El ejecutivo no agresivo del AVE (2/2)
04.05.07 @ 00:28:13. Archivado en En un lugar de La Mancha
Continué mis interpelaciones a los amables viajeros, y sin darme cuenta me colé en el vagón de primera, ese en el que la gente paga más para que no le den la murga. Para no aguantar a abuelas de esas que atosigan de cariños por el móvil a sus nietas relamidas, o a bebés que lloran como arrepintiéndose de haber llegado a este mundo, que parece piden cuentas a Dios. Casi al final del tren, porque los vagones de primera suelen ser el extremo, esa zona recogida tras la cafetería, en el que, fíjate, nadie cruza con paso cimbreante de borracho de un coche a otro. Total que ahí estaba, ajeno a esa pequeña intromisión, pidiéndole a ese hombre de unos sesenta con aspecto de votar a Bayrou unas declaraciones para mi periódico.
Me senté a su lado y, obediente, me contó su rutina con el AVE, su relación con esta máquina que achica distancias. Iba todos los días a Madrid, en coche, de lunes a jueves, a supervisar obras. El tren no le servía, porque luego tenía que ir de un sitio a otro, y depender de taxis era un jaleo. Pero el viernes, el cuerpo le daba un toque, le pedía aire, un respiro, y entonces se dejaba llevar por la Alta Velocidad. Una pequeña tregua, un rato para leer un poco la prensa, y pensar en el fin de semana, y en su finita paz. Se le notaba un deje de resignación, de esa de la que los hombres pudientes y felizmente burgueses apenas pueden proferir, no sea que se te echen encima. Ese día, no había escuchado el despertador. “Ha sonado y, sinceramente, no lo he oído. Yo debía estar a las 9 en Madrid”. Y eran las diez y media.
Le pregunté si le compensaba ese cansino ir y venir, y ahí es cuando le entró un aire digamos que filosófico, hondo, reflexivo, crítico consigo mismo y con el mundo de bien que le inculcaron en su casa. “¿Y qué es lo que compensa?”, me dice como suspirando. “Es el ritmo que nos hemos marcado...”. Luego añadió algo de insólita franqueza. “Puede que ganemos mucho dinero, pero de qué te sirve si el cuerpo no aguanta ya”. Pensé entonces en la figura de quien trabaja de firme para llegar a una cima, a unas cotas altas que, una vez conquistadas, apenas tienen sentido. Como si mirara atrás y ni siquiera le gustara el camino recorrido, tan lleno de zancadillas, escozores, desasosiegos y esfuerzos con recompensas a fin de mes, pero poco más.
Luego ya cambió de tercio, tras ese fulgor de sinceridad, esa pequeña confesión de cierta pesadumbre existencial, ese rayo de lucidez ante lo absurdo de una vida entregada a unas convenciones sobre el éxito, que luego se cuestionó si no serían más bien fules. Me habló entonces de la desaforada construcción de chalés en Ciudad Real, que se los iban a “comer con patatas”, pues la cosa de hacer de aquella ciudad un dormitorio de Madrid no parecía que fuera a cuajar. “Un día, dos, tres, te haces 400 kilómetros al día, y bien. A las semanas empiezas a ver que tu proyecto personal se viene abajo”.
La ecuación dinero = felicidad sigue pesando, prevaleciendo, en muchos diseños de vida. No entraré ahora en tan manido y hasta pueril tema. Que cada uno juegue sus cartas como pueda, y aproveche sus comodines, si es que los tiene. Sólo quería destacar ese quejido del burgués, del empresario de la construcción que ve que se acaban sus días, que se fueron hace mucho sus mejores años, pero que sigue teniendo que conducir cuatro horas cada día, comerse sus atascazos, ir de la ceca a la meca, resolver a cada marronazo técnico de edificación por jornada y, al llegar al casa, prepararse un nescafé capuchino con leche Omega3 y sacarina Natreen y, además, dar gracias por la suerte que tiene, frente al hierático televisor Bang & Olufsen, donde pasan una comedia de Jack Lemmon que no tendrá tiempo de ver hasta el final.
Comentarios:
Bonito "bi-post" como dice Molusco.
Un abrazo.
En cuanto al equilibrio trabajo-dinero/felicidad, te diré que el otro día leí una encuesta que decía que 3 de cada 4 españoles cambiarían parte de su sueldo por más tiempo libre... Aunque ese 1 de cada 4 probablemente mataría por dinero.
Saludos!
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Eduardo Laporte
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