In-Certitud
10.01.08 @ 02:49:08. Archivado en Desde el Mirador de Selkirk
Creí que la palabra no existiría, y que habría que conformarse con certidumbre, sonora, con empaque, pero demasiado larga para ser usada así como si tal. Pero sí, resulta que la palabra certitud, que viene a ser lo contrario de incertidumbre, y lo mismo que certeza, según el DRAE, no es una de esas invenciones léxicas que a veces se dan cita por aquí. Lo que no existe es incertitud para negar la certitud, por esas reglas anárquicas e irregulares del lenguaje que es tan poco cartesiano como la vida misma, por mucho que se empeñen los que aún creen que con la razón se llega a algún sitio.
Resulta que una lectora me comenta que para ella el año 2007 se podía resumir en la palabra incertidumbre. O In-Certitud, que suena como más de festival de música electrónica en Guadalajara o de perfume de Hugo Boss. No sé si la incertidumbre es buena o mala, como tampoco sé si soy indeciso. ¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia?, pregunta uno. Ni lo sé ni me importa, responde el otro. Pues eso. Se ha escrito mucho sobre la indiferencia, y mi querido Molusco podrá traer a colación alguna sesuda cita de un libro sesudo que leímos bajo los lesivos efectos del cáñamo holandés.
Vivimos en una constante incertidumbre, calmada sólo por pequeñas certitudes que nos hacen panicar un poco menos. Tratamos de fijar cosas para calmar el exceso de incertidumbre, que como todo en exceso es mala. Fijamos nuestro pelo, nuestros horarios, nuestros domicilios, nuestro sitio en la mesa, nuestro tipo de alcohol destilado, nuestra manera de coger postura en la cama, solos o acompañados. Esos pequeños goles a la incertidumbre parece que nos hacen caminar sobre algo sólido y reconocible.
Sin embargo, un exceso de certidumbre o certitud, opino, puede ser, como todo exceso, mala para la salud, mental y física. Vemos cada día como tantos matrimonios malviven bajo el yugo de esa certidumbre opresora, que marca sus rutinas sin la fisura necesaria de incertidumbre. Se acuestan deseándose lo peor el uno para el otro, y concilian el sueño envidiando a Sarkozy y Bruni, por su amor lleno de incertidumbres en el Valle de los Reyes, o en el tren del Oeste de Ogodisné. Ah, lamentan haber convertido su vida, ¡la única! en una inversión en Bonos del Estado, y desearían volver atrás, y meter todos sus ahorros sentimentales al menos en el imprecedible Ibex 35. Pero ya es tarde. Hay demasiada pasta en las Letras del Tesoro como para empezar de cero.
Pensé también sobre la incertidumbre en el siempre mágico día de Reyes. La víspera nos hacemos los regalos del amigo invisible, en plan familiar. Esta vez, no sé por qué, me decidí por una decisión que luego lamentaría, y que fue indicar a mi regalador que regalo quería. Así que me pedí unos de esos pseudoiPods de poco fuste que descubrí en el blog de Ender, un Creative Zen (que además hoy me han comentado que son una mierda). En cuanto empezó el festejo, y tuve la certeza de que no había incertidumbre posible, y toda la magia de los Reyes Magos se vino abajo como una gigante con pies de barro en la casa del terror. Descubrí con nitidez mi error, y cómo la incertidumbre ante el regalo era más excitante que el regalo en sí, que en tantas ocasiones decepciona o sabe a poco. Justo como aquello de que la dosis de la felicidad está en la sala de espera de la felicidad, como dice Eduardo (Punset, por supuesto). (O en la imaginación ante lo por venir, como se habló por aquí y perdón por la autocita.)
La incertidumbre, por tanto, requiere, como el colesterol, o la ventilación doméstica, su justa dosis, su medida, su control, su dominio. El problema, oh, ¡cuán puta puedes llegar a ser!, es que no es tan fácil de domeñar y que su control se nos escapa, como tantas cosas importantes de la nuestra existencia.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/136936
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
El libro en cuestión, creo que ya lo dije en su momento pero lo volveré a poner por si acaso, es "A más cómo, menos por qué" de Jorge Wagensberg que recopila 747 reflexiones del autor más 9 capitulillos de unas 6 páginas cada uno en los que el hombre se explaya un poco más en sus pensamientos. Es un libro corto pero denso.
Sr. Qu.E, como no somos materialistas, le regalo el título del libro, en vez del libro en sí, y agradezco su comentario y sepa que el placer es mutuo.
Saludos.
P.S. Me encantan sus comentarios... y me pone los dientes largos el “librito de las reflexiones” ¿cuál será, será...?
Buenas noches.
[106] El cerebro, ante la falta de incertidumbre, se ofende.
[107] El cerebro, ante el exceso de incertidumbre, se frustra.
Me salto la 108 y acabo con la 109:
[109] El cerebro trabaja entre la ofensa y la frustración, la ofensa ante el tedio de anticipar lo trivial y la frustración ante el calvario de anticipar lo ininteligible.
No añade nada nuevo al post pero resume alguna de las ideas que comentas.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Eduardo Laporte
autor
Contacto




