Ciudadanos de Navarra y algunas ideas al vuelo antinacionalistas
19.02.07 @ 11:34:14. Archivado en Cuestiones de Estado
La semana pasada estuve en Pamplona y me encontré con una buena noticia por entre las páginas del Diario de Navarra. Aparte del concurso de peñas de Nosedondiáin, de un amplio reportaje sobre la feria agrícola de Tafalla y de una cumplida cobertura de los ataques borrokalaris que llegaron hasta el Ayuntamiento, me topé con el nacimiento de una nueva plataforma política: Ciudadanos de Navarra.
Parece evidente que surge tras la (exitosa) estela iniciada por los arcadis espasas y felixs de azúa en Cataluña, con un deje un poco más navarro, y ya me entiendo yo. Otra diferencia viene en el nombre: en este caso, los fundadores de esta prometedora aventura no han sentido esa presión político-correctosa de bautizarse bajo la cooficiliadad lingüística del territorio en cuestión. Porque siempre he estado convencido de que quién bautizó Ciutadans per Catalunya empleó esta catalanización para que no le tildaran con ese término quasitabú de hoy día: español. No sé cómo quedaría en euskera lo de Ciudadanos de Navarra. Me pregunto además si esta lengua de baserritarras en la que el Gobierno vasco va a invertir 47 kilazos de euros incluye el término ciudadano (aquí va la boutade del día, pero es lo que pasa con las lenguas que nacieron en profundos valles, están limitadas a su radio de acción, o al menos eso dicen ciertos estudiosos como Unamuno, oiga).
Celebro por todo lo alto, cual txupinazo el 6 de julio, esta nueva propuesta cívico-política-antinacionalista. Celebro cualquier freno contra el nacionalismo, ese sentimiento que arrasó el siglo XX, y del que muchos rovireches parecen no haberse dado cuenta. Aquí cabrían unos cuantos puñados de argumentos antinacionalistas; sólo se me ocurre apoyar esta idea recomendando la trilogía de Ramiro Pinilla, Verdes valles, colinas Rojas, que intuyo que es el mejor alegato a favor de la libertad de los pueblos, y que quiero leer alguna vez en mi vida.
Decía el difunto profesor Gonzalo Redondo que "cultura es lo que hacen los hombres". Cultura en un sentido amplio, no las esferas huecas del museo de Oteiza en Alzuza. Cultura como campeonato de mus, concurso de villancicos, bajada de las almadías en Burgui, desfile de modelos pelirrojas, concierto de pandereteros con parkinson, lanzamiento de la Rabiosa en Marcilla. Eso diría yo que es la cultura, como la chirigota de Cádiz, con sus coñas sobre Pachuli, o la competición de puzzles que celebra anualmente la villa de Castejón (Navarra). Cultura que nace de la gente, y no de los políticos.
“Hacer país es un proyecto que motiva a la gente”, dijo Carod Rovira cuando lo del Estatut. Esta claro que una terapia contra el nihilismo existencial es apuntarse a una causa grandilocuente: “La defensa de lo nuestro”, “Una lengua milenaria”, “Es nuestra cultura”, etc. Cuesta asumir que las grandes cuestiones no estén a nuestro alcance, y que no seamos más que simples ciudadanos que nacen, consumen y mueren. Se cae entonces, si uno pasa de los grandes problemas, en dos actitudes, según una improbable teoría mía, la del surrealismo y el alcoholismo. El hombre, desprovisto de los grandes ideales, se refugia en cosas extrañas, como la chirigota gaditana, las luchas de moros y cristianos (creo que Levante es el principal foco de este surrealismo, véase París–Tombuctú, de Berlanga) y las fiestas de San Fermín de Pamplona, escenario magnífico de ese crisol existencial del hombre posmoderno, paradigma del hombre contemporáneo, vestido de blanco y rojo: la borrachera locoide.
Yo recomiendo a gentes como Carod-Rovira o Joseba Egibar que se dediquen a “hacer país” en sus casas, en A second life, por ejemplo, y dejen de perturbar el espontáneo (y siempre complejo) discurrir de las sociedades. No se puede permitir, en 2007, que amigos míos se tengan que largar de Barcelona por el cerrilismo pseudocosmopolita que por lo visto les lleva atufando demasiado tiempo. O una compañera de trabajo, redactora de Basauri en Ciudad Real, que baraja rechazar una oferta mileurística en San Sebastián: “Es que no me gusta el rollo nacionalista”, me dice por lo bajo. Segundos antes, hablaba por teléfono con su novio Iker en euskera.
Aparte del surrealismo y el alcohol, siempre quedan causas en las que enrolarse, como luchar conceptualmente contra el nacionalismo. Y en Navarra ya era hora. ¡Ongi etorri, nafarrotarras!
Comentarios:
Me gustaría echarle un cable a este náufrago diciéndole que Ciudadanos de Navarra, en esa "lengua de baserritarras" -sin la cual el castellano no sería como es, no lo olvidemos- se dice, sencillamente, Nafarroako Hiritarrak; que hace doce siglos el castellano era una lengua de montañeses limitada a unos pocos valles entre Burgos, Vizcaya y Cantabria y que eso de que hay lenguas con limitaciones para nombrar según qué cosas es falso. Le recomiendo leer a Enrique Bernárdez y a Juan Carlos Moreno Cabrera, avisándole de que no son nacionalistas ni antinacionalistas, sino simplemente lingüistas.
Saludos
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Eduardo Laporte
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