Reivindico mi derecho a no elegir
22.06.07 @ 02:32:33. Archivado en Misceláneo
Quiero ser un ser sumiso. No poner en entredicho mi natural determinismo cada vez que asalta una duda existencial: salsa gaucha Musa o curry con piña marca Heinz. Mis sesiones en el supermercado son cada vez más largas, y me provocan una mezcla de placer, altivez, sensación de libertad, de poder, a la par que una rara desazón y tembleque de rodillas, lúcida certeza del no poder nunca abarcar todo lo expuesto en los tentadores lineales. Dice algo sobre esto el gran periodista Manuel Chaves Nogales, en sus Narraciones Maravillosas:
Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada vez que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción insignificante de lo que poseen.
Oh, el drama de la libertad. La angustia es el vértigo de la libertad. El exceso de reflexión conduce a la inacción. El otro día me llegó una de esas cartas del banco que se rasgan con desgana, un poco por si acaso, más que nada. Me proponían no sé que tarjeta llena de ventajas y posibilidades adquisitivas. Decida cuánto quiere gastar cada mes y los plazos que más le convengan. ¿Gastar cada mes? ¿Cuánto gasto cada mes? Ni lo sé ni me importa. El dinero es un guarismo abstracto al que conviene tener un poco descontrolado, a su aire, como a un hijo problemático, sin prestarle demasiada atención pero sin perderle de vista. Destrocé automáticamente aquella pésima estrategia de MK directo: la virtud de la elección ha pasado de moda, ya no se lleva, señores publicitarios, ha muerto, ¡debe morir! El eslogan de ‘tú decides’ está más demodé que el saxofón, que las hombreras de Ana Torroja, que las camisetas de Iron Maiden, que los chicles sabor sandía, que las mochilas Mistral, que Jaime Urrutia, que ayer cumplió 49.
Estamos cansados de decidir. Cada día decidimos demasiadas cosas, queremos, yo al menos, gozar de la posibilidad de la escasez, o de una moderada oferta de yogures, por favor. El otro día me senté con Sahsi en un rutilante japonés muy para ese tipo de gays de provincias que se pirran por los colorines y todo aquello que huela a cosmofashion. Uno de esos con una cinta transportadora de minirraciones crudas y un poco mustias de comistrajos nipones, que se ven pequeñitos y se intuyen más caros quel copón. Aquello era un ir y venir de racioncicas coñazo, con nombres como de títulos de crédito de Super Mario BROS 3. Le pedí la carta a uno de esos camareros melifluos y de nacionalidad difusa, esperando que allí hubiera una oferta más o menos acotada, con la menor opción posible, pero no.
Nos largamos.
Esta noche he vuelto a cenar con Sahsi, esta vez en Méjico, La Mordida, calle Segovia, Madrid. De nuevo, la obligación de elegir se nos ha impuesto, como en una tiránica democracia participativa y tolerante. Tras varios minutos sin recibir las cartas, hemos colegido que los tablones de la pared con nombres platos escritos a tiza de colores debían de hacer las veces de carta. Y hemos acertado. Tacos, fajitas, enchiladas, refajitas, guacamoles, revainitas al queso azul, jalapeños al punto de cruz, chile temotliclán a las cuatro especias de Chihuahua, y así. Le pedimos unos tacos con no se qué, y para empezar una ensalada de nopales, así por experimentar. El pinche camarero wey nos aclaró que los nopales son la planta del cactus. Y en efecto, la jodida ensalada era un blandurrio cactus con aspecto de alubias verdes de la Rocha y cuatro doritos haciendo comparsa. Sabía a jabón y nada, como a queso fresco de Burgos y Heno de Pravia. Y la textura, no sé, entre pulpo y gomaespuma humeda.
Reclamo, imploro, exijo al sector alimenticio, hostelero y publicitario a que reduzcan al mínimo nuestra posibilidad de elegir, y que nos dejen disfrutar en nuestro tiempo de ocio. ¡Viva el menú del día, la tarifa plana y la moderación en la oferta láctea refrigerada!
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Eduardo Laporte
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