Parejotas con críos
11.03.08 @ 11:53:10. Archivado en Hiperlocalismo
He pactado con la Sardina Perezosa escribir bajo un mismo título, que es el que está arriba, como suele ser corriente en el mundo de los títulos. Hace tiempo que las observo, a esas parejas de dos, en verdad desde siempre, sólo que nunca me había dado cuenta de que lo hacía. Puede que así pase con todo, vemos cosas, convivimos con ellas, y un buen día nos damos cuenta de que existen, y que reclaman un protagonismo extraño que antes se les negó.
Mucha gente les dice: qué parejota más maja. Sí, suelen ser como de Pamplona, y ya tienen críos. A veces uno, y van por el segundo. Las más dos, y se llaman Iker y María, o Iñaki y Nerea, o Urko y Sheila. Los hijos de estas parejas sanotas suelen ser cabezones, rayando una fealdad injusta, que hace que el amor universal hacia los niños se ponga en un solfa atronador. Una canción dice que una tía era tan fea que fue a comprar una careta por carnaval y sólo le dieron la goma, que se apuntó a un concurso de feos y que le dijeron que no aceptaban profesionales. Pues eso, pero no tanto. Es una fealdad triste, navarrica, y más si van vestidos de cashericos, por alguna de estas efemérides hiperlocales en las que la muchadada se viste de aldeano. Por cierto, los padres de estas parejas se llaman Satur y Mirentxu, o Fermín y María Jesús Goñi.
Estas parejotas tienen sus momentos de exhibición. Aparecen de pronto entre la masa gris y retoman su plaza preferente en la ciudadanía, blandiendo sus silletas Jané de marca blanca. Se apostan cerca de algún bar que echa humo, y se quedan al fresco ejerciendo el papel que les corresponde, el de saludar a otras parejotas, hablar de las cagadas del niño, las guarderías, que si van a llevarlo a la ikastola o a maristas, que si es agotador, que si me come bien, que si es un trasto, que si que si que si que si.
El padre de las criaturas tiene uno de esos trabajos dignos, de responsabilidad tibia. Jefe de obra en Imárcoain, responsable de producto en una fábrica de judías verdes de Marcilla, subcoordinador de formación en una empresa de recursos humanos de Tafalla, que va a montar una planta de reciclaje extraña y pagada por el Gobierno foral. Gasta una incipiente calvicie pero su pelo aún es oscuro, aunque la tripa hace tiempo ya que es algo blandengue y molicioso.
La madre de las criaturas trabaja en una inmobiliaria, en una correduría de seguros, en una autoescuela, o en una empresa de administración de fincas. Suele ir con su madre los sábados por la tarde de compras y a tomarse un café con leche en Zucitola.
Parejotas con críos y viviendas de protección oficial son sinónimos. Pueblan esos barrios de nueva planta, en esos portales brillantes y perfectamente diseñados para la comodidad, las zapatillas de casa, el pantallón para el Plus y el cuadro horrible del pariente artista, que hay que colgar en algún lado y, sin excepción, rodea un horrible marco dorado y rocococó. En el salón, suele situarse el parqué de los nenes, y es habitual la invasión de objetos lúdico-infantiles en ese territorio otrora limitado a la vida adulta. Es habitual encontrar en esos salones uno de esos muebles panmobiliarios en los que cabe de todo, y las colecciones de libros y deuvedeses que regalan los diarios casi a diario. También hay espacio para grandes dosis de novela histórica, y los libros de la carrera, Relaciones Laborales o Psicología por la UNED, para que quede constancia de que en esa casa se lee.
Sí, las parejotas con críos parecen felices. Se van de potes por San Gregorio, juegan al mus, pertenecen a alguna peña, en sanfermines lo pasan pipa y veranean en Salou. Cada quince días él acude al Reyno de Navarra a ver al osasunica, y ella aprovecha para ver una película romántica. Son los reyes del bienestar y para él viven, lo idolatran, es su deidad más absoluta. Luego los críos van creciendo, y ellos también, y se produce un momento raro de desubicación, y los temas de conversación faltan y llegan las dudas, y esas crisis de las que hablan las películas. Se desdibujan, ya no sacan tanto pecho en los chaflanes del Segundo Ensanche, y entonces empiezan a hacer rarezas. Pero recuerdan con cariño su momento álgido, y como su chaval era el más guapo de Sarrigurren, ciudad ecológica y protegida.
Eduardo Laporte
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