Árboles felices de la carretera
24.07.08 @ 13:07:01. Archivado en Divagaciones
Hace poco, quizá ayer, con los calores madrileños del verano, me dio por evocar aquellos viajes tan felices al paraíso de la infancia, que tenía por entonces cinco letras: S-a-l-o-u. Hoy es tan fuerte el poder de la memoria, su vehículo hacia Cacaolats que actúan como magdalenas proustianas, que ese pandemonium del turismo más cutre me sigue pareciendo lo más cercano al edén salvaje. Hace años ya que no voy, pero al menos en mi memoria así se mantiene.
Salíamos por la tarde, sin prisas, por aquella autopista sureña navarra que ya en sus primeros kilómetros, nos activaba, como al perro baboso de Pavlov, nuestros glándulas de la felicidad. El acueducto de Noáin, las canteras de ¿Alaiz?, el puente de Castejón, del que se decía, no sé si en leyenda urbana, que hubo un tiempo que tenía luz y todo, pero que bichos y mosquitos se pegaban a él con tal fruición que el invento resultó pifia.
Íbamos en aquel Alfa Romeo deportivo rojo de mi padre, dos puertas, dos ventanas, estreches mil en la parte de atrás. Pocos coches tan poco familiares para irse de vacas de verano; hace poco vi una foto de Umbral y María España saliendo de vacaciones y cargando maletas en el mismo coche, sólo que en negro, y sentí una interesante comunión estética, una bonita auto-emoción. Olía a tabacazo además que tumbaba, y su tapicería negra rezumaba a Winston que mareaba literalmente. Pero cómo molaba aquel coche: recuerdo algunas mañanas en que mi padre nos llevaba en él al cole, era la hostia, qué gran sensación la de fardar de pequeñito. Esas cosas hay que vivirlas de niño, claro, que es cuando se disfrutan y se paladean que da gusto. Luego lo cambió, año 89, por un Alfa 164, más convencional, cómodo y modernamente equipado.
Pero volvamos a aquella autopista hacia la felicidad. Mi ilusión era tal que todo lo que giraba a mi alrededor parecía compartir conmigo esa euforia veraniega. Los arboluchos tiesos de las medianas parecía que me sonreían, y se sentían dichosos en su condición de árbol, alegres de estar en verano, de ser parte de la vida. Incluso aquella ruina castillosa de Los Monegros parecía el Taj Mahal cuando la veíamos pasar, como otros años, antes del famoso toro, el de Osborne, otro de los momentos álgidos del viaje.
Es peligrosa, por falsa, esa empatía. La repetimos a menudo, sin darnos cuenta, y pensamos que el tío que nos acomoda en el cine está contento y feliz porque nosotros sentimos la excitación moderada de ver una peli que igual nos guste. Pensamos, como yo hacía con los árboles de la carretera, que el camarero paciente que nos atiende en la terraza un miércoles de julio a las 1.39 de la mañana también tiene esa suave euforia vidriosa y estilizada del alcohol. No pensamos, tampoco, en el frutero hindú de la calle Zurita, cuando vamos recién duchados a tomarnos esas cañas por Las Vistillas, hasta que descubrimos que lleva ahí desde que lo vimos por primera vez esta mañana, como desde las diez.
Curioso mecanismo este falseador de la realidad, como un muro de la vergüenza hacia nuestra felicidad, una alambrada de Ceuta y Melilla que lucha por mantener intacto nuestro bienestar. Pero, como fardar con el coche, por desgracia, son cosas que sólo podemos permitirnos de pequeños. Por eso somos tan felices entonces, hasta que descubrimos que el árbolito de la mediada se quiere pegar un tiro.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/180864
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
http://jordiny.blogspot.com/2008/07/veranistas.html
yo pagaba por volver a ver esos árboles felices, me imagino que usted y todos también
;) Feliz verano
Cosas similares ocurren cuando el alcohol fluye por las venas, y es que el alcohol es un gran creador de falsa empatía.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Eduardo Laporte
autor
Contacto




