La cama de Onetti
22.04.08 @ 21:03:56. Archivado en Divagaciones
"Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie". Esto dice la viuda, una de esas viudas que se dedica en vida a comentar las jugaditas de su difunto marido, celebritie de la literatura. También quita hierro a ese leyenda urbana (o rural, según dónde se cuente) que decía que Onetti, el escritor uruguayo afincado desde 1975 en Madrid, Juan Carlos Onetti, se pegó media vida en la cama. Un problema en la pierna le hizo decantarse por esa opción horizontal, en el último tramo de su vida, y así pasaría una más que digna existencia, prólogo de la muerte eterna que luego llegaría.
A veces, envidio esa vida minimalista de escritor en cama. Dicen que bebía whisky, que se fumaba sus buenas dosis de nicotina y alquitrán recostado, incluso comería en bandeja y se tragaría el proto-Saber y ganar que existiera entonces en TVE. Me suena que vivía por avenida de América, aunque también dicen que estaba ingresado en una clínica. Estaba en la cama, eso es seguro. Ese era su islote robinsoniano desde el que controlaba el mundo, y no al revés.
Y sí, a veces puedo llegar a envidiar esa vida tumbada, de deserción más o menos libre, más o menos impuesta. Porque creo que la noche a veces se nos queda corta, y deberíamos tener derecho a hibernar en cualquier estación del año. Hoy he aprendido que hay una más, la quinta, y que es la que ocurre cuando acaba el verano y el otoño se retarda, en ese limbo del calendario en que se ha recogido la cosecha, y la naturaleza se tumba henchida como un caballo viejo que se estira en el establo (un tal Kurt Tucholsky).
Las vacaciones de verano no bastan, ni alivian tampoco. Con esa premura de planes, viajes, vuelos low cost, rutas alternativas, oficiales, cooficiales, esa urgencia de felicidad que pasa factura a los menos previsores. Esa felicidad enlatada entre dos puntos del calendario de Easyjet.com, con lo vulgar que es viajar ahora que lo hace todo el mundo (un tal Borja).
No, el año está estructurado de tal manera que el descanso, aquel “Educación y descanso” del franquismo, sea un bien escaso. Bueno, según se mire: por algo triunfa el turismo de sol y playa. Es la búsqueda ansiosa de la cama de Onetti, sólo que más cutre.
No. El sol también cansa, abruma, ciega. El propio Onetti, una vez que lo invitaron a San Lorenzo del Escorial, leo por ahí, puso su cama, nada más llegar mirando a la pared. Rechazaba así la estimulante vista del paisaje serrano, terco y decidido. “No le gustaban los viajes", le defiende su viuda. Como a Rafael Reig, por cierto, que en su reseña biográfico dice algo muy reseñable: “Intento viajar lo menos posible”.
Hay una excesiva tendencia al viaje, a la hipersensación, al hipertocamiento de los cojoncillos del ocio, y es fácil ser víctima de esa vorágine de la adrenalina. Pero a veces el cuerpo, con su matemática interna, dice ¡basta! y reivindica su dosis de cama, de absoluta inmersión en la nada. "¿Qué te pasaba, Eduardo?". "No, no era gripe exactamente".
Comentarios:
No comparto el gusto por la vida lechal o en lecho, ni siquiera por la vida individual o en individuo. Será cuestión de mi especie coma oigaa
Muy güeno también su artículo sobre Salamanca y los papeles.
Le lee,
Jordi, pedagogo del partimiento de jeta, era? Juass
No todos los humanos están preparados para soportar la adversidad provocada en su vida por la limitación de una enfermedad. Sólo los espíritus libres y de gran fortaleza interior son capaces de luchar un duelo salvaje consigo mismos, afrontar su fragilidad con dignidad y engendrar una belleza que salpique localmente a los que le rodean o influir en el mundo entero. De lo que estoy segura es que en este tipo de gente estalla el reconocimiento de la esencia de la vida, la importancia de las pequeñas cosas que dan sentido a la existencia y encuentran la felicidad plena en insignificantes detalles y momentos. Para vivir de este modo hay que ser valiente, convertirse en una bestia que salta el cerco del día a día y ser consciente que se puede viajar desde un cuarto a infinitos lugares recónditos, dejando atrás las frivolidades que nos envenenan el reloj natural.
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Eduardo Laporte
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