Periódicos finos de julio y agosto
13.08.08 @ 12:29:04. Archivado en Divagaciones
Me gustan mucho los periódicos finos de julio y agosto. Un país de un martes cualquiera de verano, de julio, de agosto, no tanto de septiembre. Septiembre sigue siendo un mes hóstil, por el trauma cimentado a base de años y años de odio visceral de retorno al colegio, la jodida rentrée, con sus convenciones coñazo y sus profesores estomacantes.
Por eso nos sigue gustando el verano, nos recuerda a la patria/paraíso que es la infancia y cuando nos hacemos mayores la evocamos desde los márgenes del periódico. El verano es un ejercicio de flashback a la infancia, una huida de las convenciones coñazo de nuestros jefes y sus tantas cosas estomacantes.
En ese verano, digo, hay periódicos, periódicos magros de ruido informativo, esbeltas construcciones de papel en las que sólo entra lo esencial, en una dosis asumible para el lector. Dicen los que han estado en NYC que el NYT del domingo debe ser para echarse a llorar, una torre de papel cargada de suplementos, complementos, palimpsestos, daguerrotipos, encartes, ofertones, bollos suizos, colecciones, amén de cómo 200 páginas de información local, internacional, supralocal, hiperinternacional, cósmica, universal, tetradimensional y duodenal. El tranquilo lector de domingo, que viene de hacer jogging y tomarse un café amplio y tres donuts, no sabe si pegarse un tiro o enfrentarse a ese magma de información llena de malos rollos: presos torturados en Guantánamo, ataques bacteriológicos amenazantes, incremento desmedido de la obesidad mórbida, sectas de nuevo cuño de pavorosa disciplina interna, etc. Por no hablar de la información económica, la salmón, que tiende a lo rojo por que es la encarnación del infierno en la Tierra.
Los periódicos, como tantas cosas en España (el aire acondicionado o el aceite), pecan por exceso. Está ese sempiterno complejo de inferioridad, que se traduce en un aluvión de páginas, imposibles de leer todas más allá del titular, que se nos acaban cayendo de las manos, añadiendo más frustración al individuo del siglo XXI. Justo lo contrario que Le Monde, maravilloso periódico fino todo el año.
Otra cosa pasa con la prensa veraniega, insisto, de cuya lectura uno incluso puede acordarse en el futuro. Me acuerdo, por ej., de la muerte del poeta Claudio Rodríguez, que leí en un cafetería de un barrio anodino de París, en julio del 99, o de las exóticas predicciones del fin del mundo de Paco Rabanne, para ese mismo verano. Según él, la estación MIR se desplomaría sobre la Tierra el 11 de agosto de 1999.
“Los periódicos inflados son el símil del ritmo de vida del siglo XXI, de las pretensiones del siglo XXI, del vacío reinante y de las postergación sine die del compromiso”, dijo el sociólogo alemán Tobías Bradswürst Slip. Un afán por deslumbrar, por exceder, por querer abarcar todo y no llegar a nada. Decía Manolo Escobar en una entrevista realizada por Violeta Jiménez para El Mundo de Almería que no le gustan las grandes ciudades: “Las grandes ciudades no tienen nada. Mucho bullicio, mucho coche y mucho jaleo, pero en el fondo, nada”.
Pasa lo mismo con los inabarcables periódicos de invierno, que tienen todo pero no tienen nada.
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Eduardo Laporte
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