
13.08.08 @ 12:29:04. Archivado en Divagaciones
Me gustan mucho los periódicos finos de julio y agosto. Un país de un martes cualquiera de verano, de julio, de agosto, no tanto de septiembre. Septiembre sigue siendo un mes hóstil, por el trauma cimentado a base de años y años de odio visceral de retorno al colegio, la jodida rentrée, con sus convenciones coñazo y sus profesores estomacantes.
Por eso nos sigue gustando el verano, nos recuerda a la patria/paraíso que es la infancia y cuando nos hacemos mayores la evocamos desde los márgenes del periódico. El verano es un ejercicio de flashback a la infancia, una huida de las convenciones coñazo de nuestros jefes y sus tantas cosas estomacantes.
En ese verano, digo, hay periódicos, periódicos magros de ruido informativo, esbeltas construcciones de papel en las que sólo entra lo esencial, en una dosis asumible para el lector. Dicen los que han estado en NYC que el NYT del domingo debe ser para echarse a llorar, una torre de papel cargada de suplementos, complementos, palimpsestos, daguerrotipos, encartes, ofertones, bollos suizos, colecciones, amén de cómo 200 páginas de información local, internacional, supralocal, hiperinternacional, cósmica, universal, tetradimensional y duodenal. El tranquilo lector de domingo, que viene de hacer jogging y tomarse un café amplio y tres donuts, no sabe si pegarse un tiro o enfrentarse a ese magma de información llena de malos rollos: presos torturados en Guantánamo, ataques bacteriológicos amenazantes, incremento desmedido de la obesidad mórbida, sectas de nuevo cuño de pavorosa disciplina interna, etc. Por no hablar de la información económica, la salmón, que tiende a lo rojo por que es la encarnación del infierno en la Tierra.
Los periódicos, como tantas cosas en España (el aire acondicionado o el aceite), pecan por exceso. Está ese sempiterno complejo de inferioridad, que se traduce en un aluvión de páginas, imposibles de leer todas más allá del titular, que se nos acaban cayendo de las manos, añadiendo más frustración al individuo del siglo XXI. Justo lo contrario que Le Monde, maravilloso periódico fino todo el año.
Otra cosa pasa con la prensa veraniega, insisto, de cuya lectura uno incluso puede acordarse en el futuro. Me acuerdo, por ej., de la muerte del poeta Claudio Rodríguez, que leí en un cafetería de un barrio anodino de París, en julio del 99, o de las exóticas predicciones del fin del mundo de Paco Rabanne, para ese mismo verano. Según él, la estación MIR se desplomaría sobre la Tierra el 11 de agosto de 1999.
“Los periódicos inflados son el símil del ritmo de vida del siglo XXI, de las pretensiones del siglo XXI, del vacío reinante y de las postergación sine die del compromiso”, dijo el sociólogo alemán Tobías Bradswürst Slip. Un afán por deslumbrar, por exceder, por querer abarcar todo y no llegar a nada. Decía Manolo Escobar en una entrevista realizada por Violeta Jiménez para El Mundo de Almería que no le gustan las grandes ciudades: “Las grandes ciudades no tienen nada. Mucho bullicio, mucho coche y mucho jaleo, pero en el fondo, nada”.
Pasa lo mismo con los inabarcables periódicos de invierno, que tienen todo pero no tienen nada.
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31.07.08 @ 02:14:17. Archivado en Divagaciones
Decía el escritor en periódicos César González Ruano que el otoño es una etapa propicia para la creación literaria, un periodo de asociación tras la disociación del verano. Pues bien, hoy me encuentro especialmente disociado, como una sociedad anónima en suspensión de pagos, o que ha presentado concurso voluntario de acreedores, como se dice ahora, y en la que ya nada es como era hasta entonces. Los trabajadores de esta sociedad disociada vuelven a casa tras conocerse la noticia del fin de la actividad, y el mismo camino rutinario de todos los días es una rutina nueva, que da miedo, frío, que abre todo un mundo de incertidumbre sin apoyos.
El escritor es un ser disociado, que se mueve entre esa bipolaridad de asociación y disociación, entre abrir y cerrar el objetivo de su percepción. Abre y recoge y, en algún momento, se supone que recompone. Me pregunto ahora —en plena noche disociada pero con extrañas ganas de poner algo por escrito— qué pasaría si alguien, un escritor, abriera sus puertas de la percepción ad infinitum. Un tipo con vocación de escritor con unas tragaderas vitales descomunales, que fuera acumulando, en una equivocada actitud escribiente, sensaciones, olores, colores, matices, barnices, anécdotas, expresiones, jergas locales, juegos de palabras, muecas peripatéticas, cargados ambientes familiares, densísimas reuniones laborales, paradigmáticos retratos sociales del siglo XXI. Así en un eterno bucle, en una insaciable necesidad de consumir vida.
“Un escritor que no escribe es un monstruo merodeando la locura”. Lo dijo Kafka. Supongamos que ese escritor que todavía no ha escrito, por miedo a lanzarse a la piscina, vive en perpetua disociación, desdoblando su alma hasta los más altos parnasos de la inspiración, de la creatividad, de la hiperestesia, de la observación más atenta. Le llegaría un día la saturación más atosigante, y asociación y disociación se enzarzarían entre sí, dejando el cerebelo de este sujeto en cuestión hecho unos zorros, como uno de esos garabatos de crío lleno de rayajos negruzcos y terroríficos.
Quizá necesitara huir al monte, como el protagonista de El perfume, y pegarse siete años chuperreteando una roca húmeda, evocando y poniendo en orden cada uno de las sensaciones almacenadas en su cerebro alborotado de estímulos.

¿A dónde quiero llegar con este paseíto semántico? A algún tipo de asociación; la necesito en esta noche de julio, tan lejos del mar andaluz. Es verano, es mucho pedir, pero la busco como Bill Murray cuando cazaba fantasmas o Santa Teresa de Ávila buscaba éxtasis y orgasmos trascendentales.
Hay escritores que dejan de escribir, Salinger, Rulfo, Rimbaud, o el propio Robert Walser, que cuando le ingresaron en el manicomio de Herisau dijo: “No he venido aquí a escribir, sino a enloquecer”, y no escribió una línea más. Murió locuelo, un día de Navidad, sobre la fresca nieve suiza. Perdió la batalla contra la asociación, y la disociación se multiplicó sin límite, generando una locura de mil pares. Salinger, los otros, quizá prefirieron no alimentar más al lobo que todo combate disociación-asociación genera.
Esa es otra opción, sí, cerrar la disociación para no tener que asociar ya más nada. O entregarse, rendirse, a la más completa disociación, sin voluntad de domeñarla, como hizo ya un cansado Walser. Cierro el post, resignado a no encontrar ninguna asociación, ninguna idea concluyente, ningún cierre, ningún broche final. “No he venido aquí a asociar, sino a escribir”, diremos por salir del paso, en este ejemplo de escritura plenamente disociada, perfectamente prescindible más allá de su valor como prosa carente de la otra mitad necesaria para la literatura: la asociación.
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24.07.08 @ 13:07:01. Archivado en Divagaciones
Hace poco, quizá ayer, con los calores madrileños del verano, me dio por evocar aquellos viajes tan felices al paraíso de la infancia, que tenía por entonces cinco letras: S-a-l-o-u. Hoy es tan fuerte el poder de la memoria, su vehículo hacia Cacaolats que actúan como magdalenas proustianas, que ese pandemonium del turismo más cutre me sigue pareciendo lo más cercano al edén salvaje. Hace años ya que no voy, pero al menos en mi memoria así se mantiene.
Salíamos por la tarde, sin prisas, por aquella autopista sureña navarra que ya en sus primeros kilómetros, nos activaba, como al perro baboso de Pavlov, nuestros glándulas de la felicidad. El acueducto de Noáin, las canteras de ¿Alaiz?, el puente de Castejón, del que se decía, no sé si en leyenda urbana, que hubo un tiempo que tenía luz y todo, pero que bichos y mosquitos se pegaban a él con tal fruición que el invento resultó pifia.
Íbamos en aquel Alfa Romeo deportivo rojo de mi padre, dos puertas, dos ventanas, estreches mil en la parte de atrás. Pocos coches tan poco familiares para irse de vacas de verano; hace poco vi una foto de Umbral y María España saliendo de vacaciones y cargando maletas en el mismo coche, sólo que en negro, y sentí una interesante comunión estética, una bonita auto-emoción. Olía a tabacazo además que tumbaba, y su tapicería negra rezumaba a Winston que mareaba literalmente. Pero cómo molaba aquel coche: recuerdo algunas mañanas en que mi padre nos llevaba en él al cole, era la hostia, qué gran sensación la de fardar de pequeñito. Esas cosas hay que vivirlas de niño, claro, que es cuando se disfrutan y se paladean que da gusto. Luego lo cambió, año 89, por un Alfa 164, más convencional, cómodo y modernamente equipado.
Pero volvamos a aquella autopista hacia la felicidad. Mi ilusión era tal que todo lo que giraba a mi alrededor parecía compartir conmigo esa euforia veraniega. Los arboluchos tiesos de las medianas parecía que me sonreían, y se sentían dichosos en su condición de árbol, alegres de estar en verano, de ser parte de la vida. Incluso aquella ruina castillosa de Los Monegros parecía el Taj Mahal cuando la veíamos pasar, como otros años, antes del famoso toro, el de Osborne, otro de los momentos álgidos del viaje.
Es peligrosa, por falsa, esa empatía. La repetimos a menudo, sin darnos cuenta, y pensamos que el tío que nos acomoda en el cine está contento y feliz porque nosotros sentimos la excitación moderada de ver una peli que igual nos guste. Pensamos, como yo hacía con los árboles de la carretera, que el camarero paciente que nos atiende en la terraza un miércoles de julio a las 1.39 de la mañana también tiene esa suave euforia vidriosa y estilizada del alcohol. No pensamos, tampoco, en el frutero hindú de la calle Zurita, cuando vamos recién duchados a tomarnos esas cañas por Las Vistillas, hasta que descubrimos que lleva ahí desde que lo vimos por primera vez esta mañana, como desde las diez.
Curioso mecanismo este falseador de la realidad, como un muro de la vergüenza hacia nuestra felicidad, una alambrada de Ceuta y Melilla que lucha por mantener intacto nuestro bienestar. Pero, como fardar con el coche, por desgracia, son cosas que sólo podemos permitirnos de pequeños. Por eso somos tan felices entonces, hasta que descubrimos que el árbolito de la mediada se quiere pegar un tiro.
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22.04.08 @ 21:03:56. Archivado en Divagaciones
"Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie". Esto dice la viuda, una de esas viudas que se dedica en vida a comentar las jugaditas de su difunto marido, celebritie de la literatura. También quita hierro a ese leyenda urbana (o rural, según dónde se cuente) que decía que Onetti, el escritor uruguayo afincado desde 1975 en Madrid, Juan Carlos Onetti, se pegó media vida en la cama. Un problema en la pierna le hizo decantarse por esa opción horizontal, en el último tramo de su vida, y así pasaría una más que digna existencia, prólogo de la muerte eterna que luego llegaría.
A veces, envidio esa vida minimalista de escritor en cama. Dicen que bebía whisky, que se fumaba sus buenas dosis de nicotina y alquitrán recostado, incluso comería en bandeja y se tragaría el proto-Saber y ganar que existiera entonces en TVE. Me suena que vivía por avenida de América, aunque también dicen que estaba ingresado en una clínica. Estaba en la cama, eso es seguro. Ese era su islote robinsoniano desde el que controlaba el mundo, y no al revés.
Y sí, a veces puedo llegar a envidiar esa vida tumbada, de deserción más o menos libre, más o menos impuesta. Porque creo que la noche a veces se nos queda corta, y deberíamos tener derecho a hibernar en cualquier estación del año. Hoy he aprendido que hay una más, la quinta, y que es la que ocurre cuando acaba el verano y el otoño se retarda, en ese limbo del calendario en que se ha recogido la cosecha, y la naturaleza se tumba henchida como un caballo viejo que se estira en el establo (un tal Kurt Tucholsky).
Las vacaciones de verano no bastan, ni alivian tampoco. Con esa premura de planes, viajes, vuelos low cost, rutas alternativas, oficiales, cooficiales, esa urgencia de felicidad que pasa factura a los menos previsores. Esa felicidad enlatada entre dos puntos del calendario de Easyjet.com, con lo vulgar que es viajar ahora que lo hace todo el mundo (un tal Borja).
No, el año está estructurado de tal manera que el descanso, aquel “Educación y descanso” del franquismo, sea un bien escaso. Bueno, según se mire: por algo triunfa el turismo de sol y playa. Es la búsqueda ansiosa de la cama de Onetti, sólo que más cutre.
No. El sol también cansa, abruma, ciega. El propio Onetti, una vez que lo invitaron a San Lorenzo del Escorial, leo por ahí, puso su cama, nada más llegar mirando a la pared. Rechazaba así la estimulante vista del paisaje serrano, terco y decidido. “No le gustaban los viajes", le defiende su viuda. Como a Rafael Reig, por cierto, que en su reseña biográfico dice algo muy reseñable: “Intento viajar lo menos posible”.
Hay una excesiva tendencia al viaje, a la hipersensación, al hipertocamiento de los cojoncillos del ocio, y es fácil ser víctima de esa vorágine de la adrenalina. Pero a veces el cuerpo, con su matemática interna, dice ¡basta! y reivindica su dosis de cama, de absoluta inmersión en la nada. "¿Qué te pasaba, Eduardo?". "No, no era gripe exactamente".
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06.04.08 @ 21:34:10. Archivado en Divagaciones
Si juntamos las caras de Michael Caine, Woddy Allen y Mister Bean no andaríamos muy lejos conformar el careto de Alan Greenspan, ese Adam Smith de nuestros días. Este domingo aparecía en El País (El Mundo, como periódico-instrumento, hace tiempo que me interesa poco, con su apoyo ahora descarado a Aguirre, y su despotrique antirajoyano. Pedrojota quizá debiera revisarse aquello sobre la imparcialidad que se hablaba en la Universidad de Navarra, cierro paréntesis), aparecía en Le Pays, digo, el amigo Greenspan, avanzando unos nubarrones económicos sobre nuestro país que para mi que tienen más de cierto que todo el fantasma este del cambio climático.

Pero no seré yo quien postee las agudas, acertadas y sin duda necesarias reflexiones del amigo Greenspan. Tan sólo destacaré un detalle curioso de su vida cotidiana, que me ha llamado la atención hasta alcanzar la categoría de “temapalblog”. Y es que el aquí economista resulta que se pega un baño de hora y media cada día, de 6 a 7 y media de la mañana, hora estadounidense. La costumbre empezó en 1971, cuenta Greenspan, cuando se dislocó la espalda y le recomendaron diarios matutinos: “Descubrí que me gustaba. Era un entorno ideal para el trabajo. Podía leer, podía escribir y gozaba de una perfecta intimidad”, dice.
Supongo que se habría provisto de una de esas tablas que ignoro quién vende o fabrica, para sujetar su material de trabajo, para evitar que sus sesudas cavilaciones quedaran en papel mojado. Cuesta imaginar al super gurú de la economía mundial definiendo las líneas conceptuales de los mercados planetarios desnudico por la mañana, arrugado como una lombriz octogenaria y con un suave olor a S-3 de Legrain.
Arcadi Espada también decía que aprovechaba la ducha para dar forma a los productos intelectuales del día: el post, la columna, el artículo. Es cierto que ese periodo extraño de la ducha o baño diaria nos deja como desnudos. Quizá nos vemos como en esencia somos, y los pensamientos salgan más puros, evaporándose casi, como un extraño alambique de la razón. En el próximo piso al que me mude, —intentado emular a Rafael Reig en cuanto a número de pisos habitados en corto espacio de tiempo (el dice haber vivido en no menos de 50 pisos)—, buscaré que tenga bañera, y me agenciaré una tablilla de esas a lo “Asesinato de Marat”. Lo de levantarse a las seis ya lo iremos viendo.
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15.12.07 @ 03:30:41. Archivado en Divagaciones
El otro día pasé por una boca de alcantarilla, de esas que están de pronto abiertas para no sé que trabajos, qué puestas en orden de desarreglos urbanos, domésticos, comunitarios. Esas bocas que recuerdan a las entradas secretas de Mortadelo y Filemón: la HK7M3P. Bocas que enseñan un interior que miramos de refilón, veloces como vamos andando, sin tiempo a almacenar ese trocito de minúsculo mundo subterráneo que se nos presenta.
Porque esas bocas de alcantarilla abierta, tienen algo de aleph, de inusual puerta de acceso a la verdad (y a humedades fecales plagadas de ratas nadadores: nadie dijo que la verdad oliera bien). Desde pequeño me daban curiosidad esos parches a lo real, o mejor dicho a lo arreal. “¿Qué es lo arreal?”, me preguntaba Bro cruzando un canal de Ámsterdam. Lo arreal es aquello que se esconde tras el maquillaje de las ciudades, la trastienda de lo real, de lo que entendemos por real. Es aquello que existe más allá de nuestras convenciones, es la tramoya, el truco, el mecanismo, lo que está detrás, la rebotica, la trastienda de la vida, de la ciudad, de los conceptos. La trastienda de la trastienda. El MS-Dos del Windows en que andamos instalados, algunos con más virus que otros. Algo de eso es, lo arreal.
Y al pasar ayer por una de esas bocas mortadelofilemonianas, pensé en todo eso. Se me ocurrió incluso una especie de greguería, que era algo así:
Una boca de alcantarilla abierta nos enseña la trampa de la ciudad.
Por eso las tapan pronto, para que no nos demos cuenta de lo artificial que es todo lo que nos rodea. Los colegios deberían programar excursiones a los bajos fondos de las alcantarillas, para que los niños descubrieran cómo todo es producto de los hombres, excepto el campo, los ríos y las montañas.
Como el hueco del ascensor del piso del Paseo. Aquel ascensor Muguerza de pesadilla, con un montacargas pegado que subía con él, pero que jamás se usaba. Allí podía haberse guardado la momia del General Mola que nadie se habría dado cuenta, terrorífico que era. O esos cuartuchos raros que había por el portal, que comunicaban con el patio, los cuadros de luces y demás centros vitales del edificio. Distintas puertas a la verdad que se ocultan, como se oculta el motor de los coches, los huesos bajo la piel, el amor bajo el corazón (o a veces incluso bajo la ropa interior). ¿Es bueno disimular esas verdades no siempre bellas? Sí. Pero también es fascinante tratar de descubrirlas y valorar el conjunto urbano como un maquillaje que con el que hemos embadurnado la realidad real. Sin perder de vista la visión de conjunto, aunque nos joda: la de los pobres, la miseria, el hambre, las ratas, la peste, las pulgas, el frío, la lluvia y la enfermedad.
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31.10.07 @ 00:31:20. Archivado en Divagaciones
Vila-Matas, en una entrevista digital del 30 de octubre en El País:
Creo que Baudelaire no andaba del todo desencaminado cuando dijo que la literatura no tiene más objeto que ella misma y que su fin no es la verdad, sino ella misma.
Estoy de acuerdo en que buscar utilidad a la literatura es matar la literatura. Por eso los libros de autoayuda, los cómicos, aquellos que escriben presentadores de televisión, la novela histórica, etc., son seudoliteratura, o infraliteratura, porque parten con una premisa racional, cerebral, instrumental: entretener, hacer reír, ilustrar, etc. Lo mismo pasaría con la literatura propagandística.
Aplaudo la cita de Vila-Matas/Baudelaire, pero a veces hay que creer que lo que leemos puede tener una fuerza clarividente que nos ilumine y guíe. Que nos haga cambiar, avanzar. Pero no sé, luego resulta todo mucho más complicado. No creo, la verdad, en los libros que cambian la vida.
Me decía hoy un escritor disidente venezolano, al que hice una entrevista, que un revólver tiene ocho balas, y puede matar a ocho personas, pero que una sola pluma, un bolígrafo, una palabra, puede cargarse a diez millones. Ni Baudelaire ni la pluma genocida, diría yo. Porque si sólo vemos los libros como algo que no trasciende, mediato, pierden su magia. Aunque también, en la trascendencia pasajera, que dura lo que dura la lectura de una feliz línea, supongo que está la esencia de la literatura, como en un verso puro y perfecto. Un verso del que creemos que podrá cambiar el mundo, como un arma cargada de futuro.
Sí, la gracia de la literatura puede estar en esa fe. Un jugar a ser creyentes en su fuerza y poder, mientras seguimos acumulando libros y lecturas. Sin esa fe, no hay lectura que valga, nos entra el sueño. Así que ahora estaría más bien en contra de Vila-Matas/Baudelaire. Complicado.
Pienso ahora en la música. El valor de la música está en la música. Pero el de la literatura va un poco más allá. Puede llamarnos a la acción, aunque luego no hagamos nada, y en eso está su morbo, su puerta abierta a posibles aventuras, eso es.
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17.10.07 @ 13:01:20. Archivado en Divagaciones
Dice la leyenda (o al menos aquel anuncio de Audi), que Stendhal (pseudónimo de Henri Beyle) entró una tarde de 1800 y pico en la basílica florentina de la Santa Cruz, y le sobrevino un jamacuco existencial de corte estético que hoy los publicistas recuerdan con acierto: el Síndrome Stendhal. Se ve que ante la contemplación de tanta belleza reconcentrada en un mismo lugar, le entraron sudores fríos, calores gélidos, le faltó la respiración, el aire se le hizo un bolo en el estómago, y la garganta un nudo gordiano que se le subió hasta el cerebelo, que era como una almohada llena de mariposas macho en periodo de apareamiento. El síndrome Stendhal.
Yo sentí ayer, no obstante, en el madrileño Museo del Jamón de Gran Vía, el extremo opuesto a tan arrobados sentires: el antisíndrome Stendhal. Últimamente se ha escrito mucho sobre la belleza y su contrario, Zadie Smith -belleza- e Umberto Eco -fealdad-, y se podría hablar y teorizar sobre el tema mucho y más. Sólo me atrevo a decir que la belleza es más importante de lo que creemos, o de lo que yo creía. Sí, es un bien accesorio, de esos ya de la punta de esa pirámide de las necesidades básicas, que pasan por alimentación, vestido, calor, cariño, pertenencia a grupo, trascendencia y no sé qué más cosas. Digamos que una vez salvadas ciertas cuestiones, nos queda luchar por cierta belleza, que no quiere decir empalago, como denunció hace poco O’ Ghery sobre el entorno del Guggenheim sino, al menos, ausencia de mal gusto y vulgaridad extremas.
Porque ayer en el Museo del Jamón experimenté por unos segundos el triunfo de la vulgaridad sobre la estética, la victoria de esa pragmática y atávica guarrería española tupida de humazos de tabaco malo, griteríos, risotadas sevillanas, sentencias grasientas e intragables por parte de una parroquia entumecida de cervezones, servilletas agresivas, pulpos a la vinagreta más bien estirados y podredumbre espiritual a granel. (Eso sí, las cañas muy baratas, a 80 cts.)
No sabía yo, o quizá nunca lo había aceptado, de esta aprensión mía hacia los ambientes toscos, que como que me condena a un sibaritismo coñazo poco útil en tiempos en los que el cutrerío puntúa lo mismo que un moderado cultivar la elegancia. Las ideas se democratizan, el gusto se populariza, y cualquier intento de estilizar esa molicie se llega a entender, mire ushhté, como un amago de elitismo, de anacronismo, de capricho tonto de dárselas de dandy de tres al cuarto.
Pero no nos pongamos apocalípticos porque, por fortuna, el Museo del Jamón no es el único espacio al que acudir para refrescarse el gaznate comentando la última bobada de la catalanidad más fofa. Hay que saber pisotear esa mugre jamonil, enfrentarse a ella, y enarbolar la bandera estética del no todo vale, e impedir, en silenciosa pero tenaz lucha, que la ordinariez española comience su inevitable y definitivo ocaso crepuscular hacia una feliz e irreversible extinción de ese mal gusto que nos coloca más cerca de Vulgaria que de la Francia de Stendhal. (¡Colóquese aquí un grito de guerra exhortativo y contagioso!)
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14.09.07 @ 03:01:53. Archivado en Divagaciones
Ya hay nueva directora en la Biblioteca Nacional, Milagros del Corral. A mí la Regàs no me acababa de conquistar, con ese goshdivinismo belicoso pero como depauperado, que se funde luego en un amor al burgués-way-of-life del carajo, o del bo-bo life, que no es lo mismo pero es igual, que ya me sé yo algún detalle biográfico, ya.
Tampoco me acaba de entusiasmar la Biblioteque Nacional (BN) en donde, eso sí, un solo estornudo tuyo en la sala de lectura retumba como si fuera el propio François-René de Chateubriand que retorna de su ultratumba. No me gusta esa presunta culpabilidad con la que te miran fiscalizadoramente, o esa presunción de sapiencia que se presupone a todo aquel que penetra en la docta casa. Que no, coño, que en ninguna asignatura de Educación para la Investigación te enseñan a manejarte de buenas a primeras en una biblioteca de ese pelo.
Pero sí, tiene algo de aeropuerto post-11S, de delirio paranoide, que luego apenas sirve porque si alguien quiere birlarse un mapa se lo birla, como si alguien quiere poner un bombazo lo pone. Recuerdo un día de primeros de marzo de 2004 en la estación de Atocha, yendo hacia Pamplona. Pensé, al depositar mi maleta en la cinta de control o como se llame, en qué absurdas eran todas esas medidas de seguridad, si luego no pasaba nada. Cinco días después España sufrió el mayor atentado de la Historia. Eso sí, en el Cercanías, donde no hay posibilidad de poner cintas de esas. Conclusión: me estoy liando.
Llegué el sábado pasado a la dichosa BN. Tras superar las pruebas de acceso me coloqué en los ordenadores, dispuesto a encontrar mis libros para documentarme. Tenía que terminar un trabajo de doctorado que llevaba bastante retrasado y necesitaba sin falta tres o cuatro libros:
- Por orden alfabético, de Jorge Herralde
- El observatorio editorial, de Jorge Herralde
- Memorias, de Carlos Barral
- Lo peor no son los autores, de Mario Muchnik
Eran las diez y pico de la mañana de un sábado por la mañana. Mi última oportunidad de hacerme con esas libros, de fotocopiar su esencia, y finiquitar el trabajito. Pues bien, el primero, el de Herralde, ni figuraba en la base de datos. Vale. Pido los otros tres y ya me temo lo peor, al ver el numerito ese de la signatura. Alcalá. Sí, los dos están en Alcalá de Henares, que no abre los sábados. En mi nueva actitud de protestar ante este tipo de desarreglos, le digo amablemente al encargado que pida por favor el libro de Herralde, para que al menos esté en los fondos. (Se supone que en la BN, sea en Alcalá o en Madrid, están TODOS los libros editados en España.) Y aprovecho para desahogarme un poco, y que cómo un libro como Memorias, de Carlos Barral, es decir, las memorias de uno de los editores (y poetas) más importantes del siglo XX no esté en Madrid. (Y si haya libros absurdos como el making off de Torrente, aunque esto no se lo digo.)
Me largo con viento fresco, cagándome en Menéndez Pelayo, por buscar una cabeza de turco pétrea y original. Como último recurso, por probar que no quede, me meto en la fabulosa Casa del Libro de la Gran Vía, en la sección de cosas metaliterarias (o proxiliterarias, más bien), que hay en el sótano. Menos las de Barral (pobre), tienen TODOS los libros que no encuentro en la Biblioteca Nacional, con lo que podemos afirmar, sin ánimo de hacer publicidad, que La Casa del Libro es verdaderamente una casa del libro. Y la Biblioteca Nacional no tanto.
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Coda: Milagros del Corral se mostró convencida de que se ajustará cualquier deficiencia que detecte el equipo de la BN, una institución que tiene entre sus objetivos prioritarios la "incorporación a la era digital" y "ocupar el lugar que, por derecho le corresponde", manifestó.
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07.09.07 @ 00:22:53. Archivado en Divagaciones
Mejor dicho autofotos. Consisten en alargar el brazo y posar sin la presión del fotomatador que exige sonrisas sin provocarlas. Hoy he visto a una chica haciéndose uno de estos retratos al aire en plazaspaña (así se llama en Madrid la plaza de España, como a la plaza de Castilla se conoce como plazacastilla). Se ha colocado donde ese Quijote espigado que sin embargo está un poco oculto, en una tarde de septiembre de las que recuerdan que septiembre es todavía verano, en vez de puerta a los otoños que imponen respeto y cierta oscuridad.
Hace poco vi una foto en la que se veía a Robbie Williams en uno de esos macromegaconciertos por una causa justa que organizan tan bien la gente anglosajona. Estaba tomada como desde el backstage (o bambalinas) y se veía la espalda del ídolo y un millar de cámaras digitales gris titanio capturando el histérico momento. Entonces me dije, solemnemente, para mis adentros: “Aquí hay una imagen de nuestro tiempo”. Esa cantidad casi sobrenatural de aparatos para cazar momentos, móviles de última generación incluidos, me parecieron un elemento contemporáneo, como otrora lo fueron los sombreros canotié, las patillas pobladas con gafas muy pastosas estilo Transición Española, las hombreras ochenteras o los polvos de arroz en los caretos dieciochescos. Quizá haya hoy más que en ningún otro momento histórico verdaderos elementos tipicadores de épocas, véase el móvil y la cámara digital, y que incluyen a buena parte del mundo más o menos no pobre. Hoy leí que hay más de dos mil millones y medio de móviles en el mundo. No me vienen a la mente elementos del atrezzo de la Historia tan populares como estos que casi todos usamos en 2007.
Pero volvamos a ese solitario y un poco vergonzante acto de sacarse fotos a uno mismo, que va un poco en la línea del anterior post, el de las parejas que no hablan. Y yo me pregunto, qué nos interesa más a la hora de fotografiar algo, ¿el monumento en sí, o el propio yo cerca del monumento? La fotografía digital satisface (o alimenta, nunca se pueden saber estas cosas) nuestro narcisismo innato. Nos hace ser Andys Warhols de turisteo facilón, y convertirnos en iconos para nosotros mismos. Como pasa con los fotologs, increíble plataforma para la sana (o insana) exhibición internáutica de los yoes.
Tiene algo de tierno y un pelo triste lo de hacerse fotos frente al templo de Debod o la Alcazaba almeriense. El que pasa hace como que no se cosca de ese íntimo gesto de ser pintor y modelo a la vez. Siente las ganas ayudar, y prestarse amablemente para disparar. Porque los autorretratados siempre aparecen incómodos y con ganas de hacerse rápido la instantánea. Supongo que todos hemos pasado un poco por ese trance un tanto ridículo. Yo recuerdo que lo hice en la literaria rue Vaneau, de París, pero por unas cuestiones de índole frikiano que no vienen al caso.
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01.09.07 @ 23:31:38. Archivado en Divagaciones
Siempre me han llamado la atención las parejas mudas de los restaurantes. Esas que salen un sábado por la noche a cenar, y se quedan absortos delante el uno del otro, uno mirando a La Meca y la otra a Missouri: no entiendo bien por qué salen si es para aburrirse. Me dan una tibia pena y siempre me digo que espero no acabar así, mudo ante mí mismo y mi pareja.
El otro día, a las afueras de una ciudad croata llamada Zadar, detecté una de ellas, una de esas misteriosas y deprimentes parejas del silencio (léase The silent couples and other motherfucker tales, de Benjamín Pradera Cornucopia, Ediciones Absurdas, Tarragona, 1989). Allí estaban frente a frente, cuál Karpov&Kaspárov del amor, dispuestos a disfrutar de una cena y unas vacaciones que desde fuera se antojaban la definición de lo triste, de la desoladora amargura del bienestar. Ojo, a veces comentaban un poco la jugada, que sí qué fresca está el agua, que si qué bueno el pescado, que sí se te ha metido algo en el ojo, que si qué buena noche se ha quedado, y acto seguido volvían a sus respectivas diagonales do instalar su mirada, fija en cualquier insípidos punto de la decoración de ese restaurante más bien turístico.
Di que así son las vacaciones. Cuando uno se pega todo el día con la misma persona, ¿de qué vas a hablar? Digo siempre lo mismo a este respecto, una cita de mi otrora amiga, la mejicana Diana Laura, que reza así: “Siempre que uno piense, hay algo que decirse”. Por qué uno está a todas horas consigo mismo, y siempre hay nuevos pensamientos con los que ir matando el rato (y hasta devorándose a uno mismo un pelín…). La cosa pasa, pues, por descender esos pensamientos a la altura del mantel, digo yo, y compartirlos con ese comensal que se está pringando de salsa tártara las comisuras labiales, que da la casualidad que es tu marido. Puede pasar también que los pensamientos de uno de los cónyuges no le interesan lo más mínimo al otro y que, para evitar sinsabores que te amarguen la cena (porque estas silentes parejas gustan mucho de por lo menos pegarse unos cenorrios de mil pares) es mejor quedarse callandicocallandico y santas pascuas. Siendo esto así, digo yo, ¿por qué coño os casasteis? Una pareja de este pelo, me temo, y las hay a miles, debería recibir automáticamente la nulidad matrimonial.
Recuerdo que mi abuela me contaba su viaje de novios, año 1942. Se fueron de Pamplona a San Sebastián, vieron un partido de la Real, y a los días de estar a gusto pero sin saber muy bien qué se les había perdido por allá, se dijeron tan tranquilamente: “Oye, ¿y si nos vamos a casa?”. Esto podía pasar en la España pobre y retrasada de la posguerra, pero hoy ya es otro cantar, digo yo, vamos, o sea.
Hace poco, en un viaje con Molusco e Insideman a San Juan de Luz, en el Ibaïa de la encantadora rue Tourasse, me fijé en una otoñal y envidiable pareja. Pidieron sus cosas, y una bien elegida tras consensuadas deliberaciones botella de vino. Cada vez que rellenaban sus copas de la felicidad las entrechocaban, y se miraban con un toque de complicidad, amor y hasta erotismo crepuscular pero candente muy llamativo. Luego iban comentando sus jugadas vitales, en un bonvivantismo sin precedentes ejemplar y maravilloso. Hoy les dedico este post. Cheers!
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25.07.07 @ 23:43:13. Archivado en Divagaciones
Hay días que no apetece, o no sale, sentarse a escribir a lo náufrago. Uno se nota como menos observador, o sólo se ven en las cosas su única cara, la más visible, o no aparece por ningún lado el interés por las cosas, o se siente interés por todo, y entonces no hay nada que sobresalga del resto para ser rescatado. Un poco de todo eso, supongo, en esos días de teclas paradas. Como una extraña bajada de la libido que te hiciera entrar en los bares, polideportivos o parroquias de barrio sin fijarte en las mujeres, sin ver en ellas algo más que su condición de seres humanos del otro sexo. Una abulia pánfila, podríamos llamar a ese raro estadío de desinterés entusiástico. “Despreocupado, pero no indiferente”, decía una frase destacada en Arial 240 en una exposición de Man Ray que está estos días por Madrid. Ay, me gustaría afirmar que esa indiferencia no me asola muchas tardes como el polen a los alérgicos en primavera, mas, oh, no puedo. Peligroso fantasma ese de la indiferencia, sí, no me deja indiferente, no, no. El amable espoleo de pvg me ha sacado, pues, de esta breve fase ágrafa, que a veces puede prolongarse, la fase, ad infinitum y más allá.
Quizá la indiferencia sea un resorte del ser humano para descansar un poco del análisis del mundo exterior, como una siesta mental, que diría Sahsi, necesaria para poder sentir luego renovado interés por esto y lo otro. No sé. No sabemos nada. Sólo sé que hoy, amigos, me ha llamado la atención el vuelo de una blanca mariposilla, que aleteaba frágil, grácil, en plena calle Hermosilla. Al principio pensé que era un papel, un trocito de papel que recordaba algún bichejo volador, pero luego he notado que ascendía hacia los cielos, cogía aire por el aire, y avanzaba metros, y eso no es propio de los papelitos sueltos. El sol refulgía sobre el par de alas y el metamorfoseado gusano brillaba en su blancura con más fuerza que mil anuncios de Ariel rodados en un pulcro cortijo almeriense. De pronto, la mariposilla de la madrileña calle Hermosilla se ha debido sentir cansada, en ese vuelo que es una constante caída fallida, un constante venirse abajo malogrado. Ha llegado por donde yo estaba y se ha posado en una puerta mal barnizada. La he querido coger por las alas, pero no he podido, y ha seguido por ahí volando un poco, y he tenido que pasar de ella porque mi aspecto era el de alguien tirando a perturbado, con mis pintas de perseguidor de indefensos lepidópteros. (Vladimir Nabokov era un gran cazador de mariposas, valga el erudato.)
Ya en el metro he pensado un poco sobre la belleza, rodeado de amerindios con chancletas y labios gordotes como estaba. La belleza y su factor perpetuador de la especie. La belleza y su desarrollo en ciertas especies animales para atraerse mutuamente, y fomentar el fornicio reproductor. La selección natural, por tanto, ha seleccionado con el tiempo un tipo de belleza en ciertos bichos, como las mariposas. Esa belleza que ha quedado demostrada que era la más atractiva y útil en términos procreadores. Esto me ha llevado a pensar que tenemos un sensor para lo bello, como también lo tenemos para lo feo, pues siempre hay alguien en la disco que acaba bailando solo. La belleza, pues, como algo objetivo, animal incluso, como la belleza de esa elegante mariposa blanca. Va a resultar al final que la naturaleza es sabia, y que todo apartamiento de ella es tomar el camino torcido, peligroso. Un artículo que he leído hoy decía que los de las tribus no conocen la depresión ni ningún tipo de trastorno mental. Be water, my friend, va a ser que.
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