Cuando desperté, el Día del Libro había terminado
25.04.07 @ 01:05:01. Archivado en En el Moleskine
Juraría haber colgado un post que ahora no existe. No sé si ha sido fallo mío, del editor, o que mi mente me ha jugado una mala pasada y se ha inventado esa acción que no he cometido. Entonces, definitivamente habré entrado en el reino de la locura, en el que la memoria introduce elementos inventados, y uno juzga cosas que no ha hecho, y recuerda cosas que no ha vivido, y opina sobre aspectos que no ha leído, ni conoce, pero que cree que sí. Qué mal rollo da pensarlo. Sí, vale, habrá sido un fallo técnico, como el de Ana Rosa Quintana, pero siempre hay lugar para esa siniestra duda. Como juego macabro, desde luego, achanta un rato.
El caso es que decía, que con motivo del ya pasado Día del Libro, me pidieron un cuentecillo los de Diario de Noticias que tuviera que ver con García Márquez, sus ochenta años de vida, y sus cuarenta de éxito literario postCienAñosDeSoledad. Y saltándome un poco las libérrimas normas del Estatuto del Blogger que yo mismo inventé, allí va el microrrelato en cuestión:
Pescaditos y dinosaurios
Cuando despertó, los pescaditos de oro todavía estaban allí. Augusto Monterroso había leído Cien años de soledad mucho antes que tú. El propio Gabo le pasó el manuscrito, un montonazo de folios color gabardina con manchurrones de café entre las líneas serpenteantes de Macondo. “Léetelo, y me corriges las erratas”, le sugirió. Monterroso se tragó aquel legajo de un tirón, desatendiendo sus quehaceres cotidianos. No regó un ficus cingalés que ofrecía una sequedad vergonzante a las visitas. En ningún minuto miró la hora, ni pensó en antiguos amores; no se escrutó ante el espejo, ni hurgó en las concavidades de sus orejas de arrecife. Tampoco pensó en atracar ninguna frutería, ni pegar a ningún padre, ni ocultar datos a ningún oscuro revisor de la luz. Sólo quiso con toda su alma superar la obra de ese sudaca con ínfulas cervantinas.
Aquel día algo nublado de mediados de los sesenta, vivió un siglo de soledad en una misma jornada, y se sintió como más acompañado, pero preso de una envidia endecasílaba.
Años después, le encargaron una conferencia sobre García Márquez y su capital obra. Su mente, aguda e incisiva antaño, le recordaba ahora al inmenso y cimbreante trasero de una criada de la niñez. Evocó entonces la obra del colombiano, y sólo una imagen le asaltaba: los pescaditos de oro que el coronel Aureliano Buendía producía mecánicamente, náufrago en Macondo, robinsón afeitado que construye para no desvanecerse.
Los pescaditos. Sólo de eso se acordaba. “Qué cosas”, se dijo, antes de estirar la pata en su piso mejicano, con una amplia sonrisa malsana. Pensó antes en el puñetazo en el careto que le propinó Vargas Llosa a Gabo el 12 de febrero de 1976. Y en los pescaditos. Él, Monterroso, con tan sólo una magistral línea, a lomos de su dinosaurio, había conquistado el parnaso, la eternidad, al margen de nobeles y demás zarandajas.
Comentarios:
de Gabriel García Márquez
por Emilce Acuña
Si existe en la literatura un tema recurrente este es sin duda la lucha de un hombre solo contra la adversidad. Lo encontramos en Shakespeare, en Hemingway, en Dostoievsky, en Conrad, y sin embargo esta temática es inagotable, siempre deja aristas por explorar. El que hecho de que un tema se convierta en todo un clásico no significa que contará lo mismo y mucho menos que lo hará del mismo modo. Ninguno de los autores citados narraron la misma historia, no obstante hay una temática común en algunas de sus obras que ronda la desesperación del hombre en soledad cuando no cuenta con absolutamente nada para vivir sólo su propia voluntad, y entonces se descubre que un objeto cualquiera adquiere repentinamente una trascendencia sin igual porque de él depende seguir respirando. Simples objetos que son mirados con ojos nuevos buscando en ellos la salva...
Bueno, en fin… que está muy bien el relatillo, oiga. Al más puro estilo Monterroso. Auto (de él) alusivo además, que ya es rizar el rizo…
¿Olvida usted algo..? (dinosaurios incluidos) -Ojalá!-
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Eduardo Laporte
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