Olor a churros
16.08.08 @ 21:04:15. Archivado en Hiperlocalismo
Me vais a permitir este acceso ñoño al mundo de los olores, la infancia y demás prosa con sabor a naftalina. Pero es que he sentido en mi pituitaria libre de sábado por la tarde el olor inconfundible del churro (porque hay olores que se confunden, pero otros son puros y directos), de paseo por la calle Argumosa. Y he pensando en los domingos por la tarde de Pamplona, otoñales, de Delicias, hermanos pequeños con silleta, huevos Kindër y chocolate con churros. De esos espesos como el engrudo, que generaban una sed cósmica una vez digeridos y uno sentía luego en el estómago una incompatible mezcolanza de elementos líquidos, y una angustia pequeña. La pesadez alquitranosa del espesor chocolatil y el agua corretona y líquida, que no acababa de fundirse con su vecino de estómago.
El olor a churros es un olor este característico, viaje al pasado de todo niño que haya tenido niñez en una ciudad de provincias, o grande incluso. Si alguien lo quiere experimentar en Pamplona no tiene más que acercarse al puestito de las Navas de Tolosa, que a mí me parece de un tristísimo que tumba, por otra parte. Una vez empecé un intento de poema sobre la tristeza, y quedé en un solo verso, que decía así:
Triste como una carnicería un sábado por la tarde
Sí, el churro puede estar rico, pero el contexto tiene algo de triste, no sé.
A mí el churro me parece un elemento típicamente español, en esa senda de los excesos que tanto nos gusta y define. Es una palabra sin traducción, de esas que los franceses pronuncian con un punto ridículo, shugggo, y que consumen con el placer del pecado, de la glotonería, de las cosas que se permiten sólo debajo de los Pirineos, como los sanfermines, las manitas de cerdo y los menudicos con sangrecilla.
Últimamente he descubierto —o no me había fijado antes—, que el churro es también elemento de verano, como el tinto o los relatos. El helado desaparece en invierno (no así los hielos, presentes en tanto copuz desmedido de garrafón sabatino), pero los churros permanecen en verano, presentes en diversas txoznas de la geografías española. El otro día en Carboneras (Almería) montaron un gran dispositivo churrigueresco, y en las fiestas del San Lorenzo de Lavapiés lo mismo. A 40 grados. Es como esas patatas asadas barrocas de grasa, cebolla y salsámenes indigestos que también proliferan por las ferias del Sur, participando un poco más en esa tosquedad de espíritu que algunos se nos atraganta.
Esas prefiero ni proballas. Y los churros, como pasa con los porros, lo mejor es olerlos. Nostalgia con azúcar en el aire.
Comentarios:
¡Ah, el churro de verano! Aquél cuyo aroma inconfundible se cuela por los respiraderos del baño interior del apartamento matalascañero. Aquél que viene acompañado por el fragor de la batalla que se libra en la cola que, a las nueve de la mañana, se forma justo bajo mi ventana.
¡Qué hermoso ha sido despertar junto a ellos -más exacto sería decir "sobre ellos"- durante dos semanas! De vuelta a casa, cuando ya sólo se oyen y se huelen a los adolescentes y sus espatarrantes motorcillas, ¡cómo se echan en falta los churros!
Arrieritos somos, como dice el gran Cámara.
Tengo la mosca detrás de la oreja...
Yo diría que el verso es en sí ya una poesía. Así que con permiso del náufrago (en realidado sin él) convoco el concurso: define la tristeza en pocas palabras. Y ya que estoy lo inauguro yo:
La tristeza es volver cuando otros se van, o que unos se vayan cuando otros vuelven, o que los que vuelven tal vez no vuelvan a irse, o que los que se fueron tal vez no vuelvan.
Pero es sólo una cuestión de idas y venidas a la que no hay que dar más vueltas.
(perdona que meta un chiste de este pelo en tan ilustrado blog pero si no lo digo reviento)
A mi no me gustan los churros y tampoco el chocolate. Imagínese la tortura que supondría para mi tomarme un tazón de chocolate con churros en agosto.
Preferiría untar carámbanos en hidrógeno líquido en enero, que además no huelen.
Saludos calofrígidos!!
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Eduardo Laporte
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