
29.08.07 @ 12:56:14. Archivado en Husma literaria
Últimamente me invade una cierta visión reduccionistabarrapesimista de las cosas que me preocupa. Intuyo a los hombres como pulmones que respiran, y en las ciudades sólo veo construcciones de western sólo que más engañosas, con decorados arrealistas creados donde llenar y vaciar los pulmones de las gentes que escuchan música de grupos sin alma y mucha pose ful. En las fiestas populares únicamente veo pretextos para democratizar el consumo desenfrenado de alcoholámenes de máxima graduación y pavonear después malamente la vanidad, los morenos, el culismo de tres al cuarto, los discos de Franz Ferdinand, Wilco y Hisbitchmother o los maqueos de esas chicas que enseñan las tetas todo lo enseñable y más, y que encima recriminan con sus miradas al cazado mirón. Se me contagia la visión apocalíptica del Houellebecq de La posibilidad de una isla y la orgiástica fiesta de Isabelle, de la que el narrador extrae la siguiente conclusión:
“El proyecto milenario masculino, perfectamente expresado en nuestra época por las películas pornográficas, consistente en despojar la sexualidad de toda connotación afectiva para devolverla al campo de la pura diversión, había conseguido realizarse por fin en esta generación. (…) Había conseguido su objetivo: no conocerían el amor en ningún momento de su vida. Eran libres”.
¿Y donde entra Umbral en todo esto? En el descubrimiento, simple pero complejo, de que elementos como su columna diaria hacen un poco menos obtuso este mundo, este Madrid, necesitado de cronistas, entre otras cosas. Uno cae en la cuenta, recae en la cuenta, de que es básica esa dosis de trascendencia cotidiana travestida de literatura que a veces se rebaja hasta el marujeo docto, y otras al ejercicio de la memoria culta (que si Eugenio D’ Ors, Vicente Aleixandre o Buero Vallejo, con su “cara de presidiario” y entorno de humo azul del Gijón). Necesidad, entonces, de ese algo más, esa cosa indescriptible que trae cierta literatura, y que escasea tanto en nuestros diarios y días.
Las últimas columnas de Umbral se notaban ya que eran un poco ejercicio de supervivencia. Al parecer se las dictaba a su mujer, en una de esas actitudes de tipo heroico que algunos escritores muestran en su ocaso, aferrados a la tabla de escritura/salvación. Me recuerda algo a Jaime Campmany, que de un día para otro pasó de escribir columnas a formar parte del humus. Los dos eran columnistas, ese género de la escritura, y en todas partes leemos lo de Umbral, "maestro de columnistas", y tal, y yo no estoy tan de acuerdo. También señalan las necrológicas la faceta periodística del fallecido, su apego al día a día y todo eso. El periodismo de Umbral, si es que lo existía, era muy sui generis. Él hacía literatura, insuflada de lirismos, y en esa pasta se colaba material de corte periodístico, apegado a la realidad, es decir, a nombres de personajes que hacen cosas en el momento actual, pero llamarle periodista era infrallamarle.
Umbral profesó únicamente la literatura y además en su sentido más puro, el de no tener ninguna función. Ni siquiera prostituyó tanto como otros autores la literatura al darle su máxima función: la de ser novela. Umbral literaturizó lo que quiso, que fueron mucho más que novelas. Y cuando se cansó de tentar ese “otro lado” que es la literatura, se dedicó a regar su vanidad, su personaje, su dandismo más bien hortera, que es lo que había anhelado desde siempre.
Se dedicó, ya digo, a esa suerte de religión atea que es la literatura, extraña pomada de letras que en su inutilidad sirve para todo, dar significado, valor, a un mundo que quizá no lo tenga, quién sabe. Como hizo en Mortal y rosa, quejío de la incomprensible muerte de su hijo Pincho, con seis años. Gracias a ese libro, la muerte del niño fue menos muerte. Como la del propio Umbral es menos muerte, pues con sus libros abre la puerta a muchos ‘Pinchos’ literarios. Se necesitan, pues, relevos, para ese hueco de la última página, para un Madrid que se queda más decorado de western que nunca, en el que un vehemente David Gistau amenaza con convertirse en su sucesor. Ay. Au.
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04.04.07 @ 13:17:53. Archivado en Husma literaria
Lo leí en Diario de Navarra, a ese singular personaje que vive en Madrid (el exilio navarro daría para una honda reflexión, si nos ponemos), que responde por Ramón Irigoyen, hombre de judía napia, tan prominente como la del poeta del que hablaba: Irazoki, Francisco Javier.
Creo que el mundo necesita de la labor de los seleccionadores de talentos, entre el volcánico marasmo de cultura que nos rodea, y a la que nos acercamos confusos sin saber por qué decantarnos. Si alguien quiere iniciarse en la poesía, ¿por dónde empezar? Un amigo me recomendó Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma, un libro sin duda fundamental en esto de la poiesis, del que no entendí nada, y que provocó en mí un distanciamiento poético serio. Como si uno quiere descubrir qué es eso del teatro y le endilgan un obrón de Calderón de la Barca, dramático dramaturgo en mi opinión, capaz de hacer del menor enredo un enjambre insufrible. Por todo ello, se hace necesaria la figura del seleccionador cultural, más allá de intereses crematísticos, personales o de turbio jaez de los suplementos culturales. Una vez seguí una recomendación musical del EP3 y fue fatal.
Pero volvamos a la poesía y sus desencuentros. También lo había intentado antes con otros grandes, JRJ, Lorca y hasta Machado, pero mi resultado era siempre parecido: bellas palabras que pueden evocar cualquier cosa que ajustan a la aquella propiedad conmutativa en que el orden de los factores no altera el producto: Hoy es siempre todavía. Ayer fue miércoles toda la mañana. Todavía es ayer siempre. Nunca mañana será hoy. Anteayer fue martes por la noche, y hoy será mañana, si tú quieres, paloma mía.
Así que renuncié a consumir poesía y me dedicaba a buscarlas por las droguerías López o Varela de Pamplona, mientras esperaba mi turno para comprar pastillas Puntomatic, o mientras paseaba por los soportales miguelsanchezostizianopascualianos de la plaza del Castillo, con su madera negra de siglos, abombada por el gravoso paso del tiempo. Ya que los poemarios no me daban poesía sino inaprensible humo lírico, encontraba versos en la sombrerería Aznárez (hoy desabrida inmobiliaria), en los pintxos de tortilla del Cinema con prensa local, o por intensas callejas como la de Dormitalería, Redín, plazuela de San José y demás itinerarios con enjundia, como las pasarelas del Arga, hoy una horterada de pseudodiseño.
También buscaba poética en la prosa, y los ojos me pesaban al leer cada frase como si fuera la última y definitiva, y la página se me volvía borrosa y la novela tomaba un color lechoso, unos vapores que me aturdían el sentido hasta sumirse en un complejo y alambicado reino de lo imposible, frito total.
Pasaron los años, y tuve ocasión de conocer a un anciano Ángel González y asistir a lecturas poéticas de sus textos, con su voz áspera y limpia a la vez. Precedía cada lectura de un comentario del texto, que situaba aquello en su contexto. Esa imposibilidad de escapar de un franquismo asfixiante, presente en tantos poemas, como Porvenir y que plasma sin piruetas retóricas: Te llaman porvenir, porque no vienes nunca.
Pero pasa una cosa también con la poesía, y es que cuesta agarrarse a cada palabra, pues somos seres inmersos en una velocidad tal que es mucho pedir volver a empezar, releer, rerreflexionar, dilucidar, adivinar qué leches se ha querido decir. Sobrevolamos los versos y con penoso esfuerzo logramos asirnos a ellos, y exprimir su zumo como un mosquito tigre hace con una vena cándida. Por eso celebro ese pequeño gran descubrimiento que Irigoyen, con su columna seleccionadora, me ofreció un día de febrero. Irazoki, Los hombres intermitentes (Hiperión), donde se practica el poema largo, en prosa, que en su mayoría se entiende, porque evoca a cosas tan simples como bellas. Extracto de Tonta mortífera:
...Ella creció descuidada; es decir, bella. Tenía una esbeltez turbadora, y la perfección de sus facciones estaba protegida por una piel fresca. Sus contoneos los observábamos con la sensación de un licor que, quemándonos, bajaba despacio al estómago. Era la tonta…
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27.03.07 @ 14:27:04. Archivado en Husma literaria
Supongo que nadie me ha dado vela en este entierro, y que no conozco lo suficiente el cúmulo de desaciertos verbales que entre unos y otros han provocado este enésimo arrinconamiento de la vida pública, literaria y navarra (sí, suena raro) del mayor experto y apasionado de hasta los más mínimos detalles de la vida de Pío Baroja. Para evitar caer en la hagiografía, por lo cercano que me toca el tema, evitaré poblar este post-denuncia con un recuento de halagos sobre el hacer de esta bestia literaria, de este personaje a contrapelo, autor de miles de páginas cargadas de esa luz amarilla (que diría Pascual). Un ente valioso como sólo son las cosas valiosas, las que actúan sin esperar gran cosa a cambio, más que seguir esa voz interior, con fidelidad, con fe en los sueños propios, dictados por cierto por una marcada hondura humana.
Me refiero a Miguel Sánchez-Ostiz, ese escritor total, integral, infatigable, al que han dejado fuera del cartel del próximo Congreso de Estudios Barojianos, que se celebrará en Pamplona los días 20, 21 y 22 de abril, en un precioso edificio junto a la catedral de Pamplona en el que estudió un púber Baroja hacia finales de milochocientos.
Un congreso de Baroja sin Sánchez-Ostiz. Incomprensible. Como un seminario sobre el mal de las vacas locas sin Juan José Badiola, si se me permite la chanza, o un simposio sobre calles de Pamplona sin el difunto José Joaquín Arazuri.
Mientras escribo esto doy una vuelta por la Red, y llego hacia ese reducto de buen periodismo bloguero que, precisamente me dio a conocer el propio Miguel, y que firma el corresponsal del ABC en París, Juan Pedro Quiñonero. Veo que allí la indignación viene de antes, y que se habla de secuestro y ostracismo, ante ese mismo congreso, organizado por Juan Ramón Corpas, que por lo visto es quien decide quién va y quién no. También me sorprenden gratamente los comentarios hacia la última obra de Sánchez, que hace el amigo Q, que aún no he leído. Dice que es uno de sus mejores libros, criatura resultante, por cierto, de su crónica de viajes y tesoros La isla de Juan Fernández, de la que este blog, por cierto, se impregnó grandemente a la hora de ser definido.
El caso es que las relaciones de MSO con los poderes siempre ha sido todo menos idílicas. Recuerdo una visita que le hice al Baztán, en plan escritor novel titubeante y timorato que acude al maestro, en que no se cansó de darme un oscuro consejo, si es que mis tiros iban por lo de escribir y tal y moverme por entre aguas editoriales y tal: “De mí no sabes nada. No me conoces. Eduardo, tenlo claro. A mí, ni citarme. Hazme caso”. Como ven, me he pasado por el orto sus preventivos consejos de outsider demasiado apaleado por un entorno que le ha cerrado muchas puertas: universidad, periódico y, como vemos ahora, congresos barojianos. Una pasión, esta del barojianismo que, como todas las pasiones, sean de papel o de muselina, le han dejado más que magullado. Si Baroja se subía al árbol del cuco del Bosquecillo a soñarse robinsón, quizá Miguel Sánchez-Ostiz se veía un Baroja, ese joven y gallardo Baroja que alternaba por la calle Mañueta, “donde había un frontón popular, y cafetines donde pululaban los soldados y los sargentazos, dados al cante, a la guitarra, al juego y al humazo. Pío Baroja debía de tener ya un carácter de verdad turbulento, que luego domeñó como pudo y que le jugó algunas malas pasadas” (Pío Baroja, a escena, 2006).
También el carácter de Ostiz le ha jugado malas pasadas, y quizá también ciertos artículos más que mordientes cuando tira “porque le toca”. Pero que ciertas acritudes del carácter se lleven al extremo de esa tristísima ausencia, encogen a uno el alma como una lluvia de domingo de noviembre, achantan, meten miedo, como diría el propio aludido. Que los enconos personales lleguen a ese punto es del todo lamentable, y aquí me da que el sobrinísimo Pío Caro Baroja va metiendo cizaña. Un congreso, por tanto, que nace cojo, tullido, pese a su plantel lleno de interesantes fichajes, y que sugiere que más que para “estudiar a Baroja” se ha montado con no sabemos qué filisteas intenciones.
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14.12.06 @ 14:09:48. Archivado en Husma literaria
Mi concepto del ser viejo se ha ido rejuveneciendo con los años. De pequeño creía que llegar a anciano equivaldría a convertirse en venerable o en cascarrabias: o el de Heidi o el de los caramelos Werther, que da dulces y unas pagas discretas en su monedero de piel oscura. Me veía también con una gabardina de esas color helado de café (de Nalia, permítaseme el hiperlocalismo), bastón y una boina Elosegui bien calada.
Todos los abuelos que conocía eran así, venerables o cascarrabias, pero cada vez más fuera de lugar, más desplazados, más exiliados de un mundo que no comprendían, que iba ya demasiado rápido para ellos, por lo que decidían bajarse. La única relación de mi abuelo con la tecnología era un pinganillo que cada domingo por la tarde se colocaba en el oído izquierdo para escuchar los partidos de fútbol. Los abuelos de antes representaban su papel de abuelos, llevaban al extremo ese rol de sentirse ya vencidos, ya cansados, ya con poca paciencia, ya con todo sabido, o sin ganas de conocer.
Así eran todos los abuelos que conocí, hasta que luego descubrí otras formas de asumir la senectud, y asumí que mi vejez no tendría porqué ser tan típica, y que simplemente ser viejo era un estado similar al actual, sólo que más debilitado, a merced de los hospitales y con la muerte más cerca. Quizá también sin la presión de tener que demostrar nada, pues en la semana de la vida un anciano ya está en domingo, y su “operatividad”, como dicen los militares, se reduce a las aficiones que le permiten seguir teniendo ilusiones para levantarse de la cama y a vivir los momentos de calor humano que pueda o necesite.
Elegía de Philip Roth nos habla de uno de esos envejeceres modernos, los que nos tocarán a nosotros, seguramente, en una época de familias globalizadas y afectos un tanto deshilachados. Llegar a viejo y sentir desde la mecedora una estremecedora soledad, una amarguísima sensación de que lo construido durante esa existencia no ha sido tanto, y que hasta tus hijos se olvidan de ti el día de Fin de Año. Claro, llevan su vida, qué se la va a hacer, no quiero aguarles la fiesta con mis problemas, mejor no complicarles, veré una película en la tele.
El libro de Roth nos demuestra que la vejez, como el matrimonio, el amor, el trabajo y demás, no es un estado que nos regale bienestar, así por las buenas. Llegaremos a arrugadas cacatúas y seguiremos con los mismos runrunes, las mismas zozobras serpeantes y parecidos tormentos por no haber hecho tal o cual. Se desprende en Elegía cierta desdramatización de la vida, se le quita gravedad, al final la vida no es para tanto. Ni ser viejos, ni morir, ni sentirse solo. ¿Y qué se puede sacar en limpio de todo esto? Pues muchas cosas, entre ellas que la vida es una constante lucha hasta el día en que desaparecemos, algo que más vale aprender de jóvenes, sin deprimirse, pero contando con ello. Podremos así orientar nuestra artillería hacia donde más nos compense, y a lo mejor, cuando seamos parásitos de la Ley de Dependencia y una ecuatoriana empuje nuestra silla de ruedas por nuestro miniapartamento de viejo de donde nos preparemos a morir, una leve sonrisa se alce en nuestra pastosa boca de medicamentos al pensar que vivimos nuestra autobiografía como creímos que debíamos vivirla.
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12.12.06 @ 19:21:34. Archivado en Husma literaria
Leo por ahí una cosa de Susan Sontag sobre el miedo a envejecer:
El miedo a la vejez surge del reconocimiento de que no se está viviendo ahora la vida que se quisiera. Equivale en un sentido a insultar al presente.
Reconozco que nunca he sentido ese miedo. Quizá me queden todavía comodines, opciones de malgastar el presente, de vivirlo como si el tiempo no fuera un bien escurridizo y veloz. La gestión del propio timing, gran asunto éste, en el que somos científicos y cobayas en uno. Precisamente por eso, para trazarse la hoja de ruta vital con menos ceguera, saben bien libros como Elegía, donde asistimos a un canto del cisne algo siniestro de un hombre anulado por las enfermedades, la soledad y el desprecio de unos hijos bastante capullos que no aceptaron la sinuosa vida matrimonial de su padre.
Es la otra cara de la moneda de Juventud, de Coetzee, un libro sobre ese duro proceso de metamorfosis que se da a cierta edad, bastante más lejos de la adolescencia. Ese periodo definitivo de hacerse, en el que hay crujidos de varios tipos y mucho en juego, edad en la que uno puede salir airoso o truncarse para toda la vida, quedarse turulato y recomponerse como buenamente se pueda, en trabajos dignos con jornadas infelices de 35 horas. Quizá entre ese periodo de ruptura del cascarón (o de echarse a la piscina, salir del armario, del cajón, de la burbuja, de donde haga falta) y el descenso vertiginoso a la tumba transcurra una etapa que podríamos llamar Vida. Quizá también Segundo Acto, esa parte esencial de la película en la que pasan las cosas, dura mucho tiempo y a veces hay fases aburridas, algún bostezo y un poco de todo, antes del ajuste de cuentas final, de la resolución, el postrero y solemne Tercer Acto a lo traca final sanferminera. Luego pasa que hay biografías más lineales, más narrativas, sin esa división argumental aristotélica, más novela-río, donde a veces no pasa nada y en ese no pasar esté el intríngulis porque en el fondo pasa mucho. (Pero lo de la novela como vida y la vida como novela daría para muchos pedaleos, para un post infinito, que durara toda una vida y conformara una singular novela tipo los diarios de Trapiello.)
Yo quería escribir sobre el libro de Philip Roth y al final he acabado aquí. Esto no es un blog serio, no, amigos. Y mucho menos serio es hacer metaliteratura bloguil, es decir, hablar del post que querías haber escrito, entrando en un callejón sin salida vilamatasiano que supone el rizamiento del rizo de la espiral comunicativa literaria más absurda. El caso es que no me voy a poner a estar alturas a hablar del libro de Mr. Roth, porque estoy en contra de los post demasiado largos, así que lo haré en mejor ocasión. Por suerte, estoy más cerca de Juventud que de Elegía, me lo puedo permitir.
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30.10.06 @ 20:04:20. Archivado en Husma literaria
Se ha escrito alguna que otra vez aquí sobre Pío. Pero hoy tocaba hacerlo, pues desde que se inició la televisión en España, el “hombre malo de Itzea” (así lo llamaban los niños del pueblo), no está ya entre los vivos. Bueno, en realidad, Baroja convivió dos días con el nuevo medio de comunicación, pues murió un 30 de octubre de 1956, 48 horas después de las primeras emisiones.
Porque Baroja suena ya a otra época, a época de cafetines madrileños, sombreros hongos y periódicos asabanados ensalzando la República. Se le ve como un hombre del pasado, en blanco y negro, antiguo, cuando su modo de pasear por la vida tuvo más de moderno, “de precursor”, que tantas vanguardias fules.
En Saber y Ganar le dedican un apartado, la efemérides lo merece. Una pregunta de El duelo se refiere a esos inicios suyos en que combinaba el noble arte de la fabricación de pan con el ejercicio de la literatura. Su hermano Ricardo regentaba una tahona en Madrid, y Pío decidió ocuparse de ella en vista de que el otro pasaba de la hogaza. De ahí surgieron pitorreos ilustres, como el de Rubén Darío, que dijo aquello de que Baroja era un “escritor con mucha miga”. Habría que tener los panecillos bien puestos, en aquella época de hipocresías, vivir para afuera, de qué dirán y del clasismo más cruento, para meterse a escritor/panadero. Sólo por eso, por ese contumaz vivir a contracorriente, por ese resbalamiento constante de los comentarios ajenos que fue su vida, merece un mucho de interés, a cincuenta años de su enterramiento en un cementerio civil de Madrid, donde decidió que le sepultaron con todos los honores “ateos”.
Hoy en una biblioteca madrileña cojo una especie de flyer de temática barojiana. Son los itinerarios madrileños de personajes como Andrés Hurtado o Silvestre Paradox. Ya pasaron las fechas, una pena. En el Museo de la Ciudad una exposición rememora la “Memoria de Pío Baroja” y me hace pensar si tuvo tanta influencia en él Madrid, como el universo vasco. A juzgar por los homenajes, parece como si no hubieran existido La casa de Aizgorri, El mayorazgo de Labraz, Zalacaín o ninguna de las inquietudes del bravo Shanti Andia.
Me entero también en Saber y ganar que Hemingway y Cela, dos premios Nobel, portaron su féretro por las calles de Madrid hasta el cementerio. Dan ganas de investigar sobre tan curioso capítulo de la historia de la Literatura. Al final, a cincuenta años de su muerte, nadie sabe donde honrarle. Al menos, en Euskadi o en Chamberí, quedan sus libros, siempre por encima de nacionalismos, politiqueos y otras hemiplejias de la razón.
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12.10.06 @ 21:42:50. Archivado en Husma literaria
Solemos oír las palabras de elegante desprecio de los escritores para con los premios. Un gran “bah” de falsa modestia inunda las respuestas en las entrevistas que conceden. Me acuerdo de Günter Grass, el día que le anunciaron que era el premiado, que ni siquiera cambio su cita con el dentista, en plan austero y desprendido de los boatos.
Pero tengo para mí que, en el fondo, muchos de ellos quisieron ser como Albert Camus, Samuel Beckett, Ernest Hemingway o Camilo José Cela. El caso de Umbral, podría valer como ejemplo, con ese amor/admiración hacia ese tótem literario que era Cela, con su Nobel bajo el brazo. Personaje de sí mismo, Cela supo camelar a los suecos con más de una década de intrigas, según leo en algún sitio. Todo un maestro en el marketing de la posteridad, técnica de labrarse una gloria que puede apestar en vida, pero de la que nadie repara después, mitificado el cadáver.
Quedan pocos premios que aún impresionen, que todavía conserven el valor de dar valor al premiado. El Príncipe de Asturias, premiando a Fernando Alonso antes de ganar un Mundial, a los del basket en cuanto conquistaron Japón y a Paul Auster en vez de Philip Roth ha perdido muchos gramos de prestigio. El Nobel de Literatura aún conserva parte de su caché inicial, y es fácil imaginarse a todos los candidatos, Roth, Vargas Llosa, Lobo Antunes o el propio Pere Gimferrer, esbozando frases que dirían en su discurso de recién premiados.
Lo bueno que tiene lo del Nobel es que es una carrera de fondo, y que una vez recibido puede incluso validar toda una biografía de tumbos y sinsabores. Me ha sorprendido la impredecible biografía del flamante Nobel, el turco Orhan Pamuk, uno de esos personajes que caen bien a cualquiera. Y pego de wikipedia:
Nació en el seno de una familia acomodada (su padre era ingeniero) residente en el occidentalizado barrio de Nişantaşı, similar a las que describe en algunas de sus novelas. Inició estudios de Arquitectura, pero los abandonó tres años después para dedicarse a la literatura a tiempo completo. En 1977 se graduó en el Instituto de Periodismo de la Universidad de Estambul, aunque nunca ejerció como periodista. Entre 1985 y 1988 residió en Nueva York y trabajó como profesor visitante en la Universidad de Columbia. Posteriormente regresó a Estambul.
Quizá habrá que ser muy turco para tener los bemoles suficientes para abandonar la arquitectura por una ciencia tan infusa como la literatura ¡a tiempo completo! Luego se ve que le entró el ansia de hacer algo, de salir de la guardilla y se puso a estudiar Periodismo, ¡y no ejerció! Qué tío. Dice por ahi que siempre quiso ser libre, se ve que lo ha conseguido, y con premio. Me alegro por él, enhorabuenas.
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15.09.06 @ 17:58:34. Archivado en Husma literaria
Fundado en 1949, diez años antes del nacimiento de Chivite, por Fernán – Gómez y gentes intelectuales, el premio Café Gijón recayó en este joven/veterano escritor navarro. Lo he visto en una miniesquinita del periódico y me he alegrado. Primero porque este hombre me cae simpático. He podido leer algunas de sus columnas en Diario de Noticias de Pamplona y en El Correo de Bilbao y siempre me han entrado bien. Son de esas columnas que como diría mi amigo Cotión no dicen nada, pero que saben a tanto.
Me viene a la cabeza una titulada, así, sin más, La casa. Salió en El Correo hace un año largo y hablaba de eso, del refugio que concede la casa, ese lugar donde esparcir la intimidad, donde dar forma a nuestras fantasías como arquitectos de esos reinos imaginarios que tanto cultiva el que vivía en Gorritxenea, ahora en Sutegia. Un tema, ese de la casa, las casas de la vida, del que es poco menos que catedrático este último.
Así que me alegro por Chivite, porque su Oh, mira esas lápidas haya sido rescatado de entre más de doscientas plumas competidoras. Pero me alegro también por la existencia de estos premios discretos que huelen a limpio, donde parece que el verdadero interés es la literatura, y no otras cosas. Lo publicará la editorial catalana Acantilado. A ver qué tal.
El propio autor reconoció que "es difícil precisar de qué trata porque las novelas ya no tratan de nada sino de la escritura", pero apuntó que su intención "ha sido hacer una especie de mosaico con esbozos de vidas contemporáneas de gente que ronda los 40 y 50 años, con personajes que aparecen y desaparecen, gestos, actitudes, creencias, gustos y fracasos..." (Diario de Noticias)
No muchos editores recibirían de brazos abiertos un planteamiento de este tipo, sobre todo si el autor no es aún nadie en el star system cultureta. Me alegro entonces, por el café Gijón, el premio y por Chivite, uno de esos rostros que a veces hacen replantearme la hégira del reino de Naburri, ese territorio demasiado asolado por el zurriaguismo más bravo.
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12.09.06 @ 20:36:24. Archivado en Husma literaria
Tras lo de Günter Grass y el caso Rubianes, nos encontramos con un nuevo temita de estos que son carnaza de blog. No quería hacer leña del árbol caído, hasta que un viajero de metro me ha regalado un calentito y manoseado ADN2, edición de la tarde, con el derecho a réplica en exclusiva de la aludida y presunta copieteadora. Leído el texto, me ha parecido que habría que hacer leña, y además, echar un par de pastillas Pat.
Porque resulta que la señora escritora, no sólo no pide perdón, ni se inventa una insostenible excusa tipo error informático, sino que se permite un feo cinismo que no la deja muy bien parada. Armas de promoción masiva, se titula la carta que envía la escritora al diario gratuito. Ingenioso título que sabe a chiste sin gracia y fuera de lugar. Dice Etxebarria que los de elmundo.es hacen un show de algo que no es noticia, porque todas las demandas se admiten a trámite sin que hagan falta indicios. Y que eso no es noticia. Pero nada sobre si el contenido de la demanda es veraz o no.
Porque salta de párrafo y se defiende de un anterior presunto plagio del que sí dice ser inocente (más o menos). Y entonces viene el momento autoechamiento-de-flores acompañado de une pequeña cuña autopublicitaria:
"Este libro sigue en librerías casi SEIS años después de su publicación (en Madrid, concretamente, pueden encontrarlo en la Librería XXXXX) y conoció reedición en bolsillo. Quizá los lectores no lo sepan, pero tan larga vida para un libro de poesía constituye un hecho inusitado."
Pues que bien. Pasa después a agradecer parte de este éxito a Interviú, que la acusó entonces de poético plagio. Y añade:
"Espero por tanto que la noticia de elmundo.es impulse las ventas de mi libro."
Ironía mal tratada que se convierte en sarcasmo. Siempre que tenga razón el psicólogo presuntamente plagiado, cosa que parece estar fuera de toda duda si uno compara sin dejarse muchas neuronas en el análsis:
Como hemos dicho, la forma estándar de dependencia emocional es la que acabamos de describir (...) Sin embargo, existen lo que han dado en llamar «formas atípicas» de dependencia emocional en las que este fenómeno aparece simultáneamente con otros. Una de estas formas atípicas es la dependencia dominante.
Ya no sufro por amor (2005) pág. 83
LUCÍA ETXEBARRIA.
Como hemos dicho, la forma estándar de dependencia emocional es la que acabamos de describir (...) Sin embargo, existen lo que han dado en llamar «formas atípicas» de dependencia emocional en las que este fenómeno aparece simultáneamente con otros. Una de estas formas atípicas es la dependencia dominante.
Dependencia emocional y violencia doméstica (2004)
JORGE CASTELLÓ.
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28.05.06 @ 19:54:48. Archivado en Husma literaria
“Si no hay ferias de pan, por qué tiene que haber de libros”. Recuerdo esta respuesta de Andrés Trapiello ante su negativa de acudir a la cita anual de los editores en el Retiro madrileño, hace ya años. Creo que venía a decir que la lectura es tan básica y necesaria como digerir el alimento citado. Estoy seguro de que hay ferias de pan, como hay ferias de productos eróticos, ferias de arte, ferias textiles, ferias de micos de ferias.
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10.04.06 @ 21:14:53. Archivado en Husma literaria
Se dice que la memoria es selectiva, pero entre su selección siembre hay hueco para unos cuantos recuerdos desastrosos y flatulentos. Así es la memoria, de pronto, mientras uno se rasca la ceja derecha ¡zas!, la frase bodriosa de Nosequién. Cuando abrí este blog me encontré con muchas de esas, comentarios hechos sin máscara, de viva voz, en mi propia jeta, sin ningún filtro virtual que mitigara el carácter lesivo de la puyita: “Pones muchas citas, pareces argentino, a ver si escribes algo propio entre cita y cita, queremos leerte a ti y no a los otros, taltal”. Gentes que opinaban sin ser consultados, con un espíritu no sé si constructivo pero ciertamente desalentador y, que, como el reaggeton de ciertos locales, uno no podía evitar que se colara en su interior.
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03.04.06 @ 20:25:46. Archivado en Husma literaria
Muchos de los libros sobre la guerra civil española añaden subtítulos tipo: “el libro que faltaba”, “la verdad que nadie supo nunca” o “lo que se dijo a medias y ahora se dice mejor y más ameno”. Este libro, Desertores. La guerra civil que nadie quiere contar, no es original, en ese aspecto, pero a lo mejor sí lo es al abordar tan certeramente el tema de ese tercer bando, esa tercera España silenciosa, inadvertida, casi invisible que formaron dos millones y medio de hombres.
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