avenida de Nueva York, sin nadie a quien agarrarse, ni nadie que te apruebe la elección del tal jersey en la tienda más cool del Soho.
Cada uno, digo, se irá por su lado, pensando en qué preparar para comer, y en cómo digerir esa vida que se ha creado que no sabe si le gusta o no le gusta, como las patatas ali-oli algo revenías que se han metido en el buche, y que aún le repiten.
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Michi Panero fue un escritor sin obra, que es una forma poco productiva de ser escritor, tanto que desposee al escritor sin obra del siempre ansiado título de escritor (la gente se mete a escritor para decir que es algo, en esa viciosa actitud del ser humano de acotarse y reducirse). Pero el escritor sin obra es en cierta manera escritor, como hay actores sin tablas, bailarinas sin coreógrafo, putas sin chequera, caudillos sin masa y políticos sin atril. Políticos sin atril, sin escaño, ni acta parlamentaria, pero que te improvisan un mitin a la primeras de cambio, con peor saña que cualquier politicastro corruzto. A éstos últimos les puedes pasar página, apagar radio, zapear canal, esquivar mediáticamente, pero a los políticos sin atril, pero con ganas de monserguear a base de bien, cuesta horrores quitárselos de encima. Alguien debería decirles algo, que se callaran, o que se metieran en alguna asociación de salvamentos improbables, como el del aborto de la gallina, pero que no nos dieran tanto la turra. Porque, como dijo el propio Michi Panero, “en esta vida se puede ser de todo, menos un coñazo”.
Estos políticos diletantes se caracterizan por su falta de oportunidad. Sueltan la vomitona palabril sin preguntar a su improvisada audiencia si están preparados para esa carga dialéctica sesgada, dirigida, manipuladora, persuasiva y terriblemente incompleta, parcial y trufada de lagunas que diluyen cualquier viso de credibilidad en su discurso. Entre camareros y taxistas es fácil encontrar este tipo de político sin siglas, ni sueldazo, ni lamentable ambición. Son temibles porque, además, aprovechan las condiciones favorables de sus cubículos de propaganda para “aplicarte la teoría” sin compasión. Un speech de esos porteadores de seres humanos puede ser letal, sobre todo si uno resulta que está de resaca o acosado por sus propias rumias. El taxista se crecerá y se crecerá en sus diatribas cargadas de agresividad española, que tratará de disimular sin éxito para parecer racional en sus racionamientos. Jamás esperarán un comentario o un apoyo dialéctico del interlocutor, cuya función en el proceso comunicativo será lo más lejano a aquella bidireccionalidad feebackiana que nos enseñó Esteban López Escobar en Teoría de la Comunicación Informativa. Al menos, sabe uno que la verborrea termina cuando se llegue al destino.
No pasa lo mismo con ciertos camareros que van de enrollaos, y que comienzan ganándose la confianza del cliente para luego usarlo como destinatario de su mala bilis existencial y laboral. Hace poco, en una tasca gallega de Madrid, asistí a uno de esos desahogos orales que luego no se descuentan de la cuenta. Uno de esos discursos encendidos que la parroquia escuchante digiere como puede, asintiendo y riendo las gracias por amabilidad, mientras caen lindezas racistohomofóbicas a granel. Son los Jiménezlosantos wannabe, pero con menos gracejo y sin la autocensura obispal, que tampoco debe de ser mucha.
Luego existen otro tipo de oradores persuasivos menos estentóreos, pero igualmente coñazos. Van por la vida con su verdad por delante, y no aceptan otra cosa que no sea esa verdad empaquetada, que intentan hacerte tragar sin ni siquiera taparte la nariz. Manejan tres o cuatro argumentos que han hechos suyos, y que suelen dejar desarmado al desprevenido interlocutor, que jamás quiso tomar vela en ese entierro. Entonces le espolean para que se moje, y claro, el otro quizá se pique, hasta que descubre que el debate es lo más opuesto a aquella dialéctica de Platón de ir, peldaño a peldaño, con honestidad y respeto por el saber, accediendo al Mundo de las Ideas. Sólo quieren imponer esa verdad que se han formado con cuatro retales informativos, hacer alarde de algo que te venden como conocimiento cuando sólo es información filtrada según interés y, de paso, hincharse los pulmones como diciendo aquí-estoy-yo y fíjate que-bien-hablo y cuánto-sé. Quizá hasta logren impresionar a algún alma impresionable y cándida, pero a mí sólo me producen cansancio, rechazo y hasta esa agresividad que muchos de ellos apenas canalizan, pues se les sale por las palabras.
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Creí que la palabra no existiría, y que habría que conformarse con certidumbre, sonora, con empaque, pero demasiado larga para ser usada así como si tal. Pero sí, resulta que la palabra certitud, que viene a ser lo contrario de incertidumbre, y lo mismo que certeza, según el DRAE, no es una de esas invenciones léxicas que a veces se dan cita por aquí. Lo que no existe es incertitud para negar la certitud, por esas reglas anárquicas e irregulares del lenguaje que es tan poco cartesiano como la vida misma, por mucho que se empeñen los que aún creen que con la razón se llega a algún sitio.
Resulta que una lectora me comenta que para ella el año 2007 se podía resumir en la palabra incertidumbre. O In-Certitud, que suena como más de festival de música electrónica en Guadalajara o de perfume de Hugo Boss. No sé si la incertidumbre es buena o mala, como tampoco sé si soy indeciso. ¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia?, pregunta uno. Ni lo sé ni me importa, responde el otro. Pues eso. Se ha escrito mucho sobre la indiferencia, y mi querido Molusco podrá traer a colación alguna sesuda cita de un libro sesudo que leímos bajo los lesivos efectos del cáñamo holandés.
Vivimos en una constante incertidumbre, calmada sólo por pequeñas certitudes que nos hacen panicar un poco menos. Tratamos de fijar cosas para calmar el exceso de incertidumbre, que como todo en exceso es mala. Fijamos nuestro pelo, nuestros horarios, nuestros domicilios, nuestro sitio en la mesa, nuestro tipo de alcohol destilado, nuestra manera de coger postura en la cama, solos o acompañados. Esos pequeños goles a la incertidumbre parece que nos hacen caminar sobre algo sólido y reconocible.
Sin embargo, un exceso de certidumbre o certitud, opino, puede ser, como todo exceso, mala para la salud, mental y física. Vemos cada día como tantos matrimonios malviven bajo el yugo de esa certidumbre opresora, que marca sus rutinas sin la fisura necesaria de incertidumbre. Se acuestan deseándose lo peor el uno para el otro, y concilian el sueño envidiando a Sarkozy y Bruni, por su amor lleno de incertidumbres en el Valle de los Reyes, o en el tren del Oeste de Ogodisné. Ah, lamentan haber convertido su vida, ¡la única! en una inversión en Bonos del Estado, y desearían volver atrás, y meter todos sus ahorros sentimentales al menos en el imprecedible Ibex 35. Pero ya es tarde. Hay demasiada pasta en las Letras del Tesoro como para empezar de cero.
Pensé también sobre la incertidumbre en el siempre mágico día de Reyes. La víspera nos hacemos los regalos del amigo invisible, en plan familiar. Esta vez, no sé por qué, me decidí por una decisión que luego lamentaría, y que fue indicar a mi regalador que regalo quería. Así que me pedí unos de esos pseudoiPods de poco fuste que descubrí en el blog de Ender, un Creative Zen (que además hoy me han comentado que son una mierda). En cuanto empezó el festejo, y tuve la certeza de que no había incertidumbre posible, y toda la magia de los Reyes Magos se vino abajo como una gigante con pies de barro en la casa del terror. Descubrí con nitidez mi error, y cómo la incertidumbre ante el regalo era más excitante que el regalo en sí, que en tantas ocasiones decepciona o sabe a poco. Justo como aquello de que la dosis de la felicidad está en la sala de espera de la felicidad, como dice Eduardo (Punset, por supuesto). (O en la imaginación ante lo por venir, como se habló por aquí y perdón por la autocita.)
La incertidumbre, por tanto, requiere, como el colesterol, o la ventilación doméstica, su justa dosis, su medida, su control, su dominio. El problema, oh, ¡cuán puta puedes llegar a ser!, es que no es tan fácil de domeñar y que su control se nos escapa, como tantas cosas importantes de la nuestra existencia.
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Hace poco he descubierto la importancia del ritmo. Como diría un téorico totalitario: El ritmo es todo. Lo es todo. Hay que vivir la vida con ritmo, en su ritmo, ajustarse a sus ritmos, be water, my friend. No sé como se consigue eso del todo, ni si está en nuestra mano, pero hay que intentallo, vive Dios que sí.
A principios de otoño me matriculé en una improbable escuela de guitarra flamenca, escuela de uno, comandada por un maestro jerezano, más gitano que cualquier papa gitano, que me clavó bastantes eurazos por cuatro exiguas sesiones, y cuya relación maestro/alumno acabó de un pintoresco modo que quizá algún día cuente. Tenías las cosas muy claras sobre la música, la vida, el flamenco. O era “por derecho”, o no era. Y de Paco de Lucía pasando por Vicente Amigo todos eran unos auténticos "hijos de puta", y este último más aún, porque “dormía con un querido que le metía la polla por el culo”. Pedagogía en estado puro, oigamele.
Aprendí pocas lecciones musicales, que si unos golpes por aquí a la caja, el rasgueo con los cinco dedos (“cada dedo es un universo”), a usar el pulgar como órgano de percusión, y unos fraseos de un ritmo, palo, llamado tiento. Me costó pillarlo un par o tres de sesiones (de a ventitantos la hora), quizá más de lo esperable, pero porque el tío me exigía que me saliera todo bien a la vez: el rasgueo, el golpecico con los dedos en la caja, el acorde rarísimo seguido de un pulgar que alfombraba las cuerdas, y tal. “Tú no me escuchas”, me dice un día. Y no sé qué le contesto, o sí. Pero el caso es que lo que trataba de enseñarme, su gran aportación, su piedra filosofal de la música, pero también de la vida, era el ritmo. No las florituras, no los fraseos espectaculares, no las filigranas de pacotilla, ni los preciosismos de cámara. El ritmo, esa estructura mágica en la que uno se sumerge, se mece, se deja llevar, se instala, “y se para el tiempo”, decía. Y tenía razón.
Porque que el tiempo se detenga, que no nos moleste, que lo asamos (o cojamos, como se diga) con las manos, es a lo que aspiramos a cada momento. Y el ritmo te lo da. Federico García Lorca, en no sé que textos que se dieron hace poco a conocer, insistía en que bajo ningún concepto abandonaran sus sobrinos la educación musical. Porque es importante para incorporar ese fabuloso concepto que es el ritmo que, por supuesto, trasciende el ámbito de lo musical.
En mi aproximación al flamenco, intentaba todo menos captar el ritmo. Esa ansiedad connatural a la que estamos condenados tú y yo, nos dificulta sobremanera captar el ritmo, hacerlo nuestro. Enseguida vamos más rápido que lo que marca el metrónomo, o más despacio, a destiempo, a nuestro aire. Es importante pararse un segundo, interiorizar el jodido ritmo, y avanzar con él a su tiempo, no a otro, meterse en su cauce. Como esos admirables poetas que leen sus poemas paladeando cada palabra, la cadencia de un verbo, la sonoridad mullida de una m, el ventoso aire fresco de una ese, la áspera resonancia de una jota. Que ven en cada verso la imagen exacta de lo que evocan, que solo son poema cuando leen ese poema. Y no otra mil cosas como la mayoría de los presentes en el auditorio.
El corazón mismo, es el primero que nos marca el ritmo, como todos ya sabíamos, o hacíamos como que sabíamos.

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Suena a título de cómic de Mauro Entrialgo: Medem y los perroflautas. Ayer vi su última película, en la Filmoteca de la calle Santa Isabel, donde cobran a dos y medio euros la sesión, por lo que el derecho al tomatazo —sana práctica que debería permitirse en los circuitos exhibidores de tanta kk espagnola—, las ganas de ejercerlo digo, no son tan potentes. Y eso a pesar de los aplausos de la última fila cuando acabó la sesión: eran "miembros de la Academia", y aplauden porque son amigos, qué aplauso tan ruin, tan de camarilla, tan de subvención española y somos artistas. Porque la peli del cineasta vasco podría también bautizarse, así en plan feo, Patética Ana.
Cuando me revolvía en mi antiergonómica butaca, aburrido e inquieto por el aburrimiento, pensé si Julio Medem habíase vuelto loco. Si después del inconmensurablemente descomunal albondigón mediático persecutorio que se orquestó contra su persona después de rodar La pelota vasca habría perdido un juicio que antes parecía tener. Porque quizá, a pesar de todo, hay cierto juicio, cierto carril, cierto norte, cierta cordura, y uno se puede salir, o no, de ella. La mediocridad que destila Caótica Ana no es producto de un director del talento que parecía tener Medem, si no de alguien camino del manicomio de Herisau, do pasara sus últimos días el mítico Robert Walter.
Es tan sólo una hipótesis, una pregunta lanzada al aire, pero qué diantre, la personas de sensibilidad más desnuda que la media, como quizá sea JM, son pasto de las garras de la locura. Como si no digirieran todo lo que un día se les vino encima, y se desbrujularan para siempre.
¿Qué pasaría si un director de cine se volviera loco? ¿Qué pasaría si un perturbado, con excelente dominio de la técnica audiovisual, se dedicara a producir películas completamente turbadoras, incitadoras al mal, a la violencia, al suicidio, al trastorno contumaz, a la ruptura de los más necesarios consensos sobre qué es el mundo? Nadie lo evitaría, porque en las sociedades libres eso ya no se hace, por suerte –a no ser que protesten unas cuantas asociaciones de derechos de algo-. Pero, ¿y si lo hiciera de un modo sutil, como lo hacían tantos artistas durante el franquismo, con palabras clave para pasar inadvertidos, y nos provocara como una hemorragia conceptual irreparable?
¿Y si los artistas, en vez de lúcidos traductores del caos del mundo, fueran en realidad los locos, los confundidos, los anulados por un trauma obsesivo, por un ego insaciable, por una manía incurable, por una paliza paternal, por un escupitajo en el ojo infantil, por una humillación del tipo picha corta? ¿Seguiríamos teniéndolos como referencia, como guías, como gente a la que admirar?
Con los políticos pasa parecido. Pensemos en Hitler, Stalin, Castro o el mismo Ibarretxe, de quien se dice que como poco sufre una ciclotimia de aúpa. No haré bromas de mal gusto sobre el Alzheimer –Eisenhower- de Maragall. Pero, ¿y si fuéramos víctimas de los delirios de quienes se suponen son los encargados de encauzar el mundo? Yo diría que lo somos, casi desde el principio de los tiempos, además.
(Al final no he hablado de perroflautas, de Medem, ni de ná. Pero es que el título molaba, jajajjaja, y ahí un exceso de perroflautismo estomagante en la tal cinta. Perdón por la incorrección política. Oh.)
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El otro día me tocó hacer un obituario de Pepín Bello, que aún vive tibiamente en su casa de anciano del barrio de Prosperidad. En el periódico digital en el que trabajo, aún en pruebas, hacemos ese tipo de labores para ir rellenado lo que se conoce por nevera. Tiene algo esto de comienzo de novela polausteriana; una redacción de periodistas que escriben noticias que nadie lee, día tras día, entrando en una extraña rutina de trabajo de prensa sin lectores. Así que, entre otras cosas, vamos creando un archivo de necrológicas con los candidatos más firmes a estirar la pata. Una lista, por otra parte, en la que entramos todos, sólo que algunos están más arriba que otros, hasta que esa norma se rompe, con un Carlos Llamas o un Juan Antonio Cebrián, jóvenes periodistas muertos.
Leyendo cosas sobre la vida del famoso amigo de Lorca, Buñuel y Dalí, ese amigo no-artista entre genios, me hizo gracia esta frase:
“De estar solo no me canso nunca”.
Y lo dice alguien que nació el mismo año que uno de los padres del surrealismo —Dalí— y que aún pasea su bigote medio falangista por ese barrio de zapatillas de casa y caldo de pollo que es Prosperidad. No se cansa de estar solo alguien que confiesa que vivió 14 años en la soledad más absoluta. Fue en Burgos, cuando llevaba un inestable negocio de pieles, que se ve que se le fue al traste. Vivía solo, ya digo, en ese rincón provinciano, en una vida supongo que triste en la que, por lo menos, no había testigos.
Porque la soledad, el hecho de estar solo por decisión propia, la solitariedad que dice Castilla del Pino, no se vive igual con gente alrededor, revoloteando zumbonamente. Quizá no nos importaría pasar muchos más ratos a solas, si eso no significara flojera social ante los ojos de los demás.
Hoy he sentido esos síntomas tímidos de las pseudogripes de otoño, que son y no son, y me he alegrado ante la posibilidad de uno de esos procesos febriles de cama y paz. Pasaría el fin de semana solo, libre de planes sociales de quetalismos etílicos, y además con excusa, he pensado. Como un Pepín Bello en Burgos, como la O’ Conell de Dr. en Alaska dentro de su avioneta, o Javier Reverte en sus viajes en África, o el millonario vasco éste de pelo blanco que da vueltas al mundo en velero, Ugarte creo que es, solo, cual Joshua Slocum de la vida.
Porque la soledad, y me pongo ahora en plan vieja trova santiaguera, tiene algo de mujer, de ni contigo ni sin ti, de sí pero no, de mírame pero no me toques. No es fácil convertirse en Pepín Bello, sobre todo porque cuando uno es joven lo de ser solitario está mal visto. Los viejos, libres ya de tonteriítas, se pueden permitir el lujo de vivir más solos que un hongo y preservar intacta su dignidad. (Luego están los viejos que viven solos porque no les queda otra, no hablo de ellos.)
A veces, en esos momentos de euforia ciclotímica post-café con leche en vaso, pienso que he alcanzado una poca de sabiduría vital. Necesito el barullo, el lío, el trajin y todo eso por lo que además te pagan. Pero compruebo cuando acaba el día que tengo también necesito procesar todo eso como el tío de El Perfume, miles de olores que se posan con estrépito en la cabeza. Llega entonces un momento de autismo necesario, no siempre respetado, y que es como un paladeo fino de esa sustancia cotidiana que llamamos vida, labor entretenida, saludable, barata y perdurable donde las haya. No sé si es mérito mío, pero por si acaso, me pongo la medallita. Sobre todo cuando pienso en la posibilidad de una existencia futura dedicada a relamerme sobre mi biografía pasada, quieto en mi butacón, como hizo durante casi veinte años mi abuela Carmen, que tenía algo de sabia. Y se fumaba sus buenos paquetes de BN. Quizá vuelva a fumar cuando sea viejo. Seré un Pepín Bello feliz, pero en un barrio con más charme, donde me dejaré recubrir por esa solitariedad de la que no todos pueden presumir.
Contigo, por supuesto.
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Hace poco conocí a un fotógrafo manchego que coleccionaba cactus. O cactuses. Muchos de ellos repartidos por su discreto pero resultón adosado de dos plantas. Imagino uno justo en la esquina de la escalera, silencioso, amablemente amenazante. Son unas plantas, por lo visto, que viven con poco y hablo sin tirar de Wikipedia. Incrustan sus raíces en tierra y rechupetean la poca humedad que puedan exprimir de un páramo como el Sáhara o la frontera de Tijuana.
Bien.
Me acerqué como periodista imparcial al Hotel Kafka, que es todo menos kafkiano y sí acogedor y con gente de la que uno querría ser su amigo. Se fallaba el nosecuántos premio Lengua de Trapo, y allí estaban esas plumas promisorias de las que uno promete leer algo algún día, Eloy Tizón, Ramón Pernas y Rafael Reig. A éste último lo encontraría[mos] días después encontraría entre las páginas de Público, como jefe de Opinión, que es como el puesto más español que puede haber en España: jefe-de-opinión. Mandar y opinar. Óle.
Le dieron el premio a un tal Pepe Monteserín, por La lavandera. Sus gafas quevedianas al estilo gafipasti, las de Monteserín, me tuvieron hipnotizado un rato, y me hicieron pensar en un futuro post sobre gafas y mundo actual. Contó, sincero y gracioso, que la novela le había surgido de una conversación con su mujer, mejicana ella. “Conoces a algún personaje famoso de tu país sobre el que pudiera escribir”, preguntóle. Y le contestó que el poeta Manuel Acuña. Y acudamos un rato a Wikipedia para decir que fue un poeta mexicano nacido el 27 de agosto de 1849 en Saltillo, Coahuila, Méjico y que se suicidó ingiriendo cianuro en su habitación de la Escuela de Medicina el 6 de diciembre de 1873.
Fue un gran romántico, un Byron mejicano, un Espronceda mejicano, dijo Monteserín, que vivió en tiempos en plena ebullición, boiling times, que procedo a glosar con ayuda, ahora sí, de Wikipedia. En aquel XIX mejicano hubo primero independencia de España, aprovechando que por aquí los franceses de Pepe Botella andaban dando argumentos para la próxima peli de Garci. Luego guerras con Estados Unidos, sucesión de gobiernos varios, dictaduras con poco de dictablandas, bancarrota del país, guerras liberales, hostilidades militares de parte de los franceses, que ocuparon la capital en 1863, fin del Segundo Imperio Mejicano en 1872, motines rebeldes de los indígenas, que a pesar de todo existían, el Porfiriato, e inicio de la Revolución Mejicana, con la entrada del siglo XX.
Vemos, pues, que entonces no hacía falta plantearse las bondades o maldades de Educación para Ciudadanía para rellenar periódicos. Y entre todo ese pandemónium de maremágnums estaba el delicado poeta Acuña, harto del totum revolutum de su pinche país, adicto a un valium que aún no se había inventado. Se suicidó no olvidemos y, según su ‘biógrafo’, no lo hizo por un mal de amores con una tal Rosario, sino por ser un cactus en pleno Amazonas, por ser una planta que con unas pocas de agua en un secarral se bastaba y sobraba para sobrevivir austeramente, feliz, en equilibrio, en paz, y le tocó un hábitat salvaje, desproporcionado y fuera de tiesto, nunca mejor dicho. Y apabullado como andaba, en las antípodas de la española Generación del 50, los Ángel González, Brines y compañía, del hastío y la repetición de días tan iguales como grises, decidió quitarse de en medio. Quizá su autoasesinato, como el de tantos otros escritores suicidas, respondía al deseo casi físico de alcanzar el silencio, entre tanta estridencia y violencia desbocada. Todos somos, pues, un poco cactus. Y un poco amazonas. Él era extremadamente cactus, y así le fue.
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La muerte, como algunas despedidas intensas, hace ver al que se va de una manera más limpia, centrada, completa, como pasa con las cosas cuando uno se aleja de ellas, como hablamos el otro día por aquí. Cuando se confirma que alguien ya no está entre nosotros, se le empieza a ver de un modo global, como un todo terminado, un ciclo completo, una vida con su principio y final que aporta integridad, finitud, digamos, a esa obra de arte que es fifir.
Murió Bergman y unos compañeros de la televisión de la Complutense trajeron a nuestro despacho un póster de un tío que al principio no reconocí. Pegaron el cartelito de homenaje con gran rigor y respeto hacia el fallecido sueco y una frase que para mí que se equivocaron: “Como no creo en Dios creo en Ingmar Bergman”, en vez de Willy Wilder, que es lo que dijo Fernando Trueba cuando recogió el Oscar. Supongo que lo sabrían, claro.
Con este tipo de grandes personalidades pasa que uno no sabe bien si ya murieron o fuman en silencio sus últimos días. Pero un día saltan a las primeras planas de los periódicos (no todos, ABC no daba hoy ni una llamadita en su portada) y uno se acuerda de ellos con nuevo interés. El adiós pasa a convertirse en un hola, y hasta en un descubrimiento. ¿Cuántos taxistas se habrán aficionado al Fary desde que su viaje al otro barrio? Muchos, seguro.
Me pasó algo parecido con Gabriel Cisneros, y su muerte repentina. De casi no saber quien era (lo reconozco), me topé con una serie de panegíricos póstumos que me hicieron interesarme por su egregia persona. Un tipo que podía suscitar la admiración de perfiles tan aparentemente antagónicos como el de Carme Chacón o Juan Manuel de Prada. La muerte, ya digo, coloca en una posición de privilegio, en una invisible hornacina a quien se va para siempre, que nos hace contemplarle como quien fue; y cuando hay virtudes que loar parece que se ven más fácilmente. Por eso quizá los primeros compases del luto no son tan tristes como pareciera, porque la imagen del que ya no vive parece como si estuviera en holograma, y su presencia se nos hace más cercana que en miles de días de vida en común. Además, esa convivencia temporal en las mentes de los afligidos asistentes del funeral reaviva aún más la figura del fallecido. La tristeza llega más tarde, cuando se cierran las puertas del templo y se va asumiendo todo el albodigón en solitario.
Pero volvamos a la ideilla central. Pienso ahora en J.D Salinger, el de El guardián entre el centeno, que nació pocos meses después de Bergman y ahí está todavía, recluido también como el sueco, sin dejarse ver ni el peluquín. Algún día no muy lejano, nos encontraremos con la noticia de su muerte, y más de uno se sorprenderá que aún siguiera vivo. Y prolongará su vida más allá del cuerpo leyendo sus libros. Como las pelis del director de El séptimo sello, como afirma Manuel Hidalgo en su columna: Bergman no morirá. Una columna en que se puede leer con considerable humor negro lo siguiente:
“Es un tópico periodístico, pero todavía viven Antonioni y otros”.
Los creadores mueren de una forma más atenuada, es verdad. Se van, pero queda su obra, que les resucita cada vez que alguien se acerca a su herencia en forma de películas, libros, cuadros, poemas, collares con macarrones pintados. Quizá el artista, el creador, lo único que persiga es la inmortalidad, uno de las conquistas más supremas, si no la máxima. La mayoría de los mortales mueren, y queremos apresarlos en los primeros días sin ellos, retener su imagen para siempre. Con los artistas, veo, ese adiós es menos doloroso, pues queda el vertido humano del muerto en cada una de sus obras.
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De nuevo con la casa a cuestas; por suerte voy ligero de equipaje y ya si pagas a un moderno porteador de los que se encuentran en Google te haces la mudanza en una hora de reloj, por unos 66 cts. de euro el minuto. Muy recomendable, mire usshhté, a veces pagar por un servicio merece la pena, no es pagar, sino ahorrarte el rollo de liar a alguien con coche, en la canícula desierta madrileña que tanto echa para atrás al personal para ponerse a subir y trajinar cajas ajenas. Y eso que Porfiri Petrovich Durruty, a la postre nuevo vecino de Lavapiés, me ofreció amablemente sus brazos acarreadores, a los que dije “sí”.
No recuerdo ya la cifra de pisos de alquiler por lo que he pasado, en los últimos siete años. Periodos de un año y pico como mucho, algunos de tan sólo unos meses, pero en los que siempre se ha establecido algún tipo de relación. Todas esas residencias temporales se ven entonces como ex – novias sobre las que planean recuerdos agradables; cada piso tenía una fisionomía concreta, unas virtudes, unos defectos, y en todos se vivieron buenos momentos. Podría decir, pues, que soy un casanova en ese sentido, tengo un collage inmobiliario a mis espaldas que se desfigura en mi memoria hasta aparecer como un cuadro cubista de Braque, en el que se mezclan detalles varios de esos ya muchos asentamientos míos. Algún día hablaré sobre ese ya nutrido historial de relaciones con los pisos, ea.
De esos pisos te pueden echar, porque al casero se le cruce el cablem, por ejemplo, o te puedes ir. Siempre me he ido por decisión propia, excepto una vez en que el casero, que era policía y extremeño, pa' mí que se pensó que yo era de la Eta al escrutar mi deneí con apellidos vascófonos. El tío era más bien un cretino, y tenía un hijo de esos adictos a los gimnasios, y decidió no renovar el contrato. Las más de las veces, ya digo, uno se pira para cambiar a mejor, o porque se va a otra ciudad y cosas así. Se produce entonces una especie de instante decisivo, como decía Henri Cartier-Bresson, que es el de la última mirada de lo que ha sido tu cubículo durante todo ese tiempo, y que ya no lo será más. Entra como una nostalgia al notar que se sella una etapa para siempre jamás. (A diferencia de las ex – novias, en los que el destino no deja claro si habrá nuevas firmas de contrato, con los pisos se siente la certeza de que el adiós es definitivo.) Se pasea entonces la mirada por los muebles calmos, inmóviles a pesar de su etimología, que parecen expresar con su quietud algún mensaje triste, un “no te vayas mamá, no te alejes de mí”. Es como un rito, yo al menos lo sigo, de despedida de ese espacio propio. Dura un par de segundos intensos, y se graba el fotograma en la retina, como una fotografía mental, sí.
Lo que no es tan fácil es despedirse de quien ha sido tu paisaje humano durante el tiempo de la estancia. No tuve ocasión de hacerlo del portero, Isidoro, ese león enjaulado en su garita, que se torturaba en los ratos muertos de la tarde mascando su fracaso vital. Un tipo con aire de personaje malo de Mortadelo y Filemón, a saber: tripón, patillas, pantalones un pelín cortos como azulones y rematados con unos mocasines de tacón gordo y, cómo no, el pitillito blanco en el morro y la postura de apoyarse en la pared haciendo el cuatro. (¡Qué observador de la antropología humana es Francisco Ibáñez!)
Pues eso. El portero nunca volverá a verme. ¿Pensará algo? ¿En sus rumias de media tarde se preguntará qué fue de aquel chaval rubio? ¿Se planteará alguna vez si habré muerto? ¿Saciará su curiosidad preguntando a mis ex – compañeras de piso por mi destino? O esa chinita de la tienda de comistrajos en la que casi diariamente me dejaba mis buenos cuartos y con la que nunca pasamos del hola, tres euros, gracias, hasta luego. Nunca volveremos a vernos, y supongo que pensará, alguna vez, cuando el calorazo desciende hacia las diez de la noche, en ese cliente asiduo al que de pronto se le tragó la tierra.
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