Falso otoño
16.11.07 @ 01:03:03. Archivado en Peatón de Madrid
En París era una fiesta , Hemingway habla de las “falsas primaveras”. Su idea ideal de la primavera era un tiempo de suave temperatura, de americana beige en la que sumergir la baguette y el periódico extranjero. De amables atardeceres en esos cafés que tanto cita, el Dôme, el Flore, el Deux Magot, la Coupole, la Rotonde. O de salir de cenar de la brasserie Lipp, en Saint-Germain, frente a la librería La Hune, donde estuve el verano pasado y no vi más que libros. Salir de cenar, digo, con esa fe descomunal en el futuro que nos inyecta a veces el alcohol, sobre todo cuando fuera hace agradable, y cantar en silencio la alegría de vivir (y de beber).
Pero en los años veinte en París llovía que daba gusto, París con aguacero, París desapacible en mayo, viento mojado, mal tiempo de cojones, horrible, dégeulasse, paragüas, calles vacías y poca fe en el futuro, y menos en el presente. Falsa primavera, falsa vida, falso todo.
Cuando ayer he paseado (estos verbos tan raros quedan muy de Umbral) por Ciudad Universitaria, me he dado cuenta de lo follajeados que estaban los árboles. Esto me hizo recordar un reciente descubrimiento relativo a la caída de las hojas, que me proporcionó el otrora bloguer Iulius Felix Catón. Me ilustró en el simple funcionamiento de los árboles y el otoño. ¿Que por qué se caen las hojas? Por el frío. Y si no hace frío, pues no se caen. Por eso al sudaquerío le sorprende al principio el tema de los árboles desnudos, cuando llegan por primera vez a Estepaís; no es normal en las latitudes cálidas que los árboles se deshagan de sus hojas. (También, por otra parte, se hace raro que los árboles se desprendan de esa vestimenta follil a los primeros fríos, como si afrontaran el riguroso invierno desnudas, a palo seco, como esos bañistas valientes de la Concha de San Sebastián en enero.)
También he apreciado por el parque del Oeste, o esa zona del templo de Debod, como el verdor comenzaba a desgastarse, pero aún mostraba una plenitud rara, novedosa, incluso fantasmagórica. Como si el verano no hubiera dado paso al otoño, si no que se hubiera alargado como la lengua de una mariposa. Y aquí estamos, en un otoño extraño, agradable, en que todo parece un poco menos real, porque el frío como que te pone en tu sitio, te ordena las ideas, las recompone, las asocia, como decía César González – Ruano.
Comentarios:
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Totalmente de acuerdo. La memoria histórica con las estaciones es de lo más amnésico que hay. Este otoño ha sido un verano sin piscinas. Tal cual. (En Madrid, ojo.)
E
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Eduardo Laporte
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