El yonki cultural
07.07.08 @ 03:35:45. Archivado en Misceláneo
Ayer le vi, en el metro de Noviciado. Su aspecto era el de siempre, barba de pocos días, pelo entre grasiento y engominado, pero limpio, a lo Ray Loriga, podría ser, con sus gafas tupidas de pasta. Rebuscaba entre las papeleras del metro, una a una, sin resultados. Bueno, encontró un folleto de MediaMarkt, una página rota, que se la empapuzó enterita hasta que llegó el metro.
Vi cómo se subía -yo estaba dentro- y se zampaba de una tacada uno de esos carteles literarios pegados a la pared, en esta ocasión un ameno texto de Juan Benet sobre un periodista que va a visitar, entusiasmado, a Pío Baroja, y sólo saca de éste avinagrados comentarios sobre su triste destino, de viejo escritor aún necesitado de escribir para ganarse el sustento. Eructó después y se sacó una pelotilla de la nariz.
Se acercó a mí, que leía un cuento titulado El camino, de una vieja promesa que se llama Antonio Ferres, en su libro El caballo y el hombre y otros relatos. Husmeó mis páginas sin disimulo, provocándome ese incomodidad habitual cuando me lo cruzo, a él, o otros como él, enganchados también a la cultura. Le rechacé y giré el libro en su cara, cosa que le sintió como un tiro y le hizo perder los papeles. Empezó a suplicar entonces a la gente, “por favor, aunque sea unos malos versos de Antonio Burgos, un microrrelato de Iwasaki, un artículo endomingado de Juan Manuel de Prada, una columna antitaurina, antimachista o antianoréxica de Espido Freire o Lucía Etxebarría, o de Juan José Millás metiéndose con Rouco, Zaplana, Acebes para variar, algo, lo que sea, la solapa de El juego del ángel de Zafón, por favor, que aún no he leído nada, ayúdenme, por favor”.
El personal del vagón ya estaba cansado, de él y de los parásitos de la cultura como él. Una ecuatoriana le pasó uno de esos gratuitos para el mercado latino, y lo devoró en pocos segundos, anuncios clasificados incluidos. Después perdió ya el control y le arrebató a una señora una edición de bolsillo de “La aventura del tocador de señoras”, poco antes de bajarse en la estación de Sol, dando gritos como un loco, como si corriera desnudo por los pasillos de un hotel, antes de birlarle a un jubilado Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena y a una estudiante de periodismo La insoportable levedad del ser, de Kundera.
El Ayuntamiento debería hacer algo. Esto es ya una vergüenza, un descontrol, un despropósito y así no hay que quien salga tranquilo a la calle.
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Eduardo Laporte
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