El triunfo del espíritu humano
08.01.07 @ 19:44:27. Archivado en Audio/Visuales
Ese era el subtítulo que aparecía en la portada del libro ¡Viven!, de Piers Paul Read. Lo leí en un fin de semana playero, con 13 años veraniegos, fascinado por aquella tragedia real, con supervivientes que llevaban sus vidas reales, en Uruguay, mientras yo leía el drama por el que pasaron.
Dijo Felipe Benítez Reyes en la entrevista posterior a la entrega de su premio Nadal, que uno de los deberes del novelista es entretener. Pero no entretener en el sentido barato de la expresión, aclaró, sino en el sentido de fascinar. (Este escritor tiene dos libros muy entretenifascinadores: El novio del mundo y El pensamiento de los monstruos.)
El caso es que me enganchó aquel libro porque era una aventura bien contada, sin las grandilocuencias de las guerras. Una aventura localizable, asumible, con unas coordenadas geográficas concretas (el fuselaje roto de un avión en medio de la nada de Los Andes) y con unos problemas bien concretos: hambre y frío. A los que se le sumaba el dilema moral, no exento de un cierto morbo nunca antes experimentado (como lector): comerse crudos a sus amigos. (Se podrían hacer chistes de mal gusto aquí sobre el anisakis…)
Hay días en que me acuerdo de esa gente: Roberto Canessa, Nando Parrado, Carlitos Páez, Vicintín, Gustavo Zerbino. Pienso entonces en sus 72 días de castañear dientes, de esperar a un helicóptero que no llegaba, mientras los más vulnerables se iban apagando en una muerte dulce y tristísima. Cuando vieron que o hacían algo o morirían también, Parrado y Canessa iniciaron una travesía que duró diez días, errando por ese virgen territorio blanco sin caminos. Con tan sólo 21 años, cuatro ropajes y alguna que otra proteína extraída de la carne de sus compañeros. Lograron contactar con un campesino, Sergio Catalán, y se salvaron, gracias a la fuerza del espíritu humano, ese plus extraño, no sabemos si divino o humano, residuo de tiempos más duros o qué sé yo, que nos hace seguir avanzando cuando el suelo se cae.
Y voy a hablar ya de lo que quería porque se me agota el post. Quería hacerlo sobre una película llamada Mía Sarah, y que han llevado a la realidad del cine los hermanos Ron, viejos amigos de este náufrago digital. Desde que los conozco han querido hacer cine, un cine que ha buscado entretener y fascinar a la vez, lo cual es arduo y jodido asunto. En Mía Sarah lo consiguen en no pocos ratos, y el espectador se queda entretenido y fascinado por un instante, y entonces la inversión de tiempo y dinero y palomitas ha merecido la pena. Y uno se siente orgulloso de esos nombres que de pronto salen en los títulos de crédito.
Es un triunfo del espíritu humano superar unas cumbres que ni Juanito Oyarzábal con los pies al completo, pero también lo es tener una ambición/sueño y llevarlo a cabo, cueste lo que cueste: pasaditas por el hospital, crisis de todos tipos y modelos. La dificultad da el valor. No es lo mismo ¡Viven! que aquel accidente de Rajoy y Espe en ese helicóptero.
Muchos de los que empezaron la carrera (audiovisual, periodismo, publicidad) querían llegar lejos y comerse el mundo. Luego se contentaron con comerse uno de los bordes resecos, cual pizza bbq del día de ayer. No los criticaré, porque no todo el mundo está hecho de la pasta de los Canessas y los Parrado. “Cada cual tiene su guerra”, como dijo un día un rocafasiliano de pro. Menos mal, por otra parte, que no hay que aspirar a héroes a cada rato. Aunque sí que se me antoja que ese “espíritu humano”, está un poco como Bershka y Stradivarius a estas horas de la tarde. Por eso este post, por eso me apetecía destacar esa primera gesta audiovisual, que es todo un triunfo, un triunfo del espíritu humano, raro en estos días como hacerse mormón. Siempre se dijo de los hermanos Ron: “Llegaran lejos”. Yo diría que ya han llegado, aunque ellos sientan que aún ni han empezado.
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Eduardo Laporte
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