Domingo en Ramses
28.01.08 @ 02:16:38. Archivado en Misceláneo
Este domingo mi tía y mi prima me han invitado a Ramses, uno de esos sitios cuya rutilancia se comenta desde provincias, entre la gente que está enteradilla de qué es in y qué no lo es. Está en la plaza de la Independencia, donde la Puerta de Alcalá, Madrid.
He llegado con esas pintas de resaca dominical de pelo mojado y despistado, y por poco no me dejan entrar. El personal receptor me ha mirado con desconfianza, y me han preguntado como tres o cuatro veces que qué quería, y qué donde iba a comer, si había reservado, y no sé qué más. Me han hecho sentir como la amiga puta de Julia Roberts en el hall del hotel de Pretty Woman. Luego han caído en que yo tenía mucha más clase que ellos, y me han conducido hasta do se encontraban mis parientes, comiéndose el orgullo por esa errónea presunción de ordinariez con que me habían tratado. Les he ignorado con la más acusada de mis indiferencias, por supuesto.
Del lugar me ha llamado la atención esa decoración entre blanquinegra cebril, con toques yo diría que góticos, de película futurista a lo Gattaca. Me he sentado en una silla rococó pero más bien estándar, mientras que tía e hija permanecían introducidas como en unas carlingas que les envolvían toda su proporción corporal. Me he pedido un Mary Blood, que era como un Bloddy Mary pero con otro nombre, y la verdad es que estaba fuertote, y no he podido con él. Porque el Bloody Mary tiene además una vida muy corta, en cuanto el hielo se convierte en agua, y el cóctel en una piscina sangrienta con sabor a gazpacho soso.
“La decoración es de Philippe Stark”, me informan mis familiares, mientras uno de esos camareros con poca vocación de servicio nos ofrece un risotto con boquerones y almejas y calamares, muy rico. Luego le han servido a mi tía otra copa de Möet Chandon, y entonces sí que he visto por primera vez el brillo del lujo, con su distancia sobre el vulgo, el clamoroso encanto de la burguesía. Han sido un par de fracciones de segundo, pero el plano, el fotograma visual, ha merecido la pena. El plomo del cuello de la botella del champán, dorado, brillo entre la oscuridad de cebra reinante, que regalaba unos destellos lujosos, vivos, sublimes, me han hecho disfrutar de la imagen como el pintor hiperrealista que no soy. Ese ha sido el momento sublime de ese brunch más lunch que breakfast al que me he sido amablemente convidado, con mi moderada resaca a cuestas. Y he apreciado el valor del lujo, como cosa excepcional y lúdica, que no como hábito, pose o, mucho menos, pretensión.
Después he ido a mear, porque en este tipo de sitios siempre hay que explorar los servicios, y he descubierto que eran unisex, cosa que en el fondo a mí no me gusta, por aquello de que las trastiendas de la digestión y sus sonoridades no me gusta airearlas intersexos. Después de la micción, me he aproximado a esa suerte de lavado amplio y espacioso, y no he conseguido lavarme las manos, porque no había manera de que el surtidor surtiera efecto, y agua. Ponía las manos debajo y nada, y me sentía inútil y observado, con una música alta y glamourosa de fondo. He salido por esa puerta faraónica con cortinajes a ambos lados y, ya por curiosidad, le he preguntado a un camarero que cómo coño funcionaba el gripo. “Hay un pedal”, me dice. Un pedal que yo había pisado de todas las maneras, muy por cierto.
Y la sesión de pedorrería barrisalamanquesa matritense ha concluido del modo más egregio posible, nada menos con la presencia de doña Letizia Ortiz, principesa de Asturias a la sazón. Iba de incógnito, acodada en la elegante y blanca barra de la parte de abajo, acompañada de lo que creemos que era su hermana. Llevaba unas grandes gafas de camuflaje, unos pantalones que no ocultaban su extrema delgadez y unas Nike muy modernas. Los camareros la miraban sin mirarla, hechizados por esa aureola de monarquía clandestina y atrayente que de pronto imperaba en el local.
Hemos salido, y le he lanzado un saludo popular desde el otro lado del cristal. No he podido evitar esas ganas de hacer el ganso en plan simpático mientras nos mezclábamos alegremente con la gente, con el sol de Madrid, con la calle Alcalá, contentos de ser plebeyos y libres, con el brillo del Möet aún en la retina, difuminándose sin traumas.
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la verdad es que no sé de qué hablas la mitad del tiempo, no sé si es una ironía o realmente sí conoces todos esos términos: Philippe Stark, moud cahndon, gattaca, bloody mary, sí, vale, a lo mejor no estoy muy puesto en moderneces, siento que algo me estoy perdiendo...
El relato es fantástico.
Atentamente, L. Durruti
www.elretablo.blogspot.com
(Por fin retomas el ploc)
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Retomo, retomo, porque también he retomado ese olvidado hábito de tener un par de días libres. oiss
E
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Cuando uno ve a una princesa, cualquier republicanismo de salón se va al garete.
salu2
E
Y lo del brunch me ha dejado patidifusa. Creía que eso sólo lo medio olisqueaban los modernos redactores del On Madrid, para luego hacer sus rutas megagalácticas por los lugares más flúor donde se pueda encontrar esa suerte de huevo revuelto con todo.
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Ahí las dao, con lo de On Madrid. El otro día hablábamos de ese esnobismo entre cool y grunchi que en vez de proponer irse de cañas habla de practicar el "afterwork". Andaaaa. Por no hablar de esa extraña sección -boba perdida- de la contras de El País: Desayuno con, Almuerzo Con.. Por qué coños nunca bajan los precios de 50 euros por un par de madalenas con un café con leche y un tiramisú? Es una retorcida estrategia de la izquierda para hacer que lo que la economía empieza a ir media (que a saber) para demostrarnos que no, que realmente la vida es cara, y que tomarte un biscotte con jamón no es posible por menos de un pastonazo. Me indigno cada mañana con ese derroche de tontería ful, que no sé a que viene, pero que al mileurista de a pie de metro le puede tocar un poco las pelotillas escalfadas.
Y sí, el dorado no me gusta. No me gusta el dorado petulante, pretencioso, de tantos portales de Madrid, ni las cadenitas de ese material, ni las pulseras que usan las Yeniferes, o las viejas de todo barrio y condición, por no hablar de las rumanas y su piñata amarilla. Todo en el oro es ostentación, un evidente deseo de demostrar lo que uno tiene, más que lo que vale. Y más aún si ese oro no es más que un barniz, como en los petulantes portales madrileños. Otra cosa bien distinta son los destellos, aúreos más que dorados, que desprende el plomo del Möet Chandon, porque evoca al oro original, aquel que no distinguía de convenciones sociales ni conocía sus trampas.
E
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Eduardo Laporte
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