Disociar-asociar
31.07.08 @ 02:14:17. Archivado en Divagaciones
Decía el escritor en periódicos César González Ruano que el otoño es una etapa propicia para la creación literaria, un periodo de asociación tras la disociación del verano. Pues bien, hoy me encuentro especialmente disociado, como una sociedad anónima en suspensión de pagos, o que ha presentado concurso voluntario de acreedores, como se dice ahora, y en la que ya nada es como era hasta entonces. Los trabajadores de esta sociedad disociada vuelven a casa tras conocerse la noticia del fin de la actividad, y el mismo camino rutinario de todos los días es una rutina nueva, que da miedo, frío, que abre todo un mundo de incertidumbre sin apoyos.
El escritor es un ser disociado, que se mueve entre esa bipolaridad de asociación y disociación, entre abrir y cerrar el objetivo de su percepción. Abre y recoge y, en algún momento, se supone que recompone. Me pregunto ahora —en plena noche disociada pero con extrañas ganas de poner algo por escrito— qué pasaría si alguien, un escritor, abriera sus puertas de la percepción ad infinitum. Un tipo con vocación de escritor con unas tragaderas vitales descomunales, que fuera acumulando, en una equivocada actitud escribiente, sensaciones, olores, colores, matices, barnices, anécdotas, expresiones, jergas locales, juegos de palabras, muecas peripatéticas, cargados ambientes familiares, densísimas reuniones laborales, paradigmáticos retratos sociales del siglo XXI. Así en un eterno bucle, en una insaciable necesidad de consumir vida.
“Un escritor que no escribe es un monstruo merodeando la locura”. Lo dijo Kafka. Supongamos que ese escritor que todavía no ha escrito, por miedo a lanzarse a la piscina, vive en perpetua disociación, desdoblando su alma hasta los más altos parnasos de la inspiración, de la creatividad, de la hiperestesia, de la observación más atenta. Le llegaría un día la saturación más atosigante, y asociación y disociación se enzarzarían entre sí, dejando el cerebelo de este sujeto en cuestión hecho unos zorros, como uno de esos garabatos de crío lleno de rayajos negruzcos y terroríficos.
Quizá necesitara huir al monte, como el protagonista de El perfume, y pegarse siete años chuperreteando una roca húmeda, evocando y poniendo en orden cada uno de las sensaciones almacenadas en su cerebro alborotado de estímulos.

¿A dónde quiero llegar con este paseíto semántico? A algún tipo de asociación; la necesito en esta noche de julio, tan lejos del mar andaluz. Es verano, es mucho pedir, pero la busco como Bill Murray cuando cazaba fantasmas o Santa Teresa de Ávila buscaba éxtasis y orgasmos trascendentales.
Hay escritores que dejan de escribir, Salinger, Rulfo, Rimbaud, o el propio Robert Walser, que cuando le ingresaron en el manicomio de Herisau dijo: “No he venido aquí a escribir, sino a enloquecer”, y no escribió una línea más. Murió locuelo, un día de Navidad, sobre la fresca nieve suiza. Perdió la batalla contra la asociación, y la disociación se multiplicó sin límite, generando una locura de mil pares. Salinger, los otros, quizá prefirieron no alimentar más al lobo que todo combate disociación-asociación genera.
Esa es otra opción, sí, cerrar la disociación para no tener que asociar ya más nada. O entregarse, rendirse, a la más completa disociación, sin voluntad de domeñarla, como hizo ya un cansado Walser. Cierro el post, resignado a no encontrar ninguna asociación, ninguna idea concluyente, ningún cierre, ningún broche final. “No he venido aquí a asociar, sino a escribir”, diremos por salir del paso, en este ejemplo de escritura plenamente disociada, perfectamente prescindible más allá de su valor como prosa carente de la otra mitad necesaria para la literatura: la asociación.
Comentarios:
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Coño, música para mis oídos. Qué amable está hoy todo el mundo. ¡Gracias!
E
Y si un artista no da a luz lo que siente, lo que ronda por sus pensamientos es precisamente porque necesita dejarse llevar. Su tiempo se está limitando a vivir, que no es poco. En esta partitura que es la vida, los humanos, como intérpretes que somos de nuestra propia sinfonía, nos vemos obligados a latir al son de las canciones que nos depara el destino. Nuestros incompletos pentagramas van avanzando y alcanzan compases que conforman nuestra armonía personal, que vive al ritmo de los días. La inspiración puede despertar entre fusas cargadas de buenos y malos momentos, o completar compases llenitos de silencios. Hasta que algún día llegue nuestra coda final. Mientras tan...
Gran post naufraguil. Creo que desde que te has dejado bigote escribes mejor todavía!
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Gracias Violetique! Interesante lo de Walser y la tv. Me lo imagino devorando el programa de la Hornillos.
E
Disociarse, romperse, cortocircuitarse, seguir arrastrado por las olas de la vida, reinventarsenos, es un vicio o ya una forma de ser de escritores y artistas, más bien la forma natural de su curiosidad.
Que no deja de ser un existencial gustarse y a la vez "trabajar" más o menos para otros según el grado de honestidad.
La dependencia innata de la inspiración, sí, puede provocar hasta adicción a la disociación. Disociarse no es más que vivir, vivir de forma compleja e intensa.
Asociar, precipitar algo escrito, necesita seguir disociándose mientras se escribe, pero suele funcionar mejor con dosis medias de disociación, como esas bebidas insufladas del justo gas, ni mucho ni poco, que tan bien saben; en esa medida en que las combinaciones secretas de nuestro ingenio van haciendo clack-clack abriendo...
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Eduardo Laporte
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