Las puertas hacia la verdad
15.12.07 @ 03:30:41. Archivado en Divagaciones
El otro día pasé por una boca de alcantarilla, de esas que están de pronto abiertas para no sé que trabajos, qué puestas en orden de desarreglos urbanos, domésticos, comunitarios. Esas bocas que recuerdan a las entradas secretas de Mortadelo y Filemón: la HK7M3P. Bocas que enseñan un interior que miramos de refilón, veloces como vamos andando, sin tiempo a almacenar ese trocito de minúsculo mundo subterráneo que se nos presenta.
Porque esas bocas de alcantarilla abierta, tienen algo de aleph, de inusual puerta de acceso a la verdad (y a humedades fecales plagadas de ratas nadadores: nadie dijo que la verdad oliera bien). Desde pequeño me daban curiosidad esos parches a lo real, o mejor dicho a lo arreal. “¿Qué es lo arreal?”, me preguntaba Bro cruzando un canal de Ámsterdam. Lo arreal es aquello que se esconde tras el maquillaje de las ciudades, la trastienda de lo real, de lo que entendemos por real. Es aquello que existe más allá de nuestras convenciones, es la tramoya, el truco, el mecanismo, lo que está detrás, la rebotica, la trastienda de la vida, de la ciudad, de los conceptos. La trastienda de la trastienda. El MS-Dos del Windows en que andamos instalados, algunos con más virus que otros. Algo de eso es, lo arreal.
Y al pasar ayer por una de esas bocas mortadelofilemonianas, pensé en todo eso. Se me ocurrió incluso una especie de greguería, que era algo así:
Una boca de alcantarilla abierta nos enseña la trampa de la ciudad.
Por eso las tapan pronto, para que no nos demos cuenta de lo artificial que es todo lo que nos rodea. Los colegios deberían programar excursiones a los bajos fondos de las alcantarillas, para que los niños descubrieran cómo todo es producto de los hombres, excepto el campo, los ríos y las montañas.
Como el hueco del ascensor del piso del Paseo. Aquel ascensor Muguerza de pesadilla, con un montacargas pegado que subía con él, pero que jamás se usaba. Allí podía haberse guardado la momia del General Mola que nadie se habría dado cuenta, terrorífico que era. O esos cuartuchos raros que había por el portal, que comunicaban con el patio, los cuadros de luces y demás centros vitales del edificio. Distintas puertas a la verdad que se ocultan, como se oculta el motor de los coches, los huesos bajo la piel, el amor bajo el corazón (o a veces incluso bajo la ropa interior). ¿Es bueno disimular esas verdades no siempre bellas? Sí. Pero también es fascinante tratar de descubrirlas y valorar el conjunto urbano como un maquillaje que con el que hemos embadurnado la realidad real. Sin perder de vista la visión de conjunto, aunque nos joda: la de los pobres, la miseria, el hambre, las ratas, la peste, las pulgas, el frío, la lluvia y la enfermedad.
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Es el backstage del escenario que nos hemos montado. Y como pasa con cualquier backstage, estar ahí, o sólo verlo, nos hace sentirnos especiales, aunque el tipo de la mancomunidad de aguas, el bombero, el portero estén más que hartos de tanto escenario y no quieran más que que lleguen las vacaciones para irse a algún sitio real. (¿Playa o montaña? Eso no importa).
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Eduardo Laporte
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