
Sumergirse en una ciudad como ésta que es real es conocer el mundo, la sociedad, Occidente, Europa, con sus luces, sus sombras, sus semisombras, sus migas, sus gachas, sus busilis, sus aqueles, sus anaqueles, sus tratos, sus pensiones, sus quitame de allí esas pajas, sus este cura no es mi padre, sus de esta agua, que hay poca, no beberé.
Que nadie ose hablar mal de esta tierra, Ciudad Real, ni llamarla peyorativamente pueblo, pues si es algo, al margen de lo real o lo arreal, es ciudad. Entendamos ciudad como conjunto de varios miles de habitantes con una serie de derechos y deberes y un buen puñado de servicios que los pueblos de al lado no gozan. Quien comprenda el funcionamiento, básico, de ese complejo (pero inteligible) sistema de intercambios humanos que es un lugar como Ciudad Real, podrá ufanarse de intuir medianamente cómo funciona el mundo. Un poco como lo que ocurre en ese pueblo francés, Donzy, réplica de la realidad electoral gala.
Pues bien, este sábado se levantó Ciudad Real con algo así como un intento de escándalo urbanístico entre sus calles. El diario El País así lo hacía saber, con ese aire suyo como de justiciero de las fechorías de los especuladores de sombrero de ala ancha. Cargos municipales del PP compraron pisos tras declararlos protegidos. No entraré a pedalear moralmente en qué está bien o qué está mal, porque mi abstracto sentido de la justicia me hace pensar que tan mal está lo que hicieron los mandamases consistoriales como la actitud cuando menos pugilística y claramente partidista, esto es antipartidista, de los chicos de El País.
Por lo visto (y oído), los pisos en cuestión se edificaron en unos terrenos que pertenecieron a la antigua estación de Renfe, que pasó a mejor vida cuando llegó el AVE. El Estado, en estos casos, cede este tipo de metros cuadrados al Ayuntamiento, para que disponga según su parecer. Aquí creo que hay normas que dicen que o viviendas, o construcciones de tipo comercial, o públicas, o colegios, o guarderias, o taltal. Entonces los hombres de Paco (Gil-Ortega, alcalde) decidieron crear unos pisos de protección pública, que bautizaron creativamente bajo la denominación de origen municipal. Entonces, no sé sí con trapicheos o simplemente con caliente información privilegiada, concejales y diputados del PP se pusieron a comprar esos pisos a tan barato precio. Entre ellos la candidata a alcaldesa Rosa Romero (confesó el sábado en público que pagó 24 millones de pelas. “Un precio de vivienda libre”), el entonces alcalde y una diputada que dijo que se enteró por el periódico de la ganga. Ayer Barreda lanzó incisivos misiles sobre el tema: “Crearemos VPOs de catalogación oficial, no inventada de la noche a la mañana como hacen en ciertos ayuntamientos”.
¿Es abuso de poder lo que hicieron? ¿Es corrupción? Grandes palabras, supongo. Desde luego, demuestran una capacidad de aprovechateguismo de impresión, eso está fuera de dudas. De emplear en su provecho su posición de poder. Todo huele a pseudocorruptela de domingo: “Oye, que por qué no construimos ahí unos pisos baratos y los compramos nosotros”. Hicieron 150, de los que unos 4 pararon a manos populares directas, y supongo unos cuantos más que a varias amistades, ya que estaban.
El caso se ve que se conocía desde hacía tiempo, tres años lo menos. Que lo publicó un diario digital local, y que luego el PSOE ciudadrealeño manejó la información. Y que se la guardaron como un comodín de la llamada que emplearían cuando más lo necesitan. Y a quince días de las elecciones el principal periódico de la ciudad publica una encuesta en que pronóstica una derrota hasta deshonrosa para el grupo socialista. No hace falta ser el padre Brown para seguir la secuencia de los hechos, que acaba en publicación a bombo y platillo (y portada) en El País, a ocho días del gran día electoral del dichoso y feo asunto de los pisos.
De este affaire se podría hablar mucho y mal. Pero deja unas cuantas lecciones de cómo funciona el politiqueo, y el papel de la prensa como catapulta echamierdas. Porque la actitud del periódico es en sí loable, todo lo que sea criticar los desbarres de la clase dominante, sacar trapos sucios con ánimo corrector. Pero ya me convence tanto cuando sólo se hace con fines electorales, en contra de un partido concreto, al que se quiere frenar su escalada en intención de voto. Quizá pedir fair play político-mediático sea una ilusada en un país como Caína, porque aquí ha quedado mal tol mundo.
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Continué mis interpelaciones a los amables viajeros, y sin darme cuenta me colé en el vagón de primera, ese en el que la gente paga más para que no le den la murga. Para no aguantar a abuelas de esas que atosigan de cariños por el móvil a sus nietas relamidas, o a bebés que lloran como arrepintiéndose de haber llegado a este mundo, que parece piden cuentas a Dios. Casi al final del tren, porque los vagones de primera suelen ser el extremo, esa zona recogida tras la cafetería, en el que, fíjate, nadie cruza con paso cimbreante de borracho de un coche a otro. Total que ahí estaba, ajeno a esa pequeña intromisión, pidiéndole a ese hombre de unos sesenta con aspecto de votar a Bayrou unas declaraciones para mi periódico.
Me senté a su lado y, obediente, me contó su rutina con el AVE, su relación con esta máquina que achica distancias. Iba todos los días a Madrid, en coche, de lunes a jueves, a supervisar obras. El tren no le servía, porque luego tenía que ir de un sitio a otro, y depender de taxis era un jaleo. Pero el viernes, el cuerpo le daba un toque, le pedía aire, un respiro, y entonces se dejaba llevar por la Alta Velocidad. Una pequeña tregua, un rato para leer un poco la prensa, y pensar en el fin de semana, y en su finita paz. Se le notaba un deje de resignación, de esa de la que los hombres pudientes y felizmente burgueses apenas pueden proferir, no sea que se te echen encima. Ese día, no había escuchado el despertador. “Ha sonado y, sinceramente, no lo he oído. Yo debía estar a las 9 en Madrid”. Y eran las diez y media.
Le pregunté si le compensaba ese cansino ir y venir, y ahí es cuando le entró un aire digamos que filosófico, hondo, reflexivo, crítico consigo mismo y con el mundo de bien que le inculcaron en su casa. “¿Y qué es lo que compensa?”, me dice como suspirando. “Es el ritmo que nos hemos marcado...”. Luego añadió algo de insólita franqueza. “Puede que ganemos mucho dinero, pero de qué te sirve si el cuerpo no aguanta ya”. Pensé entonces en la figura de quien trabaja de firme para llegar a una cima, a unas cotas altas que, una vez conquistadas, apenas tienen sentido. Como si mirara atrás y ni siquiera le gustara el camino recorrido, tan lleno de zancadillas, escozores, desasosiegos y esfuerzos con recompensas a fin de mes, pero poco más.
Luego ya cambió de tercio, tras ese fulgor de sinceridad, esa pequeña confesión de cierta pesadumbre existencial, ese rayo de lucidez ante lo absurdo de una vida entregada a unas convenciones sobre el éxito, que luego se cuestionó si no serían más bien fules. Me habló entonces de la desaforada construcción de chalés en Ciudad Real, que se los iban a “comer con patatas”, pues la cosa de hacer de aquella ciudad un dormitorio de Madrid no parecía que fuera a cuajar. “Un día, dos, tres, te haces 400 kilómetros al día, y bien. A las semanas empiezas a ver que tu proyecto personal se viene abajo”.
La ecuación dinero = felicidad sigue pesando, prevaleciendo, en muchos diseños de vida. No entraré ahora en tan manido y hasta pueril tema. Que cada uno juegue sus cartas como pueda, y aproveche sus comodines, si es que los tiene. Sólo quería destacar ese quejido del burgués, del empresario de la construcción que ve que se acaban sus días, que se fueron hace mucho sus mejores años, pero que sigue teniendo que conducir cuatro horas cada día, comerse sus atascazos, ir de la ceca a la meca, resolver a cada marronazo técnico de edificación por jornada y, al llegar al casa, prepararse un nescafé capuchino con leche Omega3 y sacarina Natreen y, además, dar gracias por la suerte que tiene, frente al hierático televisor Bang & Olufsen, donde pasan una comedia de Jack Lemmon que no tendrá tiempo de ver hasta el final.
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El pasado 21 de abril, como muchos sabréis, se cumplieron 15 años del primer trayecto del AVE Madrid – Sevilla. Últimamente, paso algo de tiempo sobre estos vagones, así que la efemérides me dijo algo, porque los cumpleaños sólo importan si son de algo o alguien que te interesa, y no sé por qué digo esta obviedad.
Me tocó, en mi rol periodístico manchego, hacer una crónica “humana” de los viajeros de un día cualquiera del servicio Puertollano–Ciudad Real–Madrid. Así que me convertí por unas horas en periodista/viajero, una especie de Kapuchinsky del bienestar.
Hubo gente simpática y amable, pero otros que no estaban para muchas diatribas matinales, por ese poder disociador que tienen los trenes, que en seguida nos ponen la cabeza en ese otro lado, el de las reflexiones, evocaciones, recuerdos y misticismos de mp3. Hubo alguno que, ante mi requerimiento, me soltó un “tío, estoy medio sobado, lo siento”, o un viejales vinagroso que me reclamó una acreditación que no llevaba. La gente no sabe practicar el respetable y válido ejercicio del decir no, y se encastillan y lanzan respuestas hoscas y cargadas de aceite verbal hirviendo. Coño, que no pasa nada por decir, “no gracias, lo siento”.
Me encontré en los pasillos con empleaditos de El Corte Inglés, estudiantas jóvenes aunque sobradamente preparadas de Química, funcionarios acomodados en su aburrimiento, profesoras maestras en el arte de conciliar ocio y trabajo, y así. También al prototipo de español de los años cuarenta. Sí, un tío chupado, pelazo negro bien peinado, narigón griego, penumbra de barba y aspecto noble, fiel, de buena persona, vaya. Aparentaba sus buenos cincuenta, y cuando le pregunto su edad después de que me contara que era currante —oficial— en el Edificio de Comunicaciones de Madrid, me dice que 35. ¿Cuántos? 35. Y yo ¿treinta-y-cinco? El tío no parecía estar bromeando, ni mucho menos, ni tampoco se extrañó de mi pregunta. Tenía 35, esa edad en que en otros tiempos, en ciertas tierras olvidadas como Ciudad Real, no se hablaba ya de juventud, ni otras chorradas. Se era niño, brevemente joven, mozalbete, zagal, y luego ya hombre, después viejo y a cascarla. Le gustaba el AVE, le parecía cómodo y todo eso. Se le hacía llevadero el trayecto diario a la capital desde hacía ya casi un año. En otros tiempos, en su verdadera época (aquel hombre no era sino un anacronismo humano) le habría tocado ir en un vagón traqueteante, a las minas de mercurio de Almadén, supongamos, y fumaría su tabacazo negro de filtro blanco, y se pimplaría sus buenas copas de chinchón, o directamente un vinorro de Valdepeñas. Tendría también esa cara de hambruna y la mirada inexpresiva de quien sólo ha visto llanuras, y de quien no quiere ver tampoco otras cosas.
Y mañana sigo que sino esto queda muy largo…

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Hay domingos periodísticos que tienen mucho de plan de fin semana infantil, como aquellos en que la tómbola de Cáritas montaba un circuito de karts en pleno paseo. O donde las barracas, con uno de esos reptilarios con serpientes color relleno (plato típico pamplones), o los espectáculos de los magníficos Bordini, que hacían del cielo un lugar transitable, con sus motos rojas que reptaban por la cuerda fija (tenían un engancha al cordel, claro, pero aún y todo impresionaba). O un número de marionetas de ese tal Kurt, misterioso hombre de magia y bambalinas, con aspecto de polaco, o búlgaro, o país extranjero con pelos rubios y cabezas elegantemente rapadas. También decoraba los escaparates de jugueterías como Purroy, lo cual incrementaba su aureola mística, en esa época en uno aún cree en los Reyes Magos y en el poder de los juguetes.
El domingo pasado, en Ciudad Real, me tocó lidiar con un tentadero para aprendices de torero, y sacar de ahí un reportaje. Eso del tentadero se monta para probar la bravura de las vacas que luego serán inseminadas por el toro con más cojones de la dehesa, algo que se suele hacer en el campo: los ganaderos van mareando, tentando, a las becerras (o eralas) para ver cuál será la madre más ad-hoc-cuada para parir futuros toritos. Hay en eso toda una perfección de la raza, encaste, un talante nazi de perseguir lo ario, pero en versión taurina. Era curioso de ver a esos proto-toreros con acné enfundados en sus trajes de campero, todo elegantes, dando temblorosos sus juveniles pases de pecho, soñando con salir a hombros de la Maestranza.
Luego unos ecologistas en acción leyeron un manifiesto con el agudo título: Abrid los Ojos (de Guadiana), Cerrad los pozos, en las Tablas de Daimiel, un terreno mullido y fantasmagórico, do otrora hubo agua y vegetación abundantes. Ahora quedan casas de pescadores fantasmales, vacías, astilladas, reliquias secas de una fertilidad que ya no hay, en ese pantano al revés que es toda esa zona.
Da tiempo a hacer muchas cosas en un domingo, mientras espero a Fofito en esta carpa azulona, en una tarde también azulada, pesada, de febrero. Unas gitanazas mascan chicle en una rulotte reconvertida en tienda de palomitas y otras grasas, y pasan domadores fumando cigarrillos, con esa elegancia de sarao mágico del circo, como sargentos rusos que están de broma. Por fin, una especie de manager del espectáculo me da el ok y me conduce por las afueras del circo, que se sujeta al mundo con cuerdas y estacas. Veo a unos perrazos con las patas musculosas, metidos en jaula, y pienso en Amores perros, ¿dónde estará al camerino de Fofito? El hombre me abre la lona, y me agacho hacia una semioscuridad en la que una figura con nariz prominente me sale al paso. El payaso de la tele, en esa trastienda sórdida de detrás del circo. Su hija Mónica, muy guapa y piernilarga, se fuma un pitillo mientras improviso preguntas con toda seriedad periodística.
-¿Y trabajar en La Sexta, con su primo Emilio….?
-No me hables del innombrable….
Ese mismo domingo estaba Rajoy en la ciudad, parte de esa barraca circense que es la vida de un político. Pasan cosas los domingos, sí.

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El otro día asistí como interlocutor a uno de esos diálogos que, de tan típico, me llamó poderosamente la atención. Era de un tipismo tan exagerado, tan de manual, un atajo de tópicos ensamblados uno detrás de otro, un catálogo de boutades filofascistas tan habituales entre ciertos españolitos de a pie, que no pude decirme a mí mismo aquello de : ¡carne de blog! (esa especie de eureka bloguil).
El autor de esta serie de lindezas me hizo pensar que estaba poseído por el espíritu de un escritor fracasado de guiones de Torrente. Tocaba todos los puntos que todo buen aspirante a cafre nacional debe poseer: racismo a flor de piel, homofobia, machismo, antivasquismo, anticatalanismo y una oposición constante al cambio. Para definir un poco más a este figura de lo políticamente incorrecto, diré que tendrá más de cuarenta años y que es manchego, pero con esto no quiero decir que todos los manchegos tengan que ser como él. Esta pequeña radiografía sociológica no es representativa, es una muestra de uno solo, así que no permite sacar ninguna conclusión (excepto la conclusión que se desprende de analizar a un tipo entre un millón).
Todo empezó al pasar por una tienda de chinos, una de esas con luz metálica y risquetos colgando por las paredes, chicles orbit, latas de fabada y fregonas baratas por el fondo:
- Estos chinos no cierran nunca.
- Ya.
- Joé con los chinos, si es que no se mueren nunca. ¿Tú has visto alguna vez un entierro de chinos?
- Hombre, supongo que los mandarán a sus países a que los entierren. Como los marroquís, ¿tú has visto un entierro de moros?
- Bah, bah. Esos te los meten luego en la comida, por qué si no hay tantos restaurantes chinos en todas partes. Tú te estás comiendo al abuelo muerto.
- Mal rollito de primavera (coñita propia…).
- En la vida pienso ir a un restaurante de esos, quita, quita.
- ¿No has ido nunca?
- Nunca, ni pienso.
- Pues yo estuve en uno, aquí en Ciudad Real, que tiene comida japonesa. Sushi y eso.
- ¿Sussi? A la Susi me iba comer yo, pero que esté buena la Susi (aquí estuvo rápido).
- Jaja. No sé, a mí me gusta eso de que esté crudo, me parece hasta más limpio.
- Carne cruda, qué guarrada. Donde esté una buena pierna de cordero, ¡o un buen bistéc!
- Pues no sé, más asco te puede dar comerte una oveja, que se pega todo el día comiendo hierba, que tiene pelos (gran argumento el mío)…
- ¿Y los peces qué??, ¡si están todo el día comiendo mierdas, y todo el mar está hecho un asco de petróleo, residuos y no sé qué más…! (ahí me dio).
(Ya en el coche, pasamos junto a unos ecuatorianos que nos hicieron dar un giro nada forzado. Metían una descomunal compra del Carrefour en el maletero, bolsa a bolsa, con el carrito en la carretera…)
- Mira cuánta basura. Si es que aquí no llega nada más que basura. Andaa. Ya se podían volver a su pueblo, aquí sólo viene lo peor. Y luego esos rumanos, esos del Este, que están todo el día robando casas. Claro, aquí puede entrar todo el mundo, antes no había toda esta delincuencia. ¡Basura!
- Tranquilooo. (Hace años hasta le hubiera seguido el rollo, por no discutir. Hasta me hubiera reído. Debo de haber madurado socialmente o algo, porque de pronto el humorcete de este hombre me empezó a asquear, me asqueaba que tras la broma hubiera unas convicciones tan mugrientas como esas. Luego me saqué unos datos de la manga, que si la delincuencia había descendido en los últimos años, y le vine con el manido discurso de que los inmigrantes están aquí porque los necesitamos, y bla, bla.) ¿Tú eres un poco Torrente, no?
- Que se larguen todos. Mira, yo lo que haría sería fusilarlos a todos. Bueno, no, eso es que es muy sucio. Los gaseaba a todos y arreglado.
- A tu lado Hitler es un santo, dije, pero ni siquiera me escuchaba, y ya nuestro camino común se acabó, como el constructivo diálogo monologado.
Concluiré este Esperando a Godot a la española con uno de esos extraños consejos de Sánchez Dragó, en su libro El sendero de la mano izquierda:
43. Desconfía, en principio, de quienes piden en el restaurante un filete con patatas fritas.
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En mi breve carrera como periodista he ejercido a menudo eso que el profesor Pedro Sorela llama el síndrome de la alcachofa o de los periodistas sentados. Ese cortaypega del teletipo al programa de turno y que se acepta comúnmente como periodismo. Le comentaba esta mañana a Caperuza Gómez que para mí que eso es más común en la radio. Recuerdo haber pasado por los micrófonos de una emisora de Vocento, y haber comprobado como gran parte de lo que luego escuchamos no es más que un revuelco, es decir, recontar lo que te ha expulsado el teletipo, pero en cortito, y con un corte de voz chulimangado de la CNN. Luego había otros que ‘buscaban’ la noticia, es decir, iban donde los políticos, grababan sus jaculatorias y después las contaban con entusiasmo. Vale. Pero no nos enrollemos con metaperiodismos.
El caso es que ayer me tocó vivir de cerca un tipo de periodismo más real, de esos que te generan también dudas sobre el oficio de vender periódicos y sus límites, pero bueno. Que cambien el mundo otros, al menos de momento. Llamó un taxista de Miguelturra a la redacción, por la mañana, domingo: “Le han cortado el cuello a una mujer, y el marido se ha ido con su hija pequeña”. Reaccioné poco, vamos, no me dio el vuelco el corazón ni esas cosas, no así el fotógrafo, cuya adrenalina nos hizo salir disparados hacia el pueblo el cuestión: Miguelturra, Ciudad Real.
No diré que fuera un pueblo de esos siniestrorros, España profunda, y tal. A mí La Mancha no me parece la España profunda, sino una España tan solo agachada, que no se la ve mucho, como a ese invitado que apenas habla en la mesa de la boda, pero que cae bien a todos. Eso sí, el pueblo tiene esas casas bajas, con calles estrechas y renqueantes que yo diría que son una proto-Andalucía, una Andalucía a medio hacer, una Andalucía indefinida.
Allí llegamos y el vecindario decía con sus caras que allí había pasado algo gordo. Salían a medias de sus portales, y barruntaban las primeras hipótesis, con esa excitación discreta de cuando pasan desgracias a los demás. Pude ver a varias de esas viejas con uno o dos pelos en la barbilla, pronunciada, casi afilada, y los ojillos hundidos. “No la conocíamos”, “Eran de fuera”, “Se había instalado hace poco, estaba reformando la casa”. Poco a poco fueron reconstruyendo el crimen a su manera, conforme iban apareciendo personajes, testigos, de ese drama de domingo. “Allí viene Santiago, ese seguro que sabe.” Y algo sabía: “Es hija de la Telendas”, certificó. A mí eso me sonó a dialecto chino, y me explicaban que eran los motes, y yo "ah, ah". Hasta la propia casa tenía mote, Casa Cencerra, número 13, donde por cierto, decían también los vecinos, se había suicidado alguien hace años. Pueblos silenciosos en que no pasa nada, hasta que pasa. Se ve que le clavó el cuchillo en el pecho, y la dejó allí abandonada, en la cocina.
Los hermanos de la víctima nos miraban con comprensible gesto hosco. Preferí entonces el periodismo de alcachofa, y añoré el canutazo simplón de darle al rec y callar. Aquello era todo un ir y venir de policías de esos de paisano con tanta pinta de polis, que acordonaron la zona. Mientras, los vecinos lanzaban al aire tecnicismos: “¿Ha llegado ya el juez? No, tampoco el forense”. “¿Y el ex marido?”. Los bulos corrían pronto, y unos dijeron que lo habían detenido, y todos lo aceptaron. Lo de la fuga con la hija ya no lo comentaba nadie. Lo que no sabían es que se había colgado de un árbol, en un descampado manchego, cerca un macizo llamado ‘Cabeza de palo’.
A lo largo de este año, un día como éste se repetirá más de cincuenta veces. No parece haber un antídoto claro, ni siquiera dejar de hablar de ello, como decía un tipo: “De tanto sacarlo en la tele, se incita a la gente, y luego pasa lo que pasa”. Aunque quien sabe.
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