Medem y los perroflautas
06.11.07 @ 01:18:00. Archivado en Desde el Mirador de Selkirk
Suena a título de cómic de Mauro Entrialgo: Medem y los perroflautas. Ayer vi su última película, en la Filmoteca de la calle Santa Isabel, donde cobran a dos y medio euros la sesión, por lo que el derecho al tomatazo —sana práctica que debería permitirse en los circuitos exhibidores de tanta kk espagnola—, las ganas de ejercerlo digo, no son tan potentes. Y eso a pesar de los aplausos de la última fila cuando acabó la sesión: eran "miembros de la Academia", y aplauden porque son amigos, qué aplauso tan ruin, tan de camarilla, tan de subvención española y somos artistas. Porque la peli del cineasta vasco podría también bautizarse, así en plan feo, Patética Ana.
Cuando me revolvía en mi antiergonómica butaca, aburrido e inquieto por el aburrimiento, pensé si Julio Medem habíase vuelto loco. Si después del inconmensurablemente descomunal albondigón mediático persecutorio que se orquestó contra su persona después de rodar La pelota vasca habría perdido un juicio que antes parecía tener. Porque quizá, a pesar de todo, hay cierto juicio, cierto carril, cierto norte, cierta cordura, y uno se puede salir, o no, de ella. La mediocridad que destila Caótica Ana no es producto de un director del talento que parecía tener Medem, si no de alguien camino del manicomio de Herisau, do pasara sus últimos días el mítico Robert Walter.
Es tan sólo una hipótesis, una pregunta lanzada al aire, pero qué diantre, la personas de sensibilidad más desnuda que la media, como quizá sea JM, son pasto de las garras de la locura. Como si no digirieran todo lo que un día se les vino encima, y se desbrujularan para siempre.
¿Qué pasaría si un director de cine se volviera loco? ¿Qué pasaría si un perturbado, con excelente dominio de la técnica audiovisual, se dedicara a producir películas completamente turbadoras, incitadoras al mal, a la violencia, al suicidio, al trastorno contumaz, a la ruptura de los más necesarios consensos sobre qué es el mundo? Nadie lo evitaría, porque en las sociedades libres eso ya no se hace, por suerte –a no ser que protesten unas cuantas asociaciones de derechos de algo-. Pero, ¿y si lo hiciera de un modo sutil, como lo hacían tantos artistas durante el franquismo, con palabras clave para pasar inadvertidos, y nos provocara como una hemorragia conceptual irreparable?
¿Y si los artistas, en vez de lúcidos traductores del caos del mundo, fueran en realidad los locos, los confundidos, los anulados por un trauma obsesivo, por un ego insaciable, por una manía incurable, por una paliza paternal, por un escupitajo en el ojo infantil, por una humillación del tipo picha corta? ¿Seguiríamos teniéndolos como referencia, como guías, como gente a la que admirar?
Con los políticos pasa parecido. Pensemos en Hitler, Stalin, Castro o el mismo Ibarretxe, de quien se dice que como poco sufre una ciclotimia de aúpa. No haré bromas de mal gusto sobre el Alzheimer –Eisenhower- de Maragall. Pero, ¿y si fuéramos víctimas de los delirios de quienes se suponen son los encargados de encauzar el mundo? Yo diría que lo somos, casi desde el principio de los tiempos, además.
(Al final no he hablado de perroflautas, de Medem, ni de ná. Pero es que el título molaba, jajajjaja, y ahí un exceso de perroflautismo estomagante en la tal cinta. Perdón por la incorrección política. Oh.)
Comentarios:
Yo me quedo con conmovedor rictus de barba ripiosa de Antonio Vega, extraño dandy del pop que parece estar a pocos milímetros de la fina línea que separa a los vivos de los muertos.
Gracias.
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Eduardo Laporte
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