Antisíndrome Stendhal
17.10.07 @ 13:01:20. Archivado en Divagaciones
Dice la leyenda (o al menos aquel anuncio de Audi), que Stendhal (pseudónimo de Henri Beyle) entró una tarde de 1800 y pico en la basílica florentina de la Santa Cruz, y le sobrevino un jamacuco existencial de corte estético que hoy los publicistas recuerdan con acierto: el Síndrome Stendhal. Se ve que ante la contemplación de tanta belleza reconcentrada en un mismo lugar, le entraron sudores fríos, calores gélidos, le faltó la respiración, el aire se le hizo un bolo en el estómago, y la garganta un nudo gordiano que se le subió hasta el cerebelo, que era como una almohada llena de mariposas macho en periodo de apareamiento. El síndrome Stendhal.
Yo sentí ayer, no obstante, en el madrileño Museo del Jamón de Gran Vía, el extremo opuesto a tan arrobados sentires: el antisíndrome Stendhal. Últimamente se ha escrito mucho sobre la belleza y su contrario, Zadie Smith -belleza- e Umberto Eco -fealdad-, y se podría hablar y teorizar sobre el tema mucho y más. Sólo me atrevo a decir que la belleza es más importante de lo que creemos, o de lo que yo creía. Sí, es un bien accesorio, de esos ya de la punta de esa pirámide de las necesidades básicas, que pasan por alimentación, vestido, calor, cariño, pertenencia a grupo, trascendencia y no sé qué más cosas. Digamos que una vez salvadas ciertas cuestiones, nos queda luchar por cierta belleza, que no quiere decir empalago, como denunció hace poco O’ Ghery sobre el entorno del Guggenheim sino, al menos, ausencia de mal gusto y vulgaridad extremas.
Porque ayer en el Museo del Jamón experimenté por unos segundos el triunfo de la vulgaridad sobre la estética, la victoria de esa pragmática y atávica guarrería española tupida de humazos de tabaco malo, griteríos, risotadas sevillanas, sentencias grasientas e intragables por parte de una parroquia entumecida de cervezones, servilletas agresivas, pulpos a la vinagreta más bien estirados y podredumbre espiritual a granel. (Eso sí, las cañas muy baratas, a 80 cts.)
No sabía yo, o quizá nunca lo había aceptado, de esta aprensión mía hacia los ambientes toscos, que como que me condena a un sibaritismo coñazo poco útil en tiempos en los que el cutrerío puntúa lo mismo que un moderado cultivar la elegancia. Las ideas se democratizan, el gusto se populariza, y cualquier intento de estilizar esa molicie se llega a entender, mire ushhté, como un amago de elitismo, de anacronismo, de capricho tonto de dárselas de dandy de tres al cuarto.
Pero no nos pongamos apocalípticos porque, por fortuna, el Museo del Jamón no es el único espacio al que acudir para refrescarse el gaznate comentando la última bobada de la catalanidad más fofa. Hay que saber pisotear esa mugre jamonil, enfrentarse a ella, y enarbolar la bandera estética del no todo vale, e impedir, en silenciosa pero tenaz lucha, que la ordinariez española comience su inevitable y definitivo ocaso crepuscular hacia una feliz e irreversible extinción de ese mal gusto que nos coloca más cerca de Vulgaria que de la Francia de Stendhal. (¡Colóquese aquí un grito de guerra exhortativo y contagioso!)
Comentarios:
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Y a musha honra.
Fdo: Un señor mayor.
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Eduardo Laporte
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