
23.11.07 @ 03:34:11. Archivado en Peatón de Madrid
Hay un, ¿cómo llamarlo?, clochard, en la esquina de Princesa con Evaristo San Miguel, al que escruto fugazmente cada día. Desde que dibujo el mismo itinerario, allí está el tío, 24 horas al día, en horario en cadena, como un Simeón del Desierto a su manera. Su chiringuito móvil no se mueve, porque siempre anda allí el tío, apostado a un lado de las escaleras que dan acceso a una gran oficina de Halcón Viajes, antítesis total de la realidad de este pobre cuarentón de un estatismo nunca visto.
Hace básicamente dos cosas, o mirar al infinito, a un infinito que huele como a pasado, a melancolía de la buena, o leer. Lee como un fiera el tío; algún día he pensado en regalarme un libro, pero me temo que no coincidimos en gustos. Lo suyo es la novela de ciencia-ficción, esos best-sellers de Stephen King o Michael Crichton que se ve que devora como si aquello fuera su única misión en el mundo, como si le hubieran condenado a digerir toda la cantidad de esa literatura serie B que le cupiera en el coco. Lee para pasar el rato, las horas, la vida, su jornada es pasar el tiempo y las páginas, nada más. Luego, ya digo, se queda mirando al horizonte, con su aspecto de pobre aseado, gatuno, con una barba abandonada pero lo justo, como si planeara algo, como si ajustara por dentro algún desarreglo. Está quieto, junto a la agencia de Halcón Viajes, pero parece como si estuviera rumiando una eterna mudanza que nunca llega.
Porque nadie puede estar quieto, sin hacer nada, mucho tiempo. Y este tío lleva así al menos dos meses, en un secuestro voluntario a la intemperie. Por la noche, que yo lo he visto, se embute en una especie de morcilla de plástico que ata con una cuerdecilla, y que recuerda en mucho a un disfraz de los de Mortadelo, disfraz de morcilla, con la sangrecilla y todo.
A mi me descoloca este amigo sin techo, con su casa metida en un carro de la compra, eso sí, con sus aperos perfectamente compartimentados, ordenadas con celo de quien tiene poco pero lo aprecia. Mis rudimentos de psicología barata no entienden a qué se debe esa quietud suya, esa capacidad para vivir día tras día con el único argumento de las novelas que se zampa, y la graduación cromático-térmica de los días. ¿Se bastará el tipo con esos estímulos para ir tirando? ¿Habrá abolido la necesidad, la dependencia, del calor de los demás, y la de un lugar donde acurrucarse? ¿Será uno de esos Guardianes Silenciosos de la Verdad con los que fantasea mi amigo Holzer? ¿Será simplemente un pirao? Algún día trataré de averiguarlo.
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16.11.07 @ 01:03:03. Archivado en Peatón de Madrid
En París era una fiesta , Hemingway habla de las “falsas primaveras”. Su idea ideal de la primavera era un tiempo de suave temperatura, de americana beige en la que sumergir la baguette y el periódico extranjero. De amables atardeceres en esos cafés que tanto cita, el Dôme, el Flore, el Deux Magot, la Coupole, la Rotonde. O de salir de cenar de la brasserie Lipp, en Saint-Germain, frente a la librería La Hune, donde estuve el verano pasado y no vi más que libros. Salir de cenar, digo, con esa fe descomunal en el futuro que nos inyecta a veces el alcohol, sobre todo cuando fuera hace agradable, y cantar en silencio la alegría de vivir (y de beber).
Pero en los años veinte en París llovía que daba gusto, París con aguacero, París desapacible en mayo, viento mojado, mal tiempo de cojones, horrible, dégeulasse, paragüas, calles vacías y poca fe en el futuro, y menos en el presente. Falsa primavera, falsa vida, falso todo.
Cuando ayer he paseado (estos verbos tan raros quedan muy de Umbral) por Ciudad Universitaria, me he dado cuenta de lo follajeados que estaban los árboles. Esto me hizo recordar un reciente descubrimiento relativo a la caída de las hojas, que me proporcionó el otrora bloguer Iulius Felix Catón. Me ilustró en el simple funcionamiento de los árboles y el otoño. ¿Que por qué se caen las hojas? Por el frío. Y si no hace frío, pues no se caen. Por eso al sudaquerío le sorprende al principio el tema de los árboles desnudos, cuando llegan por primera vez a Estepaís; no es normal en las latitudes cálidas que los árboles se deshagan de sus hojas. (También, por otra parte, se hace raro que los árboles se desprendan de esa vestimenta follil a los primeros fríos, como si afrontaran el riguroso invierno desnudas, a palo seco, como esos bañistas valientes de la Concha de San Sebastián en enero.)
También he apreciado por el parque del Oeste, o esa zona del templo de Debod, como el verdor comenzaba a desgastarse, pero aún mostraba una plenitud rara, novedosa, incluso fantasmagórica. Como si el verano no hubiera dado paso al otoño, si no que se hubiera alargado como la lengua de una mariposa. Y aquí estamos, en un otoño extraño, agradable, en que todo parece un poco menos real, porque el frío como que te pone en tu sitio, te ordena las ideas, las recompone, las asocia, como decía César González – Ruano.
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01.03.07 @ 18:58:48. Archivado en Peatón de Madrid
Ayer por la tarde subí al metro y en vez de caras largas y miradas perdidas, encontré carcajadas, aplausos y una chirigota muy sana, en la circular y habitualmente gris y cargada de retrasos línea 6, Madrid. Aquello, lo digo sin ironías, parecía un anuncio de cocacola, toda esa gente joven, de Ciudad Universitaria, muchos de ellos sin más preocupaciones que las notas de sus parciales o la cita para la próxima calimochada, reían como miembros de un taller de risoterapia. A mandíbula batiente, que se dice.
En seguida intuí quién podría estar detrás de esas alegres risotadas y, en efecto, esta vez no hubo dudas. Uno de esos actores callejeros (o suburbanos) llevaba un peto azulón con un logotipo en la espalda (bastante currado) que decía Teatro mágico. Llegué a los postres, y sólo vi a uno de los cómicos pasando la gorra, en la que deposité 50 simbólicos céntimos, en señal de mi reconciliación con esta moderna banda de titiriteros. No intuía el buen hombre ese simbolismo de mi gesto, mientras iba clamando de esas consignas que, si aquel día me parecieron incómodas, ayer me gustó escuchar. “Aplaudan si les ha gustado, bostecen si se aburrieron”, o algo así, gritaba con entusiasmo. “Si en la vida crees que enloqueces, no enfurezcas, ve a por peces”. Realmente, echaban energía y el vagón se contagió de ella, pues parece que esta gente actúa como si fuera la primera vez, y esto es meritorio, porque de todo se aburre uno, hasta de divertirse. “Sean felices, sigan sus sueños”, se despidió el actor mágico, con el pelo sudoroso del esfuerzo.
De pronto, por una esos mecanismos reflejos humanos de atribuirse las cosas buenas a uno mismo, pensé que quizá aquel post del otoño pasado había contribuido a que estos cómicos dejaran inequívocamente clara su comicidad. Desde luego, el uniforme con el logo del Teatro Mágico no daba lugar a dudas, y la gente entendía aquel show como un espectáculo que sólo buscaba la risa, y algunas monedas, y no la tensión psicológica de unos presuntos perturbados con una bolsón en el suelo lleno de a saber qué.
Porque la vez anterior que los vi, la gente no sabía si aplaudir o llorar, si reír o bostezar, excepto unas jovencitas con manoletinas con pocas lecturas de sus periódicos a sus espaldas, fundamentalmente sobre terrorismos, coches bomba, gente que empuja a gente en las vías de los metros (hace poco hubo otro caso) o descarrilamientos fortuitos del vagón. El metro es un lugar sensible, donde la gente busca refugio en las lecturas, o escrutando con disimulo el rostro del vecino de enfrente, o parapetados bajo el sonido de sus iPod de imitación. No conviene hacer ciertas bromas, como aquello de “verán piernas volar”, que tan mal me sentó entonces, en ese espectáculo que yo no supe entender bien, ni la mayoría de los viajeros, me temo.
El Teatro Mágico puede ayudarnos a sobrellevar ese tránsito hacia ninguna parte que es todo viaje en metro, y me alegro de que hayan matado esa ambigüedad de sus anteriores espectáculos. A partir de ahora viajaré con la esperanza de volvérmelos a cruzar, porque la dosis de magia es necesaria cada día, casi más que los yogures con soja, el HeroFruit2day y la fibra de los olbran con elecaseiinmunitas para controlar los ácidos grasos que nos obstruyen los triglicéridos del alma.
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