Eutanasia cucarachil
31.05.07 @ 02:20:09. Archivado en Misceláneo
Todos los lingüistas saben que eutanasia significa algo así como buena (eu) muerte (tanatos). Eu, es bueno. Eugenio: bien nacido; eufemismo: que suena bien. Por eso, ciertos vascos con chándal de domingo lo usan mucho para saludar a sus vecinos: ¡eu! Como diciendo, te deseo un ¡bien! general, buen día, buena tarde, buena digestión de la alubiada de Tolosa. Por eso, aunque sobre esto no hay consenso entre la comunidad académica, Euskadi empieza por esas dos letras benefactoras, pero esto ya es entrar en cuestiones que no nos atañen.
Yo quería hablar de cucarachas. Ayer soñé con ellas, soñé que me encontraba una por mi calle y la llamaba Gregor Samsa, y me costaba imaginar en ese cuerpo tieso y almidonado a un empleado alienado por la sociedad individualista europea de principios de siglo. Pero así es la literatura, capaz de eso y más. Quizá mi subconsciente esperaba la llegada de las cucarachas que en los albores del verano salen a la superficie, y corren alocadas cuando sienten un más que probable aplastamiento humano. Esto nos debe hacer pensar sobre el instinto, y su transmisión entre las diversas generaciones de cucarachas. ¿Cómo y cuándo aprenderon que el hombre —y la mujer— son capaces de aplastarlas? ¿En qué resorte de su minúsculo y pusilento cerebrín está registrada la orden que les hace huir despavoridas ante la inquietante presencia androide? Esta misma noche lo he experimentado. Me he acercado a una de ellas, he tamborileado los dedos sobre el duro suelo, y ha salido pateando que es gerundio la tía.
Hace poco hice un reportajito sobre fauna urbana: ratas, palomas y cucarachas. Hablé con un jefe de servicio de limpieza del Ayuntamiento de Ciudad Real. El hombre me dio una visión totalmente nueva de estos bichos. Renovó mi opinión sobre ellas, me hizo descubrir una conducta humana, mansamente humana. Daba gusto oírle hablar, pues hay mucho prejuicio sobre los animales, y demasiado menosprecio. Me contó cómo durante el invierno viven bajo tierra, en los saneamientos, en el alcantarillado. El frío no les sienta bien. Pero el calor achicharrante tampoco, así que cuando llegan las apreturas del verano, gustan de salir a refrescarse al anochecer, como esas parejas maduras que pasean después de cenar con un helado de nata en el típico passeig Maritim de agosto. “Salen a colonizar nuevas zonas, a explorar…”, decía el experto. Me reveló ese aspecto curioso, juguetón, de las cucarachas. Desde entonces me caen mejor, puedo decir que las conozco, aunque sea un poco.
Hoy, al volver a casa por la noche, ya digo que me he encontrado con algunas de ellas. He visto a las más audaces, a las Juan Sebastián Elcano de su colonia. Tres o cuatro. Una ya digo que ha puesto tierra de por medio en cuanto me he acercado en plan sir David Attemborough. Luego me he encontrado con otra, pero ha sido en un estado levemente dantesco. Un reguero de baba que terminaba en su cuerpecillo hacía pensar en lo peor. Me acerqué con actitud de Grissom y noté que aún mantenía las constantes vitales. Una de sus patas se movía aún, como parpadeando. Estaba en una esquina de la calle, como una puta apaleada e impagada. Sin duda alguien había cometido un cucarachicidio, pero se había quedado a medias. El bicho sufría, era evidente. Dudé si dejarlo allí, agonizante, desangrándose, o estamparle ese desagradable pisotón que incluye el igualmente desagradable crackcrack. Me armé de valor, y decidí acabar con el calvario del desdichado insecto aventurero. Crackcrack. Ya pasó, me sentí mejor, el mundo recobró la paz, el silencio. Después, metí la llave en el portal pensando en mi firme convicción en la eutanasia, y en cómo la cucaracha agradecería sin duda ese gesto firme y decidido de acabar con su lenta agonía callejera. Su muerte, pues, no fue en balde, sino un sacrificio redentor. DEP.
Comentarios:
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Como receptor de los mensajes que aquí se depositan, he de decir algo. Diré que recibí en mi correo electrónico los dos mensajes que El esquiador dadaísta escribió en este blog. El primero de ellos era el íntegro, con agudas reflexiones acerca del exceso de prejuicios y benevolencias varias que rodean cualquier asunto tocante al ámbito de la cucaracha, con continuas referencias a su presunta supervivencia a cruntos conflictos bélicos o su supuesta capacidad para caminar sin testa por las sinuosas calles de barrios de Bangkok, Teherán o Ciudad Real.
He de reconocer que, aparte de que en general estoy de acuerdo con esa excesiva 'totalitarización' de la cucucaracha común, cual panacea conceptual de la cadena biológica, El esquiador dadaísta realizo la proeza, poco común por estos pagos, de reproducir CASI EXACTAMENTE los dos comentarios. El primero, truncado en la versión visible del blog, me llegó íntegro a mi correo electrónico. Así pues, en su segunda y abreviada versión, pude descubrir asombrado como había sido fiel a su propia literatura, de un modo quasi idéntico a si mismo.
Hay pocas cosas en la vida, en esta era tecnológica tan embrionaria aún, más desesperantes que reescribir un comentario en un blog, más aún si éste había combinado con sabia sabiduría la dosis justa de ingenio, jocosidad, brillo y esplendor. Es un proceso arduo y solitario, en el que muchas veces la tentación de abandonar es pesada, así como la de devaluar completamente la calidad del comentario primigéneo, hasta dejarlo en una burda copia del original, en un hijo no deseado, en una criatura sin el desparpajo de la creación primera.
Por todo ello, he de felicitar a El esquiador, por haber superado ese dificultoso y cuesta arriba eslálom de la reescritura fial al propio yo, y al propio texto. Si todos actuáramos como Esquiador, el mundo iría de otro modo, lleno de nieve polvo deseosa de ser hollada.
Enhorabuena.
El náufrago digital
(Espero que no se me borre ahora esto)
Saludos.
Nota del esquiador: Por qué cojones siempre que escribo algo en un blog acaba cortado y después he de reconstruirlo (¿?), me siento como el jamesjoyce de los insectos inmortales.
Saludos.
Por supuesto, yo también me quedo con el mortal pisotón del camarada náufrago, efectuado con el fin de evitar la agonía del desdichado insecto. Con mi comentario sólo quería invitar a la reflexión. ¿No es paradójico que un ser capaz de aguantar un bombazo nuclear pueda sucumbir a algo tan rudimentario como un zapatazo? De hecho, si puede vivir con la cabeza cortada... ¡Glups! ¿Te cercioraste, amigo Edu, de que la cuca yacía muerta? Porque quizá no hiciste sino participar en su agónico calvario y la dejaste machacada pero lo suficientemente viva como para morir de hambre.
Yo por si acaso, a partir de ahora, si tengo que mandar al otro barrio -ya sea por compasión o por grima- a algún gusarapo de estos, pisaré con saña visigoda, aplastaré, restregaré la suela, volveré a pisar y me aseguraré que no quede un trozo mayor que una antena que no haya despedazado y esparcido por el suelo. Eso sí, con todo respeto y la mayor...
Le recuerdo que el pronombre 'ti', se escribe sin acentuación. Por otro lado, opino que es mejor morir que pasarse nueve días decapitado, hambriento y envuelto en secreciones pestilentes (para acaber muriendo igualmente). Me quedo con la decidida y resolutiva actuación de Náufrago.
De Eduardo Galeano.
"La cucaracha, la cucaracha
ya no puede caminar
porque no tiene porque le faltan
las dos patitas de atrás"
LA CUCARACHA SOÑADORA
De Augusto Monterroso
"Era una cucaracha llamada Gregorio Samsa. Que soñaba que era una cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una cucaracha ".
Por cierto, esa alerta anti-humana de la que habla se llama instinto de supervivencia. Creo que la tienen (tenemos) todos los animales y bichejos varios, por eso no me dan una lástima especial las cucarachas agonizantes. De todas formas, no sé que opinará Rouco Varela de todo esto.
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Eduardo Laporte
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