Mudanza

Permalink 28.08.08 @ 11:06:22. Archivado en Desde el Mirador de Selkirk

Amigos,

Me voy, qué lástima pero adiós. Es curioso el concepto de ubicación en Internet. Es infinito pero prieto. Hay de todo, pero alcanzable a golpe de url. Por eso, y entre otras cosas, he decidido montar mi propio hogar cibervirtual pixelado en otra parte, ya que las hipotecas en Internet cotizan siempre a cero, siempre que pagues tu conexión, y a mí con Tele2 últimamente me va bien.

Creo que en pocas cosas en la vida habré sido tan constante como en el blog. Desde hace cuatro años, en que descubrí el asunto este gracias a mi hermano Bro, y me cree uno en Blogia, he sido fiel, con algún que otro periodo de leve desatención, a la escritura de textos bloguísticos. Esto tendrá pronto su recompensa en un formato libro, pero no adelantemos acontecimientos.

Ir gastando vida supone también definir tu modelo y voy viendo que el mío va cogiendo forma propia. Que me relacionen sólo conmigo mismo es una máxima que aspiro ir cumpliendo. Pero no es tanto por lo que digan los demás, sino por lo que se dice uno a sí mismo.

Podréis seguir leyendo estos textos pinchando aquí. Ya no volveré a escribir en Periodista Digital, así que me despido de los blogueros de esta Blog_Zone en la que, a decir verdad, hacía vida de efímero huésped. Entraba, depositaba y salía.

Suerte, gracias y espero reencontraros por aquí:

http://elnaufragodigital.wordpress.com/

Algunas aproximaciones al concepto de tristeza #12 & 35

Permalink 25.08.08 @ 00:50:57. Archivado en En el Moleskine

En homenaje a Bro, que me sugirió este alegre experimento sobre la tristeza, ahí van unas aproximaciones hacia esa cosa melanosa que nos encoge el alma de vez en cuando. La primera es del antípodo que llegó un domingo, por su regreso a Españñña. Ongivenido!

La tristeza es volver cuando otros se van, o que unos se vayan cuando otros vuelven, o que los que vuelven tal vez no vuelvan a irse, o que los que se fueron tal vez no vuelvan.

Triste como una carnicería un sábado por la tarde.

Triste como una corrida de toros en San Fermín txikito. Con sirimiri. Y Paquiro. Y Gamocho.

Triste como los Juegos Paralímpicos.

Triste como un septiembre sin ningún fascículo que montar, ni ninguna empresa que emprender.

Triste como un matrimonio de vacaciones en Marina D'Or.

Triste como el barrio de San Juan -de Pamplona- un domingo de colegio.

Triste como el Segundo Ensanche -de Pamplona- un sábado por la tarde.

Triste como el tendero -Mambrú- del quiosco de la Taconera, un sábado o domingo por la tarde.

Triste como la tarde del 1 de enero: mal comienzo de año.

Triste como San Sebastián cuando pierde la Real.

Triste como ciertos empleados del peaje, que no dicen hola ni adiós.

Triste como un bocata, mustio y seco, de jamón, de Pransor.

Triste como mear en una estación de servicio de Ciudad Real.

Triste como la Atención al Cliente.

Triste como un Gracias por su visita.

Triste como que te digan: ¡qué aproveche!

Triste como una de esas ensalasadas sin aliñar, con huevo duro de yema gris.

Triste como un camarero, de luto y blanco.

Triste como una mediana.

Triste como un ambientador.

Triste como la información de tráfico de Anselmo, el locutor triste de la DGT.

Triste como tres tigres.

Triste como un terrario.

Triste como los osos polares del zoo de Barcelona.

Triste como un delfín (deprimido).

Triste como el agua de un canario (entre rejas).

Triste como una cuarta cuerda -Re- de la guitarra rota (aliteración).

Triste como el metro de París en noviembre por la mañana.

Triste como el metro de Londres en noviembre por la mañana.

Triste como el túnel del canal de La Mancha, en el solsticio de verano.

Triste como la Fosa de las Marianas, con una piedra pómez al cuello.

Triste como atravesar la Patagonia con un cd de Paulina Rubio en el coche.

Triste como el funeral de un conocido.

Triste como una casa sin alfombras.

Triste como ciertos pueblos de Huesca.

Triste como un mercado municipal.

Triste como un post sin comentarios.

También disponible aquí.

JK5022: una búsqueda de luz en la tragedia

Permalink 22.08.08 @ 19:23:14. Archivado en Desde el Mirador de Selkirk

¿Dónde estabas tú a las 7.39 de la mañana del 11 de marzo de 2004? ¿Y a las ocho de la mañana -hora de Nueva York- del 11 de septiembre de 2001? Todos recordamos qué hacíamos en esas dos fechas negras del calendario de la Historia reciente y todavía estamos aquí para contarlo. Mientras realizamos acciones agradables, cotidianas, ligeras, pueden estar sucediendo escenas horrendas, infernales, de rostros carbonizados, vertebras rotas, pulmones aplastados y cráneos partidos. La realidad supera a la ficción, mientras muchos de nosotros leemos el chiste de Forges o nos miramos al espejo como quien mira un cuadro, un autorretrato efímero.

De muchas de esas tragedias ni nos enteramos. (El diablo se llama luci...dez) Pasan mientras jugamos a la Play Station o eternizamos la consulta de los bienes del frigorífico, con las pocas posibilidades gastronómicas que ofrece la mezcla de esos productos que amenazan con pudrirse. Mientras pensamos si huevo o salchichas, se sucede la matanza de Srebrenica y 8.000 personas desaparecen de la vida.

Es una reflexión manida ésta, pero que carga con su dosis de desasosiego. A las 14.30 del 20 de agosto de 2008 me tomaba (tomábamos) una caña en Carboneras, provincia de Almeria, bajo un sol suavizado por unos toldos. Nos trajeron la clásica tapa, que ésta vez consistia en cuatro pequeñas cigalas, dos por cabeza. Me dediqué a observar a la familia de enfrente, tres franceses de esos con aire de asiduos al cámping, de un mutismo agresivo, incómodo, y de esa vulgaridad turística que luego llena nuestras cajas registradoras. Ella, en cambio, de pronto se puso a leer Le Monde, mientras padre e hijo, con un aire entre asiático y hawaiano, miraban torvamente a la nada.

La caña entraba como sólo la cerveza rica y fresca, con su extraña dosis de elementos adictivos, sabe hacerlo. No sirven bien la cerveza en Almería, pero daba igual. Placer veraniego de los sentidos y también ese morbo voyeur de observar una de esas deprimentes familias de tres, y saber que uno no se embarcaría en proyecto similar ni por asomo. Sensaciones a fuego lento, lánguidas caricias de agosto, mientras en Madrid 153 personas mueren al unísono, con gritos despavoridos ante un accidente que trunca la vida del modo más violento imaginable. A los que se van, y a los que se quedan.

Arden los cuerpos, se desfiguran los rostros, se deshacen las narices, se estampan los uniformes contra los cuadros de mandos, salen despedidos como muñecos de trapo personas que antes leían, como nosotros, el chiste de Forges, y se regodeaban de felicidad ante los venideros días en la costa canaria.

Cuesta asumir realmente la tragedia, aunque no nos afecte directamente. El horror también forma parte de la vida en la Tierra y, en su miseria, nos recuerda que existe, cada día, su contrario, en una dosis abrumadoramente, descomunalmente, más generosa y abundante, aunque a veces cueste creerlo o la rabia nos impida verlo así.

Olor a churros

Permalink 16.08.08 @ 21:04:15. Archivado en Hiperlocalismo

Me vais a permitir este acceso ñoño al mundo de los olores, la infancia y demás prosa con sabor a naftalina. Pero es que he sentido en mi pituitaria libre de sábado por la tarde el olor inconfundible del churro (porque hay olores que se confunden, pero otros son puros y directos), de paseo por la calle Argumosa. Y he pensando en los domingos por la tarde de Pamplona, otoñales, de Delicias, hermanos pequeños con silleta, huevos Kindër y chocolate con churros. De esos espesos como el engrudo, que generaban una sed cósmica una vez digeridos y uno sentía luego en el estómago una incompatible mezcolanza de elementos líquidos, y una angustia pequeña. La pesadez alquitranosa del espesor chocolatil y el agua corretona y líquida, que no acababa de fundirse con su vecino de estómago.

El olor a churros es un olor este característico, viaje al pasado de todo niño que haya tenido niñez en una ciudad de provincias, o grande incluso. Si alguien lo quiere experimentar en Pamplona no tiene más que acercarse al puestito de las Navas de Tolosa, que a mí me parece de un tristísimo que tumba, por otra parte. Una vez empecé un intento de poema sobre la tristeza, y quedé en un solo verso, que decía así:

Triste como una carnicería un sábado por la tarde

Sí, el churro puede estar rico, pero el contexto tiene algo de triste, no sé.

A mí el churro me parece un elemento típicamente español, en esa senda de los excesos que tanto nos gusta y define. Es una palabra sin traducción, de esas que los franceses pronuncian con un punto ridículo, shugggo, y que consumen con el placer del pecado, de la glotonería, de las cosas que se permiten sólo debajo de los Pirineos, como los sanfermines, las manitas de cerdo y los menudicos con sangrecilla.

Últimamente he descubierto —o no me había fijado antes—, que el churro es también elemento de verano, como el tinto o los relatos. El helado desaparece en invierno (no así los hielos, presentes en tanto copuz desmedido de garrafón sabatino), pero los churros permanecen en verano, presentes en diversas txoznas de la geografías española. El otro día en Carboneras (Almería) montaron un gran dispositivo churrigueresco, y en las fiestas del San Lorenzo de Lavapiés lo mismo. A 40 grados. Es como esas patatas asadas barrocas de grasa, cebolla y salsámenes indigestos que también proliferan por las ferias del Sur, participando un poco más en esa tosquedad de espíritu que algunos se nos atraganta.

Esas prefiero ni proballas. Y los churros, como pasa con los porros, lo mejor es olerlos. Nostalgia con azúcar en el aire.

Periódicos finos de julio y agosto

Permalink 13.08.08 @ 12:29:04. Archivado en Divagaciones

Me gustan mucho los periódicos finos de julio y agosto. Un país de un martes cualquiera de verano, de julio, de agosto, no tanto de septiembre. Septiembre sigue siendo un mes hóstil, por el trauma cimentado a base de años y años de odio visceral de retorno al colegio, la jodida rentrée, con sus convenciones coñazo y sus profesores estomacantes.

Por eso nos sigue gustando el verano, nos recuerda a la patria/paraíso que es la infancia y cuando nos hacemos mayores la evocamos desde los márgenes del periódico. El verano es un ejercicio de flashback a la infancia, una huida de las convenciones coñazo de nuestros jefes y sus tantas cosas estomacantes.

En ese verano, digo, hay periódicos, periódicos magros de ruido informativo, esbeltas construcciones de papel en las que sólo entra lo esencial, en una dosis asumible para el lector. Dicen los que han estado en NYC que el NYT del domingo debe ser para echarse a llorar, una torre de papel cargada de suplementos, complementos, palimpsestos, daguerrotipos, encartes, ofertones, bollos suizos, colecciones, amén de cómo 200 páginas de información local, internacional, supralocal, hiperinternacional, cósmica, universal, tetradimensional y duodenal. El tranquilo lector de domingo, que viene de hacer jogging y tomarse un café amplio y tres donuts, no sabe si pegarse un tiro o enfrentarse a ese magma de información llena de malos rollos: presos torturados en Guantánamo, ataques bacteriológicos amenazantes, incremento desmedido de la obesidad mórbida, sectas de nuevo cuño de pavorosa disciplina interna, etc. Por no hablar de la información económica, la salmón, que tiende a lo rojo por que es la encarnación del infierno en la Tierra.

Los periódicos, como tantas cosas en España (el aire acondicionado o el aceite), pecan por exceso. Está ese sempiterno complejo de inferioridad, que se traduce en un aluvión de páginas, imposibles de leer todas más allá del titular, que se nos acaban cayendo de las manos, añadiendo más frustración al individuo del siglo XXI. Justo lo contrario que Le Monde, maravilloso periódico fino todo el año.

Otra cosa pasa con la prensa veraniega, insisto, de cuya lectura uno incluso puede acordarse en el futuro. Me acuerdo, por ej., de la muerte del poeta Claudio Rodríguez, que leí en un cafetería de un barrio anodino de París, en julio del 99, o de las exóticas predicciones del fin del mundo de Paco Rabanne, para ese mismo verano. Según él, la estación MIR se desplomaría sobre la Tierra el 11 de agosto de 1999.

“Los periódicos inflados son el símil del ritmo de vida del siglo XXI, de las pretensiones del siglo XXI, del vacío reinante y de las postergación sine die del compromiso”, dijo el sociólogo alemán Tobías Bradswürst Slip. Un afán por deslumbrar, por exceder, por querer abarcar todo y no llegar a nada. Decía Manolo Escobar en una entrevista realizada por Violeta Jiménez para El Mundo de Almería que no le gustan las grandes ciudades: “Las grandes ciudades no tienen nada. Mucho bullicio, mucho coche y mucho jaleo, pero en el fondo, nada”.

Pasa lo mismo con los inabarcables periódicos de invierno, que tienen todo pero no tienen nada.

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