JK5022: una búsqueda de luz en la tragedia
22.08.08 @ 19:23:14. Archivado en Desde el Mirador de Selkirk
¿Dónde estabas tú a las 7.39 de la mañana del 11 de marzo de 2004? ¿Y a las ocho de la mañana -hora de Nueva York- del 11 de septiembre de 2001? Todos recordamos qué hacíamos en esas dos fechas negras del calendario de la Historia reciente y todavía estamos aquí para contarlo. Mientras realizamos acciones agradables, cotidianas, ligeras, pueden estar sucediendo escenas horrendas, infernales, de rostros carbonizados, vertebras rotas, pulmones aplastados y cráneos partidos. La realidad supera a la ficción, mientras muchos de nosotros leemos el chiste de Forges o nos miramos al espejo como quien mira un cuadro, un autorretrato efímero.
De muchas de esas tragedias ni nos enteramos. (El diablo se llama luci...dez) Pasan mientras jugamos a la Play Station o eternizamos la consulta de los bienes del frigorífico, con las pocas posibilidades gastronómicas que ofrece la mezcla de esos productos que amenazan con pudrirse. Mientras pensamos si huevo o salchichas, se sucede la matanza de Srebrenica y 8.000 personas desaparecen de la vida.
Es una reflexión manida ésta, pero que carga con su dosis de desasosiego. A las 14.30 del 20 de agosto de 2008 me tomaba (tomábamos) una caña en Carboneras, provincia de Almeria, bajo un sol suavizado por unos toldos. Nos trajeron la clásica tapa, que ésta vez consistia en cuatro pequeñas cigalas, dos por cabeza. Me dediqué a observar a la familia de enfrente, tres franceses de esos con aire de asiduos al cámping, de un mutismo agresivo, incómodo, y de esa vulgaridad turística que luego llena nuestras cajas registradoras. Ella, en cambio, de pronto se puso a leer Le Monde, mientras padre e hijo, con un aire entre asiático y hawaiano, miraban torvamente a la nada.
La caña entraba como sólo la cerveza rica y fresca, con su extraña dosis de elementos adictivos, sabe hacerlo. No sirven bien la cerveza en Almería, pero daba igual. Placer veraniego de los sentidos y también ese morbo voyeur de observar una de esas deprimentes familias de tres, y saber que uno no se embarcaría en proyecto similar ni por asomo. Sensaciones a fuego lento, lánguidas caricias de agosto, mientras en Madrid 153 personas mueren al unísono, con gritos despavoridos ante un accidente que trunca la vida del modo más violento imaginable. A los que se van, y a los que se quedan.
Arden los cuerpos, se desfiguran los rostros, se deshacen las narices, se estampan los uniformes contra los cuadros de mandos, salen despedidos como muñecos de trapo personas que antes leían, como nosotros, el chiste de Forges, y se regodeaban de felicidad ante los venideros días en la costa canaria.
Cuesta asumir realmente la tragedia, aunque no nos afecte directamente. El horror también forma parte de la vida en la Tierra y, en su miseria, nos recuerda que existe, cada día, su contrario, en una dosis abrumadoramente, descomunalmente, más generosa y abundante, aunque a veces cueste creerlo o la rabia nos impida verlo así.
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Eduardo Laporte
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