Madrid sin Umbral
29.08.07 @ 12:56:14. Archivado en Husma literaria
Últimamente me invade una cierta visión reduccionistabarrapesimista de las cosas que me preocupa. Intuyo a los hombres como pulmones que respiran, y en las ciudades sólo veo construcciones de western sólo que más engañosas, con decorados arrealistas creados donde llenar y vaciar los pulmones de las gentes que escuchan música de grupos sin alma y mucha pose ful. En las fiestas populares únicamente veo pretextos para democratizar el consumo desenfrenado de alcoholámenes de máxima graduación y pavonear después malamente la vanidad, los morenos, el culismo de tres al cuarto, los discos de Franz Ferdinand, Wilco y Hisbitchmother o los maqueos de esas chicas que enseñan las tetas todo lo enseñable y más, y que encima recriminan con sus miradas al cazado mirón. Se me contagia la visión apocalíptica del Houellebecq de La posibilidad de una isla y la orgiástica fiesta de Isabelle, de la que el narrador extrae la siguiente conclusión:
“El proyecto milenario masculino, perfectamente expresado en nuestra época por las películas pornográficas, consistente en despojar la sexualidad de toda connotación afectiva para devolverla al campo de la pura diversión, había conseguido realizarse por fin en esta generación. (…) Había conseguido su objetivo: no conocerían el amor en ningún momento de su vida. Eran libres”.
¿Y donde entra Umbral en todo esto? En el descubrimiento, simple pero complejo, de que elementos como su columna diaria hacen un poco menos obtuso este mundo, este Madrid, necesitado de cronistas, entre otras cosas. Uno cae en la cuenta, recae en la cuenta, de que es básica esa dosis de trascendencia cotidiana travestida de literatura que a veces se rebaja hasta el marujeo docto, y otras al ejercicio de la memoria culta (que si Eugenio D’ Ors, Vicente Aleixandre o Buero Vallejo, con su “cara de presidiario” y entorno de humo azul del Gijón). Necesidad, entonces, de ese algo más, esa cosa indescriptible que trae cierta literatura, y que escasea tanto en nuestros diarios y días.
Las últimas columnas de Umbral se notaban ya que eran un poco ejercicio de supervivencia. Al parecer se las dictaba a su mujer, en una de esas actitudes de tipo heroico que algunos escritores muestran en su ocaso, aferrados a la tabla de escritura/salvación. Me recuerda algo a Jaime Campmany, que de un día para otro pasó de escribir columnas a formar parte del humus. Los dos eran columnistas, ese género de la escritura, y en todas partes leemos lo de Umbral, "maestro de columnistas", y tal, y yo no estoy tan de acuerdo. También señalan las necrológicas la faceta periodística del fallecido, su apego al día a día y todo eso. El periodismo de Umbral, si es que lo existía, era muy sui generis. Él hacía literatura, insuflada de lirismos, y en esa pasta se colaba material de corte periodístico, apegado a la realidad, es decir, a nombres de personajes que hacen cosas en el momento actual, pero llamarle periodista era infrallamarle.
Umbral profesó únicamente la literatura y además en su sentido más puro, el de no tener ninguna función. Ni siquiera prostituyó tanto como otros autores la literatura al darle su máxima función: la de ser novela. Umbral literaturizó lo que quiso, que fueron mucho más que novelas. Y cuando se cansó de tentar ese “otro lado” que es la literatura, se dedicó a regar su vanidad, su personaje, su dandismo más bien hortera, que es lo que había anhelado desde siempre.
Se dedicó, ya digo, a esa suerte de religión atea que es la literatura, extraña pomada de letras que en su inutilidad sirve para todo, dar significado, valor, a un mundo que quizá no lo tenga, quién sabe. Como hizo en Mortal y rosa, quejío de la incomprensible muerte de su hijo Pincho, con seis años. Gracias a ese libro, la muerte del niño fue menos muerte. Como la del propio Umbral es menos muerte, pues con sus libros abre la puerta a muchos ‘Pinchos’ literarios. Se necesitan, pues, relevos, para ese hueco de la última página, para un Madrid que se queda más decorado de western que nunca, en el que un vehemente David Gistau amenaza con convertirse en su sucesor. Ay. Au.
Comentarios:
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A ver... que no iba en contra de los periodistas, sólo quería decir que Umbral era una cosa, algo, pero yo no diría que exactamente periodista. Tenía una vis periodística extraña, "periodismo irónico" lo definió él mismo, pero no lo reduciría sólo a eso. A eso me refería con "infrallamar"... Líbreme vd. de infrallamar a nadie, ni siquiera al discipulísmo Gistau. Nos vemos el lunes. Besos.
E
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Lo de Andrés Briñol Echarren es un drama sin paliativos, que no hace sino sumarse a las luctuosas noticias de estos días: escritores, deportistas, humoristas... Digamos que ABE era un tipo acaso también umbraliano: no dejaba indiferente a nadie. O te gustaba a rabiar, o lo odiabas a muerte (bueno, también estaban los que les gustaba moderadamente, pero quizá fueran menos...). Sé de un viejo amigo, Peio Goñi Rubio, que no sentía precisamente afición por el particular humor de Briñol, y comentaba airado las simpares ocurrencias del humorista. Sea como fuere, se va un personaje entrañable, con sus 'chorradas y chorradicas' que, como supo guardar su humor en conserva, una especie de Olmo, el de El Correo, versión Diario de Navarra, y bastante menos popular. Un humorista de minorías, podríamos decir, y de un humor particular, pero humor al fin y al cabo. Gracias por darme la noticia, Molusco.
E
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Eduardo Laporte
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