Olor a churros

Permalink 16.08.08 @ 21:04:15. Archivado en Hiperlocalismo

Me vais a permitir este acceso ñoño al mundo de los olores, la infancia y demás prosa con sabor a naftalina. Pero es que he sentido en mi pituitaria libre de sábado por la tarde el olor inconfundible del churro (porque hay olores que se confunden, pero otros son puros y directos), de paseo por la calle Argumosa. Y he pensando en los domingos por la tarde de Pamplona, otoñales, de Delicias, hermanos pequeños con silleta, huevos Kindër y chocolate con churros. De esos espesos como el engrudo, que generaban una sed cósmica una vez digeridos y uno sentía luego en el estómago una incompatible mezcolanza de elementos líquidos, y una angustia pequeña. La pesadez alquitranosa del espesor chocolatil y el agua corretona y líquida, que no acababa de fundirse con su vecino de estómago.

El olor a churros es un olor este característico, viaje al pasado de todo niño que haya tenido niñez en una ciudad de provincias, o grande incluso. Si alguien lo quiere experimentar en Pamplona no tiene más que acercarse al puestito de las Navas de Tolosa, que a mí me parece de un tristísimo que tumba, por otra parte. Una vez empecé un intento de poema sobre la tristeza, y quedé en un solo verso, que decía así:

Triste como una carnicería un sábado por la tarde

Sí, el churro puede estar rico, pero el contexto tiene algo de triste, no sé.

A mí el churro me parece un elemento típicamente español, en esa senda de los excesos que tanto nos gusta y define. Es una palabra sin traducción, de esas que los franceses pronuncian con un punto ridículo, shugggo, y que consumen con el placer del pecado, de la glotonería, de las cosas que se permiten sólo debajo de los Pirineos, como los sanfermines, las manitas de cerdo y los menudicos con sangrecilla.

Últimamente he descubierto —o no me había fijado antes—, que el churro es también elemento de verano, como el tinto o los relatos. El helado desaparece en invierno (no así los hielos, presentes en tanto copuz desmedido de garrafón sabatino), pero los churros permanecen en verano, presentes en diversas txoznas de la geografías española. El otro día en Carboneras (Almería) montaron un gran dispositivo churrigueresco, y en las fiestas del San Lorenzo de Lavapiés lo mismo. A 40 grados. Es como esas patatas asadas barrocas de grasa, cebolla y salsámenes indigestos que también proliferan por las ferias del Sur, participando un poco más en esa tosquedad de espíritu que algunos se nos atraganta.

Esas prefiero ni proballas. Y los churros, como pasa con los porros, lo mejor es olerlos. Nostalgia con azúcar en el aire.

Parejotas con críos

Permalink 11.03.08 @ 11:53:10. Archivado en Hiperlocalismo

He pactado con la Sardina Perezosa escribir bajo un mismo título, que es el que está arriba, como suele ser corriente en el mundo de los títulos. Hace tiempo que las observo, a esas parejas de dos, en verdad desde siempre, sólo que nunca me había dado cuenta de que lo hacía. Puede que así pase con todo, vemos cosas, convivimos con ellas, y un buen día nos damos cuenta de que existen, y que reclaman un protagonismo extraño que antes se les negó.

Mucha gente les dice: qué parejota más maja. Sí, suelen ser como de Pamplona, y ya tienen críos. A veces uno, y van por el segundo. Las más dos, y se llaman Iker y María, o Iñaki y Nerea, o Urko y Sheila. Los hijos de estas parejas sanotas suelen ser cabezones, rayando una fealdad injusta, que hace que el amor universal hacia los niños se ponga en un solfa atronador. Una canción dice que una tía era tan fea que fue a comprar una careta por carnaval y sólo le dieron la goma, que se apuntó a un concurso de feos y que le dijeron que no aceptaban profesionales. Pues eso, pero no tanto. Es una fealdad triste, navarrica, y más si van vestidos de cashericos, por alguna de estas efemérides hiperlocales en las que la muchadada se viste de aldeano. Por cierto, los padres de estas parejas se llaman Satur y Mirentxu, o Fermín y María Jesús Goñi.

Estas parejotas tienen sus momentos de exhibición. Aparecen de pronto entre la masa gris y retoman su plaza preferente en la ciudadanía, blandiendo sus silletas Jané de marca blanca. Se apostan cerca de algún bar que echa humo, y se quedan al fresco ejerciendo el papel que les corresponde, el de saludar a otras parejotas, hablar de las cagadas del niño, las guarderías, que si van a llevarlo a la ikastola o a maristas, que si es agotador, que si me come bien, que si es un trasto, que si que si que si que si.

El padre de las criaturas tiene uno de esos trabajos dignos, de responsabilidad tibia. Jefe de obra en Imárcoain, responsable de producto en una fábrica de judías verdes de Marcilla, subcoordinador de formación en una empresa de recursos humanos de Tafalla, que va a montar una planta de reciclaje extraña y pagada por el Gobierno foral. Gasta una incipiente calvicie pero su pelo aún es oscuro, aunque la tripa hace tiempo ya que es algo blandengue y molicioso.
La madre de las criaturas trabaja en una inmobiliaria, en una correduría de seguros, en una autoescuela, o en una empresa de administración de fincas. Suele ir con su madre los sábados por la tarde de compras y a tomarse un café con leche en Zucitola.

Parejotas con críos y viviendas de protección oficial son sinónimos. Pueblan esos barrios de nueva planta, en esos portales brillantes y perfectamente diseñados para la comodidad, las zapatillas de casa, el pantallón para el Plus y el cuadro horrible del pariente artista, que hay que colgar en algún lado y, sin excepción, rodea un horrible marco dorado y rocococó. En el salón, suele situarse el parqué de los nenes, y es habitual la invasión de objetos lúdico-infantiles en ese territorio otrora limitado a la vida adulta. Es habitual encontrar en esos salones uno de esos muebles panmobiliarios en los que cabe de todo, y las colecciones de libros y deuvedeses que regalan los diarios casi a diario. También hay espacio para grandes dosis de novela histórica, y los libros de la carrera, Relaciones Laborales o Psicología por la UNED, para que quede constancia de que en esa casa se lee.

Sí, las parejotas con críos parecen felices. Se van de potes por San Gregorio, juegan al mus, pertenecen a alguna peña, en sanfermines lo pasan pipa y veranean en Salou. Cada quince días él acude al Reyno de Navarra a ver al osasunica, y ella aprovecha para ver una película romántica. Son los reyes del bienestar y para él viven, lo idolatran, es su deidad más absoluta. Luego los críos van creciendo, y ellos también, y se produce un momento raro de desubicación, y los temas de conversación faltan y llegan las dudas, y esas crisis de las que hablan las películas. Se desdibujan, ya no sacan tanto pecho en los chaflanes del Segundo Ensanche, y entonces empiezan a hacer rarezas. Pero recuerdan con cariño su momento álgido, y como su chaval era el más guapo de Sarrigurren, ciudad ecológica y protegida.

Feria del Libro Antiguo y de Ocasión

Permalink 11.10.07 @ 02:53:28. Archivado en Hiperlocalismo

El calendario del Paseo tenía, y tiene, varias fechas fijas. Las fechas son los clavos que fijan el gran tapiz de la Historia, dijo Gombrich en plan pomposo, y en el Paseo Sarasate pasaba un poco parecido. Cuando empezaba la Feria del Libro, el niño entendía que ya había llegado ese tiempo en que la noche llegaba antes. Incluso a la salida del colegio ya el cielo estaba negro en una noche que duraba muchas horas, hasta que por la mañana aparecía una atmósfera cárdena y somnolienta. Parecía como si hasta el monte de San Cristóbal, como una criatura de esas de La historia interminable, estuviera también dormida a esas horas escondidas.

La Feria del Libro, la tómbola de Cáritas, o las tiendas a lo haima que montaban esos negritos de entonces por San Fermín, con sus puestos de máscaras africanas y ropa de imitación. Distintas señales que, repetidas año tras año, iba configurando una feliz rutina de la infancia. Pequeños grandes acontecimientos, como la llegada del misterioso Donanfer, que articulaban un mundo, nuestro mundo, a base de repetición que parecían tan naturales como las estaciones. Aquello daba seguridad, una base firme de recuerdos y las sensaciones que se iban haciendo estables, sólidas, con ese sano deje pueblerino de “que vienen los feriantes” y que apenas existe hoy en las grandes ciudades, paradigmas del chusco mundo virtual sin asideros sentimentales.

La Feria del Libro aparecía de pronto un lunes de octubre, sin avisar. Pero iba por fases, los primeros días eran para montar esa estructura simple y mecánica, es decir, como de mecano, que creaba un pequeña ansiedad. En dos o tres días, aprox., habían montado la barraca cultural, que se alargaba en las dos partes, o gajos que diría Passy, del Paseo. Por la noche cubrían la parte delantera, la de los expositores, con una tela rojiza, sin protección aparente, y daban ganas de meter la mano debajo, cual falda púber, y birlar algún título de Salgari. Se decía que había algún vigilante en el interior, pero yo nunca vi ninguno. Nunca lo hice, lo de robeteo, quizá porque lo de mangar un libro no tenía ese veneno morboso de la gamberrada infantil, como sí lo tenía lanzar castañazos pilongos contra la metálica estructura de la parte de atrás, que supongo que daría más de un buen susto al librero de turno, que fumaba su tranquilo trujas en la tarde de domingo otoñal.

Podría poner aquí ahora algún feliz encuentro con varios libros, en plan “el tesoro de la juventud”, pero la verdad es que no recuerdo haber comprado ningún libro de pequeño. Supongo que un niño no compra libros, así él sólo, demasiado repelente para ser cierto. Pero sí algún cómic, o a lo mejor, puede ser, aquello de “crea tu propia aventura”, esa especie de Rayuela sin pretensiones que me leía con alegría. La verdad es que los libros de la Feria del Libro tenían, y tienen, un punto de poca ilusión. Como perpetuamente situados en los ochenta, incluso en los finales de los setenta, con autores de la intrahistoria literaria como Fernando Díaz-Platja, José Luis Coll o Carmen Rico-Godoy. Por algo eran, y son, de ocasión.
Pero lo mejor de la Feria era mirar, sentir el trasiego manso de la gente, y ver el Paseo animado, poblado, en esos domingos de otoño en que la vida aún se sostenía por sí sola, firme, sólida, estable, como la estructura mecánica a la que mis hermanos y primos poníamos a prueba a castañazo limpio.

Post a lo José Joaquín Arazuri (2/2)

Permalink 05.12.06 @ 17:58:14. Archivado en Hiperlocalismo

Me olvidaba de otra “excepción” (y vale, seguro que hay miles de excepciones…), que además está dentro de ese perímetro poetico-botánico de la Taconera, y que no es otro que el quiosco de los patos, con ese sempiterno dependiente de gafas de culo de botella al que siempre bauticé mentalmente como Mambrú. Si algún día pasáis por ahí, pediros un flash o un bubalú y fijaros en su entera presencia. Os saldrá automáticamente esa denominación: Mambrú. Lleva cosa de mil años, allí metidico. Yo y mis hermanos comprábamos Toma2, jamones y chicles Boomer de manzana ácida y ya estaba allí. Es como un dinosaurio monterrosiano del mundo de las chuches.

Las otras dos clases de “carros” son estas: los verdes y los de rejilla metálica. De los verdes, recuerdo sobre todo dos, que eran de un verde como de pintura plastidecor verde. Uno de ellos pegado a la iglesia de San Nicolás, como un parásito, una lapa que en vez de hostias daba regalices rojos. Tenía una ventanita de cristal que se abría durante el horario de apertura y otros cristales con los productos más destacados pegados con cello. No sabría precisar cuál era el horario de aquellas cajitas de chucherías con dependiente dentro; supongo que se regirían según su propio criterio comercial que a saber cuál era. El otro era una casetilla verde que parecía que se la podía llevar el viento de octubre, en la plaza de San Nicolás, junto al eternamente joven y sonriente Mikel, el castañero, que lleva nada menos que desde 1979 allí aparcado junto a su furgoneta roja (pero el tema castañas daría para otros cuantos posts a lo Arazuri…). Lo mejor de aquel “carro” era que parecía que encogía. Uno iba creciendo y el carro era cada vez más pequeño. Llegaba entonces esa difusa edad de los 12 o 13 años en que uno no sabe si todavía es niño o qué cosa es, y para pedir una bolsa de pipas de 15 pelas había que ponerse casi de rodillas. (Dizque para entonces yo era un mozo tirando a alto.) Y lo mejor de todo es que la dependienta carrera (vaya palabro, ¿¿carrera vendrá de camino de carros?? Carrera de San Jerónimo...) era gorda como una mesa camilla, y alguna vez pensé si se quedaría encajada allí dentro y tendría que volver a su casa incrustada en esa minúscula estructura de riskettos, aspilates, conguitos y fresquitos.

También era algo gruesa, pero menos, la tendera de ese otro carro de grato recuerdo para mí, en Sarasate, uno de los de tipo “B”, de rejilla por fuera y revistas colgadas a los lados. Para más inri, en aquel breve espacio con olor a gominola de fresa y a Diario de Navarra, solía introducirse también el novio de la susodicha, que se quedaba en el fondo del cubículo como haciendo compañía a esa novia de toda la vida, dando calor humano en los días más fríos de los años ochenta. De vez en cuando actuaba como asistente, y alcanzaba los pedidos más a desmano del “local”, como algún tebeo de zipi zape desclasificado.

También estaba el de las Navas de Tolosa, con ese revisterío porno y nítidamente obsceno de la parte de atrás (rejilla metálica, claro), con un dependiente que recordaba a Rompetechos, por lo cegato. O el de la plaza de Toros, donde vendían esos “fuertes” a veinte pelas que eran sobres con soldados de plástico dentro. También había otro en Carlos III, jarl, y por supuesto “el carrico de José”, ese señor con gabardina y boina al que luego sustituyó aquel tío tan majo y cojitranco cuya suela del zapato izquierdo era de esas de cuarenta centímetros. Quedan pocos ya, absorbidos por los grandes magnates de la chucheína, como el Dulce Alivio y demás. Pero quien tenga todavía algún resquicio para la nostalgia y quiera sentir aquello de “no todo está perdido”, siempre se puede acercar a Mambrú, o al de la plaza de los ajos. O a “La Virola”, por supuesto, que ahí sigue, donde San Ignacio, enjoyada y simpática sin temor a expropiaciones.

Post a lo José Joaquín Arazuri (1/2)

Permalink 04.12.06 @ 18:40:00. Archivado en Hiperlocalismo

Visto que aún no se muere el hijodeputa chileno, se me ha ocurrido volver a la interesante fórmula del Post a lo. Leí en el DDN que al cineasta hiperlocal (que en paz descansa) Antonio Ruiz le han dedicado una placa en el Rincón de la Aduana, ese mágico, florido y recoleto lugar hasta que construyeron un parking en sus tripas. Pamplona antaño. Justo enfrente de ese maestro del peteuvismo, el médico e historiador de la ciudad de Pamplona José Joaquín Arazuri, al que una vez robaron las gafas, en su estática e indefensa estatua. Calle ésta pues, flanqueada por dos de los más castas personajes rescatadores de rincones y nostalgias de ladrillo.

Si uno pone los ojos a lo Arazuri, con o sin gafas, la ciudad de pronto se hace más entretenida de ver, al tiempo que uno se siente un joven prematuro, y un anciano demasiado joven y ágil. Así, el otro día, en uno de mis paseos con Molusco, me dio por fijarme en ese elemento tradicional de la fisonomía pamplonesa: “Los carros” (conocidos en otras partes del mundo como quioscos). Supongo que se llamarán carros porque antes iría un tío con su carro a cuestas, el carrico del helado, etc. Esto de “los carros” a mí me simboliza el encanto de las provincias, como ese ir a por pipas (frías o calientes) y gominolas de cocacola las tardes de domingo azulón. En Almería hay unos muy curiosones, que los vi yo, que sirvieron de refugio a la población asustada, cuando la guerra civil, diseñados por el insigne arquitecto local, Guillermo Langle, que es como el Víctor Eusa de esa luminosa ciudad.

En Pamplona, había sobre todo de dos tipos, y una excepción. La excepción sigue vigente, en la plaza de los ajos o Recoletas, cerca de la placa y la estatua citadas, y era un carro raro, pues no se ajustaba a los ojos de niño clasificadores y dados al "pensamiento por complejos". Sin embargo, lo comprobé el otro día, su diseño es con diferencia el más logrado, y es un pequeño pero notable complemento a ese pequeño universo que engloba la Taconera, con el café Vienés, el bosquecillo, con el árbol del Cuco al que se subía Pío Baroja a soñarse Robinson y la iglesia de San Lorenzo.

Seguiré otro día.

Arenga cultureta presupuestaria al Gobierno de Navarra

Permalink 18.10.06 @ 01:15:24. Archivado en Hiperlocalismo

Lo bueno de las cifras es que permiten a los periódicos de distinto color ponerse de acuerdo. Da igual cuál cojas, el de siempre, o el otro, pues ambos reflejan con nitidez los buenos números de Navarra en economía: 120 millones de euros de superávit. Toma. Ya lo dice mi amigo, el de la camarga, que Navarra es lo más parecido a los países del norte, esos en los que el bienestar campa a sus anchas por los hospitales, departamentos, instituciones, auditorios y cuartos de estar. Si se aspira a estar bien, desde luego que Navarra está “de cojones”, como leí en el blog de los falsos mangutas del también falso escaño de ZP.

La cosa, una vez sabido esto, sería estudiar en invertir todos estos millones. Y claro está que el destino de toda esa pasta habrá sido estudiado, contrastado, y es serio y todo eso. Veo que para carreteras, agricultura e industria. También leo que para cultura: restaurar el cerco de Artajona, el Monasterio de Fitero y el Castillo de Marcilla. Supongo que esto nos hará ser más felices, el tirar la rabiosa en un entorno rehabilitado y poco ruinoso. Porque resulta que los navarros somos felices, oiga, nos dice una encuesta elaborada por Javier Elzo: la cuadrilla, uno de los factores claves de esa felicidad. “Ser fiesteros y jugar al mus”, otro de los aspectos fundamentales, además de cantar. Si no te gusta todo eso, date por jodido, porque te comerás la felicidad ajena jugando al solitario en tu bajera de uno.

Pero lo que quería decir desde hace rato es bien sencillo. Básicamente, que con todo ese dineral beneficioso, lo correcto sería que los ciudadanos y ciudadanas forales pudiéramos elegir a qué destinar todo ese caudal crematístico. Igual, sin ir más lejos, que en Caja Navarra, donde uno marca con una equis do quiere que se destine ese dinero sin ánimo de lucro. Los comprometidos con las focas podrán hacer que se invierta en erradicar la cruel caza de estos animales, los que apuestan por mejorar la educación de los discapacitados pues eso, los que piden que se repare tal columnata románica de no sé que pueblo pues igual. Porque así como hay días en que uno se encuentra muy solidario con todas las desigualdades e injusticias del mundo, tsunamis, bagdagues y demás, otro se levanta más señorito de provincias amante de la opereta y de otros géneros chicos. Y a mí, cuando viajo a mi Pamplona de toda la vida, me gusta meterme en las exposiciones de la Ciudadela, y se me frustra el deseo por su raquítico horario: de 1unes a sábado de 18.30 y de 12 a 14 domingos y festivos. ¡Comparen ustedes con los horarios de misas, con más opciones que en los multicines Warner Lusomundo! ¡¿Tanto cuesta contratar a unos pocos funcionarios!?

Bar Los Portales

Permalink 10.10.06 @ 20:56:39. Archivado en Hiperlocalismo

El viernes me tomé uno de esos coponcios en vaso ancho, largo y de dimensiones generosas, en Los Portales, uno de esos reductos donde la juvenería todavía puede protegerse del reaggeton y del garrafón. Reabrió sus puertas de la mano de Juan/Mortadelo/Pájaro Sorbet a principios de mediados de los noventa, cuando todos éramos más jóvenes y felices (aprox). Ahora, este particular Rick de las recoletas noches iruñesas ya no pasea su espigado cuerpecillo de ave sedentaria por detrás de una de las barras más queridas de Pamplona. Desde hace meses voló del nido para descansar en la nebulosa y contaminada Londres, donde aseguró a algunas fuentes poco fidedignas que se iba “a vivir de mantenido”.

Una vez confesé que había bebido. Demasiado, se entiende. Tiendo a pensar que el beber va en menoscabo del vivir, como si con la priva uno se bebiera la vida, que transcurre difusa por la noche y legañosa por la mañana/tarde. Nadie me enseñó a vivir, como dijo Pilar Miró, y mucho menos a beber, así que a lo hecho, pechos.
El caso es que me entró una suerte de nostalgia del tiempo ido, el viernes, en compañía de Molusco y Bro, sobre el serrinoso suelo de esa nuestra The Cavern pamplonesa sin Beatles. La no presencia del Cándido del Casa Cándido, véase Juan, ofrecía un panorama no diré desolador, pero sí un poco hueco, vacío, calvo. Aquello era un bar cualquiera, otro bar, un bar más (aunque con buenas copas e ídem música, parece que al menos la marca de la casa se mantiene).

Entonces, descubrí cómo entre los etílicos souvenirs todavía había muchos muebles salvables de ese presunto naufragio que es a ratos la juventud. Pensé en todas esas noches despreocupadas, colmadas de drogas legales y de amistades en el estado eufórico de la noche, ese que nunca muestra resquicios ni sombras extrañas. Pensé en que aquel y no otro era el escenario de gran parte de mi curriculum sentimental, testigo mudo de los capítulos fundamentales de mi autobiografía rosa. Pensé algo también en que todo eso era ya nostalgia de premadurez, y que tenía ya puesto sin remedio el filtro añorador. Aquello había pasado ya, quién lo vivió, disfrutó y bebió, brindo por él, pero se acabó, se fue. Como Juan, ese Moe nuestro de cada sábado que, ay, no volverá.

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Un chupito de capitán Morgan mientras suena esa balada de U2, se sacan las escobas y la oscuridad se vuelve aséptica con esas luces blancas. Se echa el cierre, y ya casi no queda nadie, excepto ese par de brasas, ya se van, se acaba el fin de semana, la ciudad duerme la mona. Ciao. Abur.

Bahía, snack - bar

Permalink 18.05.06 @ 21:31:54. Archivado en Hiperlocalismo

Cuando uno se sumerge en la negra provincia de Flaubert, y en ciudades como Pamplona, hay que echarle un poco más de imaginación para encontrar temas bloguiles. Ser un poco esquimal y ponerse a diferenciar los cuarenta tipos de copos de nieve, ponerse las microgafas y fijarse en los detallicos. Luego, claro, desembarca uno en la tocha Atocha y entran sudores fríos, la nuca se tensa y la lengua pesa más de lo normal ante tanto estímulo salvaje y descontrolado.

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Caminos cruzados

Permalink 09.05.06 @ 02:21:49. Archivado en Hiperlocalismo

Es inútil que nadie trate de describir el balsámico placer de contemplar desde el coche como cimbrean los campos de trigo, que recuerdan a la piel del kiwi. Este tipo de suaves alegrías no son exportables, aunque el esfuerzo poético siempre ayuda, incluso coloca las palabras adecuadas ante tales situaciones de inesperado karma soft. Interesante experiencia esta de coger el coche y dejar atrás el atosigue de semáforos con cuenta atrás y otras molestias del trato urbano que se dan cita diaria en nuestras ciudades.

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Id por todo el mundo...

Permalink 05.05.06 @ 19:03:45. Archivado en Hiperlocalismo

Conozco una gran cinéfila que dedicó su industria mental a la siguiente tesis: “El héroe en el cine de John Ford”. Desde luego, nadie negará que tiene su interés, supongo. John Ford, ese director tan ajeno al mundo del automóvil pero no en cambio a la de las diligencias, como esa estupenda película con
John Wayne y otros actores cuyo nombre jamás sabré.

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Caja Navarra, los cambios y la imagen corporativa

Permalink 08.03.06 @ 19:18:00. Archivado en Hiperlocalismo

Con mis ojos de aspirante a jubileta jacarandoso, hoy me he fijado en los currelas que cambian los rótulos de cajas de ahorros, en esta mi línea hiperlocalista de estos días. En este mismo punto que se muestra en la foto han sido numerosos los cambios de rótulo, desde que tengo uso de razón y me fijo en ese tipo de paridas visuales. CAN, o Caja Navarra, nuevos letreros, con la nueva imagen, rojinegra. Porque antes era Caja Municipal, con ese gallo verde que servía para insuflar a los niños de entonces la avidez por los cajeros. Aquellos topegallos que uno podía canjear por riñoneras son responsables del desmedido amor por la banca de más de un navarrensis.

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El fuerte de San Cristóbal y mi ignorancia supina

Permalink 06.03.06 @ 20:59:45. Archivado en Hiperlocalismo

Sólo sé que sé muy pocas cosas, por arrancar a lo socrático. ¿Qué sabemos? ¿Qué queremos saber? Sé ciudadano del mundo, y a la vez, regionalista, localista, dice un gurú de nuestros días. Muchas veces echo en falta una mínima ilustración por los temas que me tocaban cerca, los de mi ciudad, mi mundo acotado en barrios. Vuelvo a ratos a mi tierra natal y descubro vestigios de algo que fue, pedruscos de la Historia entre las columnas de un párking subterráneo. Y me reafirmo en mi ignorancia de años. No tengo ni guarra de nada. ¿Sabe algo el resto? Tampoco lo sé.

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