Feria del Libro Antiguo y de Ocasión

Permalink 11.10.07 @ 02:53:28. Archivado en Hiperlocalismo

El calendario del Paseo tenía, y tiene, varias fechas fijas. Las fechas son los clavos que fijan el gran tapiz de la Historia, dijo Gombrich en plan pomposo, y en el Paseo Sarasate pasaba un poco parecido. Cuando empezaba la Feria del Libro, el niño entendía que ya había llegado ese tiempo en que la noche llegaba antes. Incluso a la salida del colegio ya el cielo estaba negro en una noche que duraba muchas horas, hasta que por la mañana aparecía una atmósfera cárdena y somnolienta. Parecía como si hasta el monte de San Cristóbal, como una criatura de esas de La historia interminable, estuviera también dormida a esas horas escondidas.

La Feria del Libro, la tómbola de Cáritas, o las tiendas a lo haima que montaban esos negritos de entonces por San Fermín, con sus puestos de máscaras africanas y ropa de imitación. Distintas señales que, repetidas año tras año, iba configurando una feliz rutina de la infancia. Pequeños grandes acontecimientos, como la llegada del misterioso Donanfer, que articulaban un mundo, nuestro mundo, a base de repetición que parecían tan naturales como las estaciones. Aquello daba seguridad, una base firme de recuerdos y las sensaciones que se iban haciendo estables, sólidas, con ese sano deje pueblerino de “que vienen los feriantes” y que apenas existe hoy en las grandes ciudades, paradigmas del chusco mundo virtual sin asideros sentimentales.

La Feria del Libro aparecía de pronto un lunes de octubre, sin avisar. Pero iba por fases, los primeros días eran para montar esa estructura simple y mecánica, es decir, como de mecano, que creaba un pequeña ansiedad. En dos o tres días, aprox., habían montado la barraca cultural, que se alargaba en las dos partes, o gajos que diría Passy, del Paseo. Por la noche cubrían la parte delantera, la de los expositores, con una tela rojiza, sin protección aparente, y daban ganas de meter la mano debajo, cual falda púber, y birlar algún título de Salgari. Se decía que había algún vigilante en el interior, pero yo nunca vi ninguno. Nunca lo hice, lo de robeteo, quizá porque lo de mangar un libro no tenía ese veneno morboso de la gamberrada infantil, como sí lo tenía lanzar castañazos pilongos contra la metálica estructura de la parte de atrás, que supongo que daría más de un buen susto al librero de turno, que fumaba su tranquilo trujas en la tarde de domingo otoñal.

Podría poner aquí ahora algún feliz encuentro con varios libros, en plan “el tesoro de la juventud”, pero la verdad es que no recuerdo haber comprado ningún libro de pequeño. Supongo que un niño no compra libros, así él sólo, demasiado repelente para ser cierto. Pero sí algún cómic, o a lo mejor, puede ser, aquello de “crea tu propia aventura”, esa especie de Rayuela sin pretensiones que me leía con alegría. La verdad es que los libros de la Feria del Libro tenían, y tienen, un punto de poca ilusión. Como perpetuamente situados en los ochenta, incluso en los finales de los setenta, con autores de la intrahistoria literaria como Fernando Díaz-Platja, José Luis Coll o Carmen Rico-Godoy. Por algo eran, y son, de ocasión.
Pero lo mejor de la Feria era mirar, sentir el trasiego manso de la gente, y ver el Paseo animado, poblado, en esos domingos de otoño en que la vida aún se sostenía por sí sola, firme, sólida, estable, como la estructura mecánica a la que mis hermanos y primos poníamos a prueba a castañazo limpio.

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Para mí una de las imágenes más curiosas de la feria del libro y la tómbola es esa gente que a falta de otro sitio se sienta en los bancos de detrás de las “mecánicas” estructuras que apenas dejan sitio para las rodillas y unas vistas más que aptas para la meditación. A ese tipo de gente se les podría considerar “mobiliario urbano”...
Enlace permanente Comentario por Molusco 11.10.07 @ 20:20

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