Esperando a Fofito
22.02.07 @ 21:08:23. Archivado en En un lugar de La Mancha
Hay domingos periodísticos que tienen mucho de plan de fin semana infantil, como aquellos en que la tómbola de Cáritas montaba un circuito de karts en pleno paseo. O donde las barracas, con uno de esos reptilarios con serpientes color relleno (plato típico pamplones), o los espectáculos de los magníficos Bordini, que hacían del cielo un lugar transitable, con sus motos rojas que reptaban por la cuerda fija (tenían un engancha al cordel, claro, pero aún y todo impresionaba). O un número de marionetas de ese tal Kurt, misterioso hombre de magia y bambalinas, con aspecto de polaco, o búlgaro, o país extranjero con pelos rubios y cabezas elegantemente rapadas. También decoraba los escaparates de jugueterías como Purroy, lo cual incrementaba su aureola mística, en esa época en uno aún cree en los Reyes Magos y en el poder de los juguetes.
El domingo pasado, en Ciudad Real, me tocó lidiar con un tentadero para aprendices de torero, y sacar de ahí un reportaje. Eso del tentadero se monta para probar la bravura de las vacas que luego serán inseminadas por el toro con más cojones de la dehesa, algo que se suele hacer en el campo: los ganaderos van mareando, tentando, a las becerras (o eralas) para ver cuál será la madre más ad-hoc-cuada para parir futuros toritos. Hay en eso toda una perfección de la raza, encaste, un talante nazi de perseguir lo ario, pero en versión taurina. Era curioso de ver a esos proto-toreros con acné enfundados en sus trajes de campero, todo elegantes, dando temblorosos sus juveniles pases de pecho, soñando con salir a hombros de la Maestranza.
Luego unos ecologistas en acción leyeron un manifiesto con el agudo título: Abrid los Ojos (de Guadiana), Cerrad los pozos, en las Tablas de Daimiel, un terreno mullido y fantasmagórico, do otrora hubo agua y vegetación abundantes. Ahora quedan casas de pescadores fantasmales, vacías, astilladas, reliquias secas de una fertilidad que ya no hay, en ese pantano al revés que es toda esa zona.
Da tiempo a hacer muchas cosas en un domingo, mientras espero a Fofito en esta carpa azulona, en una tarde también azulada, pesada, de febrero. Unas gitanazas mascan chicle en una rulotte reconvertida en tienda de palomitas y otras grasas, y pasan domadores fumando cigarrillos, con esa elegancia de sarao mágico del circo, como sargentos rusos que están de broma. Por fin, una especie de manager del espectáculo me da el ok y me conduce por las afueras del circo, que se sujeta al mundo con cuerdas y estacas. Veo a unos perrazos con las patas musculosas, metidos en jaula, y pienso en Amores perros, ¿dónde estará al camerino de Fofito? El hombre me abre la lona, y me agacho hacia una semioscuridad en la que una figura con nariz prominente me sale al paso. El payaso de la tele, en esa trastienda sórdida de detrás del circo. Su hija Mónica, muy guapa y piernilarga, se fuma un pitillo mientras improviso preguntas con toda seriedad periodística.
-¿Y trabajar en La Sexta, con su primo Emilio….?
-No me hables del innombrable….
Ese mismo domingo estaba Rajoy en la ciudad, parte de esa barraca circense que es la vida de un político. Pasan cosas los domingos, sí.

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Eduardo Laporte
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