
Hacía tiempo que quería dejar por escrito la grata sorpresa que me llevé al recibir un ejemplar del Diario de Navarra. Me llegó en el extranjero, en un viaje holandés, y fue mi tía quien me entregó un ejemplar, el del 19 de noviembre. Entre sus páginas se incluía un interesante reportaje, una especie de A sangre fría a la navarra, con Gabriel González en plan Truman Capote, sobre los últimos garrotazos viles cometidos en Navarra. Arrancaba con la historia de dos hermanos de Miranda de Arga, condenados por haber matado sus padres y su hermano, toscamente, a hierro frío en la cabezota, por un asunto de tierras y mayorazgos. “A ver si hacemos algo entre todos, que yo creo que haremos si no es a las buenas a las otras”, hablaron entre los dos hermanos asesinos, allá por 1955, para resolver aquella injusticia en el reparto. Se pasaron en el procedimiento, claro, como también se pasó el que les mandó al garrote vil, hace cincuenta años.
Esta historia, perlada de motes y detalles enjundiosos, nos la contaba a menudo mi abuela, de Miranda de Arga, que se conocía al dedillo aquellas siniestros relatos que apenas salían en los periódicos. “El horrendo crimen de Miranda de Arga”, tituló la prensa en su día.
Pues bien, este tipo de reportaje, con su buena carga gráfica, un apoyo, o despiece (como el del indulto del Crimen de Belate), opino que dan fondo a un periódico, a un periódico local, donde estas historias siempre tienen su miga. La fortaleza de un periódico local es esa, aprovechar un poco ese “aquí nos conocemos todos”, y darle rienda suelta. Tiene su cosa imaginarse a estos pobres desgraciados en la cárcel de Pamplona, en aquella Pamplona aún de Arazuri y nieblas matutinas de los cincuenta, esperando su cruento destino, mientras el pescatero de San Antón refrescaba el género que le acababa de llegar de San Sebastián.
Se agradece esta imaginación, este indagar en la historia reciente, y plantear reportajes de interés humano/local/regional/cultural/antropológico/periodístico. Ir más allá de los carruajes o tranvías que se usaban en la Pamplona de la primera gamazada, en la línea de Juan José Martinena —autor por cierto de un muy buen libro, Historias del Viejo Pamplona— y redescubrir que la historia no tiene que porque ser algo polvoriento con soniquete de NO-DO.
Las últimas veces que compraba DDN, por ver un poco que se hacía en Navarra, me extrañaba la parquedad de páginas locales, la tristeza de recursos que empleaban, con esos dibujos como de revista de parroquia, y temas como rozando, o traspasando el tópico. Los inmigrantes búlgaros de la Ribera. Bueno, bien. Vale, de acuerdo. Me apenaba ver como en un lugar de yerma historia como Ciudad Real, donde pasé unas temporadas de plumilla, sacaban jugo de su tetilla sociocultural hasta exprimilla al máximo. Y cada día se curraban sus diez páginas de media con asuntos locales, que acompañaban con otras tantas con asuntos de la provincia. Luego, cogía el DDN y me irritaba ver esa pereza temática, ese tono tópico de “Recogido en Murchante el espárrago más grande desde la Transición”. Como si sociedad y periódico fueran por vías diferentes. Desde luego, el Diario de Noticias, con muchísimos menos recursos, trataba de sacar tajada de esa, digamos, dejadez, para proponer reportajes mucho más frescos, imaginativos, de interés general. Recuerdo uno bastante ilustrativo sobre los sucesos de Montejurra del 76, tan intensos como confusos, pero que quedan bien sobre el papel, y que el lector, creo yo, agradece.
Quizá es que haya temas que no gusta tocar. Como el relativo a la memoria histórica y sus cuitas. Viví durante 25 años frente al monte San Cristóbal, y nunca supe que allí, en esa montaña anodina, había tenido lugar una de las huidas más potentes de la historia mundial de las fugas carcelarias. Y que por debajo de esos matorrales ordinarios se escondían cadáveres de personas que un día se dijeron republicanas, quizá porque tocaba decir algo más que otra cosa, y que acabaron hacinadas en ese fortín hasta que murieron de tuberculosis, neumonías atroces o un disparo certero en el paredón. De los 795 que se fugaron, se detuvo a 585 y se mató a 211.
No sé si alguna vez el DDN ha hablado de estos sucesos, y si entra o entra dentro de su fondo editorial. Imagino que sí. No se pueden silenciar capítulos tan relevantes de la historia, aunque a unos les toque tan maniqueamente el papel de buenos, y a otros el de malos. Yo me fui enterando bien por el El País, en un reportaje muy bueno de Natalia Junquera. Pero, sin entrar en los calores de los colores, lo que trato de decir es que en Navarra, hay mucho que contar, e intuyo que el nuevo DDN no sólo es un nuevo formato, sino un nuevo estilo también: porque la forma es la expresión del fondo, dijo alguien. Así que me alegro, porque Navarra se merece un diario, o dos, o tres, a su altura, para crecer juntos.
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20.12.07 @ 01:50:08. Archivado en En el Moleskine
En estos días de diciembre se me sube al ánimo de una manera casi cuantificable, si es que hubiera gramajes del optimismo y la no-melancolía. Siento que vuelvo a esa vida frívola sin remordimientos que tan bien sienta al cuerpo. Como cuando éramos pequeños y creíamos que las cosas del telediario eran sucesos extraordinarios en plan ¡Esto es increíble! que padecían una serie de desgraciados con mala suerte.
En el periodo que va del 17 al 21 de diciembre, aprox., siento una especie de bienestar del calendario que no sé muy bien a qué razones obedece. Me pasa casi parecido con las (o los) antípodas de ese punto concreto del año, el del solsticio de verano, del 17 al 21 de junio. Como si fueran puntos extremos de esa tabla de medir la vida que son los años, periodos más reconocibles que otros, yo qué sé.
Primero hay una atmósfera, en estos días de diciembre, que no se aprecia en otras épocas del año. Como si el aire se volviera más denso, pesado, por un frío que ya llega sin timideces, colocándonos ese rictus duro del invierno, y forzándonos a andar a buen ritmo, dando por buenas bufandas, guantes y demás accesorios tópicamente invernales. Se agradece por fin –perdón por la extravagancia- un frío de esos de verdad, de los que jode en la cara, y que nos acerca a los interiores de las casas con la mirada: alabanza de interiorismo noruego. Se agradece porque sabemos que su duración es finita y hasta vemos este frío como una evocación de los inviernos de nuestros abuelos, una cosa quasi exótica. Al menos aquí en Madrid.
También me gustan estos días de diciembre porque lo que tienen de prolegómeno. Y si uno es amante del asunto navideño, que lo es, pues resulta que todo es como un gran jueves, un gran adviento reconcentrado en pocos días, un gran hacerse ilusiones sobre fechas previsiblemente afortunadas. Mis días navideños se superponen a los de otras navidades, de otros años, y hay como un humus de felicidad infantil abonada que yo diría que es casi indeleble, sale a la luz y hace su trabajo él solo, barnizando todo de una extraña y discreta felicidad burguesa como de Segundo Ensanche, con perdón.
Así que ante esa previsión de días refocilantes de comidas familiares, cenorrios varios, copeos jacarandosos y consumismo sano o insano, el espíritu se tonifica. Son unas vacaciones en sentido estricto, aunque se trabaje. No puedo evitar que se extinga del todo esa cosa que se ha venido a llamar espíritu navideño, y se apodera de mí, lo siento. Entonces, claro, en estos días de diciembre, tan prefestivos, justo lo contrario al mortífero 7 de enero, pues hay como alegría o así. Porque, luego, una vez empieza la cosa en sí, sea Navidad, un viaje a Ámsterdam, o un helado de pistacho, el final está más cerca, y entra la angustia de la finitud, tan habitual en el ser humano. Y ya estamos casi pensando en su conclusión para disfrutar todo con la distorsión edulcorada de los recuerdos. Sí, porque en cuanto los niños de San Ildefonso cantan el Gordo, ya se ve a lo lejos el final de la Navidad, ya estamos en el tobogán y no podemos hacer otra cosa que dejarnos llevar hacia abajo y esperar que vuelvan otra vez estos días de diciembre, por que la imaginación, esa herramienta de crear recuerdos futuros, es siempre más jugosa que la realidad.
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15.12.07 @ 03:30:41. Archivado en Divagaciones
El otro día pasé por una boca de alcantarilla, de esas que están de pronto abiertas para no sé que trabajos, qué puestas en orden de desarreglos urbanos, domésticos, comunitarios. Esas bocas que recuerdan a las entradas secretas de Mortadelo y Filemón: la HK7M3P. Bocas que enseñan un interior que miramos de refilón, veloces como vamos andando, sin tiempo a almacenar ese trocito de minúsculo mundo subterráneo que se nos presenta.
Porque esas bocas de alcantarilla abierta, tienen algo de aleph, de inusual puerta de acceso a la verdad (y a humedades fecales plagadas de ratas nadadores: nadie dijo que la verdad oliera bien). Desde pequeño me daban curiosidad esos parches a lo real, o mejor dicho a lo arreal. “¿Qué es lo arreal?”, me preguntaba Bro cruzando un canal de Ámsterdam. Lo arreal es aquello que se esconde tras el maquillaje de las ciudades, la trastienda de lo real, de lo que entendemos por real. Es aquello que existe más allá de nuestras convenciones, es la tramoya, el truco, el mecanismo, lo que está detrás, la rebotica, la trastienda de la vida, de la ciudad, de los conceptos. La trastienda de la trastienda. El MS-Dos del Windows en que andamos instalados, algunos con más virus que otros. Algo de eso es, lo arreal.
Y al pasar ayer por una de esas bocas mortadelofilemonianas, pensé en todo eso. Se me ocurrió incluso una especie de greguería, que era algo así:
Una boca de alcantarilla abierta nos enseña la trampa de la ciudad.
Por eso las tapan pronto, para que no nos demos cuenta de lo artificial que es todo lo que nos rodea. Los colegios deberían programar excursiones a los bajos fondos de las alcantarillas, para que los niños descubrieran cómo todo es producto de los hombres, excepto el campo, los ríos y las montañas.
Como el hueco del ascensor del piso del Paseo. Aquel ascensor Muguerza de pesadilla, con un montacargas pegado que subía con él, pero que jamás se usaba. Allí podía haberse guardado la momia del General Mola que nadie se habría dado cuenta, terrorífico que era. O esos cuartuchos raros que había por el portal, que comunicaban con el patio, los cuadros de luces y demás centros vitales del edificio. Distintas puertas a la verdad que se ocultan, como se oculta el motor de los coches, los huesos bajo la piel, el amor bajo el corazón (o a veces incluso bajo la ropa interior). ¿Es bueno disimular esas verdades no siempre bellas? Sí. Pero también es fascinante tratar de descubrirlas y valorar el conjunto urbano como un maquillaje que con el que hemos embadurnado la realidad real. Sin perder de vista la visión de conjunto, aunque nos joda: la de los pobres, la miseria, el hambre, las ratas, la peste, las pulgas, el frío, la lluvia y la enfermedad.
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06.12.07 @ 14:50:34. Archivado en En el Moleskine
En esta mañana de dormir mucho y bien he sido interrumpido por el sucio sonido de una tos tabacosa, febril, áspera, perruna, pastosa, profunda, quejumbrosa, herrumbrosa, de mi compañero de piso, que por cierto jamás lee estos textos, como tantos otros amigos míos contemporáneos.
Me ha venido entonces a la mente toda una sinfonía de toses o tosidos familiares, de indeleble huella en mi archivo sonoro, en mi filmoteca personal de sonidos inclasificables pero que se clasifican, y he reconocido muchas de esas tosificaciones tan incómodas para el que tose y para que las oye. Toses de esas como de suegra, con lengua gorda que acompaña la tos con animal tendencia ergonómica, y profusión de esputos y salivajes tan invisibles como infectos.
Cuando dejé el tabaco, cada día me apetecía fumar siete veces, o setenta, y me alegraba ocho veces de no hacerlo, u ochenta. Aún me pasa. Como anoche, en un minipiso madrileño que parecía neoyorkino, del NY de los setenta de las pelis, con ese fuma-fuma alegre de los invitados, despreocupado, colmado, en un círculo perfecto de los vicios: copa, charla, pito. Deseé siete, setenta veces, fumar. Más viendo el nuevo diseño o pakayín de los de Lucky Strike, que es como una cajetilla que se abre por los dos lados, y divide los cigarritos en dos compartimentos, con la de posibilidades que supone para el celoso fumador, coleccionista de placenteros hábitos para acrecentar, si cabe, el placer de fumar. Hoy, al levantarme, con las toses domésticas de mi co-locateur, me he sentido el vivo retrato de la salud.
Quizá de viejo, cuando ya no tenga más ambición que superar un día más vivo, y atufar a mis nietos con moralina alcanforada que ni yo mismo me creeré, vuelva a fumar. Este hecho puede revelar que realmente nunca dejé del todo de fumar, si es que se puede. Como nunca dejamos del todo a nuestras novias, si es que se puede, y siempre nos planteamos volver con ellas, en algún momento de este viaje no tan largo que es la vida.
Puede que por eso, quien sabe -las razones de la razón no entienden de razón-, me quité de lo del tabaco. Porque un día vi caer a los de mi lado como moscas por el sistemático acto de meterse nicotina entre pecho y espalda. Porque oía sus toses de ultratumba, como una orquesta de pulmones exhaustos, que ganaban terreno a la enfermedad, a la muerte.
No sé si volveré a fumar cuando mis músculos no obedezcan mis estimulantes órdenes mentales, cuando mi cabeza sea una biblioteca desordenada de papeles emborronados de autores en esperanto, puede que sí. Tendré entonces una tos ferina matutina agradable, un ir entrando en la muerte acompasado, feliz, a su debido tiempo, y me alegraré setenta veces siete de haber llegado hasta allí.
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Hace poco he descubierto la importancia del ritmo. Como diría un téorico totalitario: El ritmo es todo. Lo es todo. Hay que vivir la vida con ritmo, en su ritmo, ajustarse a sus ritmos, be water, my friend. No sé como se consigue eso del todo, ni si está en nuestra mano, pero hay que intentallo, vive Dios que sí.
A principios de otoño me matriculé en una improbable escuela de guitarra flamenca, escuela de uno, comandada por un maestro jerezano, más gitano que cualquier papa gitano, que me clavó bastantes eurazos por cuatro exiguas sesiones, y cuya relación maestro/alumno acabó de un pintoresco modo que quizá algún día cuente. Tenías las cosas muy claras sobre la música, la vida, el flamenco. O era “por derecho”, o no era. Y de Paco de Lucía pasando por Vicente Amigo todos eran unos auténticos "hijos de puta", y este último más aún, porque “dormía con un querido que le metía la polla por el culo”. Pedagogía en estado puro, oigamele.
Aprendí pocas lecciones musicales, que si unos golpes por aquí a la caja, el rasgueo con los cinco dedos (“cada dedo es un universo”), a usar el pulgar como órgano de percusión, y unos fraseos de un ritmo, palo, llamado tiento. Me costó pillarlo un par o tres de sesiones (de a ventitantos la hora), quizá más de lo esperable, pero porque el tío me exigía que me saliera todo bien a la vez: el rasgueo, el golpecico con los dedos en la caja, el acorde rarísimo seguido de un pulgar que alfombraba las cuerdas, y tal. “Tú no me escuchas”, me dice un día. Y no sé qué le contesto, o sí. Pero el caso es que lo que trataba de enseñarme, su gran aportación, su piedra filosofal de la música, pero también de la vida, era el ritmo. No las florituras, no los fraseos espectaculares, no las filigranas de pacotilla, ni los preciosismos de cámara. El ritmo, esa estructura mágica en la que uno se sumerge, se mece, se deja llevar, se instala, “y se para el tiempo”, decía. Y tenía razón.
Porque que el tiempo se detenga, que no nos moleste, que lo asamos (o cojamos, como se diga) con las manos, es a lo que aspiramos a cada momento. Y el ritmo te lo da. Federico García Lorca, en no sé que textos que se dieron hace poco a conocer, insistía en que bajo ningún concepto abandonaran sus sobrinos la educación musical. Porque es importante para incorporar ese fabuloso concepto que es el ritmo que, por supuesto, trasciende el ámbito de lo musical.
En mi aproximación al flamenco, intentaba todo menos captar el ritmo. Esa ansiedad connatural a la que estamos condenados tú y yo, nos dificulta sobremanera captar el ritmo, hacerlo nuestro. Enseguida vamos más rápido que lo que marca el metrónomo, o más despacio, a destiempo, a nuestro aire. Es importante pararse un segundo, interiorizar el jodido ritmo, y avanzar con él a su tiempo, no a otro, meterse en su cauce. Como esos admirables poetas que leen sus poemas paladeando cada palabra, la cadencia de un verbo, la sonoridad mullida de una m, el ventoso aire fresco de una ese, la áspera resonancia de una jota. Que ven en cada verso la imagen exacta de lo que evocan, que solo son poema cuando leen ese poema. Y no otra mil cosas como la mayoría de los presentes en el auditorio.
El corazón mismo, es el primero que nos marca el ritmo, como todos ya sabíamos, o hacíamos como que sabíamos.

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23.11.07 @ 03:34:11. Archivado en Peatón de Madrid
Hay un, ¿cómo llamarlo?, clochard, en la esquina de Princesa con Evaristo San Miguel, al que escruto fugazmente cada día. Desde que dibujo el mismo itinerario, allí está el tío, 24 horas al día, en horario en cadena, como un Simeón del Desierto a su manera. Su chiringuito móvil no se mueve, porque siempre anda allí el tío, apostado a un lado de las escaleras que dan acceso a una gran oficina de Halcón Viajes, antítesis total de la realidad de este pobre cuarentón de un estatismo nunca visto.
Hace básicamente dos cosas, o mirar al infinito, a un infinito que huele como a pasado, a melancolía de la buena, o leer. Lee como un fiera el tío; algún día he pensado en regalarme un libro, pero me temo que no coincidimos en gustos. Lo suyo es la novela de ciencia-ficción, esos best-sellers de Stephen King o Michael Crichton que se ve que devora como si aquello fuera su única misión en el mundo, como si le hubieran condenado a digerir toda la cantidad de esa literatura serie B que le cupiera en el coco. Lee para pasar el rato, las horas, la vida, su jornada es pasar el tiempo y las páginas, nada más. Luego, ya digo, se queda mirando al horizonte, con su aspecto de pobre aseado, gatuno, con una barba abandonada pero lo justo, como si planeara algo, como si ajustara por dentro algún desarreglo. Está quieto, junto a la agencia de Halcón Viajes, pero parece como si estuviera rumiando una eterna mudanza que nunca llega.
Porque nadie puede estar quieto, sin hacer nada, mucho tiempo. Y este tío lleva así al menos dos meses, en un secuestro voluntario a la intemperie. Por la noche, que yo lo he visto, se embute en una especie de morcilla de plástico que ata con una cuerdecilla, y que recuerda en mucho a un disfraz de los de Mortadelo, disfraz de morcilla, con la sangrecilla y todo.
A mi me descoloca este amigo sin techo, con su casa metida en un carro de la compra, eso sí, con sus aperos perfectamente compartimentados, ordenadas con celo de quien tiene poco pero lo aprecia. Mis rudimentos de psicología barata no entienden a qué se debe esa quietud suya, esa capacidad para vivir día tras día con el único argumento de las novelas que se zampa, y la graduación cromático-térmica de los días. ¿Se bastará el tipo con esos estímulos para ir tirando? ¿Habrá abolido la necesidad, la dependencia, del calor de los demás, y la de un lugar donde acurrucarse? ¿Será uno de esos Guardianes Silenciosos de la Verdad con los que fantasea mi amigo Holzer? ¿Será simplemente un pirao? Algún día trataré de averiguarlo.
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20.11.07 @ 14:03:55. Archivado en En el Moleskine
Hoy voy a pegar un poema, de Pedro Salinas, que he encontrado en el blog de Rafael Reig. Tiene ese algo alcanforado de universidad americana de los cincuenta, desde los ojos de un español, pero al margen de estilos, tiene su aquél. Quizá es que hoy estoy algo febril, la poesía llega palabra a palabra, sin mezclarse las letras en sí, sin los conceptos disparar a otros muchos, como unos fuegos artificiales desordenados aunque fértiles. No se vive mal febrilmente, algún día pedalearé sobre ello.
-Pedro Salinas:
Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida ?¡qué transporte ya!?, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
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18.11.07 @ 15:41:33. Archivado en En el Moleskine
Hay palabras que no existen en determinados idiomas, con la limitación conceptual que eso conlleva. En francés, por ej, no existe la palabra rato, pero sí el concepto espacio temporal indefinido. Así que tienen que emplear fórmulas forzadas, como “dans quelques minutes” que, está fuera de dudas, tiene mucha menos fuerza expresiva que la contundente rato.
En el español o castellano, en castellañol, vamos, no existe, que yo sepa, la traducción de lo que los franceses quieren decir con soir. Ese periodo de la nocturnidad en el que el personal está despierto, y haciendo cosas, sobre todo sociales, fiestas, cenas, veladas (que viene de vela), asistencias a teatros, a operas, a operetas, a conciertos sacrosantos, a zarzuelas bufas. Todo eso y más pasa durante la soir, que los diccionarios traducen con frustración terminológica como “fin de la tarde, noche”.
Habría que inventarse, pues, una palabra para esa franja horaria tan intensa innominada, yo propongo decir suar, y tan contentos. Ayer por la suar paseamos por los soportales de la plaza del Castillo y pensamos en Ángel María Pascual.
Y es que la suar da para mucho, para mucha definición del espacio psicotemporal que envuelve nuestros días y las sensaciones que dentro se regurgitan. A mí siempre me ha parecido un tiempo raro ese, sobre todo cuando cae en sábado, especiamente, sí. El sábado suar se mueve entre dos polos, el de la botella más bien vacía o más bien llena. Depende del plan que uno tenga para la noche-noche, para que esa mudanza botellil del ánimo tienda a uno u otro de los extremos. Si a uno le motivan las siguientes horas, verá el mundo como un lugar amigo y con gente simpática e integrada. Si sus siguientes horas van a ser un tibio coñazo de runruneos varios, el cosmos se tenirá de melanos a puntapala, de apocalipsis de distintos tipos y medidas, y la gente nos parecerá fea, boba, odiosa y más feliz y afortunada que nosotros.
Por eso suelo temer esas delicadas horas del sábado-suar, en que la muchachada se aprovisiona de litros de alcohol que luego correrán por su venas, venas integradas en la corriente pelotoniana de la levedad nocturna. Son horas algo estridentes, de cuadro expresionista alemán, sobre todo en otoño, cuando los metros se agolpan de griteríos excitados de los fascitas, antifascitas, fachas, fachitas, antifachitas, pijos con la tontería en la lengua, góticos con bolsas de Carrefour, minifaldas con cabeza, metrosexuales agresivos de Parla, con clónicos pelos hacia arriba, con gomina barata, y actitud de roit-weiller a duras penas reprimida.
Más vale, pues, disponer de un horizonte favorable en ese tiempo puente hacia la noche que la suar, para sobrevivir anímicamente a esas tensas pero intensas horas.
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16.11.07 @ 01:03:03. Archivado en Peatón de Madrid
En París era una fiesta , Hemingway habla de las “falsas primaveras”. Su idea ideal de la primavera era un tiempo de suave temperatura, de americana beige en la que sumergir la baguette y el periódico extranjero. De amables atardeceres en esos cafés que tanto cita, el Dôme, el Flore, el Deux Magot, la Coupole, la Rotonde. O de salir de cenar de la brasserie Lipp, en Saint-Germain, frente a la librería La Hune, donde estuve el verano pasado y no vi más que libros. Salir de cenar, digo, con esa fe descomunal en el futuro que nos inyecta a veces el alcohol, sobre todo cuando fuera hace agradable, y cantar en silencio la alegría de vivir (y de beber).
Pero en los años veinte en París llovía que daba gusto, París con aguacero, París desapacible en mayo, viento mojado, mal tiempo de cojones, horrible, dégeulasse, paragüas, calles vacías y poca fe en el futuro, y menos en el presente. Falsa primavera, falsa vida, falso todo.
Cuando ayer he paseado (estos verbos tan raros quedan muy de Umbral) por Ciudad Universitaria, me he dado cuenta de lo follajeados que estaban los árboles. Esto me hizo recordar un reciente descubrimiento relativo a la caída de las hojas, que me proporcionó el otrora bloguer Iulius Felix Catón. Me ilustró en el simple funcionamiento de los árboles y el otoño. ¿Que por qué se caen las hojas? Por el frío. Y si no hace frío, pues no se caen. Por eso al sudaquerío le sorprende al principio el tema de los árboles desnudos, cuando llegan por primera vez a Estepaís; no es normal en las latitudes cálidas que los árboles se deshagan de sus hojas. (También, por otra parte, se hace raro que los árboles se desprendan de esa vestimenta follil a los primeros fríos, como si afrontaran el riguroso invierno desnudas, a palo seco, como esos bañistas valientes de la Concha de San Sebastián en enero.)
También he apreciado por el parque del Oeste, o esa zona del templo de Debod, como el verdor comenzaba a desgastarse, pero aún mostraba una plenitud rara, novedosa, incluso fantasmagórica. Como si el verano no hubiera dado paso al otoño, si no que se hubiera alargado como la lengua de una mariposa. Y aquí estamos, en un otoño extraño, agradable, en que todo parece un poco menos real, porque el frío como que te pone en tu sitio, te ordena las ideas, las recompone, las asocia, como decía César González – Ruano.
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Suena a título de cómic de Mauro Entrialgo: Medem y los perroflautas. Ayer vi su última película, en la Filmoteca de la calle Santa Isabel, donde cobran a dos y medio euros la sesión, por lo que el derecho al tomatazo —sana práctica que debería permitirse en los circuitos exhibidores de tanta kk espagnola—, las ganas de ejercerlo digo, no son tan potentes. Y eso a pesar de los aplausos de la última fila cuando acabó la sesión: eran "miembros de la Academia", y aplauden porque son amigos, qué aplauso tan ruin, tan de camarilla, tan de subvención española y somos artistas. Porque la peli del cineasta vasco podría también bautizarse, así en plan feo, Patética Ana.
Cuando me revolvía en mi antiergonómica butaca, aburrido e inquieto por el aburrimiento, pensé si Julio Medem habíase vuelto loco. Si después del inconmensurablemente descomunal albondigón mediático persecutorio que se orquestó contra su persona después de rodar La pelota vasca habría perdido un juicio que antes parecía tener. Porque quizá, a pesar de todo, hay cierto juicio, cierto carril, cierto norte, cierta cordura, y uno se puede salir, o no, de ella. La mediocridad que destila Caótica Ana no es producto de un director del talento que parecía tener Medem, si no de alguien camino del manicomio de Herisau, do pasara sus últimos días el mítico Robert Walter.
Es tan sólo una hipótesis, una pregunta lanzada al aire, pero qué diantre, la personas de sensibilidad más desnuda que la media, como quizá sea JM, son pasto de las garras de la locura. Como si no digirieran todo lo que un día se les vino encima, y se desbrujularan para siempre.
¿Qué pasaría si un director de cine se volviera loco? ¿Qué pasaría si un perturbado, con excelente dominio de la técnica audiovisual, se dedicara a producir películas completamente turbadoras, incitadoras al mal, a la violencia, al suicidio, al trastorno contumaz, a la ruptura de los más necesarios consensos sobre qué es el mundo? Nadie lo evitaría, porque en las sociedades libres eso ya no se hace, por suerte –a no ser que protesten unas cuantas asociaciones de derechos de algo-. Pero, ¿y si lo hiciera de un modo sutil, como lo hacían tantos artistas durante el franquismo, con palabras clave para pasar inadvertidos, y nos provocara como una hemorragia conceptual irreparable?
¿Y si los artistas, en vez de lúcidos traductores del caos del mundo, fueran en realidad los locos, los confundidos, los anulados por un trauma obsesivo, por un ego insaciable, por una manía incurable, por una paliza paternal, por un escupitajo en el ojo infantil, por una humillación del tipo picha corta? ¿Seguiríamos teniéndolos como referencia, como guías, como gente a la que admirar?
Con los políticos pasa parecido. Pensemos en Hitler, Stalin, Castro o el mismo Ibarretxe, de quien se dice que como poco sufre una ciclotimia de aúpa. No haré bromas de mal gusto sobre el Alzheimer –Eisenhower- de Maragall. Pero, ¿y si fuéramos víctimas de los delirios de quienes se suponen son los encargados de encauzar el mundo? Yo diría que lo somos, casi desde el principio de los tiempos, además.
(Al final no he hablado de perroflautas, de Medem, ni de ná. Pero es que el título molaba, jajajjaja, y ahí un exceso de perroflautismo estomagante en la tal cinta. Perdón por la incorrección política. Oh.)
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Intervienen dos leones y un mono a circo no tenía documentación animales
EFE - hace 1 hora 8 minutos
Corrige en el primer párrafo de la noticia con la clave NE3016 la localidad en la que han ocurrido los hechos, que es Alfarràs y no
"Alcarrás" como por error se decía.
Alfarràs (Lleida), 31 oct (EFE).- Efectivos del Seprona de la
Guardia Civil de Lleida han intervenido dos leones y un mono beduino
en jaulas de un circo ambulante en Alfarràs después de que los
responsables no aportaran la documentación de los animales.
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31.10.07 @ 00:31:20. Archivado en Divagaciones
Vila-Matas, en una entrevista digital del 30 de octubre en El País:
Creo que Baudelaire no andaba del todo desencaminado cuando dijo que la literatura no tiene más objeto que ella misma y que su fin no es la verdad, sino ella misma.
Estoy de acuerdo en que buscar utilidad a la literatura es matar la literatura. Por eso los libros de autoayuda, los cómicos, aquellos que escriben presentadores de televisión, la novela histórica, etc., son seudoliteratura, o infraliteratura, porque parten con una premisa racional, cerebral, instrumental: entretener, hacer reír, ilustrar, etc. Lo mismo pasaría con la literatura propagandística.
Aplaudo la cita de Vila-Matas/Baudelaire, pero a veces hay que creer que lo que leemos puede tener una fuerza clarividente que nos ilumine y guíe. Que nos haga cambiar, avanzar. Pero no sé, luego resulta todo mucho más complicado. No creo, la verdad, en los libros que cambian la vida.
Me decía hoy un escritor disidente venezolano, al que hice una entrevista, que un revólver tiene ocho balas, y puede matar a ocho personas, pero que una sola pluma, un bolígrafo, una palabra, puede cargarse a diez millones. Ni Baudelaire ni la pluma genocida, diría yo. Porque si sólo vemos los libros como algo que no trasciende, mediato, pierden su magia. Aunque también, en la trascendencia pasajera, que dura lo que dura la lectura de una feliz línea, supongo que está la esencia de la literatura, como en un verso puro y perfecto. Un verso del que creemos que podrá cambiar el mundo, como un arma cargada de futuro.
Sí, la gracia de la literatura puede estar en esa fe. Un jugar a ser creyentes en su fuerza y poder, mientras seguimos acumulando libros y lecturas. Sin esa fe, no hay lectura que valga, nos entra el sueño. Así que ahora estaría más bien en contra de Vila-Matas/Baudelaire. Complicado.
Pienso ahora en la música. El valor de la música está en la música. Pero el de la literatura va un poco más allá. Puede llamarnos a la acción, aunque luego no hagamos nada, y en eso está su morbo, su puerta abierta a posibles aventuras, eso es.
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El otro día me tocó hacer un obituario de Pepín Bello, que aún vive tibiamente en su casa de anciano del barrio de Prosperidad. En el periódico digital en el que trabajo, aún en pruebas, hacemos ese tipo de labores para ir rellenado lo que se conoce por nevera. Tiene algo esto de comienzo de novela polausteriana; una redacción de periodistas que escriben noticias que nadie lee, día tras día, entrando en una extraña rutina de trabajo de prensa sin lectores. Así que, entre otras cosas, vamos creando un archivo de necrológicas con los candidatos más firmes a estirar la pata. Una lista, por otra parte, en la que entramos todos, sólo que algunos están más arriba que otros, hasta que esa norma se rompe, con un Carlos Llamas o un Juan Antonio Cebrián, jóvenes periodistas muertos.
Leyendo cosas sobre la vida del famoso amigo de Lorca, Buñuel y Dalí, ese amigo no-artista entre genios, me hizo gracia esta frase:
“De estar solo no me canso nunca”.
Y lo dice alguien que nació el mismo año que uno de los padres del surrealismo —Dalí— y que aún pasea su bigote medio falangista por ese barrio de zapatillas de casa y caldo de pollo que es Prosperidad. No se cansa de estar solo alguien que confiesa que vivió 14 años en la soledad más absoluta. Fue en Burgos, cuando llevaba un inestable negocio de pieles, que se ve que se le fue al traste. Vivía solo, ya digo, en ese rincón provinciano, en una vida supongo que triste en la que, por lo menos, no había testigos.
Porque la soledad, el hecho de estar solo por decisión propia, la solitariedad que dice Castilla del Pino, no se vive igual con gente alrededor, revoloteando zumbonamente. Quizá no nos importaría pasar muchos más ratos a solas, si eso no significara flojera social ante los ojos de los demás.
Hoy he sentido esos síntomas tímidos de las pseudogripes de otoño, que son y no son, y me he alegrado ante la posibilidad de uno de esos procesos febriles de cama y paz. Pasaría el fin de semana solo, libre de planes sociales de quetalismos etílicos, y además con excusa, he pensado. Como un Pepín Bello en Burgos, como la O’ Conell de Dr. en Alaska dentro de su avioneta, o Javier Reverte en sus viajes en África, o el millonario vasco éste de pelo blanco que da vueltas al mundo en velero, Ugarte creo que es, solo, cual Joshua Slocum de la vida.
Porque la soledad, y me pongo ahora en plan vieja trova santiaguera, tiene algo de mujer, de ni contigo ni sin ti, de sí pero no, de mírame pero no me toques. No es fácil convertirse en Pepín Bello, sobre todo porque cuando uno es joven lo de ser solitario está mal visto. Los viejos, libres ya de tonteriítas, se pueden permitir el lujo de vivir más solos que un hongo y preservar intacta su dignidad. (Luego están los viejos que viven solos porque no les queda otra, no hablo de ellos.)
A veces, en esos momentos de euforia ciclotímica post-café con leche en vaso, pienso que he alcanzado una poca de sabiduría vital. Necesito el barullo, el lío, el trajin y todo eso por lo que además te pagan. Pero compruebo cuando acaba el día que tengo también necesito procesar todo eso como el tío de El Perfume, miles de olores que se posan con estrépito en la cabeza. Llega entonces un momento de autismo necesario, no siempre respetado, y que es como un paladeo fino de esa sustancia cotidiana que llamamos vida, labor entretenida, saludable, barata y perdurable donde las haya. No sé si es mérito mío, pero por si acaso, me pongo la medallita. Sobre todo cuando pienso en la posibilidad de una existencia futura dedicada a relamerme sobre mi biografía pasada, quieto en mi butacón, como hizo durante casi veinte años mi abuela Carmen, que tenía algo de sabia. Y se fumaba sus buenos paquetes de BN. Quizá vuelva a fumar cuando sea viejo. Seré un Pepín Bello feliz, pero en un barrio con más charme, donde me dejaré recubrir por esa solitariedad de la que no todos pueden presumir.
Contigo, por supuesto.
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23.10.07 @ 16:52:30. Archivado en Nanoposts
Los enfermos del surf siempre andan buscando la ola definitiva, esa ola gigantesca que marque un antes y un después en su olabiografía. Me decía el domingo un ex-penitente en Shefield, ex-surfero ñoñostiarra, que para que se produzca una ola mar adentro tiene que haber como una falla, un socavón submarino que provoque ese corrimiento de aguas de rompe y rasga exterior.
Quizá la genialidad, si es que existe, ese momento de parimiento de alguna idea de más o menos valor arththshístico nunca antes vista/escrita/oída/sentida, tenga algo que ver como con un corrimiento de tierras interno. Entonces, el alcohol, las sustancias tóxicas de diverso pelaje, creadoras de fallas, de remolinos neuronales varios, serían partícipes en la gestación de esas olas creativas, que destacan entre la planicie, por no decir molicie, de las horas muertas.
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17.10.07 @ 13:01:20. Archivado en Divagaciones
Dice la leyenda (o al menos aquel anuncio de Audi), que Stendhal (pseudónimo de Henri Beyle) entró una tarde de 1800 y pico en la basílica florentina de la Santa Cruz, y le sobrevino un jamacuco existencial de corte estético que hoy los publicistas recuerdan con acierto: el Síndrome Stendhal. Se ve que ante la contemplación de tanta belleza reconcentrada en un mismo lugar, le entraron sudores fríos, calores gélidos, le faltó la respiración, el aire se le hizo un bolo en el estómago, y la garganta un nudo gordiano que se le subió hasta el cerebelo, que era como una almohada llena de mariposas macho en periodo de apareamiento. El síndrome Stendhal.
Yo sentí ayer, no obstante, en el madrileño Museo del Jamón de Gran Vía, el extremo opuesto a tan arrobados sentires: el antisíndrome Stendhal. Últimamente se ha escrito mucho sobre la belleza y su contrario, Zadie Smith -belleza- e Umberto Eco -fealdad-, y se podría hablar y teorizar sobre el tema mucho y más. Sólo me atrevo a decir que la belleza es más importante de lo que creemos, o de lo que yo creía. Sí, es un bien accesorio, de esos ya de la punta de esa pirámide de las necesidades básicas, que pasan por alimentación, vestido, calor, cariño, pertenencia a grupo, trascendencia y no sé qué más cosas. Digamos que una vez salvadas ciertas cuestiones, nos queda luchar por cierta belleza, que no quiere decir empalago, como denunció hace poco O’ Ghery sobre el entorno del Guggenheim sino, al menos, ausencia de mal gusto y vulgaridad extremas.
Porque ayer en el Museo del Jamón experimenté por unos segundos el triunfo de la vulgaridad sobre la estética, la victoria de esa pragmática y atávica guarrería española tupida de humazos de tabaco malo, griteríos, risotadas sevillanas, sentencias grasientas e intragables por parte de una parroquia entumecida de cervezones, servilletas agresivas, pulpos a la vinagreta más bien estirados y podredumbre espiritual a granel. (Eso sí, las cañas muy baratas, a 80 cts.)
No sabía yo, o quizá nunca lo había aceptado, de esta aprensión mía hacia los ambientes toscos, que como que me condena a un sibaritismo coñazo poco útil en tiempos en los que el cutrerío puntúa lo mismo que un moderado cultivar la elegancia. Las ideas se democratizan, el gusto se populariza, y cualquier intento de estilizar esa molicie se llega a entender, mire ushhté, como un amago de elitismo, de anacronismo, de capricho tonto de dárselas de dandy de tres al cuarto.
Pero no nos pongamos apocalípticos porque, por fortuna, el Museo del Jamón no es el único espacio al que acudir para refrescarse el gaznate comentando la última bobada de la catalanidad más fofa. Hay que saber pisotear esa mugre jamonil, enfrentarse a ella, y enarbolar la bandera estética del no todo vale, e impedir, en silenciosa pero tenaz lucha, que la ordinariez española comience su inevitable y definitivo ocaso crepuscular hacia una feliz e irreversible extinción de ese mal gusto que nos coloca más cerca de Vulgaria que de la Francia de Stendhal. (¡Colóquese aquí un grito de guerra exhortativo y contagioso!)
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11.10.07 @ 02:53:28. Archivado en Hiperlocalismo
El calendario del Paseo tenía, y tiene, varias fechas fijas. Las fechas son los clavos que fijan el gran tapiz de la Historia, dijo Gombrich en plan pomposo, y en el Paseo Sarasate pasaba un poco parecido. Cuando empezaba la Feria del Libro, el niño entendía que ya había llegado ese tiempo en que la noche llegaba antes. Incluso a la salida del colegio ya el cielo estaba negro en una noche que duraba muchas horas, hasta que por la mañana aparecía una atmósfera cárdena y somnolienta. Parecía como si hasta el monte de San Cristóbal, como una criatura de esas de La historia interminable, estuviera también dormida a esas horas escondidas.
La Feria del Libro, la tómbola de Cáritas, o las tiendas a lo haima que montaban esos negritos de entonces por San Fermín, con sus puestos de máscaras africanas y ropa de imitación. Distintas señales que, repetidas año tras año, iba configurando una feliz rutina de la infancia. Pequeños grandes acontecimientos, como la llegada del misterioso Donanfer, que articulaban un mundo, nuestro mundo, a base de repetición que parecían tan naturales como las estaciones. Aquello daba seguridad, una base firme de recuerdos y las sensaciones que se iban haciendo estables, sólidas, con ese sano deje pueblerino de “que vienen los feriantes” y que apenas existe hoy en las grandes ciudades, paradigmas del chusco mundo virtual sin asideros sentimentales.
La Feria del Libro aparecía de pronto un lunes de octubre, sin avisar. Pero iba por fases, los primeros días eran para montar esa estructura simple y mecánica, es decir, como de mecano, que creaba un pequeña ansiedad. En dos o tres días, aprox., habían montado la barraca cultural, que se alargaba en las dos partes, o gajos que diría Passy, del Paseo. Por la noche cubrían la parte delantera, la de los expositores, con una tela rojiza, sin protección aparente, y daban ganas de meter la mano debajo, cual falda púber, y birlar algún título de Salgari. Se decía que había algún vigilante en el interior, pero yo nunca vi ninguno. Nunca lo hice, lo de robeteo, quizá porque lo de mangar un libro no tenía ese veneno morboso de la gamberrada infantil, como sí lo tenía lanzar castañazos pilongos contra la metálica estructura de la parte de atrás, que supongo que daría más de un buen susto al librero de turno, que fumaba su tranquilo trujas en la tarde de domingo otoñal.
Podría poner aquí ahora algún feliz encuentro con varios libros, en plan “el tesoro de la juventud”, pero la verdad es que no recuerdo haber comprado ningún libro de pequeño. Supongo que un niño no compra libros, así él sólo, demasiado repelente para ser cierto. Pero sí algún cómic, o a lo mejor, puede ser, aquello de “crea tu propia aventura”, esa especie de Rayuela sin pretensiones que me leía con alegría. La verdad es que los libros de la Feria del Libro tenían, y tienen, un punto de poca ilusión. Como perpetuamente situados en los ochenta, incluso en los finales de los setenta, con autores de la intrahistoria literaria como Fernando Díaz-Platja, José Luis Coll o Carmen Rico-Godoy. Por algo eran, y son, de ocasión.
Pero lo mejor de la Feria era mirar, sentir el trasiego manso de la gente, y ver el Paseo animado, poblado, en esos domingos de otoño en que la vida aún se sostenía por sí sola, firme, sólida, estable, como la estructura mecánica a la que mis hermanos y primos poníamos a prueba a castañazo limpio.
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Hace poco conocí a un fotógrafo manchego que coleccionaba cactus. O cactuses. Muchos de ellos repartidos por su discreto pero resultón adosado de dos plantas. Imagino uno justo en la esquina de la escalera, silencioso, amablemente amenazante. Son unas plantas, por lo visto, que viven con poco y hablo sin tirar de Wikipedia. Incrustan sus raíces en tierra y rechupetean la poca humedad que puedan exprimir de un páramo como el Sáhara o la frontera de Tijuana.
Bien.
Me acerqué como periodista imparcial al Hotel Kafka, que es todo menos kafkiano y sí acogedor y con gente de la que uno querría ser su amigo. Se fallaba el nosecuántos premio Lengua de Trapo, y allí estaban esas plumas promisorias de las que uno promete leer algo algún día, Eloy Tizón, Ramón Pernas y Rafael Reig. A éste último lo encontraría[mos] días después encontraría entre las páginas de Público, como jefe de Opinión, que es como el puesto más español que puede haber en España: jefe-de-opinión. Mandar y opinar. Óle.
Le dieron el premio a un tal Pepe Monteserín, por La lavandera. Sus gafas quevedianas al estilo gafipasti, las de Monteserín, me tuvieron hipnotizado un rato, y me hicieron pensar en un futuro post sobre gafas y mundo actual. Contó, sincero y gracioso, que la novela le había surgido de una conversación con su mujer, mejicana ella. “Conoces a algún personaje famoso de tu país sobre el que pudiera escribir”, preguntóle. Y le contestó que el poeta Manuel Acuña. Y acudamos un rato a Wikipedia para decir que fue un poeta mexicano nacido el 27 de agosto de 1849 en Saltillo, Coahuila, Méjico y que se suicidó ingiriendo cianuro en su habitación de la Escuela de Medicina el 6 de diciembre de 1873.
Fue un gran romántico, un Byron mejicano, un Espronceda mejicano, dijo Monteserín, que vivió en tiempos en plena ebullición, boiling times, que procedo a glosar con ayuda, ahora sí, de Wikipedia. En aquel XIX mejicano hubo primero independencia de España, aprovechando que por aquí los franceses de Pepe Botella andaban dando argumentos para la próxima peli de Garci. Luego guerras con Estados Unidos, sucesión de gobiernos varios, dictaduras con poco de dictablandas, bancarrota del país, guerras liberales, hostilidades militares de parte de los franceses, que ocuparon la capital en 1863, fin del Segundo Imperio Mejicano en 1872, motines rebeldes de los indígenas, que a pesar de todo existían, el Porfiriato, e inicio de la Revolución Mejicana, con la entrada del siglo XX.
Vemos, pues, que entonces no hacía falta plantearse las bondades o maldades de Educación para Ciudadanía para rellenar periódicos. Y entre todo ese pandemónium de maremágnums estaba el delicado poeta Acuña, harto del totum revolutum de su pinche país, adicto a un valium que aún no se había inventado. Se suicidó no olvidemos y, según su ‘biógrafo’, no lo hizo por un mal de amores con una tal Rosario, sino por ser un cactus en pleno Amazonas, por ser una planta que con unas pocas de agua en un secarral se bastaba y sobraba para sobrevivir austeramente, feliz, en equilibrio, en paz, y le tocó un hábitat salvaje, desproporcionado y fuera de tiesto, nunca mejor dicho. Y apabullado como andaba, en las antípodas de la española Generación del 50, los Ángel González, Brines y compañía, del hastío y la repetición de días tan iguales como grises, decidió quitarse de en medio. Quizá su autoasesinato, como el de tantos otros escritores suicidas, respondía al deseo casi físico de alcanzar el silencio, entre tanta estridencia y violencia desbocada. Todos somos, pues, un poco cactus. Y un poco amazonas. Él era extremadamente cactus, y así le fue.
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29.09.07 @ 16:29:44. Archivado en Nanoposts
Entrevista a Eugenio Trías, de David Benedicte, en el XLSemanal, que acaba de publicar El canto de las sirenas, donde en la que fusiona filosofía y música. Me quedo con la última pregunta de la interviú, tópica, pero valiosa para los que no tengan tiempo de leer el libro, y quieran saber de una vez por todas qué merece la pena dentro del descomunal bosque de la música clásica (o culta, como la llaman también):
- ¿Qué se llevaría a una isla desierta y por qué?
- El quinteto en sol menor de Mozart; las cuatro últimas sonatas para piano de Beethoven; Falstaff, de Verdi, Tristan, de Wagner, los cuartetos de Schönberg... Jamás me cansaría de escuchar estas piezas.
Ahí queda eso.
*Espero que se llevara también un reproductor de cedeses...
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Tengo a mi lado un ejemplar de Público, todo un objeto de coleccionismo que hoy no vale nada, apenas 50 cts, pero que en unos años tendrá un valor cuando menos histórico dentro de la Historia de la Comunicación, que es como una sub-rama de la Historia, tan válida como otra cualquiera.
Es tarde y tengo tarea, pero me apetecía decir dos o tres vaguedades sobre esta nueva cabecera, sin tanta enjundia como últimamente le he visto hacer a Justo Serna en sus archivos. Tampoco es que me haya dado tiempo a analizar a fondo el periódico pero, el caso, que aquí estamos.
Empezaré por el principio, es decir, la portada. Diré que la exclusiva es como muy buena y, según me informa mi compañero de piso, el que la ha hecho tiene muy buenas fuentes dentro de Interior y tal. Es uno de esos principios de andadura bien resueltos, pero que, claro, no se pueden mantener ad infinitum, como lo fue la entrevista a José Antonio Ortega Lara en el Diario de la Noche de Dragó. Pero ufanarse de esas conquistas periódisticas y colocarlo en plan sobrao en portada, no sé, desvirtúa un poco el asunto en sí. Espectaculariza la información, y ya no sabes si estás leyendo información u otra cosa. Pero bueno. Me dicen además que tiene mucho de "farsa" y que la supuesta exclusiva ya lo sacó una revista antes, Tiempo, creo.
Me iré ahora al final, a esa portada doble futbolera, que es la cruz del periódico, cual moneda de curso legal. La cara: Javier López Peña, etarra con nombre de español común, la cruz, Ronaldinho, brasileño que, a pesar de los millones, es de un feo que espanta.
Mi compañero de piso se mete con la doble portada: “Es muy británico... no me acaba de convencer”. Yo tampoco le veo excesiva sustancia, más que nada porque le falta contenido. El fotón de ‘Dinho’ no aporta nada, una contra es para leerla, y disfrutar con ella, como las recontrageniales contras de Violeta en El Mundo de Almería.
Creo que la última página debe incluir un valor seguro, estable, ya sean los siete columnistas reconocibles de El País, ya sea Umbral, que ya no podrá ser. En el ABC parece que se han dado cuenta y han retirado esa triste página publicitaria.
Ya uno se adentra entre las páginas y descubre un diseño que recuerda exageradamente al ADN, aunque a lo mejor menos limpio y ordenado. Las tipografías, los colores, las bandas de color, ¿lo ha diseñado todo el mismo que el de ADN? El lector ávido de novedad se encuentra con un déja vue estilístico que le sorprende, aunque esto no es ni bueno ni malo, pero no sé, se hace raro.
Mi compañero de piso se mete con las informaciones, “muy cortas”. Y le doy la razón. Hay como un intento de ligereza constante que al final puede resultar pesado, porque la brevedad de los textos incluye más textitos por aquí, más breves acullá, más lío. Como pasa con el Qué (del que queda muy lejos, claro), un intento de amenizar la lectura que acaba saturando hasta límites insoportables. Un profesor del máster de Vocento nos decía que los periódicos no pueden tener blancos, que hay que manchar, y yo no estoy tan de acuerdo. Pienso ahora en The Guardian, que leí hace poco, y allí hay blancos y no pasa ná.
En muchos diarios gratuitos se nota un intento constante de hipnotizar al lector, de darle pildoritas y chorraditas como si fuera una foca-lectora más que un lector inteligente que acaba, a mí al menos, cansando. Pasa entonces que uno se queda con la copla de que la información no esté en el papel porque lo merece, sino porque hay que rellenar. Y entonces el prestigio se cae, y cualquiera lo levanta. Tiene Público algo de eso, cierta influencia de los gratuitos, y eso es más defecto que virtud. Quizá sea inteligente, porque el personal se está acostumbrando al estilo de los gratuitos, pero no sé.
Tampoco sé si este diario luchará por ganar prestigio, que es algo a lo que deberían, opino, aspirar todos los periódicos decentes, que no son muchos. Me extrañó en su día las razones que esgrimieron los promotores del proyecto: “Negocio, sólo negocio, hay muchos periódicos que dan dinero”. Porque no olvidemos que este periódico nace con la identidad bajo el brazo, y se dicen de “izquierdas” y los blogguer aquello algo repelente de “a la izquierda de El País”. Pero por sus planteamientos alguien podría decir que se ubican a la derecha de La Razón, pues esa devoción capitalista no entra en el manual del buen progre. Porque yo no he oído nada de “regeneración de la cultura española gracias a un periódico que atraiaga a un gran número de lectores y les haga interesarse y participar en los temas y problemas que nos ocupan”.
Así que ahí veo como una paradojilla fundacional que no mola del todo. Está claro que quien se mete en un lío de estos es porque busca rentabilidad, pero también, en la conquista de la rentabilidad, pueden ir emparejadas otras conquistas, menos tangibles, más nobles.
Pero luego uno sigue leyendo y es cierto que, una vez superada la confusión de situarse en el nuevo orden de secciones y tal, hay cosas que apetece leerlas. Cómo si hubiera un sano deseo de desentrañar los temas, y ofrecerlos a los lectores con la ilusión de que se enteren, de que aprendan. Personalmente agradezco la actitud pedagógica, porque hay asuntos básicos que no siempre quedan claros, como por ejemplo, todo el tema de los presupuestos, los ingresos estatales, las transferencias comunitarias, etc. Porque un periódico debería no atufar, marear, apabullar, a sus lectores, como le puede pasar a uno si se lee dos artículos seguidos de Babelia, un sábado con leve resaca. La página, digo, con la infografía de los Principales ingresos y gastos del Estado en 2008 está muy bien. Y se nota como una intención de ir por esa línea, de aclarar más que liar, y eso es de agradecer.
Porque quien se acerca a un periódico, digo yo, lo hace para aprender cosas, entender el mundo, conocer qué pasa, taltal. Y eso no siempre es divertido, supone un esfuerzo. No creo que los periódicos tengan que ser divertidos, y muchos colorines crean esa sensación de poca densidad, de menor credibilidad. Es cierto que es un difícil equilibrio el de tratar de resultar atractivo pero sin acabar pareciéndose a los informativos de Antena 3. Pero el periodismo no debería intentar ser guay, ni caer en el gafipastismo vacuo de domingo en La Latina. Humildemente, espero que Público apueste más por esa línea entre didáctica y a la vez atractiva, sin dejarse llevar por el guayismo este tan ful que nos come terreno de un modo jarto preocupante, de estética sin chicha.
Mucha suerte y larga vida.
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25.09.07 @ 09:58:10. Archivado en Nanoposts
El verano es disociación y en el otoño empieza la asociación. No hay estación más literaria.
César González-Ruano
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14.09.07 @ 03:01:53. Archivado en Divagaciones
Ya hay nueva directora en la Biblioteca Nacional, Milagros del Corral. A mí la Regàs no me acababa de conquistar, con ese goshdivinismo belicoso pero como depauperado, que se funde luego en un amor al burgués-way-of-life del carajo, o del bo-bo life, que no es lo mismo pero es igual, que ya me sé yo algún detalle biográfico, ya.
Tampoco me acaba de entusiasmar la Biblioteque Nacional (BN) en donde, eso sí, un solo estornudo tuyo en la sala de lectura retumba como si fuera el propio François-René de Chateubriand que retorna de su ultratumba. No me gusta esa presunta culpabilidad con la que te miran fiscalizadoramente, o esa presunción de sapiencia que se presupone a todo aquel que penetra en la docta casa. Que no, coño, que en ninguna asignatura de Educación para la Investigación te enseñan a manejarte de buenas a primeras en una biblioteca de ese pelo.
Pero sí, tiene algo de aeropuerto post-11S, de delirio paranoide, que luego apenas sirve porque si alguien quiere birlarse un mapa se lo birla, como si alguien quiere poner un bombazo lo pone. Recuerdo un día de primeros de marzo de 2004 en la estación de Atocha, yendo hacia Pamplona. Pensé, al depositar mi maleta en la cinta de control o como se llame, en qué absurdas eran todas esas medidas de seguridad, si luego no pasaba nada. Cinco días después España sufrió el mayor atentado de la Historia. Eso sí, en el Cercanías, donde no hay posibilidad de poner cintas de esas. Conclusión: me estoy liando.
Llegué el sábado pasado a la dichosa BN. Tras superar las pruebas de acceso me coloqué en los ordenadores, dispuesto a encontrar mis libros para documentarme. Tenía que terminar un trabajo de doctorado que llevaba bastante retrasado y necesitaba sin falta tres o cuatro libros:
- Por orden alfabético, de Jorge Herralde
- El observatorio editorial, de Jorge Herralde
- Memorias, de Carlos Barral
- Lo peor no son los autores, de Mario Muchnik
Eran las diez y pico de la mañana de un sábado por la mañana. Mi última oportunidad de hacerme con esas libros, de fotocopiar su esencia, y finiquitar el trabajito. Pues bien, el primero, el de Herralde, ni figuraba en la base de datos. Vale. Pido los otros tres y ya me temo lo peor, al ver el numerito ese de la signatura. Alcalá. Sí, los dos están en Alcalá de Henares, que no abre los sábados. En mi nueva actitud de protestar ante este tipo de desarreglos, le digo amablemente al encargado que pida por favor el libro de Herralde, para que al menos esté en los fondos. (Se supone que en la BN, sea en Alcalá o en Madrid, están TODOS los libros editados en España.) Y aprovecho para desahogarme un poco, y que cómo un libro como Memorias, de Carlos Barral, es decir, las memorias de uno de los editores (y poetas) más importantes del siglo XX no esté en Madrid. (Y si haya libros absurdos como el making off de Torrente, aunque esto no se lo digo.)
Me largo con viento fresco, cagándome en Menéndez Pelayo, por buscar una cabeza de turco pétrea y original. Como último recurso, por probar que no quede, me meto en la fabulosa Casa del Libro de la Gran Vía, en la sección de cosas metaliterarias (o proxiliterarias, más bien), que hay en el sótano. Menos las de Barral (pobre), tienen TODOS los libros que no encuentro en la Biblioteca Nacional, con lo que podemos afirmar, sin ánimo de hacer publicidad, que La Casa del Libro es verdaderamente una casa del libro. Y la Biblioteca Nacional no tanto.
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Coda: Milagros del Corral se mostró convencida de que se ajustará cualquier deficiencia que detecte el equipo de la BN, una institución que tiene entre sus objetivos prioritarios la "incorporación a la era digital" y "ocupar el lugar que, por derecho le corresponde", manifestó.
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07.09.07 @ 00:22:53. Archivado en Divagaciones
Mejor dicho autofotos. Consisten en alargar el brazo y posar sin la presión del fotomatador que exige sonrisas sin provocarlas. Hoy he visto a una chica haciéndose uno de estos retratos al aire en plazaspaña (así se llama en Madrid la plaza de España, como a la plaza de Castilla se conoce como plazacastilla). Se ha colocado donde ese Quijote espigado que sin embargo está un poco oculto, en una tarde de septiembre de las que recuerdan que septiembre es todavía verano, en vez de puerta a los otoños que imponen respeto y cierta oscuridad.
Hace poco vi una foto en la que se veía a Robbie Williams en uno de esos macromegaconciertos por una causa justa que organizan tan bien la gente anglosajona. Estaba tomada como desde el backstage (o bambalinas) y se veía la espalda del ídolo y un millar de cámaras digitales gris titanio capturando el histérico momento. Entonces me dije, solemnemente, para mis adentros: “Aquí hay una imagen de nuestro tiempo”. Esa cantidad casi sobrenatural de aparatos para cazar momentos, móviles de última generación incluidos, me parecieron un elemento contemporáneo, como otrora lo fueron los sombreros canotié, las patillas pobladas con gafas muy pastosas estilo Transición Española, las hombreras ochenteras o los polvos de arroz en los caretos dieciochescos. Quizá haya hoy más que en ningún otro momento histórico verdaderos elementos tipicadores de épocas, véase el móvil y la cámara digital, y que incluyen a buena parte del mundo más o menos no pobre. Hoy leí que hay más de dos mil millones y medio de móviles en el mundo. No me vienen a la mente elementos del atrezzo de la Historia tan populares como estos que casi todos usamos en 2007.
Pero volvamos a ese solitario y un poco vergonzante acto de sacarse fotos a uno mismo, que va un poco en la línea del anterior post, el de las parejas que no hablan. Y yo me pregunto, qué nos interesa más a la hora de fotografiar algo, ¿el monumento en sí, o el propio yo cerca del monumento? La fotografía digital satisface (o alimenta, nunca se pueden saber estas cosas) nuestro narcisismo innato. Nos hace ser Andys Warhols de turisteo facilón, y convertirnos en iconos para nosotros mismos. Como pasa con los fotologs, increíble plataforma para la sana (o insana) exhibición internáutica de los yoes.
Tiene algo de tierno y un pelo triste lo de hacerse fotos frente al templo de Debod o la Alcazaba almeriense. El que pasa hace como que no se cosca de ese íntimo gesto de ser pintor y modelo a la vez. Siente las ganas ayudar, y prestarse amablemente para disparar. Porque los autorretratados siempre aparecen incómodos y con ganas de hacerse rápido la instantánea. Supongo que todos hemos pasado un poco por ese trance un tanto ridículo. Yo recuerdo que lo hice en la literaria rue Vaneau, de París, pero por unas cuestiones de índole frikiano que no vienen al caso.
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01.09.07 @ 23:31:38. Archivado en Divagaciones
Siempre me han llamado la atención las parejas mudas de los restaurantes. Esas que salen un sábado por la noche a cenar, y se quedan absortos delante el uno del otro, uno mirando a La Meca y la otra a Missouri: no entiendo bien por qué salen si es para aburrirse. Me dan una tibia pena y siempre me digo que espero no acabar así, mudo ante mí mismo y mi pareja.
El otro día, a las afueras de una ciudad croata llamada Zadar, detecté una de ellas, una de esas misteriosas y deprimentes parejas del silencio (léase The silent couples and other motherfucker tales, de Benjamín Pradera Cornucopia, Ediciones Absurdas, Tarragona, 1989). Allí estaban frente a frente, cuál Karpov&Kaspárov del amor, dispuestos a disfrutar de una cena y unas vacaciones que desde fuera se antojaban la definición de lo triste, de la desoladora amargura del bienestar. Ojo, a veces comentaban un poco la jugada, que sí qué fresca está el agua, que si qué bueno el pescado, que sí se te ha metido algo en el ojo, que si qué buena noche se ha quedado, y acto seguido volvían a sus respectivas diagonales do instalar su mirada, fija en cualquier insípidos punto de la decoración de ese restaurante más bien turístico.
Di que así son las vacaciones. Cuando uno se pega todo el día con la misma persona, ¿de qué vas a hablar? Digo siempre lo mismo a este respecto, una cita de mi otrora amiga, la mejicana Diana Laura, que reza así: “Siempre que uno piense, hay algo que decirse”. Por qué uno está a todas horas consigo mismo, y siempre hay nuevos pensamientos con los que ir matando el rato (y hasta devorándose a uno mismo un pelín…). La cosa pasa, pues, por descender esos pensamientos a la altura del mantel, digo yo, y compartirlos con ese comensal que se está pringando de salsa tártara las comisuras labiales, que da la casualidad que es tu marido. Puede pasar también que los pensamientos de uno de los cónyuges no le interesan lo más mínimo al otro y que, para evitar sinsabores que te amarguen la cena (porque estas silentes parejas gustan mucho de por lo menos pegarse unos cenorrios de mil pares) es mejor quedarse callandicocallandico y santas pascuas. Siendo esto así, digo yo, ¿por qué coño os casasteis? Una pareja de este pelo, me temo, y las hay a miles, debería recibir automáticamente la nulidad matrimonial.
Recuerdo que mi abuela me contaba su viaje de novios, año 1942. Se fueron de Pamplona a San Sebastián, vieron un partido de la Real, y a los días de estar a gusto pero sin saber muy bien qué se les había perdido por allá, se dijeron tan tranquilamente: “Oye, ¿y si nos vamos a casa?”. Esto podía pasar en la España pobre y retrasada de la posguerra, pero hoy ya es otro cantar, digo yo, vamos, o sea.
Hace poco, en un viaje con Molusco e Insideman a San Juan de Luz, en el Ibaïa de la encantadora rue Tourasse, me fijé en una otoñal y envidiable pareja. Pidieron sus cosas, y una bien elegida tras consensuadas deliberaciones botella de vino. Cada vez que rellenaban sus copas de la felicidad las entrechocaban, y se miraban con un toque de complicidad, amor y hasta erotismo crepuscular pero candente muy llamativo. Luego iban comentando sus jugadas vitales, en un bonvivantismo sin precedentes ejemplar y maravilloso. Hoy les dedico este post. Cheers!
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30.08.07 @ 20:39:36. Archivado en En el Moleskine
Esta tarde he pasado por la librería del Reina Sofía, que está muy bien y te reconcilia con España. He visto varios libros interesantes, como suele pasar, y me he llevado uno de Fernando Luis Chivite, navarro y escritor, cosa posible, ojo, y de la que existen pruebas fehacientes y felices. Insomnio se titula, y es el último premio Café Gijón, que a mí me sonaba que se titulaba Oh, mirad esas lápidas, pero se ve que no. Husmeando me he encontrado con ese Georges Perec al que llevo tiempo siguiendo la pista (y eso que palmó hace veinticinco años) y su famosa La vida: instrucciones de uso, que de libro de autoayuda no tiene nada, que yo sepa. Sería bueno leerlo, ya que estamos, antes de que sea demasiado tarde, aunque con eso de las instrucciones ocurre que no nos gustan del todo, a mí al menos. Compro un móvil y leo las cuatro cosas básicas del manual, pero luego apetece más investigar alegremente, en plan náufrago celular. (Y luego pasa que del móvil no conocemos ni la mitad de sus maravillosas prestaciones, pero bueno.)
Decía que de Perec andaba tras un libro titulado Je me souviens, en español Me acuerdo, y así lo he visto en la librería del Reina Sofía. He abierto el susodicho libro y he leído algunos de sus recuerdos:
- Me acuerdo de Lee Harvey Oswald.
- Me acuerdo del algodón de azúcar.
- Me acuerdo de cuando descubrí que “cowboy” significaba “vaquero”.
… Y no me acuerdo de más.
Así que se me ha ocurrido seguir la idea perequiana, y plantar algunos de mis propios ‘me acuerdos’, y animar a mis cinco lectores y hacer lo mimmo, si es que tienen el día evocador.
- Me acuerdo de que el primer rascacielos que vi fue el de la Torre Madrid, en la plaza de España.
- Me acuerdo de la cara ensangrentada y polvorienta de Ceaucescu.
- Me acuerdo del insípido sabor de las piedras del colegio de El Tenis.
- Me acuerdo del txantxigorri de Torrens, particular magdalena proustiana.
- Me acuerdo de "mamaluju", anagrama de los cuatro evangelistas que nos enseñó mnemotecnicamente don Enrique en catequesis.
- Me acuerdo de que mi madre cogió una cajetilla de chicles Chiclets Adams en Dulces Unzué, me la dio, y me dijo: “Esto es robar”. (No nos atendían y se hacía tarde..)
- Me acuerdo de preguntarle a mi madre por qué me acordaba de mi propio nombre.
- Me acuerdo de que no respondió nada.
- Me acuerdo de los olmos muertos como un Stalingrado negro en el paseo Sarasate en una mañana morada de invierno.
- Me acuerdo de la primera vagina que vi en el Penthouse hurtado de Don Vecino: primerísimo primer plano.
- Me acuerdo del misterioso vecino literato y su sinfonía de nombres cultísimos en francés en aquel libro que cayó en mis manos: Literatura, amigo Thompson.
- Me acuerdo de tirar papeles incendiarios por el patio.
- Me acuerdo de las pelusillas grises del bolsillo del uniforme del colegio.
- Me acuerdo de que Ben Johnson se dopó en Seúl.
- Me acuerdo de la mascota del mundial de Méjico, y su sombrero mejicano.
- Me acuerdo de una bebida previa al kas y a la fanta, de cuyo nombre no logro acordarme.
- Me acuerdo del primer libro que leí: El mago de Oz, en esa colección naranja de Alfaguara.
- Me acuerdo de Dalí en una camilla, viejo y despojo de sí mismo.
- Me acuerdo del gua que había antes de la cocina, y de cómo pensaba que estaba allí a propósito, parte del mobiliario lúdico de la casa.
- Me acuerdo de los parquímetros con forma de remo que había en el paseo.
- Me acuerdo de los regalices de una pela.
- Me acuerdo de mis primeros recuerdos, y de cómo me gustaba recordarlos, como si fueran parte de una frágil colección.
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29.08.07 @ 12:56:14. Archivado en Husma literaria
Últimamente me invade una cierta visión reduccionistabarrapesimista de las cosas que me preocupa. Intuyo a los hombres como pulmones que respiran, y en las ciudades sólo veo construcciones de western sólo que más engañosas, con decorados arrealistas creados donde llenar y vaciar los pulmones de las gentes que escuchan música de grupos sin alma y mucha pose ful. En las fiestas populares únicamente veo pretextos para democratizar el consumo desenfrenado de alcoholámenes de máxima graduación y pavonear después malamente la vanidad, los morenos, el culismo de tres al cuarto, los discos de Franz Ferdinand, Wilco y Hisbitchmother o los maqueos de esas chicas que enseñan las tetas todo lo enseñable y más, y que encima recriminan con sus miradas al cazado mirón. Se me contagia la visión apocalíptica del Houellebecq de La posibilidad de una isla y la orgiástica fiesta de Isabelle, de la que el narrador extrae la siguiente conclusión:
“El proyecto milenario masculino, perfectamente expresado en nuestra época por las películas pornográficas, consistente en despojar la sexualidad de toda connotación afectiva para devolverla al campo de la pura diversión, había conseguido realizarse por fin en esta generación. (…) Había conseguido su objetivo: no conocerían el amor en ningún momento de su vida. Eran libres”.
¿Y donde entra Umbral en todo esto? En el descubrimiento, simple pero complejo, de que elementos como su columna diaria hacen un poco menos obtuso este mundo, este Madrid, necesitado de cronistas, entre otras cosas. Uno cae en la cuenta, recae en la cuenta, de que es básica esa dosis de trascendencia cotidiana travestida de literatura que a veces se rebaja hasta el marujeo docto, y otras al ejercicio de la memoria culta (que si Eugenio D’ Ors, Vicente Aleixandre o Buero Vallejo, con su “cara de presidiario” y entorno de humo azul del Gijón). Necesidad, entonces, de ese algo más, esa cosa indescriptible que trae cierta literatura, y que escasea tanto en nuestros diarios y días.
Las últimas columnas de Umbral se notaban ya que eran un poco ejercicio de supervivencia. Al parecer se las dictaba a su mujer, en una de esas actitudes de tipo heroico que algunos escritores muestran en su ocaso, aferrados a la tabla de escritura/salvación. Me recuerda algo a Jaime Campmany, que de un día para otro pasó de escribir columnas a formar parte del humus. Los dos eran columnistas, ese género de la escritura, y en todas partes leemos lo de Umbral, "maestro de columnistas", y tal, y yo no estoy tan de acuerdo. También señalan las necrológicas la faceta periodística del fallecido, su apego al día a día y todo eso. El periodismo de Umbral, si es que lo existía, era muy sui generis. Él hacía literatura, insuflada de lirismos, y en esa pasta se colaba material de corte periodístico, apegado a la realidad, es decir, a nombres de personajes que hacen cosas en el momento actual, pero llamarle periodista era infrallamarle.
Umbral profesó únicamente la literatura y además en su sentido más puro, el de no tener ninguna función. Ni siquiera prostituyó tanto como otros autores la literatura al darle su máxima función: la de ser novela. Umbral literaturizó lo que quiso, que fueron mucho más que novelas. Y cuando se cansó de tentar ese “otro lado” que es la literatura, se dedicó a regar su vanidad, su personaje, su dandismo más bien hortera, que es lo que había anhelado desde siempre.
Se dedicó, ya digo, a esa suerte de religión atea que es la literatura, extraña pomada de letras que en su inutilidad sirve para todo, dar significado, valor, a un mundo que quizá no lo tenga, quién sabe. Como hizo en Mortal y rosa, quejío de la incomprensible muerte de su hijo Pincho, con seis años. Gracias a ese libro, la muerte del niño fue menos muerte. Como la del propio Umbral es menos muerte, pues con sus libros abre la puerta a muchos ‘Pinchos’ literarios. Se necesitan, pues, relevos, para ese hueco de la última página, para un Madrid que se queda más decorado de western que nunca, en el que un vehemente David Gistau amenaza con convertirse en su sucesor. Ay. Au.
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24.08.07 @ 12:58:07. Archivado en Geografías
Hay un texto de Ramón Gómez de la Serna titulado precisamente Ropa tendida en el que denuncia la dejadez estética del colgamiento de los ropajes sucios para su posterior secado:
“El arte de tender la ropa debería ser el lema de una serie de conferencias públicas con proyecciones”
A lo largo del escrito expresa su malestar por el poco respeto que se tenía a los calzoncillos y camisas de la época, que si aparece ahorcada, ahogada, boca abajo, y habla de “suplicios” y contravenciones a las “leyes naturales”. Esa visión humanizadora de los objetos es de lo más humano que he visto nunca, curiosamente. Como un humanismo que llega hasta las sillas, las chimeneas, los tipos de tejado y las peinetas.
Quizá influenciado sin darme cuenta por esa lectura, me he topado con dos visiones sobre la ropa tendida a lo largo de las últimas semanas, que me han motivado a colgar este post. La primera me la dio una artista española de estas neoyorquinas muy de revista de tendencias y todo el moco llamada Gema Álava Crisóstomo. En una charla sobre arte en El Escorial explicó una de sus obras, que consistía básicamente en ropitas, camisetitas, de oro de 22 quilates colgando en cuerdecitas, como si se estuvieran secandito. Decía que a los norteamericanos todo lo que viene siendo colgar la ropa en cuerdas al sol les suena poco menos que a tercermundista, existiendo las lavanderías –o laundrys- como existen. Curioso.
Tras unos alegres días de excursiones por Croacia, descubrí que el concepto laundry no está muy desarrollado en aquel país, y mucho menos el de patio interior, ese práctico lugar para esconder los trapos sucios que ya las corralas madrileñas, fíjate, integraron en sus diseños arquiteztónicos. Las casas de los barrios históricos de Rovinj, Split, Zadar, Dubrovnik, no tienen patios interiores, y la gente sigue necesitando lavar su ropa. Me llamó la atención en estas “perlas del Adriático”, en estas “Venecias croatas”, cómo el personal no se corta a la hora de sacar sus bragas a relucir. En España hay ordenanzas municipales y patios, ya digo, para evitar ese exhibicionismo roperil. No imaginamos el Patio de los Naranjos de donde la catedral de Sevilla con la camiseta del Betis del Joshua boca abajo. En Split, sin embargo, en plenas dependencias del emperador Diocleciano, que allá vivió, se podían ver alegremente todos los juegos de cama, los calcetines, los trapos de cocina y un par de delantales de la típica familia croata. A lo mejor ni sabían quien coños era el tal Diocleciano ese.
Una pareja de italianos con esa elegancia hortera y rechoncha me comentan que cómo puede ser aquello. Que en Italia todo ese recinto estaría cerrado al público, señalizado y se pagaría una entrada por entrar. Y que por supuesto nada de ropa tendida. No supe qué decirles, aparte de que mi italiano es macarrónico (nunca mejor dixit). El encanto de ese foro romano splitiano, lleno de ruinas desordenadas y ropa colgante a las dos de la madrugada, una camada de gatos dormitando panza arriba, tenía sin duda un sabor a país de segunda, a laxitud normativo-turística. ¿Y qué? Opino que cuando vitrinarizamos las ciudades éstas se quedan tiesas, disecadas, se les muda el rostro y la ropa tendida seca peor. Las manchas enseñan a vivir, decía un anuncio de Skip.
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La muerte, como algunas despedidas intensas, hace ver al que se va de una manera más limpia, centrada, completa, como pasa con las cosas cuando uno se aleja de ellas, como hablamos el otro día por aquí. Cuando se confirma que alguien ya no está entre nosotros, se le empieza a ver de un modo global, como un todo terminado, un ciclo completo, una vida con su principio y final que aporta integridad, finitud, digamos, a esa obra de arte que es fifir.
Murió Bergman y unos compañeros de la televisión de la Complutense trajeron a nuestro despacho un póster de un tío que al principio no reconocí. Pegaron el cartelito de homenaje con gran rigor y respeto hacia el fallecido sueco y una frase que para mí que se equivocaron: “Como no creo en Dios creo en Ingmar Bergman”, en vez de Willy Wilder, que es lo que dijo Fernando Trueba cuando recogió el Oscar. Supongo que lo sabrían, claro.
Con este tipo de grandes personalidades pasa que uno no sabe bien si ya murieron o fuman en silencio sus últimos días. Pero un día saltan a las primeras planas de los periódicos (no todos, ABC no daba hoy ni una llamadita en su portada) y uno se acuerda de ellos con nuevo interés. El adiós pasa a convertirse en un hola, y hasta en un descubrimiento. ¿Cuántos taxistas se habrán aficionado al Fary desde que su viaje al otro barrio? Muchos, seguro.
Me pasó algo parecido con Gabriel Cisneros, y su muerte repentina. De casi no saber quien era (lo reconozco), me topé con una serie de panegíricos póstumos que me hicieron interesarme por su egregia persona. Un tipo que podía suscitar la admiración de perfiles tan aparentemente antagónicos como el de Carme Chacón o Juan Manuel de Prada. La muerte, ya digo, coloca en una posición de privilegio, en una invisible hornacina a quien se va para siempre, que nos hace contemplarle como quien fue; y cuando hay virtudes que loar parece que se ven más fácilmente. Por eso quizá los primeros compases del luto no son tan tristes como pareciera, porque la imagen del que ya no vive parece como si estuviera en holograma, y su presencia se nos hace más cercana que en miles de días de vida en común. Además, esa convivencia temporal en las mentes de los afligidos asistentes del funeral reaviva aún más la figura del fallecido. La tristeza llega más tarde, cuando se cierran las puertas del templo y se va asumiendo todo el albodigón en solitario.
Pero volvamos a la ideilla central. Pienso ahora en J.D Salinger, el de El guardián entre el centeno, que nació pocos meses después de Bergman y ahí está todavía, recluido también como el sueco, sin dejarse ver ni el peluquín. Algún día no muy lejano, nos encontraremos con la noticia de su muerte, y más de uno se sorprenderá que aún siguiera vivo. Y prolongará su vida más allá del cuerpo leyendo sus libros. Como las pelis del director de El séptimo sello, como afirma Manuel Hidalgo en su columna: Bergman no morirá. Una columna en que se puede leer con considerable humor negro lo siguiente:
“Es un tópico periodístico, pero todavía viven Antonioni y otros”.
Los creadores mueren de una forma más atenuada, es verdad. Se van, pero queda su obra, que les resucita cada vez que alguien se acerca a su herencia en forma de películas, libros, cuadros, poemas, collares con macarrones pintados. Quizá el artista, el creador, lo único que persiga es la inmortalidad, uno de las conquistas más supremas, si no la máxima. La mayoría de los mortales mueren, y queremos apresarlos en los primeros días sin ellos, retener su imagen para siempre. Con los artistas, veo, ese adiós es menos doloroso, pues queda el vertido humano del muerto en cada una de sus obras.
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De nuevo con la casa a cuestas; por suerte voy ligero de equipaje y ya si pagas a un moderno porteador de los que se encuentran en Google te haces la mudanza en una hora de reloj, por unos 66 cts. de euro el minuto. Muy recomendable, mire usshhté, a veces pagar por un servicio merece la pena, no es pagar, sino ahorrarte el rollo de liar a alguien con coche, en la canícula desierta madrileña que tanto echa para atrás al personal para ponerse a subir y trajinar cajas ajenas. Y eso que Porfiri Petrovich Durruty, a la postre nuevo vecino de Lavapiés, me ofreció amablemente sus brazos acarreadores, a los que dije “sí”.
No recuerdo ya la cifra de pisos de alquiler por lo que he pasado, en los últimos siete años. Periodos de un año y pico como mucho, algunos de tan sólo unos meses, pero en los que siempre se ha establecido algún tipo de relación. Todas esas residencias temporales se ven entonces como ex – novias sobre las que planean recuerdos agradables; cada piso tenía una fisionomía concreta, unas virtudes, unos defectos, y en todos se vivieron buenos momentos. Podría decir, pues, que soy un casanova en ese sentido, tengo un collage inmobiliario a mis espaldas que se desfigura en mi memoria hasta aparecer como un cuadro cubista de Braque, en el que se mezclan detalles varios de esos ya muchos asentamientos míos. Algún día hablaré sobre ese ya nutrido historial de relaciones con los pisos, ea.
De esos pisos te pueden echar, porque al casero se le cruce el cablem, por ejemplo, o te puedes ir. Siempre me he ido por decisión propia, excepto una vez en que el casero, que era policía y extremeño, pa' mí que se pensó que yo era de la Eta al escrutar mi deneí con apellidos vascófonos. El tío era más bien un cretino, y tenía un hijo de esos adictos a los gimnasios, y decidió no renovar el contrato. Las más de las veces, ya digo, uno se pira para cambiar a mejor, o porque se va a otra ciudad y cosas así. Se produce entonces una especie de instante decisivo, como decía Henri Cartier-Bresson, que es el de la última mirada de lo que ha sido tu cubículo durante todo ese tiempo, y que ya no lo será más. Entra como una nostalgia al notar que se sella una etapa para siempre jamás. (A diferencia de las ex – novias, en los que el destino no deja claro si habrá nuevas firmas de contrato, con los pisos se siente la certeza de que el adiós es definitivo.) Se pasea entonces la mirada por los muebles calmos, inmóviles a pesar de su etimología, que parecen expresar con su quietud algún mensaje triste, un “no te vayas mamá, no te alejes de mí”. Es como un rito, yo al menos lo sigo, de despedida de ese espacio propio. Dura un par de segundos intensos, y se graba el fotograma en la retina, como una fotografía mental, sí.
Lo que no es tan fácil es despedirse de quien ha sido tu paisaje humano durante el tiempo de la estancia. No tuve ocasión de hacerlo del portero, Isidoro, ese león enjaulado en su garita, que se torturaba en los ratos muertos de la tarde mascando su fracaso vital. Un tipo con aire de personaje malo de Mortadelo y Filemón, a saber: tripón, patillas, pantalones un pelín cortos como azulones y rematados con unos mocasines de tacón gordo y, cómo no, el pitillito blanco en el morro y la postura de apoyarse en la pared haciendo el cuatro. (¡Qué observador de la antropología humana es Francisco Ibáñez!)
Pues eso. El portero nunca volverá a verme. ¿Pensará algo? ¿En sus rumias de media tarde se preguntará qué fue de aquel chaval rubio? ¿Se planteará alguna vez si habré muerto? ¿Saciará su curiosidad preguntando a mis ex – compañeras de piso por mi destino? O esa chinita de la tienda de comistrajos en la que casi diariamente me dejaba mis buenos cuartos y con la que nunca pasamos del hola, tres euros, gracias, hasta luego. Nunca volveremos a vernos, y supongo que pensará, alguna vez, cuando el calorazo desciende hacia las diez de la noche, en ese cliente asiduo al que de pronto se le tragó la tierra.
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25.07.07 @ 23:43:13. Archivado en Divagaciones
Hay días que no apetece, o no sale, sentarse a escribir a lo náufrago. Uno se nota como menos observador, o sólo se ven en las cosas su única cara, la más visible, o no aparece por ningún lado el interés por las cosas, o se siente interés por todo, y entonces no hay nada que sobresalga del resto para ser rescatado. Un poco de todo eso, supongo, en esos días de teclas paradas. Como una extraña bajada de la libido que te hiciera entrar en los bares, polideportivos o parroquias de barrio sin fijarte en las mujeres, sin ver en ellas algo más que su condición de seres humanos del otro sexo. Una abulia pánfila, podríamos llamar a ese raro estadío de desinterés entusiástico. “Despreocupado, pero no indiferente”, decía una frase destacada en Arial 240 en una exposición de Man Ray que está estos días por Madrid. Ay, me gustaría afirmar que esa indiferencia no me asola muchas tardes como el polen a los alérgicos en primavera, mas, oh, no puedo. Peligroso fantasma ese de la indiferencia, sí, no me deja indiferente, no, no. El amable espoleo de pvg me ha sacado, pues, de esta breve fase ágrafa, que a veces puede prolongarse, la fase, ad infinitum y más allá.
Quizá la indiferencia sea un resorte del ser humano para descansar un poco del análisis del mundo exterior, como una siesta mental, que diría Sahsi, necesaria para poder sentir luego renovado interés por esto y lo otro. No sé. No sabemos nada. Sólo sé que hoy, amigos, me ha llamado la atención el vuelo de una blanca mariposilla, que aleteaba frágil, grácil, en plena calle Hermosilla. Al principio pensé que era un papel, un trocito de papel que recordaba algún bichejo volador, pero luego he notado que ascendía hacia los cielos, cogía aire por el aire, y avanzaba metros, y eso no es propio de los papelitos sueltos. El sol refulgía sobre el par de alas y el metamorfoseado gusano brillaba en su blancura con más fuerza que mil anuncios de Ariel rodados en un pulcro cortijo almeriense. De pronto, la mariposilla de la madrileña calle Hermosilla se ha debido sentir cansada, en ese vuelo que es una constante caída fallida, un constante venirse abajo malogrado. Ha llegado por donde yo estaba y se ha posado en una puerta mal barnizada. La he querido coger por las alas, pero no he podido, y ha seguido por ahí volando un poco, y he tenido que pasar de ella porque mi aspecto era el de alguien tirando a perturbado, con mis pintas de perseguidor de indefensos lepidópteros. (Vladimir Nabokov era un gran cazador de mariposas, valga el erudato.)
Ya en el metro he pensado un poco sobre la belleza, rodeado de amerindios con chancletas y labios gordotes como estaba. La belleza y su factor perpetuador de la especie. La belleza y su desarrollo en ciertas especies animales para atraerse mutuamente, y fomentar el fornicio reproductor. La selección natural, por tanto, ha seleccionado con el tiempo un tipo de belleza en ciertos bichos, como las mariposas. Esa belleza que ha quedado demostrada que era la más atractiva y útil en términos procreadores. Esto me ha llevado a pensar que tenemos un sensor para lo bello, como también lo tenemos para lo feo, pues siempre hay alguien en la disco que acaba bailando solo. La belleza, pues, como algo objetivo, animal incluso, como la belleza de esa elegante mariposa blanca. Va a resultar al final que la naturaleza es sabia, y que todo apartamiento de ella es tomar el camino torcido, peligroso. Un artículo que he leído hoy decía que los de las tribus no conocen la depresión ni ningún tipo de trastorno mental. Be water, my friend, va a ser que.
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17.07.07 @ 02:24:07. Archivado en En el Moleskine
Hoy en El Escorial, en San Lorenzo de El Escorial —que así se llama el pueblo creado tras la construcción del monasterio en honor al santo parrillero— hacía un desapacible frío veraniego. Nadie está preparado para esté tipo de días, y todos hacemos como que no nos damos cuenta, contenemos un poco la respiración, pasamos de puntillas por esta fracción efímera del calendario, nos hacemos los locos, no comentamos, no opinamos, sobre esta anomalía meteorológica. No tiene que ver nada con el cambio climático, no. Hoy entrevisté a un experto en cambio climático que además era ciego, pero tenía un aguda visión de futuro, de los riesgos y peligros de la no-acción, y de las oportunidades de montarse en el tren del cambio, el climático. Llevaba un curioso traje blanco con tupidas rayas azules, y un pelucón dorado de gran tamaño. ¿Quién elige el vestuario de los ciegos, qué criterio siguen para lograr su propia singularidad, si no pueden comparar, mirar, elegir, imitar?
El día de hoy, nublado, podría ser normal en el estío gallego, o en uno de esos veranos que imagino normales en Dinamarca, o países del bienestar que apenas conozco, en donde los termómetros ni aprietan ni ahogan. A veces pasan rápido, con el día, y la carga nebulosa se disipa y si te he visto no me acuerdo. Otras, no muy habituales, por suerte, la acumulación de nubes se instala horizontal y paralela al suelo, como un asfalto blando y opresor, y los días pasan y se pierden, porque un verano sin sol es un verano perdido. Hablaba Hemingway en París era una fiesta de las falsas primaveras parísinas, gélidas y chubascosas, nada floridas. Recuerdo un verano, el de 2002, como un más que falso verano, un verano absurdo, provocador, inverso, asqueroso. Vino además precedido de una primavera incómoda, gris también. Veía pasar cada día desde la ventana del castillo de Arazuri, donde trabajaba en labores de aprendiz de artistilla de circo marketiniano, de mico de feria publicitario, con la desesperanza de otro jodido día más vencido por unas nubes coñazo, inmóviles, tercas, oscuras, pardas, parcas.
Estos días descolocan a uno, como este 16 de julio, cumpleaños de Miguel Induráin, por cierto. Sin embargo, no dejan de ser un aviso de la falta de lógica del universo, al que confundimos con un jeroglífico descifrable, con nuestra mente periodística que exige explicaciones simples. Porque el misterio no entra, no cabe, en las páginas de un periódico, ni las rayas azules de la americana del ciego, tan encriptadas, ni los días fríos de verano, que parecen ocultar una respuesta un si es no es inquietante, estremecedora.
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Vino un día Bernat Soria por aquí, a finales de junio. Un poco por aquello de que es uno de los científicos más prestigiosos del lugar, hubo que atenderle y hacerle algunas preguntas por si soltaba algo. Sólo le requerimos la chica de la agencia EFE y yo mismo, bajo órdenes de arriba. Nos habló de la importancia de la gestión, de cómo los científicos sabían de ciencia pero no de gestión y que, claro, también les toca dirigir programas andaluces de terapias celular y cosas así o el centro de biología molecular y medicina regenerativa. “Saber escuchar y trabajar con generosidad”, nos dijo, como clave para aprender a manejarse en el trabajo de la gestión. Tenía un hablar suave, como de médico pediatra, sin ninguna estridencia, con más bondad que rigor, con más sensatez que estomagantes datos que uno no entiende, así de primeras.
Después de la minideclaraciones, volví a la sala donde trabajamos aquí en los Cursos de Verano de la Complutense, y paladeé esa excelencia profesional que, a diferencia de otras tantas, no olía a corrupción moral, ni a aplastamientos de cabezas para llegar más alto. “Trabajar con generosidad”. Un tío como para tenerlo de padre, ciertamente. De células madre no nos reveló nada, porque todavía no ha habido unos avances significativos que permitan imprimir grandes titulares, por lo visto, pero no se anduvo con grandes circunloquios para confesarlo. Honestidad.
El viernes 6 de julio nos llega el txupinazo informativo. Cambio de gobierno socialista. La política parece de pronto la renovación de la plantilla culé, con fichajes estelares de los aumentan a saco el número de sossis, y Cesar Antonio Molina es el Thierry Henry del PSOE. Me hace gracia ver cómo el afable científico, Soria, con sus hablares de
hospital, ostente ahora los honores de portar una cartera ministerial. En un primer momento, la operación de ZP me parece un gran acierto, esa introducción del prestigio y del carisma en los nuevos ministros, ahora que la legislatura empieza la cuenta atrás, the final countdown. También el colocar a la Salgado en Administraciones Públicas, no sea que recupere alguna ley del vino, de la siesta, o del capuchino, electoralmente arriesgada. La jugada la juzgo brillante, y uno hasta se alegra de ver a un tío como Soria en el Gobierno, es decir, gente a la que se admira por lo que hace y de la que España farda. También a Molina, que imprime al tema cultural un vigor renovado. Habrá que ver cómo reaccionan en sus puestos, pues nadie nace ministro y tal. Pero no se podrá negar que Zapatero ha estado hábil, con esta renovación de la plantilla, en plan marketiniano. Porque la política es gestión, etc, pero también MK, algo que Rajoy parece no haber entendido desde que no supo prescindir de los pringados de chapapote político Acebes y Zaplana.
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Todos los días ocurren miles. Miles de no-tragedias, de no-calamidades, que no aparecen en los periódicos, o si lo hacen es en pequeñito, o en medio grande, pero vamos, que se pasa página y se olvida al poco. Hay miles de no-atentados a los que hemos sobrevivido, y de los que apenas recordamos cuatro. Propongo conmemorarlos también, recordar también los intentos fallidos porque, si la intención es lo que cuenta, las cifras muertes responsabilidad del virus terrorista sería siete veces siete mayor. El último ejemplo es del Londres, y sus atentados fallidos, cuyos urdidores eran médicos, por cierto. Como aquella ‘caravana de la muerte’ de los de la kaputxa que querían hacer explotar en un polígono industrial madrileño. O aquella otra masacre, que al final quedó en indignados editoriales de prensa, y efímeros suspiros de alivio entre las hipotéticas víctimas que fuimos todos aquellas navidades en que los libertadolaris de siempre quisieron crear, sin éxito, otra efeméride siniestra de la historia reciente.
Qué fácil es pasar a la historia. Quizá ese sea el verdadero motor, esa capacidad para copar la atención, siendo tan poca cosa, verse tan magnificados. Se ve que ahora la intención era volver a las sangrientas andadas en Pamplona, según El Mundo, quien parece que puede usar sus fuentes y recursos para algo más que conspiranoiar. 140 kilos de cloratita elaborada, que tiene una caducidad rápida y que, al parecer, iba destinada a algún cargo público y a quien pasara por al lado, llámese Carlos Alonso Palate, Diego Armando Estacio o Javier Goñi Senosiáin.
Saber que uno ha salvado el pellejo puede hacer más o menos ilusión. Ayer mismo una llave cayó de las alturas a mis pies, y sólo cuando sonó el metálico clic realicé que podría haber caído en mi cabeza, haciéndome no poco daño y hasta sangre. Uno asume esas no-desgracias con un rápido alivio que pronto se esfuma. Tenemos que repertirlo: “Menos mal que no me ha caído esa rama de ficus gigante encima, menos mal no he muerto ridícula y arbóreamente”. En Murcia capital han muerto dos personas de esa azarosa manera. Me lo recordó el otro día un taxista, uno de los pocos que escuchaba y preguntaba al cliente, cosa rarísima por cierto. Hablaba de comprarse un coche bueno, más caro, aunque le costara su sudor. El actual era de los manivela para subir las ventanillas. “Mira, la vida es muy rara. No sabemos nada, si un día te vas a salir por esa carretera y te vas a tomar por culo. Hay que aprovechar”. El hombre bordeó el topicazo sin caer en él, y en cambio le dio una dimensión reveladora al asunto. “La vida es muy rara”. El taxista había asumido esa rareza que es tan difícil asumir, aun en el lecho de muerte. Cuesta también asumir el hecho de que ayer un pamplonés podría haber sido asesinado, una vida doblemente malograda, por no concluirse, y por hacerlo de modo tan inútil. La vida es rara. Los atentados fallidos deberían ser tan condenados como los cometidos.
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28.06.07 @ 02:04:30. Archivado en Misceláneo
Algo se te muere en el alma. Es un golpe, un trauma, que ahí queda. Sobre todo por la impotencia de no poder expresar tu ira como Dios manda, a limpio grito, con agitación airada de puños, mesamientos de pelambrera hasta parecer Doc regresando del pasado y así. Cuando te joden o pierden algo que es tuyo, se te genera un triple malestar: el de la pérdida irreparable, el de la impotencia en los desahogos por no hurgar más en la herida del perdedor/jodedor de cosas ajenas, y por el mal rato que pasa el pobre desgraciado, que sabe que debe pedir perdón, y lo hace, pero en voz baja y empequeñecido.
Ayer me dice esto Latinajo de Híspalis: “Tengo que decirte algo un poco desagradable”. Y después me suelta que me ha perdido 2666, el libraco aquel de Roberto Bolaño que me preocupé en su día de hacerme regalar. Quería tener esa primera edición, en plan coleccionista, porque sabía que era un libro diseñado para intentar colarse en 6 de julio a las 12 abigarrado de talentos que es la Posteridad. Lo leí en sus 3/5 partes, que no está nada mal teniendo en cuenta que son más de mil paginicas, y que Bolaño tiene su cosa pero que acaba siendo un “mago de un solo truco”, como dijo un crítico en Babelia. Lo leí en un tiempo bilbaíno, muy para leer a Bolaño, con esa sobriedad ahumorística que recuerda a ciertas negritudes de la ría de Bilbao, que de noche y en el invierno húmedo imponen lo suyo. Mi amigo Latinajo no me previno lo suficiente, pensó que podría reponer el daño ocasionado con una visita rápida a la FNAC, mas no. Podrá paliar el salchucho, pero ese libro ya no existe y, bueno, que se le va a hacer, pues a joderse.
En estas perjuicios ajenos siempre digo que hay que extremar el tema de las disculpas. Pedir perdón hasta cansar. Hace un tiempo un compañero me descuajeringó mi cámara de fotos digital, y se hizo básicamente el sueco, hasta que luego le exigí la reparación no del aparato, sino de mi dignidad echada a perder. No es que fastidie tener que pagar tú el cacharrito que equivale al sueldo de un becario, sino que no se te haya respetado lo suficiente el honor. Porque cuando destrozan algo que es tuyo hay como una tendencia natural a sentirse atacado en lo más íntimo, como si te estuvieran llamando gilipollas. Como si alguien te cogiera de la cartera dos billetes verdes y los tirara a la hoguera. Al final es lo mismo. Hay que redoblar los perdones. El bien en sí es lo de menos si el infractor no tiene la delicadeza de asegurarte que te repondrá lo que haga falta y esas cosas que se dicen en esos casos.
También me deformaron las gafas hace poco, en un salto mal calculado de Sahsi, cuyo grácil cuerpo fue a parar sobre mis lupas de diseño. Ay, cómo me dolió aquello. Qué hacer. ¿Berrear mi ira por la fractura del único objeto que uso todos los días y que me sirve para ver bien y que además me ve todo el mundo por qué está colocado justo en toda la cara? Pero me dolió más por tener que enfadarme con ella, con el mundo más bien, por algo que en el fondo es una nadería. Decidí tragarme el iracundo albodigón y me sentí algo más hombre digamos. Quien supera esas pequeñas putaditas puede aspirar a conquistar imperios, a ser más libre, quizá ese sea el lado bueno de todo esto, aunque en general prefiero que no me descojonen mis cosas, gracias.
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22.06.07 @ 02:32:33. Archivado en Misceláneo
Quiero ser un ser sumiso. No poner en entredicho mi natural determinismo cada vez que asalta una duda existencial: salsa gaucha Musa o curry con piña marca Heinz. Mis sesiones en el supermercado son cada vez más largas, y me provocan una mezcla de placer, altivez, sensación de libertad, de poder, a la par que una rara desazón y tembleque de rodillas, lúcida certeza del no poder nunca abarcar todo lo expuesto en los tentadores lineales. Dice algo sobre esto el gran periodista Manuel Chaves Nogales, en sus Narraciones Maravillosas:
Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada vez que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción insignificante de lo que poseen.
Oh, el drama de la libertad. La angustia es el vértigo de la libertad. El exceso de reflexión conduce a la inacción. El otro día me llegó una de esas cartas del banco que se rasgan con desgana, un poco por si acaso, más que nada. Me proponían no sé que tarjeta llena de ventajas y posibilidades adquisitivas. Decida cuánto quiere gastar cada mes y los plazos que más le convengan. ¿Gastar cada mes? ¿Cuánto gasto cada mes? Ni lo sé ni me importa. El dinero es un guarismo abstracto al que conviene tener un poco descontrolado, a su aire, como a un hijo problemático, sin prestarle demasiada atención pero sin perderle de vista. Destrocé automáticamente aquella pésima estrategia de MK directo: la virtud de la elección ha pasado de moda, ya no se lleva, señores publicitarios, ha muerto, ¡debe morir! El eslogan de ‘tú decides’ está más demodé que el saxofón, que las hombreras de Ana Torroja, que las camisetas de Iron Maiden, que los chicles sabor sandía, que las mochilas Mistral, que Jaime Urrutia, que ayer cumplió 49.
Estamos cansados de decidir. Cada día decidimos demasiadas cosas, queremos, yo al menos, gozar de la posibilidad de la escasez, o de una moderada oferta de yogures, por favor. El otro día me senté con Sahsi en un rutilante japonés muy para ese tipo de gays de provincias que se pirran por los colorines y todo aquello que huela a cosmofashion. Uno de esos con una cinta transportadora de minirraciones crudas y un poco mustias de comistrajos nipones, que se ven pequeñitos y se intuyen más caros quel copón. Aquello era un ir y venir de racioncicas coñazo, con nombres como de títulos de crédito de Super Mario BROS 3. Le pedí la carta a uno de esos camareros melifluos y de nacionalidad difusa, esperando que allí hubiera una oferta más o menos acotada, con la menor opción posible, pero no.
Nos largamos.
Esta noche he vuelto a cenar con Sahsi, esta vez en Méjico, La Mordida, calle Segovia, Madrid. De nuevo, la obligación de elegir se nos ha impuesto, como en una tiránica democracia participativa y tolerante. Tras varios minutos sin recibir las cartas, hemos colegido que los tablones de la pared con nombres platos escritos a tiza de colores debían de hacer las veces de carta. Y hemos acertado. Tacos, fajitas, enchiladas, refajitas, guacamoles, revainitas al queso azul, jalapeños al punto de cruz, chile temotliclán a las cuatro especias de Chihuahua, y así. Le pedimos unos tacos con no se qué, y para empezar una ensalada de nopales, así por experimentar. El pinche camarero wey nos aclaró que los nopales son la planta del cactus. Y en efecto, la jodida ensalada era un blandurrio cactus con aspecto de alubias verdes de la Rocha y cuatro doritos haciendo comparsa. Sabía a jabón y nada, como a queso fresco de Burgos y Heno de Pravia. Y la textura, no sé, entre pulpo y gomaespuma humeda.
Reclamo, imploro, exijo al sector alimenticio, hostelero y publicitario a que reduzcan al mínimo nuestra posibilidad de elegir, y que nos dejen disfrutar en nuestro tiempo de ocio. ¡Viva el menú del día, la tarifa plana y la moderación en la oferta láctea refrigerada!
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12.06.07 @ 21:33:30. Archivado en Divagaciones
Siempre fui detractor de los domingos por la tarde, como Sabina, cuando canta con desgarro lo de yo no quiero calor de invernadero, 14 de febrero, vecinas con puchero, columpio en el jardín ni domingos por la tarde. La luz azulona del domingo oprimía los espíritus infantiles, como en un adelanto del desencanto que acarrearía la madurez, algo serio y metemiedos. Como la musiquita, de Ry Cooder, Paris-Texas, que entonces se ponía en domingo (es el programa de la historia con más cambios de programación de TVE), precedido siempre de documentales de tribus con las tetas con forma de plátano de canarias, también maduro.
Sin embargo, encontré un día cierta paz, cierto optimismo, en las gasolineras domingueras, siempre en primavera. Siempre, también, por qué no decirlo, después de un fin de semana de sana juventud, de aquellos en que nos gustaba jugar a ser mayores, como las niñas juegan a cocinitas, pero en versión más adulta. Parecía fácil entonces, cá.
Las gasolineras, sigo, encerraban, y encierran, un toque de bonvivantismo saludable, compartido con guiputxis, riojanos, y oscenses de diverso pelo, reunidos por única vez bajo esas cuatro paredes llenas de productos anticongelante, revistas porno, sándwiches de pavo, galletitas dulces y saladas, pasteles Círculo Rojo, chicles Orbit y demás objetivos apetecibles. La prensa misma, a esa hora rara de la actualidad que son las ocho, se muestra tentadora, y a lo mejor compramos ese otro periódico, que resulta que está agotado, o incluso una revista de ciencia para iletrados en el saber empírico. A veces apetece, la verdad, cierto encuentro con esa cosa llamada ciencia, uno de los pocos reductos libres de agriados subjetivismos, que nos recuerdan —como dice Iulius Felix Catón que dice Catón— que “todo es átomos o vacío, y que el resto es opinión”.
Si uno se queda un segundo más de lo habitual en esos lugares de paso que son las estaciones de servicio, intuirá biografías amables, como la del reparador de persianas y otras chapuzas de Rentería que vuelve de dos días en la playa, el director de oficina de Caja Cantabria o la profesora de lengua y literatura, a media jornada. Parece, por un rato, que la vida es un poco como ese anuncio de Cepsa, sí, no, y todo es sí. Desconocemos el relato de las vidas agradables, como hubo un tiempo en que no se sabía de las vida de los marginados sociales, los sin techo, sin comida, sin esperanza, sin etc.
Y entonces la vuelta a casa del domingo, esos domingos soleados de los que hablo, con dosis de felicidad sobre la espalda, aún penetrando bajo la piel, como un apaciguador after sun. En el interior de los coches intuimos vidas llevaderas, que esta noche prepararán tortilla con cebolla y pimiento verde, y mañana lunes se levantarán con ilusión, porque por la noche es el cumpleaños de la abuela, y mira qué bien. Creo, amigos, que ya se por qué me gustan/atraen las gasolineras primaverales. Emanan el discreto encanto del bienestar. También porque nos pillan en movimiento, y sólo es durante el movimiento cuando logramos por única vez sentirnos quietos y tranquilos, con fe en el futuro, en el horizonte.
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11.06.07 @ 17:16:25. Archivado en Divagaciones
El arte moderno nos ha revelado la posibilidad de encontrar belleza en todas partes. Basta salir de calle para adentrarse en un constante MoMA, Reina Sofía, Musac, Guggenheim Bilbao o Centro Pompidou. Esto tiene sus cosas buenas, y sus cosas malas, como todo (o casi todo, yo no le veo el punto bueno a la tortura, por ejemplo). Una de sus cosas buenas es que el mero hecho de pasear vendría a ser como entrar en una de esas pinacotecas magníficas sin pagar los excesivos 12 eurazos que te clavan en Bilbo. Se convierte entonces la calle en una vitrina constante, y donde hay una obra de derribo ver una deconstrucción arrealista (el concepto del arrealismo, entendido como el próximo movimiento artístico contemporáneo, es propiedad intelectual de El náufrago digital, otro día hablaremos de ello), y en el hueco de una alcantarilla descubrir una restructuración del vacío de las que pirrarían al avinagrado Jorge Oteiza. En un ultramarinos con cartelitos a rotulador negro, y alubias pintas a granel y botes de conservas que no saben de Andy Warhol vislumbrar una nueva escuela del pop-art, iniciada por los atunes Ortiz, objetos cotidianos que se han colado ya en ese estadío mágico de lo arththisthico, con aroma a eternidad, como las sopas Campbell’s, el toro de Osborne o la Lea & Perrins Worcestershire Sauce, así como los tres marineritos de las cajas azulonas de Rice Krispies.
Algún redactor de manuales de Historia del Arte para cortos podría referirse a los vaivenes caprichosos en el aire de la bolsa de plástico de American Beauty como el punto de giro hacia el nuevo arte, el de la total sacralización de lo cotidiano, la expresión más depurada y llevada al extremo del pop-art. Puede que no le faltara razón, qué leches.
Lo malo de todo esto del mundo como museo es que uno puede acabar saturado, cansado, fatigado de tanto estímulo estimulante. ¿Cómo escapar de esa hiperestimulación de los sentidos? Bueno, reconozcamos que esto no es siempre así, y que todos ponemos siempre el chip del vigilante museístico que, pese a convivir entre excelsas, obras de artistas consagrados, se entretiene con una revista de programación televisiva.
No obstante, en un debate entre lo malo y lo bueno de ver arte en una bolsa de plástico ondeando en el aire, ganaría lo bueno. El metro, ese lugar tan fértil para artistas como ese que vive en Passy en invierno. Seguro que sería capaz de pintar esa gasolinera de la que al final no os he hablado, con tanto preámbulo de catálogo de exposición imposible.
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No es en sí uno de los siete pecados capitales, pues ya está el de soberbia, que es parecido y se define como el irrefrenable deseo de altos honores y glorias. Contra este pecado de la soberbia existe un antídoto, un remedio infalible, que es la humildad, leo por ahí. “Yo soy el hombre más humilde del mundo”, me espetó un viejo amigo cacereño, tiempo ha. La vanidad sería como el primo tonto de la soberbia, entonces, un virus más común y universal, que no se traduce en llegar a ser Mario Conde, sino a parecerse a él, y gastar la misma gomina brillante como unos zapatos.
Cuando uno descubre la potencialidad del ser humano, costosa, penosa y coñazo pero valiosa, de dejar vicios, de abandonar hábitos, lastres, conductas torcidas, y de optar por caminos más enderezados, a pesar de andar cual tuerto con muletas, se llega a ciertas conclusiones. ¿Hasta qué punto —aceptando un poco con el cerebro tapado que existe la libertad y tal— podemos configurar nuestra existencia de un modo autónomo, cual comunidad española descentralizada de las tiranías sociales que imponen conductas no siempre acordes con los deseos de uno?
La vanidad es un arma de doble filo. Por un lado, empuja al ser humano, pariente más o menos lejano de Narciso, a alcanzar metas lejanas y nobles. El ingrediente vanidad ha conducido a muchos hombres —más que mujeres, opino— a embarcarse en gestas extrañas como dar la vuelta al mundo en solitario en un velerito. Hay espíritu de superación, hay lucha contra el hastío, la apatía, hay muchas cosas, pero también hay vanidad. Yo di la vuelta al mundo sobre aquella cáscara de nuez llamada Spray. Y tú no. Por ejemplo.
Pero, oh, señoras, también esa misma vanidad benefactora puede volverse en nuestra contra, e instalarse bajo nuestra piel, y condicionar nuestras decisiones, de un modo invisible pero efectivo, como una de esas mujeronas mandonas y con maquillaje barato que dirigen los pasos del feble marido.
Es habitual ver casos de sumisión ante la vanidad, de flagrante calzonacismo ante esa intratable y violenta mujer con rulos y mala hostia mañanera que puede ser la vanidad. Biografías supeditadas a su complacencia, en trabajos que son bien recibidos e incluso admirados en torno a la mesa redonda de una boda, hoguerilla de las vanidades dó las haya, donde los hay que sacan a relucir su currículum, acicalado e hinchado para la ocasión, cómo no. Si uno es pertiguista de una peli de Álex de la Iglesia dirá que es productor sonoro del director vasco, si alguien se ocupa del alquiler de rulots del circo de Ángel Cristo dirá que es empresario del espectáculo, si una es camarera en un TALGO dirá que es auxiliar de servicios de atención a bordo, porque todo es vanidad en El Corte Inglés.
Recoñozco que yo también padecí de esos dolores, y me dejé engatusar por la diosa Vanitas. Me dejé embobar por los efluvios del guayismo más bobalicón, y soñaba en mis viajes en autobús con egolatrías de diverso color, que tenían que ver ora con el cinematógrafo, ora con la televisión, ora con la producción de documentales que ganarían premios en alternativos certámenes audiovisuales cuyas miembras del jurado irían sin sujetador, ora con los brillos de un renombre en el parnasillo del arte literario, con invitaciones a saraos en los que se exigiría etiqueta y genialidad en las intervenciones en los medios de comunicación.
Muchos de mis congéneres se dejaron también conquistar por esa nicotina perniciosa del pavoneo profesional, y mandaron sus credenciales a las empresas que más vanidad aportaban en la nómina, incluso se mudaron de domicilio porque la provincia apestaba a armario cerrado con ropa de abuela.
También se echaron novias más guapas que la tuya, para ser devorados por los ojos ajenos a la entrada de los bares, y hasta hipotecaron sus salarios para comprarse un trozo de suelo con paredes en las que construir una vida que era necesario apuntalar. No lo tenían muy claro, pero, ah, qué placer enseñar los cuatro balcones y la cocina espaciosa para lo que es Madrid, y este cuartito donde poder trabajar, pero que de momento usamos para planchar y guardar cosas. Y esta estantería tan amplia donde colocamos películas de directores siberianos con subtítulos en euskera que están super bien.
Pero no todo es vanidad. No caigamos en el maniqueísmo simplón. Nunca nada es todo del todo, excepto la nada (y el todo). Sólo noto desde hace tiempo la importancia de luchar contra ella, y como con el colesterol, tratar de controlarla y tomar sólo su parte buena. Saltar de su propia sombra, y andar por libre, lejos de su escote provocador. Sólo entonces llegará un día que, hecho el viaje con honestidad y sin tanta chorrada, se le llene a uno el ego con carácter elefantiásico al descubrir que, coño, al final se hicieron cosas.
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31.05.07 @ 02:20:09. Archivado en Misceláneo
Todos los lingüistas saben que eutanasia significa algo así como buena (eu) muerte (tanatos). Eu, es bueno. Eugenio: bien nacido; eufemismo: que suena bien. Por eso, ciertos vascos con chándal de domingo lo usan mucho para saludar a sus vecinos: ¡eu! Como diciendo, te deseo un ¡bien! general, buen día, buena tarde, buena digestión de la alubiada de Tolosa. Por eso, aunque sobre esto no hay consenso entre la comunidad académica, Euskadi empieza por esas dos letras benefactoras, pero esto ya es entrar en cuestiones que no nos atañen.
Yo quería hablar de cucarachas. Ayer soñé con ellas, soñé que me encontraba una por mi calle y la llamaba Gregor Samsa, y me costaba imaginar en ese cuerpo tieso y almidonado a un empleado alienado por la sociedad individualista europea de principios de siglo. Pero así es la literatura, capaz de eso y más. Quizá mi subconsciente esperaba la llegada de las cucarachas que en los albores del verano salen a la superficie, y corren alocadas cuando sienten un más que probable aplastamiento humano. Esto nos debe hacer pensar sobre el instinto, y su transmisión entre las diversas generaciones de cucarachas. ¿Cómo y cuándo aprenderon que el hombre —y la mujer— son capaces de aplastarlas? ¿En qué resorte de su minúsculo y pusilento cerebrín está registrada la orden que les hace huir despavoridas ante la inquietante presencia androide? Esta misma noche lo he experimentado. Me he acercado a una de ellas, he tamborileado los dedos sobre el duro suelo, y ha salido pateando que es gerundio la tía.
Hace poco hice un reportajito sobre fauna urbana: ratas, palomas y cucarachas. Hablé con un jefe de servicio de limpieza del Ayuntamiento de Ciudad Real. El hombre me dio una visión totalmente nueva de estos bichos. Renovó mi opinión sobre ellas, me hizo descubrir una conducta humana, mansamente humana. Daba gusto oírle hablar, pues hay mucho prejuicio sobre los animales, y demasiado menosprecio. Me contó cómo durante el invierno viven bajo tierra, en los saneamientos, en el alcantarillado. El frío no les sienta bien. Pero el calor achicharrante tampoco, así que cuando llegan las apreturas del verano, gustan de salir a refrescarse al anochecer, como esas parejas maduras que pasean después de cenar con un helado de nata en el típico passeig Maritim de agosto. “Salen a colonizar nuevas zonas, a explorar…”, decía el experto. Me reveló ese aspecto curioso, juguetón, de las cucarachas. Desde entonces me caen mejor, puedo decir que las conozco, aunque sea un poco.
Hoy, al volver a casa por la noche, ya digo que me he encontrado con algunas de ellas. He visto a las más audaces, a las Juan Sebastián Elcano de su colonia. Tres o cuatro. Una ya digo que ha puesto tierra de por medio en cuanto me he acercado en plan sir David Attemborough. Luego me he encontrado con otra, pero ha sido en un estado levemente dantesco. Un reguero de baba que terminaba en su cuerpecillo hacía pensar en lo peor. Me acerqué con actitud de Grissom y noté que aún mantenía las constantes vitales. Una de sus patas se movía aún, como parpadeando. Estaba en una esquina de la calle, como una puta apaleada e impagada. Sin duda alguien había cometido un cucarachicidio, pero se había quedado a medias. El bicho sufría, era evidente. Dudé si dejarlo allí, agonizante, desangrándose, o estamparle ese desagradable pisotón que incluye el igualmente desagradable crackcrack. Me armé de valor, y decidí acabar con el calvario del desdichado insecto aventurero. Crackcrack. Ya pasó, me sentí mejor, el mundo recobró la paz, el silencio. Después, metí la llave en el portal pensando en mi firme convicción en la eutanasia, y en cómo la cucaracha agradecería sin duda ese gesto firme y decidido de acabar con su lenta agonía callejera. Su muerte, pues, no fue en balde, sino un sacrificio redentor. DEP.
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Acabo de depositar la papeleta. Esta vez no ha sido en las azuladas aulas del instituto plaza de la Cruz, ese que me recuerda a un colegio británico de ciudad obrera tipo Manchester. Me he perdido por tanto una de esas tardes de domingo con las briznas del alcohol sabatino en las sienes, en que entra una euforia democrática controlable y agradable. Voté pues, hoy jueves, en una oficina de Correos de la Gran Vía de San Francisco, Madrid, y le entregué el sobre a un funcionario de horrible camisa estampada, destino, eso sí, los famosos institutos de las tardes dominicales del corazón de Pamplona.
Mi voto -tampoco lo confesaré del todo- ha tenido un mucho de neutralidad suiza. Me he desayuno antes un par de articulones periodísticos de estos que meten miedo. Dar el voto a Puras era poco menos que comenzar mañana a hablar en euskera, cambiar las academias de inglés por euskaltegis y el Canal 4 Navarra por la EiTB del famoso mapa de la discordia y el logotipo ese de la paloma que por cierto sería bueno que renovasen si es que aún no lo han hecho. Es evidente que hojeaba El Mundo.
Votar Sanz, y esto ya lo digo yo, era en cambio dar la confianza ('con-fianza en el futuro' es el fallido eslogan peperil) a un habilidoso demagogo (se le nota menos que a Rajoy) capaz de convertir a la masa ribereña en verdaderos ejércitos antivasquitas pertrechados de afilados espárragos arrojadizos o rabiosas oxidadas, igualmente arrojadizas. Votar Sanz equivaldría a dar la razón a aquella curiosa acusación reciente de IU Navarra que les reprochaba haber diseñado unos presupuestos “aburridos”. Votar Sanz supone la continuidad de esa Navarra del bienestar, pero de cierto malestar vital, sobre todo para ciertos colectivos que también son Navarra. Porque votar Sanz es dar votos a una Navarra monocroma, o bicroma, si me apuran, en donde el rojo foral sólo liga con el amarillo gualda. Un partido, el UPN, que busca la unión de los navarros, sí, pero bajo el paraguas de sus siglas, en el que cualquier concepto de navarridad distinto al suyo no cabe.
Votar PSN era el cambio. Pero, macho, vaya cambio. Un cambio con un Patxi Zabaleta de ‘primer ministro’, bajo la presidencia de la I República Foral de Nafarrorum de ese tal Puras. Un político éste que en los carteles de las cabinas de teléfonos me recuerda a un blandito y sosegado pan chino, y del que apenas sé nada, pues mi residencia por la vasta Castilla me priva de esa actualidad política (cosa que quizá sería suficiente para invalidar mi voto, pues quien vive fuera de su tierra básicamente se entera de la misa la media, opino yo, vamos, o sea). He estado tentado, en puridad, de darle mi voto a ese ser de angelical rostro. No lo he hecho.
No me he atrevido a hacerlo, señoras, así lo confieso hoy, en este día lluvioso de avanzadilla electoral. No me atrevo a introducir en las instituciones navarras el veneno del nacionalismo y el PSN no ha hecho sino flirtear con esa Nafarroa Bai que lo único que tiene claro entre su jumelaje de siglas es su apego a la Euskal Herria soñada (y manipulada hasta la sacieté).
Hoy me ha llegado un sms de este pelo:
El domingo se va Barcina y entre todos traeremos el cambio (Barkos). Recuerda: los fachas votan todos. Pasa
Me gusta mucho esta alegría ciertos nacionalistas y votantes de izquierda para llamar facha a todo el que no elija la papeleta “adecuada” y mofarse por sistema de todo lo que no va con su ideología de pintxo y zurito. Este leve pero feo tono faltón ha terminado de decidirme (fijaros en como se decide la democracia en ciertos espíritus confusos como el mío, ojito) para negar el voto a esa más que posible alianza sociativasquika que preconiza con duro carácter de profesora de matemáticas la tal Uxue. Así que al final he acabado votando sin mucha fe a un partido con el glamour y la culedad al nivel de un adoquín de la Estafeta, cuya sola visita a la página web provoca enormes ganas de borrarse de navarro. Luego me han sobrevenido una serie de dilemas sobre una posible pusilanimidad democrática por mi parte, que me han agobiado no poco rato. Me apetece el cambio, pero no me he atrevido a ser cómplice de según qué cosas, aunque luego me ha entrado un arrepentimiento raro por no haber sido valiente, arriesgado, joven y dinámico, etc. Me ha salido al paso cierta frustración por no encontrar ese partido ideal, esa media naranja política, o un 'menos malo' que me convenciera más. En cualquier caso alea jacta est, como decían los romanos que se bañaban en las termas de la calle Curia de Pompaelo.
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Sumergirse en una ciudad como ésta que es real es conocer el mundo, la sociedad, Occidente, Europa, con sus luces, sus sombras, sus semisombras, sus migas, sus gachas, sus busilis, sus aqueles, sus anaqueles, sus tratos, sus pensiones, sus quitame de allí esas pajas, sus este cura no es mi padre, sus de esta agua, que hay poca, no beberé.
Que nadie ose hablar mal de esta tierra, Ciudad Real, ni llamarla peyorativamente pueblo, pues si es algo, al margen de lo real o lo arreal, es ciudad. Entendamos ciudad como conjunto de varios miles de habitantes con una serie de derechos y deberes y un buen puñado de servicios que los pueblos de al lado no gozan. Quien comprenda el funcionamiento, básico, de ese complejo (pero inteligible) sistema de intercambios humanos que es un lugar como Ciudad Real, podrá ufanarse de intuir medianamente cómo funciona el mundo. Un poco como lo que ocurre en ese pueblo francés, Donzy, réplica de la realidad electoral gala.
Pues bien, este sábado se levantó Ciudad Real con algo así como un intento de escándalo urbanístico entre sus calles. El diario El País así lo hacía saber, con ese aire suyo como de justiciero de las fechorías de los especuladores de sombrero de ala ancha. Cargos municipales del PP compraron pisos tras declararlos protegidos. No entraré a pedalear moralmente en qué está bien o qué está mal, porque mi abstracto sentido de la justicia me hace pensar que tan mal está lo que hicieron los mandamases consistoriales como la actitud cuando menos pugilística y claramente partidista, esto es antipartidista, de los chicos de El País.
Por lo visto (y oído), los pisos en cuestión se edificaron en unos terrenos que pertenecieron a la antigua estación de Renfe, que pasó a mejor vida cuando llegó el AVE. El Estado, en estos casos, cede este tipo de metros cuadrados al Ayuntamiento, para que disponga según su parecer. Aquí creo que hay normas que dicen que o viviendas, o construcciones de tipo comercial, o públicas, o colegios, o guarderias, o taltal. Entonces los hombres de Paco (Gil-Ortega, alcalde) decidieron crear unos pisos de protección pública, que bautizaron creativamente bajo la denominación de origen municipal. Entonces, no sé sí con trapicheos o simplemente con caliente información privilegiada, concejales y diputados del PP se pusieron a comprar esos pisos a tan barato precio. Entre ellos la candidata a alcaldesa Rosa Romero (confesó el sábado en público que pagó 24 millones de pelas. “Un precio de vivienda libre”), el entonces alcalde y una diputada que dijo que se enteró por el periódico de la ganga. Ayer Barreda lanzó incisivos misiles sobre el tema: “Crearemos VPOs de catalogación oficial, no inventada de la noche a la mañana como hacen en ciertos ayuntamientos”.
¿Es abuso de poder lo que hicieron? ¿Es corrupción? Grandes palabras, supongo. Desde luego, demuestran una capacidad de aprovechateguismo de impresión, eso está fuera de dudas. De emplear en su provecho su posición de poder. Todo huele a pseudocorruptela de domingo: “Oye, que por qué no construimos ahí unos pisos baratos y los compramos nosotros”. Hicieron 150, de los que unos 4 pararon a manos populares directas, y supongo unos cuantos más que a varias amistades, ya que estaban.
El caso se ve que se conocía desde hacía tiempo, tres años lo menos. Que lo publicó un diario digital local, y que luego el PSOE ciudadrealeño manejó la información. Y que se la guardaron como un comodín de la llamada que emplearían cuando más lo necesitan. Y a quince días de las elecciones el principal periódico de la ciudad publica una encuesta en que pronóstica una derrota hasta deshonrosa para el grupo socialista. No hace falta ser el padre Brown para seguir la secuencia de los hechos, que acaba en publicación a bombo y platillo (y portada) en El País, a ocho días del gran día electoral del dichoso y feo asunto de los pisos.
De este affaire se podría hablar mucho y mal. Pero deja unas cuantas lecciones de cómo funciona el politiqueo, y el papel de la prensa como catapulta echamierdas. Porque la actitud del periódico es en sí loable, todo lo que sea criticar los desbarres de la clase dominante, sacar trapos sucios con ánimo corrector. Pero ya me convence tanto cuando sólo se hace con fines electorales, en contra de un partido concreto, al que se quiere frenar su escalada en intención de voto. Quizá pedir fair play político-mediático sea una ilusada en un país como Caína, porque aquí ha quedado mal tol mundo.
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14.05.07 @ 14:56:04. Archivado en Misceláneo
Hoy no sólo nos define el color de nuestros ojos, el olor de nuestro perfume, ora Pachuli, ora Christian Dios (escuché esto a un gitanako en un mercadillo ciudadrealeño), ora llanpolgotié. Tampoco las diademas que algunas chicas se calzan en la cocorota, con alegres calaveras, o esas pulseras de cuerda que gasta ahora Aznar y que proliferan en cierto pijismo, muy amante de colocarse esas pulseritas para darse un aire de malote de barrio de Salamanca. En esto de las apariencias no hay que olvidar su capacidad para el engaño. Bro me habló de un compañero suyo del cole, pringao de necesidad, que al terminar el bachillerato se hizo jevitorro. Su agudo dictamen es que detrás de esas camisetas de Metallica e Iron Maiden con olor a Axe se esconden almas melifluas, incapaces de eructar en la cara a un monaguillo.
Yo, por principio, desconfío de quien se ‘maquea’ demasiado. Algo trata de compensar, no sé, no sé.
Pues bien, aparte de todo eso, que ha existido siempre, ahora tenemos también las melodías de los móviles, que vendrían a ser de dos tipos: Personales e impersonales. Entre las impersonales habría también una subdivisión, porque la elección que se haga de la mimma implica cierta implicación personal. Sólo diré de ellas que la mayoría elige las más chungas, todas me suenan como a locutorio peruano de Bravo Murillo.
Y en el apartado de las personales, dentro de ese gran campo de libertad que es la personalización, hay más. Dijo Enrique Bunbury en una entrevista que la libertad hoy día se limita a las carcasas de los móviles y que son pocos quienes trazan con verdadera libertad su propia deriva. Ojo. En este punto, en lo tocante a politonos personales, digamos que también desconfío. Sobre todo en ciertas gentes de aire taciturno, a las que una inoportuna llamada de la prima del pueblo echa por tierra su trabajado rictus de persona madura, con el Riders on the storm, de The Doors, o el Ave María de Andrea Bochelli. Que la canción en sí puede estar bien, oiga, pero macho, que es un teléfono, coños.
En mi lugar de trabajo, son habituales esas interrupciones melódicas que le provocan a uno cierta vergüenza ajena, que dura unos cuantos tonos. Está uno de Julieta Venegas, qué lastima pero adiós, me despido de ti, que pena, adiós. Luego uno que me resulta especialmente incómodo, por lo deprimente de su mensaje: Je n’ aime pas travailler. Otro que me enerva es el silbido aquel de la peli Kill Bill, que además no acaba nunca, sobre todo cuando la persona solicitada está en el baño. También están los estruendorosos, una irrupción de sonido a todo decibelio como si de un amplificador Marshall de los grandes se tratare. No sé cómo puede caber tanto ruido en una cosa tan pequeña. Ah, y también está ese de Héroes del Silencio, con el antes citado Bunbury con su inconfundibles meandros vocales.
Y es que así no se puede trabajar, oiga. En la Ordenanza de Convivencia y Civismo de ciertos ayuntamientos deberían incluir un apartado referido a móviles y sus excesos. Pienso ahora en uno al que yo no enviaría del todo al paredón, que hasta me gusta cuando suena. Son unas pocas notas, agradables como la pielecilla de los percutores blancos del piano. Tinaninaniiina… Cheers. Es el único que no me parece estridente, ni llamativo. Y ej que un móvil comunica mucho, demasiado.
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Continué mis interpelaciones a los amables viajeros, y sin darme cuenta me colé en el vagón de primera, ese en el que la gente paga más para que no le den la murga. Para no aguantar a abuelas de esas que atosigan de cariños por el móvil a sus nietas relamidas, o a bebés que lloran como arrepintiéndose de haber llegado a este mundo, que parece piden cuentas a Dios. Casi al final del tren, porque los vagones de primera suelen ser el extremo, esa zona recogida tras la cafetería, en el que, fíjate, nadie cruza con paso cimbreante de borracho de un coche a otro. Total que ahí estaba, ajeno a esa pequeña intromisión, pidiéndole a ese hombre de unos sesenta con aspecto de votar a Bayrou unas declaraciones para mi periódico.
Me senté a su lado y, obediente, me contó su rutina con el AVE, su relación con esta máquina que achica distancias. Iba todos los días a Madrid, en coche, de lunes a jueves, a supervisar obras. El tren no le servía, porque luego tenía que ir de un sitio a otro, y depender de taxis era un jaleo. Pero el viernes, el cuerpo le daba un toque, le pedía aire, un respiro, y entonces se dejaba llevar por la Alta Velocidad. Una pequeña tregua, un rato para leer un poco la prensa, y pensar en el fin de semana, y en su finita paz. Se le notaba un deje de resignación, de esa de la que los hombres pudientes y felizmente burgueses apenas pueden proferir, no sea que se te echen encima. Ese día, no había escuchado el despertador. “Ha sonado y, sinceramente, no lo he oído. Yo debía estar a las 9 en Madrid”. Y eran las diez y media.
Le pregunté si le compensaba ese cansino ir y venir, y ahí es cuando le entró un aire digamos que filosófico, hondo, reflexivo, crítico consigo mismo y con el mundo de bien que le inculcaron en su casa. “¿Y qué es lo que compensa?”, me dice como suspirando. “Es el ritmo que nos hemos marcado...”. Luego añadió algo de insólita franqueza. “Puede que ganemos mucho dinero, pero de qué te sirve si el cuerpo no aguanta ya”. Pensé entonces en la figura de quien trabaja de firme para llegar a una cima, a unas cotas altas que, una vez conquistadas, apenas tienen sentido. Como si mirara atrás y ni siquiera le gustara el camino recorrido, tan lleno de zancadillas, escozores, desasosiegos y esfuerzos con recompensas a fin de mes, pero poco más.
Luego ya cambió de tercio, tras ese fulgor de sinceridad, esa pequeña confesión de cierta pesadumbre existencial, ese rayo de lucidez ante lo absurdo de una vida entregada a unas convenciones sobre el éxito, que luego se cuestionó si no serían más bien fules. Me habló entonces de la desaforada construcción de chalés en Ciudad Real, que se los iban a “comer con patatas”, pues la cosa de hacer de aquella ciudad un dormitorio de Madrid no parecía que fuera a cuajar. “Un día, dos, tres, te haces 400 kilómetros al día, y bien. A las semanas empiezas a ver que tu proyecto personal se viene abajo”.
La ecuación dinero = felicidad sigue pesando, prevaleciendo, en muchos diseños de vida. No entraré ahora en tan manido y hasta pueril tema. Que cada uno juegue sus cartas como pueda, y aproveche sus comodines, si es que los tiene. Sólo quería destacar ese quejido del burgués, del empresario de la construcción que ve que se acaban sus días, que se fueron hace mucho sus mejores años, pero que sigue teniendo que conducir cuatro horas cada día, comerse sus atascazos, ir de la ceca a la meca, resolver a cada marronazo técnico de edificación por jornada y, al llegar al casa, prepararse un nescafé capuchino con leche Omega3 y sacarina Natreen y, además, dar gracias por la suerte que tiene, frente al hierático televisor Bang & Olufsen, donde pasan una comedia de Jack Lemmon que no tendrá tiempo de ver hasta el final.
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El pasado 21 de abril, como muchos sabréis, se cumplieron 15 años del primer trayecto del AVE Madrid – Sevilla. Últimamente, paso algo de tiempo sobre estos vagones, así que la efemérides me dijo algo, porque los cumpleaños sólo importan si son de algo o alguien que te interesa, y no sé por qué digo esta obviedad.
Me tocó, en mi rol periodístico manchego, hacer una crónica “humana” de los viajeros de un día cualquiera del servicio Puertollano–Ciudad Real–Madrid. Así que me convertí por unas horas en periodista/viajero, una especie de Kapuchinsky del bienestar.
Hubo gente simpática y amable, pero otros que no estaban para muchas diatribas matinales, por ese poder disociador que tienen los trenes, que en seguida nos ponen la cabeza en ese otro lado, el de las reflexiones, evocaciones, recuerdos y misticismos de mp3. Hubo alguno que, ante mi requerimiento, me soltó un “tío, estoy medio sobado, lo siento”, o un viejales vinagroso que me reclamó una acreditación que no llevaba. La gente no sabe practicar el respetable y válido ejercicio del decir no, y se encastillan y lanzan respuestas hoscas y cargadas de aceite verbal hirviendo. Coño, que no pasa nada por decir, “no gracias, lo siento”.
Me encontré en los pasillos con empleaditos de El Corte Inglés, estudiantas jóvenes aunque sobradamente preparadas de Química, funcionarios acomodados en su aburrimiento, profesoras maestras en el arte de conciliar ocio y trabajo, y así. También al prototipo de español de los años cuarenta. Sí, un tío chupado, pelazo negro bien peinado, narigón griego, penumbra de barba y aspecto noble, fiel, de buena persona, vaya. Aparentaba sus buenos cincuenta, y cuando le pregunto su edad después de que me contara que era currante —oficial— en el Edificio de Comunicaciones de Madrid, me dice que 35. ¿Cuántos? 35. Y yo ¿treinta-y-cinco? El tío no parecía estar bromeando, ni mucho menos, ni tampoco se extrañó de mi pregunta. Tenía 35, esa edad en que en otros tiempos, en ciertas tierras olvidadas como Ciudad Real, no se hablaba ya de juventud, ni otras chorradas. Se era niño, brevemente joven, mozalbete, zagal, y luego ya hombre, después viejo y a cascarla. Le gustaba el AVE, le parecía cómodo y todo eso. Se le hacía llevadero el trayecto diario a la capital desde hacía ya casi un año. En otros tiempos, en su verdadera época (aquel hombre no era sino un anacronismo humano) le habría tocado ir en un vagón traqueteante, a las minas de mercurio de Almadén, supongamos, y fumaría su tabacazo negro de filtro blanco, y se pimplaría sus buenas copas de chinchón, o directamente un vinorro de Valdepeñas. Tendría también esa cara de hambruna y la mirada inexpresiva de quien sólo ha visto llanuras, y de quien no quiere ver tampoco otras cosas.
Y mañana sigo que sino esto queda muy largo…

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25.04.07 @ 01:05:01. Archivado en En el Moleskine
Juraría haber colgado un post que ahora no existe. No sé si ha sido fallo mío, del editor, o que mi mente me ha jugado una mala pasada y se ha inventado esa acción que no he cometido. Entonces, definitivamente habré entrado en el reino de la locura, en el que la memoria introduce elementos inventados, y uno juzga cosas que no ha hecho, y recuerda cosas que no ha vivido, y opina sobre aspectos que no ha leído, ni conoce, pero que cree que sí. Qué mal rollo da pensarlo. Sí, vale, habrá sido un fallo técnico, como el de Ana Rosa Quintana, pero siempre hay lugar para esa siniestra duda. Como juego macabro, desde luego, achanta un rato.
El caso es que decía, que con motivo del ya pasado Día del Libro, me pidieron un cuentecillo los de Diario de Noticias que tuviera que ver con García Márquez, sus ochenta años de vida, y sus cuarenta de éxito literario postCienAñosDeSoledad. Y saltándome un poco las libérrimas normas del Estatuto del Blogger que yo mismo inventé, allí va el microrrelato en cuestión:
Pescaditos y dinosaurios
Cuando despertó, los pescaditos de oro todavía estaban allí. Augusto Monterroso había leído Cien años de soledad mucho antes que tú. El propio Gabo le pasó el manuscrito, un montonazo de folios color gabardina con manchurrones de café entre las líneas serpenteantes de Macondo. “Léetelo, y me corriges las erratas”, le sugirió. Monterroso se tragó aquel legajo de un tirón, desatendiendo sus quehaceres cotidianos. No regó un ficus cingalés que ofrecía una sequedad vergonzante a las visitas. En ningún minuto miró la hora, ni pensó en antiguos amores; no se escrutó ante el espejo, ni hurgó en las concavidades de sus orejas de arrecife. Tampoco pensó en atracar ninguna frutería, ni pegar a ningún padre, ni ocultar datos a ningún oscuro revisor de la luz. Sólo quiso con toda su alma superar la obra de ese sudaca con ínfulas cervantinas.
Aquel día algo nublado de mediados de los sesenta, vivió un siglo de soledad en una misma jornada, y se sintió como más acompañado, pero preso de una envidia endecasílaba.
Años después, le encargaron una conferencia sobre García Márquez y su capital obra. Su mente, aguda e incisiva antaño, le recordaba ahora al inmenso y cimbreante trasero de una criada de la niñez. Evocó entonces la obra del colombiano, y sólo una imagen le asaltaba: los pescaditos de oro que el coronel Aureliano Buendía producía mecánicamente, náufrago en Macondo, robinsón afeitado que construye para no desvanecerse.
Los pescaditos. Sólo de eso se acordaba. “Qué cosas”, se dijo, antes de estirar la pata en su piso mejicano, con una amplia sonrisa malsana. Pensó antes en el puñetazo en el careto que le propinó Vargas Llosa a Gabo el 12 de febrero de 1976. Y en los pescaditos. Él, Monterroso, con tan sólo una magistral línea, a lomos de su dinosaurio, había conquistado el parnaso, la eternidad, al margen de nobeles y demás zarandajas.
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20.04.07 @ 00:16:44. Archivado en En el Moleskine
Es un mes que cantan mucho los argentinos, supongo que Gardel, no recuerdo dónde, pero sobre todo Calamaro:
Te quiero pero te olvidaste abril
en el ropero...
Un día caí en que el abril de esa mitad del mundo es justo lo contrario al nuestro, una especie de mes vuelto del revés, un calcetín temporal en donde la primavera se vuelve otoño y el verano invierno. Sobre esto se ha escrito, pensado, teorizado, ensayado, poemizado, versado, versioneado, divagado, pedaleado y compuesto poco. Pienso de repenete en unos versos del archicitado por estos pagos Ángel González (mi cultura poética es pírrica, como se ve, perdón, quiero decir, mínima), que dice de este modo:
Cuando es verano en el mar del Norte,
Es invierno en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los baladros soleados arrastran por la superficie del Pacífico sur bellas bañistas.
Sostengo que no somos conscientes de la sincronía de las estaciones, creemos vivir en un invierno o veranos expansivos a todo el globo terráqueo. A mí al menos me pasa, y supongo que no seré el único.
Pero dejadme que os hable de abril, ese mes tan misterioso copado de resonancias sevillanas, y nombres de fragancias creadas por esos dos diseñadores que se acaban de casar. Es más que eso abril, porque no se deja definir tan fácilmente. La primavera es un verano con accidentes, dijo uno. Pues vale. El caso es que abril es cada año distinto, porque el calendario lunar del que depende la Pasión de Cristo acarrea un mes que no se parece nunca al anterior, en un desorden calendarístico que descoloca a los entomólogos del paso ordenado de los días. Eso lo hace más atractivo, claro.
A mí casi siempre me pasó inadvertido, como una antesala, un pasillo, unos metros cuadrados inútiles de los que no existen en los pisos madrileños, hacia esos triunfantes mayo y junio. En esos dos meses, en Pamplona (pongamos el chip Arazuri), la heladería italiana abría ya sin timidez, y anunciaban sus helados “especiales”, como aquel de yogur de manzana o el de kiwi. También había unas exóticas vitrinas con elementos italianos, cuando Italia aún nos parecía exótica, como la relación de los ganadores de los Giros. Nunca supe si esos italianos heladeros lo eran de verdad (que sí que lo eran), puesto que nuestro intercambio comunicativo no era el suficiente para descubrir un acento revelador. Uno de pistacho de una bola. Aquí tienes. Gracias. Abril era una primavera sin tómbola de Cáritas ni el runrún presanferminero e intimidatorio de finales de junio. Un mes rebelde y mutante, al que quizá infravaloré. De pronto, uno lo redescubre, agazapado como estaba en la vitrina de los meses de complicada definión.
Hace poco sentí que me daba un poco igual el tema de las gamas cromáticas de la primavera, incluso hice el cambio de hora con gesto seco y rutinario, como diciendo, “sí, sí, muy bien, venga, venga”. Me enfrenté al calendario como un soporte de los días y las horas, como un continente funcional de la vida. Luego me preocupé por esos síntomas y, por suerte, logré curarme, y escuché un cuarteto de cuerda con esa sonoridad especial de la música en primavera (es sabido que los violines suenan mejor en primavera). Ahora, si me roban el mes de abril, al menos me daré cuenta.
No todos pueden decir lo mismo.
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12.04.07 @ 14:34:07. Archivado en Divagaciones
Hace poco me presentaron a un poeta ciego, de Bilbao, se llama Asier. Tenía los ojos blanquecinos, lechosos como la Vía Láctea, muy parecidos a esas canicas blancas que tienen los peces muertos por instrumentos de visión (joer, no hay sinónimos para ojos), y que sé de alguno que los paladea con fruición.
En seguida hicimos buenas migas, en el bar El Maño de la calle San Vicente Ferrer o La Palma, no recuerdo. Me empezó a hablar de sus lecturas, con una cultura insólita en estoy tiempos que se corren. Citaba a alguno de sus maestros y, en plan teatrero total, hacía una aparatosa reverencia en sentido vertical hacia abajo, que me provocaba la risa y me descolocaba un poco. Javier Marías: maeeestroooo y se agachaba. Pere Gimferrer: qué graaaaande, a sus pies. Y se agachaba. Felipe Benítez Reyes: hombreeee. Y lo mismo. Conocía mucho de la poesía de Benítez Reyes, al que él llamaba “Felipe”. Se había leído el tío esas dos obras cumbre de la novela española reciente que son El novio del mundo y El pensamiento de los monstruos. Estaba hablando con un ciego sobre Yéremi Alvarado o Walter Arias, ¡ver para creer! Luego me dijo que era poeta, y que todo el día estaba ¡viendo imágenes! Me recitó alguno de sus versos, y en ellos había detalles gráficos como cuando las mujeres se colocan dulcemente el asa del bolso en el hombro. Era todo un misterio aquel rapsoda invidente, y preferí no hacer preguntas sobre su particular modus operandi poético, aunque os prometo que me quedé con las ganas.
Tenía algo de destensado hablar con él, puesto que no había que estar pendiente de asentir con los ojos, de mirar a la cara, de agudizar el gesto de interés que producían sus comentarios. Incluso uno podía comerse una de esas emperifolladas tapas de ensaladilla rusa que se deconstruyen con sólo mirarlas. Daba igual que la mayonesa se me apegotara por los morros, que la charla seguía, Cela, Cortázar, Pombo, de Prada, Vila-Matas, Coetzee, y tan a gusto. Esa debe de ser una de las claves del arte de la conversación, el no mirarse de frente. Pensad ahora en los viajes en coche, en esa acertada disposición de los cuerpos, piloto – copiloto, mirando cada uno al horizonte, y en cómo la conversación brota como la lava de un volcán no muy salvaje. También ahí reside el éxito del paseo: cuando hay una cuestión algo difícil de resolver, un paseo, con los ojos libres de miradas, es muy eficaz. “Demos un paseo”, dice la gente. (Los procesos de paz deberían solucionarse con paseos. Aunque yo mandaría directamente a paseo a esos fascistas con chándal.)
Leí hace poco un artículo muy interesante en la Muy Interesante, firmado por Antonio Muñoz Molina, sobre el blanco de los ojos y la capacidad de los seres humanos para expresarnos con ellos (el amigo Asier estaría excluido de este estudio). Dice Muñoz Molina –post lectura de La mente de par en par, de Steven Baker— que los humanos somos los únicos primates superiores capaces de mirar de soslayo, y que éste es un modo de comunicación previo incluso al habla. Gracias al blanco de los ojos, el interlocutor sabe también hacia donde mira el otro, cosa que los monos solo deducen cuando hay movimiento de cabeza. No decimos nada nuevo con que los ojos son el espejo del alma, y que una mirada comunica más que mil palabras, etc. Pero es que cierto. Las palabras, la expresión, el discurso, no dejan de ser un soporte formal de un mensaje que queremos transmitir, pero toda la envoltura que rodea a esas palabras (miradas, gestos, formas de girar la cabeza, de asentir), transmiten tanto o más de la otra persona que la chorrada que esté diciendo en ese momento. Quizá por eso haya tanto adicto a internet, el e-mail, los sms y el mesenyer: allí no hay blancos de los ojos delatores.
Mi colega ciego parecía un tipo feliz. Era un gran conversador. Vivía al margen de las miradas, que no suelen ser siempre de aprobación, y eso puede que sea un privilegio, según se mire.
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04.04.07 @ 13:17:53. Archivado en Husma literaria
Lo leí en Diario de Navarra, a ese singular personaje que vive en Madrid (el exilio navarro daría para una honda reflexión, si nos ponemos), que responde por Ramón Irigoyen, hombre de judía napia, tan prominente como la del poeta del que hablaba: Irazoki, Francisco Javier.
Creo que el mundo necesita de la labor de los seleccionadores de talentos, entre el volcánico marasmo de cultura que nos rodea, y a la que nos acercamos confusos sin saber por qué decantarnos. Si alguien quiere iniciarse en la poesía, ¿por dónde empezar? Un amigo me recomendó Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma, un libro sin duda fundamental en esto de la poiesis, del que no entendí nada, y que provocó en mí un distanciamiento poético serio. Como si uno quiere descubrir qué es eso del teatro y le endilgan un obrón de Calderón de la Barca, dramático dramaturgo en mi opinión, capaz de hacer del menor enredo un enjambre insufrible. Por todo ello, se hace necesaria la figura del seleccionador cultural, más allá de intereses crematísticos, personales o de turbio jaez de los suplementos culturales. Una vez seguí una recomendación musical del EP3 y fue fatal.
Pero volvamos a la poesía y sus desencuentros. También lo había intentado antes con otros grandes, JRJ, Lorca y hasta Machado, pero mi resultado era siempre parecido: bellas palabras que pueden evocar cualquier cosa que ajustan a la aquella propiedad conmutativa en que el orden de los factores no altera el producto: Hoy es siempre todavía. Ayer fue miércoles toda la mañana. Todavía es ayer siempre. Nunca mañana será hoy. Anteayer fue martes por la noche, y hoy será mañana, si tú quieres, paloma mía.
Así que renuncié a consumir poesía y me dedicaba a buscarlas por las droguerías López o Varela de Pamplona, mientras esperaba mi turno para comprar pastillas Puntomatic, o mientras paseaba por los soportales miguelsanchezostizianopascualianos de la plaza del Castillo, con su madera negra de siglos, abombada por el gravoso paso del tiempo. Ya que los poemarios no me daban poesía sino inaprensible humo lírico, encontraba versos en la sombrerería Aznárez (hoy desabrida inmobiliaria), en los pintxos de tortilla del Cinema con prensa local, o por intensas callejas como la de Dormitalería, Redín, plazuela de San José y demás itinerarios con enjundia, como las pasarelas del Arga, hoy una horterada de pseudodiseño.
También buscaba poética en la prosa, y los ojos me pesaban al leer cada frase como si fuera la última y definitiva, y la página se me volvía borrosa y la novela tomaba un color lechoso, unos vapores que me aturdían el sentido hasta sumirse en un complejo y alambicado reino de lo imposible, frito total.
Pasaron los años, y tuve ocasión de conocer a un anciano Ángel González y asistir a lecturas poéticas de sus textos, con su voz áspera y limpia a la vez. Precedía cada lectura de un comentario del texto, que situaba aquello en su contexto. Esa imposibilidad de escapar de un franquismo asfixiante, presente en tantos poemas, como Porvenir y que plasma sin piruetas retóricas: Te llaman porvenir, porque no vienes nunca.
Pero pasa una cosa también con la poesía, y es que cuesta agarrarse a cada palabra, pues somos seres inmersos en una velocidad tal que es mucho pedir volver a empezar, releer, rerreflexionar, dilucidar, adivinar qué leches se ha querido decir. Sobrevolamos los versos y con penoso esfuerzo logramos asirnos a ellos, y exprimir su zumo como un mosquito tigre hace con una vena cándida. Por eso celebro ese pequeño gran descubrimiento que Irigoyen, con su columna seleccionadora, me ofreció un día de febrero. Irazoki, Los hombres intermitentes (Hiperión), donde se practica el poema largo, en prosa, que en su mayoría se entiende, porque evoca a cosas tan simples como bellas. Extracto de Tonta mortífera:
...Ella creció descuidada; es decir, bella. Tenía una esbeltez turbadora, y la perfección de sus facciones estaba protegida por una piel fresca. Sus contoneos los observábamos con la sensación de un licor que, quemándonos, bajaba despacio al estómago. Era la tonta…
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27.03.07 @ 14:27:04. Archivado en Husma literaria
Supongo que nadie me ha dado vela en este entierro, y que no conozco lo suficiente el cúmulo de desaciertos verbales que entre unos y otros han provocado este enésimo arrinconamiento de la vida pública, literaria y navarra (sí, suena raro) del mayor experto y apasionado de hasta los más mínimos detalles de la vida de Pío Baroja. Para evitar caer en la hagiografía, por lo cercano que me toca el tema, evitaré poblar este post-denuncia con un recuento de halagos sobre el hacer de esta bestia literaria, de este personaje a contrapelo, autor de miles de páginas cargadas de esa luz amarilla (que diría Pascual). Un ente valioso como sólo son las cosas valiosas, las que actúan sin esperar gran cosa a cambio, más que seguir esa voz interior, con fidelidad, con fe en los sueños propios, dictados por cierto por una marcada hondura humana.
Me refiero a Miguel Sánchez-Ostiz, ese escritor total, integral, infatigable, al que han dejado fuera del cartel del próximo Congreso de Estudios Barojianos, que se celebrará en Pamplona los días 20, 21 y 22 de abril, en un precioso edificio junto a la catedral de Pamplona en el que estudió un púber Baroja hacia finales de milochocientos.
Un congreso de Baroja sin Sánchez-Ostiz. Incomprensible. Como un seminario sobre el mal de las vacas locas sin Juan José Badiola, si se me permite la chanza, o un simposio sobre calles de Pamplona sin el difunto José Joaquín Arazuri.
Mientras escribo esto doy una vuelta por la Red, y llego hacia ese reducto de buen periodismo bloguero que, precisamente me dio a conocer el propio Miguel, y que firma el corresponsal del ABC en París, Juan Pedro Quiñonero. Veo que allí la indignación viene de antes, y que se habla de secuestro y ostracismo, ante ese mismo congreso, organizado por Juan Ramón Corpas, que por lo visto es quien decide quién va y quién no. También me sorprenden gratamente los comentarios hacia la última obra de Sánchez, que hace el amigo Q, que aún no he leído. Dice que es uno de sus mejores libros, criatura resultante, por cierto, de su crónica de viajes y tesoros La isla de Juan Fernández, de la que este blog, por cierto, se impregnó grandemente a la hora de ser definido.
El caso es que las relaciones de MSO con los poderes siempre ha sido todo menos idílicas. Recuerdo una visita que le hice al Baztán, en plan escritor novel titubeante y timorato que acude al maestro, en que no se cansó de darme un oscuro consejo, si es que mis tiros iban por lo de escribir y tal y moverme por entre aguas editoriales y tal: “De mí no sabes nada. No me conoces. Eduardo, tenlo claro. A mí, ni citarme. Hazme caso”. Como ven, me he pasado por el orto sus preventivos consejos de outsider demasiado apaleado por un entorno que le ha cerrado muchas puertas: universidad, periódico y, como vemos ahora, congresos barojianos. Una pasión, esta del barojianismo que, como todas las pasiones, sean de papel o de muselina, le han dejado más que magullado. Si Baroja se subía al árbol del cuco del Bosquecillo a soñarse robinsón, quizá Miguel Sánchez-Ostiz se veía un Baroja, ese joven y gallardo Baroja que alternaba por la calle Mañueta, “donde había un frontón popular, y cafetines donde pululaban los soldados y los sargentazos, dados al cante, a la guitarra, al juego y al humazo. Pío Baroja debía de tener ya un carácter de verdad turbulento, que luego domeñó como pudo y que le jugó algunas malas pasadas” (Pío Baroja, a escena, 2006).
También el carácter de Ostiz le ha jugado malas pasadas, y quizá también ciertos artículos más que mordientes cuando tira “porque le toca”. Pero que ciertas acritudes del carácter se lleven al extremo de esa tristísima ausencia, encogen a uno el alma como una lluvia de domingo de noviembre, achantan, meten miedo, como diría el propio aludido. Que los enconos personales lleguen a ese punto es del todo lamentable, y aquí me da que el sobrinísimo Pío Caro Baroja va metiendo cizaña. Un congreso, por tanto, que nace cojo, tullido, pese a su plantel lleno de interesantes fichajes, y que sugiere que más que para “estudiar a Baroja” se ha montado con no sabemos qué filisteas intenciones.
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“La realidad no existe”, dijo ese barbas con sonrisa. Tampoco delimitó bien su máxima, ni puso mesas como ejemplo, ni pellizcos que pican, como argumentos opositores a su tesis. Pero la idea, como tal, me sorprendió, y me obsesionó un poco, como me obsesionó en su día la cosa del determinismo, y aceptar la humildad de que nosotros, humanos, no estamos hechos de una pasta tan especial como para escaparnos de la incontestable ley de la causa/efecto. Sin embargo, dos y dos no son siempre cuatro, por eso, estimados miembros de la Academia de Baile, uno no se rinde ante el materialismo empírico. ¡Rebeca!, de Gómez de la Serna:
- Lo que no te admito a ti ni a nadie es que dos y dos son cuatro. En esa fórmula está la primera mentira de todas las suposiciones…
- ¡Hombre!, ¿entonces dos y dos cuántos son?
- Desde luego no son cuatro sino en último término y por casualidad… Para que fuesen cuatro los cuatro unos tendrían que ser iguales y ya ni en lo abstracto se puede admitir esa identidad.
Esto de meterse a filósofo por un rato tiene la excitación del diletante que triunfa una noche de lunes en el café Gijón con su soneto apolillado. O la del jugador de bolos que arrasa en su estreno y se cree capaz de todo en esa noche. A veces, el filósofo espontáneo siente que, en su limpieza, puede llegar incluso más lejos que todos esos postulados casi matemáticos que convierten el saber en un código exclusivista para sesudos de andar por campus. (Algo de eso sabe cierto penitente en Sheffield, autor de un blog no apto para cardíacos del logos.)
A veces veo la realidad como un post en blanco, un periódico sin tinta, un calamar sin letras de molde, una tabula rasa sin patas, un torso sin pezones, una agenda sin días, un campo sin puertas, un museo sin paredes, una manifa sin pancartas, sin banderas, sin dirección, recorrido, megafonía, gente, ganas, calles, política. Como un Berlín sin muro, una Europa sin fronteras y un planeta sin continentes.
Todo está inventado, supongamos, para huir de esa verdadera realidad que es la nada. Ciudades, canciones, libros, poemas, ideologías, departamentos de filología, estudiosos de Calderón de la Barca, analistas de la bolsa, que hablan sobre esa genial invención, esa convención para darnos algo que hacer a los occidentales, que es recopilar dinero. Todo es producto de los hombres, menos la lluvia, el dolor, el sexo y cuatro cosas más.
Quizá ese sea el destino, uno al menos, la función de ser hombre —y la mujer. Ir creando cosas, más capas, niveles, que nos alejen de ese hombre-esencia de las cavernas: silogismos, sistemas filosóficos, códigos semióticos, submarinos. ¿Y qué pasa cuando el hombre descubre la esterilidad de todo aquello, cuando no se cree su propia trampa, su propia terapia ocupacional, ese redentor encebollamiento existencial? Lo dice un ex – ministro de la RDA, caído el muro: “No vivíamos mal en nuestra pequeña República. ¿De qué escribe un escritor en este mundo sin ideas, sin enemigos contra los que luchar, sin causas que defender?”.
A lo mejor ahí resida la clave. En crearse cada uno su pequeño Berlín Este, su pequeña República de IKEA y no pensar mucho en que la realidad es una invento como otro cualquiera, un estado de conciencia tan endeble, parcial, oscilante e inasible como el sueño de un niño salvaje bajo los efectos del peyote. Ay, pero no siempre somos dueños de nuestros pensamientos…
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15.03.07 @ 12:46:41. Archivado en Divagaciones
“La realidad no existe, la inventamos cada día”. Entonces lo que existe es una invención de realidad, real en cuanto que es invento, digo yo, vamos, o sea. Decía un psiquiatra español muy prestigioso que el fin último y supremo del hombre —y la mujer— es la creatividad. Todo es crear, diría un totalitarista. Pero bueno, pensemos en Dios, y su subnick: padre creador, y todopoderoso, nada menos. Me sorprendió esa máxima de un tío que he conocido, colombiano de Medellín, cuyo fin último en la vida es la risa. Todo lo enfoca hacia la risa, tesis doctoral incluida, con uno de esos títulos nada cómicos que tienen las tesis, con su pretensión de acotar el saber y encuadernarlo. Lo que pasa que tiene un punto sombrío ese hombre que no sé yo.
El caso es que esa frase, con la que seguro triunfaría en más de un cenáculo sudaca, se me quedó grabada. Piensa uno en las ciudades -siempre estamos inmersos en ellas-, y no caemos en que son mero artificio, un decorado del desierto de Tabernas sólo que un poco más sólido, más duradero, con bulevares que apenas han cambiado en doscientos años, como el incómodo adoquinado del paseo del Prado, que cansa las ruedas de los coches. Madrid, Pamplona, Ciudad Real, Sheffield, Miranda de Ebro… todo son creaciones absolutas del hombre, eso que se llama civilización y que yo tanto admiro, pese a la reprobación de Latinajo de Híspalis, que parece ver en la vida alegre del campo, los arroyos y las vacas pastando la máxima expresión del ideal humano. Me identifico más con un romano que con un vascón, y no sé por qué, y no sé si es bueno. Puede que sea influencia también de mi estimado tío Iulius Felix Catón, defensor la ingeniería civil y demás hallazgos de ese pueblo que tanto moldeó la Historia como fue el romano.
Madrid se me hace en ocasiones una prisión de ladrillo con las puertas abiertas, un laberinto en que conocemos el camino, del que además no queremos escapar. Sí, el otro día me sobrevino la siguiente y peligrosa idea en forma de certeza (sin alcohol): “En las grandes ciudades no se hacen cosas”. Volviendo a aquella feliz idea del difunto profesor Gonzalo Redondo (“La cultura es lo que hacen los hombres”), mucho me temo que los latifundios inmobiliarios como Madrid imposibilitan ese hacer cosas fructífero y constante que es la cultura con minúsculas. Basta darse una vuelta por la mayoría de conversaciones urbanitas: giran en torno a los conocidos, a bares y calles, al trabajo, al universo relacionado con el piso y sus moradores, a la actualidad más actualizada, a cierta culturilla de guía del ocio alternativa y poco más. La gran ciudad anula la posibilidad de ‘hacer cosas’, por eso todo el mundo huye hacia realidades más asibles, más concretas, el fin de semana. Recuperan entonces algo de la cordura en suspenso y posan así el espíritu en los objetos, de los que Ramón Gómez de la Serna era verdadero devoto, como principal puerta de acceso a esa realidad (la que mi compañero de la risa dice que no existe, o que creamos).
¿Qué quiero decir con cosas? Pondré dos ejemplos, en Ciudad Real, Castilla-La Mancha. Uno es el de una sociedad astronómica (los de la Expedición Inmovell a los polos) que organiza una excursión con todo tipo de aperos telescópicos para ver el eclipse del otro día, en un paraje apartado. El otro es el de la Semana Santa, celebración que bien mirada, tiene una trascendencia y un recogimiento que me hacen desdecirme de aquello de la mística de andar por casa del catolicismo (ahí entraría toda esa filosofía del sufrimiento, pero bueno). Dicen que la de Zamora es sobrecogedora; en Ciudad Real se ve que hay una cosa híbrida, entre el saborío andaluz y la sobriedad castellana. Pues bien, conozco una becaria ciudadrealeña que sabe de costaleros, de cruces de guía, de hermandades y hermanos mayores, de estandartes, que escucha en el mp3 esos pasodobles tristes o como se llamen, que conoce la evolución de los carteles anunciadores, e incluso las bromas que se hacen de los distintos pasos. “Es que aquí parece que Jesús va a rematar un gol de cabeza” y disfruta con ello. Qué cosas.
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Tenía unos temas en la recámara bloguil: sobre si se hacen más cosas en las grandes o en las pequeñas ciudades, sobre la pornografía gratuita, sobre unas cosas que nos ha contado una profesora de la Complu a propósito de la banalización de los libros de texto, sobre lo excesivamente largos que son los reportajes del EPS… y me temo que voy a acabar hablando, una vez más, hartémonos hasta hartar, de manifas, peperos, etarras, banderas y gobiernos. Ayer leí El País, amigos, y eso influye, claro. ¿Alguien se cree eso de la libertad, siquiera en el plano intelectual? Ahora diré OSO POLAR, tratad de no pensar en los siguientes segundos en OSOS POLARES. Es imposible. Acabo de manipularos, jo, jo.
En primer lugar, hacía tiempo que no veía unas portadas tan visualmente atractivas. Fuego, y no osos polares, es lo que transmitían las primeras planas de El Mundo, El País, La Razón y, sobre todo, ABC, que asabanó la portada, quizá con ánimo de reenganchar a parte de ese lectorado presente en la manifestación del sábado y que hace tiempo que compra otras prensas que no son la suya. Era impresionante aquel enorme cortejo amarirrojo, ígneo, flamígero, que venía a recordarnos, a demostrarnos, lo calentito que está el ambiente, y cómo se puede prender la mecha en cualquier momento, cosa que no pasó finalmente. Se ve que hubo una estudiada labor de peluquería iconográfica, y se buscó una homogeneización que les salió perfecta: nada de aguiluchos negros, ni brazos alzados. Banderas constitucionales, España.
Hilo esto con la ideilla que quería transmitir al principio, y que básicamente pretende relacionar esta escalada de la actitud propagandística del PP con el nazismo más puro y duro, ese que lograba jugar con las emociones de la gente (de bien, como dicen los de la calle Génova), hasta movilizar pelotones de germanos capaces de decir ¡Amén! ante cualquier señal de su Führer. Fijémonos en esa bella uniformidad de las banderas, un orden estético realmente sugestivo, en tiempos de fealdad organizada: es muy difícil no pensar en la estética nazi, homogénea, limpia, poderosa, cuando vemos ese banderamen marchar. (De la foto de Rajoy cuadrándose con la bandera de Colón detrás se podría hablar mucho, también de El País por elegir esa.)
A mí me tocó presenciar este espectáculo de la manipulación moderna en Ciudad Real, con unos representantes políticos que, por mucho que le echaron ganas, no es que tengan precisamente la virtud imperial de un líder totalitario: meras cacatúas de las directrices genovesas. Y es que la orden es clara: decir medio verdades (he ahí el arte de la intoxicación) y tocar las fibras más sensibles del personal. Yo mismo, en mi calidad de reportero aséptico cual inodoro, me dejé llevar por cierto escalofrío cutáneo cuando Rosa Romero (candidata a alcaldesa) citaba las penurias que sufrió Ortega Lara o el malogrado Miguel Ángel Blanco, en una mezcolanza conceptual, dirigida, maniquea, burda, cínica y descaradamente manipuladora que hasta por un momento casi me hace creerme todo ese engrudo demagógico.
De nuevo juegan con la manipulación, como han venido haciendo los principales regímenes totalitarios, el de Hitler, el de Stalin, el de Castro, el Franco. Es su última oportunidad para lograr el poder que tanto les escoció perder, casi tanto como en las elecciones de febrero del 36. Esta gente de orden no tolera las salidas del guión, como no toleran perder la potestad para imponer su verdad. Y es cierto que esta vez se están creciendo, pues dulcificar la condena a un etarra de la peor ralea no es fácil de asumir por nadie, ni siquiera ese catolicismo que llena parroquias de barrio los domingos, feligreses que parecen tener en la sed de venganza su sacramento, más allá de otras enseñanzas que también son palabra de Dios. Se están creciendo, y Zapatero está flaco y temeroso, y para mí que delira a ratos, pero este es un órdago que puede salirles caro. Me lo recordaba bien claro un redactor de deportes: “No perdieron las elecciones por el 11M, las perdieron por mentir, por hacer trampas”. El pueblo demostró entonces que no se las daban con queso, esta vez no tiene por qué volver a picar. La historia, la sociología, cambiar la opinión pública es más complicada de lo que el PP cree, en tiempos de Internet, y De Juana no es Irak. Y a pesar de Irak el PP lo tenía entonces todo más o menos bajo control. Pero luego jugaron sucio, como ahora.
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El sábado pasado, noche de eclipse, el espectáculo no estaba en la sombra de la luna, que también, sino en ver a los humanos en silencio contemplando el cielo nocturno. Si fuera pintor, pensé, podría ser un buen tema para un cuadro. Era un grupo de diez o doce personas, en un parque ciudadrealeño, con las cabezas erguidas, abstraídas de la rutina de café con leche diaria, con las miras enfocadas hacia esa trascendencia repentina, tan distinta a lo anterior, a la brega de una semana como otra cualquiera.
Algo más bello que esa trascendencia de zapatillas de andar por casa que es la misa dominical, o ese misticismo exhibicionista que a mí se me antoja la Semana Santa. Ante un hecho como un eclipse no existe una liturgia, una iglesia, ni un ritual qué diga cómo hay que actuar. Basta mirar hacia arriba y relativizar un poco todo, y recurrir a esos tópicos más viejos que el trolebús: “Uno se siente tan pequeñito, tan poca cosa”.
De pronto, situado entre el sol y la luna, uno siente la propia… terrenalidad, una experiencia que es todo menos terrenal, por otra parte. Sentir a la Tierra como responsable de esa sombra que oscurece doblemente a la luna, ya de por sí semioscura, tiene su aquel. La Tierra deja de ser algo estable, un único mundo, para ponerse en relación con otros elementos siderales y, el observador atento, descubre entonces que forma parte del espacio estelar. He aquí que reside, amigos de la Academia, el valor y la fuerza de esta caprichosa ordenación de los astros: nos recuerdan que formamos parte de ese verde tapete de billar que es el universo. Un universo en el que sus elementos interactúan, o al menos se dan sombra los unos a los otros, que no es poco. Y ver a esa gente, en torno a la fuente del parque Gasset, desperdigados, uno con un cigarrillo, otro acariciando la cabeza del hijo, me hizo recordar, una vez más, que las noticias que salen en un periódico no dejan de ser migajas cósmicas del conocimiento. Un recuento vago, impreciso, incompleto, probablemente a años luz de todo, de las nimias acciones de los hombres durante su estancia en la biosfera.
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01.03.07 @ 18:58:48. Archivado en Peatón de Madrid
Ayer por la tarde subí al metro y en vez de caras largas y miradas perdidas, encontré carcajadas, aplausos y una chirigota muy sana, en la circular y habitualmente gris y cargada de retrasos línea 6, Madrid. Aquello, lo digo sin ironías, parecía un anuncio de cocacola, toda esa gente joven, de Ciudad Universitaria, muchos de ellos sin más preocupaciones que las notas de sus parciales o la cita para la próxima calimochada, reían como miembros de un taller de risoterapia. A mandíbula batiente, que se dice.
En seguida intuí quién podría estar detrás de esas alegres risotadas y, en efecto, esta vez no hubo dudas. Uno de esos actores callejeros (o suburbanos) llevaba un peto azulón con un logotipo en la espalda (bastante currado) que decía Teatro mágico. Llegué a los postres, y sólo vi a uno de los cómicos pasando la gorra, en la que deposité 50 simbólicos céntimos, en señal de mi reconciliación con esta moderna banda de titiriteros. No intuía el buen hombre ese simbolismo de mi gesto, mientras iba clamando de esas consignas que, si aquel día me parecieron incómodas, ayer me gustó escuchar. “Aplaudan si les ha gustado, bostecen si se aburrieron”, o algo así, gritaba con entusiasmo. “Si en la vida crees que enloqueces, no enfurezcas, ve a por peces”. Realmente, echaban energía y el vagón se contagió de ella, pues parece que esta gente actúa como si fuera la primera vez, y esto es meritorio, porque de todo se aburre uno, hasta de divertirse. “Sean felices, sigan sus sueños”, se despidió el actor mágico, con el pelo sudoroso del esfuerzo.
De pronto, por una esos mecanismos reflejos humanos de atribuirse las cosas buenas a uno mismo, pensé que quizá aquel post del otoño pasado había contribuido a que estos cómicos dejaran inequívocamente clara su comicidad. Desde luego, el uniforme con el logo del Teatro Mágico no daba lugar a dudas, y la gente entendía aquel show como un espectáculo que sólo buscaba la risa, y algunas monedas, y no la tensión psicológica de unos presuntos perturbados con una bolsón en el suelo lleno de a saber qué.
Porque la vez anterior que los vi, la gente no sabía si aplaudir o llorar, si reír o bostezar, excepto unas jovencitas con manoletinas con pocas lecturas de sus periódicos a sus espaldas, fundamentalmente sobre terrorismos, coches bomba, gente que empuja a gente en las vías de los metros (hace poco hubo otro caso) o descarrilamientos fortuitos del vagón. El metro es un lugar sensible, donde la gente busca refugio en las lecturas, o escrutando con disimulo el rostro del vecino de enfrente, o parapetados bajo el sonido de sus iPod de imitación. No conviene hacer ciertas bromas, como aquello de “verán piernas volar”, que tan mal me sentó entonces, en ese espectáculo que yo no supe entender bien, ni la mayoría de los viajeros, me temo.
El Teatro Mágico puede ayudarnos a sobrellevar ese tránsito hacia ninguna parte que es todo viaje en metro, y me alegro de que hayan matado esa ambigüedad de sus anteriores espectáculos. A partir de ahora viajaré con la esperanza de volvérmelos a cruzar, porque la dosis de magia es necesaria cada día, casi más que los yogures con soja, el HeroFruit2day y la fibra de los olbran con elecaseiinmunitas para controlar los ácidos grasos que nos obstruyen los triglicéridos del alma.
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Hay domingos periodísticos que tienen mucho de plan de fin semana infantil, como aquellos en que la tómbola de Cáritas montaba un circuito de karts en pleno paseo. O donde las barracas, con uno de esos reptilarios con serpientes color relleno (plato típico pamplones), o los espectáculos de los magníficos Bordini, que hacían del cielo un lugar transitable, con sus motos rojas que reptaban por la cuerda fija (tenían un engancha al cordel, claro, pero aún y todo impresionaba). O un número de marionetas de ese tal Kurt, misterioso hombre de magia y bambalinas, con aspecto de polaco, o búlgaro, o país extranjero con pelos rubios y cabezas elegantemente rapadas. También decoraba los escaparates de jugueterías como Purroy, lo cual incrementaba su aureola mística, en esa época en uno aún cree en los Reyes Magos y en el poder de los juguetes.
El domingo pasado, en Ciudad Real, me tocó lidiar con un tentadero para aprendices de torero, y sacar de ahí un reportaje. Eso del tentadero se monta para probar la bravura de las vacas que luego serán inseminadas por el toro con más cojones de la dehesa, algo que se suele hacer en el campo: los ganaderos van mareando, tentando, a las becerras (o eralas) para ver cuál será la madre más ad-hoc-cuada para parir futuros toritos. Hay en eso toda una perfección de la raza, encaste, un talante nazi de perseguir lo ario, pero en versión taurina. Era curioso de ver a esos proto-toreros con acné enfundados en sus trajes de campero, todo elegantes, dando temblorosos sus juveniles pases de pecho, soñando con salir a hombros de la Maestranza.
Luego unos ecologistas en acción leyeron un manifiesto con el agudo título: Abrid los Ojos (de Guadiana), Cerrad los pozos, en las Tablas de Daimiel, un terreno mullido y fantasmagórico, do otrora hubo agua y vegetación abundantes. Ahora quedan casas de pescadores fantasmales, vacías, astilladas, reliquias secas de una fertilidad que ya no hay, en ese pantano al revés que es toda esa zona.
Da tiempo a hacer muchas cosas en un domingo, mientras espero a Fofito en esta carpa azulona, en una tarde también azulada, pesada, de febrero. Unas gitanazas mascan chicle en una rulotte reconvertida en tienda de palomitas y otras grasas, y pasan domadores fumando cigarrillos, con esa elegancia de sarao mágico del circo, como sargentos rusos que están de broma. Por fin, una especie de manager del espectáculo me da el ok y me conduce por las afueras del circo, que se sujeta al mundo con cuerdas y estacas. Veo a unos perrazos con las patas musculosas, metidos en jaula, y pienso en Amores perros, ¿dónde estará al camerino de Fofito? El hombre me abre la lona, y me agacho hacia una semioscuridad en la que una figura con nariz prominente me sale al paso. El payaso de la tele, en esa trastienda sórdida de detrás del circo. Su hija Mónica, muy guapa y piernilarga, se fuma un pitillo mientras improviso preguntas con toda seriedad periodística.
-¿Y trabajar en La Sexta, con su primo Emilio….?
-No me hables del innombrable….
Ese mismo domingo estaba Rajoy en la ciudad, parte de esa barraca circense que es la vida de un político. Pasan cosas los domingos, sí.

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La semana pasada estuve en Pamplona y me encontré con una buena noticia por entre las páginas del Diario de Navarra. Aparte del concurso de peñas de Nosedondiáin, de un amplio reportaje sobre la feria agrícola de Tafalla y de una cumplida cobertura de los ataques borrokalaris que llegaron hasta el Ayuntamiento, me topé con el nacimiento de una nueva plataforma política: Ciudadanos de Navarra.
Parece evidente que surge tras la (exitosa) estela iniciada por los arcadis espasas y felixs de azúa en Cataluña, con un deje un poco más navarro, y ya me entiendo yo. Otra diferencia viene en el nombre: en este caso, los fundadores de esta prometedora aventura no han sentido esa presión político-correctosa de bautizarse bajo la cooficiliadad lingüística del territorio en cuestión. Porque siempre he estado convencido de que quién bautizó Ciutadans per Catalunya empleó esta catalanización para que no le tildaran con ese término quasitabú de hoy día: español. No sé cómo quedaría en euskera lo de Ciudadanos de Navarra. Me pregunto además si esta lengua de baserritarras en la que el Gobierno vasco va a invertir 47 kilazos de euros incluye el término ciudadano (aquí va la boutade del día, pero es lo que pasa con las lenguas que nacieron en profundos valles, están limitadas a su radio de acción, o al menos eso dicen ciertos estudiosos como Unamuno, oiga).
Celebro por todo lo alto, cual txupinazo el 6 de julio, esta nueva propuesta cívico-política-antinacionalista. Celebro cualquier freno contra el nacionalismo, ese sentimiento que arrasó el siglo XX, y del que muchos rovireches parecen no haberse dado cuenta. Aquí cabrían unos cuantos puñados de argumentos antinacionalistas; sólo se me ocurre apoyar esta idea recomendando la trilogía de Ramiro Pinilla, Verdes valles, colinas Rojas, que intuyo que es el mejor alegato a favor de la libertad de los pueblos, y que quiero leer alguna vez en mi vida.
Decía el difunto profesor Gonzalo Redondo que "cultura es lo que hacen los hombres". Cultura en un sentido amplio, no las esferas huecas del museo de Oteiza en Alzuza. Cultura como campeonato de mus, concurso de villancicos, bajada de las almadías en Burgui, desfile de modelos pelirrojas, concierto de pandereteros con parkinson, lanzamiento de la Rabiosa en Marcilla. Eso diría yo que es la cultura, como la chirigota de Cádiz, con sus coñas sobre Pachuli, o la competición de puzzles que celebra anualmente la villa de Castejón (Navarra). Cultura que nace de la gente, y no de los políticos.
“Hacer país es un proyecto que motiva a la gente”, dijo Carod Rovira cuando lo del Estatut. Esta claro que una terapia contra el nihilismo existencial es apuntarse a una causa grandilocuente: “La defensa de lo nuestro”, “Una lengua milenaria”, “Es nuestra cultura”, etc. Cuesta asumir que las grandes cuestiones no estén a nuestro alcance, y que no seamos más que simples ciudadanos que nacen, consumen y mueren. Se cae entonces, si uno pasa de los grandes problemas, en dos actitudes, según una improbable teoría mía, la del surrealismo y el alcoholismo. El hombre, desprovisto de los grandes ideales, se refugia en cosas extrañas, como la chirigota gaditana, las luchas de moros y cristianos (creo que Levante es el principal foco de este surrealismo, véase París–Tombuctú, de Berlanga) y las fiestas de San Fermín de Pamplona, escenario magnífico de ese crisol existencial del hombre posmoderno, paradigma del hombre contemporáneo, vestido de blanco y rojo: la borrachera locoide.
Yo recomiendo a gentes como Carod-Rovira o Joseba Egibar que se dediquen a “hacer país” en sus casas, en A second life, por ejemplo, y dejen de perturbar el espontáneo (y siempre complejo) discurrir de las sociedades. No se puede permitir, en 2007, que amigos míos se tengan que largar de Barcelona por el cerrilismo pseudocosmopolita que por lo visto les lleva atufando demasiado tiempo. O una compañera de trabajo, redactora de Basauri en Ciudad Real, que baraja rechazar una oferta mileurística en San Sebastián: “Es que no me gusta el rollo nacionalista”, me dice por lo bajo. Segundos antes, hablaba por teléfono con su novio Iker en euskera.
Aparte del surrealismo y el alcohol, siempre quedan causas en las que enrolarse, como luchar conceptualmente contra el nacionalismo. Y en Navarra ya era hora. ¡Ongi etorri, nafarrotarras!
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Últimamente ando dando vueltas al tema del dinero y su relación directamente proporcional con nuestro nivel de felicidad. Lo que parece claro es que el dinero, por sí solo, no garantiza ninguna felicidad. Lo pensaba en la pausa de ese nuevo programa pseudorrosa de TVE, Hora 0, cuando el pulcro Hilario López Millán iba desgranando la vida de Encarna Sánchez: “Murió sola y triste, nadie la quiso”. Retrato de una mujer infeliz que sin embargo acumuló muchos baúles de oro, que fueron a parar a una sola persona, una tal Clara Suñer. La familia no vio ni un kopek en la herencia.
Aún tenía fresco el poso de dos muertes extrañas, la de Anne Nicole Smith, esa moderna pin-up que le succionó la pasta a un millonario que, por cierto, le ayudó a financiar sus aumentos pectorales. Y claro, estaba el caso de Érika Ortiz, la hermana de rasgos huesudos que al parecer no vivió precisamente un cuento de hadas ni princesitas encantadas.
En el caso de Érika, el dinero, la falta de él, quizá le privó de la felicidad a la que aspiraba, y la situó en un limbo vital de difícil acomodo. Hermana de princesa residente en el piso de la ex – periodista, en Vicálvaro: durante mucho tiempo vivió en Usera, uno de esos mustios barrios madrileños, con un escultor no sé si mustio o glamuroso. Porque para mí que esta mujer se quedó en un peligroso estadío entre Usera y la Zarzuela, una indefinición socio-existencial peliaguda. ¿El dinero la habría salvado? Pues a lo mejor vivir en Juan Bravo o Claudio Coello habría ayudado.
En los otros dos casos, no me veo yo en plan Hilario López Millán como para analizar la biografía económica de esas otra dos, pero parece evidente que el dinero no las condujo a ninguna felicidad / plenitud vital.
Sólo se me ocurre pensar que el dinero únicamente ayuda a dar la felicidad si facilita los mecanismos para construir nuestra propia vida. Si nos facilita el camino hacia ese “llegar a ser quienes somos” (FSD), si permite desarrollar y perfeccionar las cualidades con las que hemos nacido dotados (Punset) y si nos conduce hacia la creatividad, que según Carlos Castilla del Pino es el objetivo máximo y pleno de todo hombre (y mujer). Entonces, según cada caso, habrá quien necesite más pasta y otros quienes menos. Se podría decir que quienes no se acerquen a ese umbral no llegarán a una vida plena y de logros personales, al margen de que hayan pagado o no sus hipotecas. Habrá mileuristas hipotecados de por vida más felices que abogados de Garrigues que no logran forman parte de esos círculos exclusivísimos de pijos globalizados, pues no tienen un loft en NYC ni son amigos de Cutufa de Dos Sicilias Gertensmeir.
En fin, es un tema este muy amplio, pero interesante. Arrastramos demasiados siglos de glorificación del dinero, y es que es importante, pero como conquista de lo fundamental, no de lo material. En esto rumiaba hasta que me topé con este muy recomendable artículo de ElPaís.com. Sed felices.
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El martes me puse a ver ese programa de Ernesto Saénz de Buruaga en Telemadrid y me lo pasé pipa. Hay que decir que ver cualquier programa de esa cadena tiene especial morbo, porque uno piensa que le pueden manipular en cualquier rato, como si los presentadores de los informativos pudieran fulminarte con sus mensajes sesgados y tal. Por cierto que uno de ellos, Julio Somoano, es viejo conocido de la Facultad de Pamplona.
Así que me senté dispuesto a ser manipulado, y lo que no esperaba era pasar tan buen rato, carcajadas y todo, con un programa de supuesto análisis de actualidad. La pauta arrancaba con el tema de Iñaki de Juana Chaos, pero antes hubo tiempo para unas proclamas a favor de la independencia informativa y la pluralidad. Ahí Eduardo Sotillos estuvo valiente y templado al mismo tiempo, cosa difícil en un medio tan proclive a la demagogia como es la tele. No sé si durará mucho el pobre, después de su crudo discurso de solidaridad para con el miembro del comité de empresa despedido por su (justificada y necesaria en mi humilde opinión) pataleta pro-objetividad.
Luego una periodista de Plural.com se sumó al apoyo, y Antonio Pérez Henares más o menos también, con un discurso posterior que buscaba y logró el aplauso fácil del público telemadrileño: una foto de los guardiaciviles que mató ETA en el atentado de la plaza de la República Dominicana. El director de informativos de la COPE y la redactora jefe de El Mundo se encastillaron entonces en sus líneas editoriales, y hablaron como representantes de los medios que les pagan, a golpe de eslogan antigobierno y poco más. Zapatero tiene la culpa de la ruptura del consenso y de todo.
Y mientras, el tema de la manipulación sobresalía como un gordo en un armario, y Buruaga insistiendo, con evidentes signos de nerviosismo y de estar pasando un mal rato: “Hablemos de Iñaki de Juana, de Iñaki de Juana Chaos”. Pues sí, lo estamos consiguiendo, todo el día hablando de esos psicópatas con patxarán en las arterias cerebrales, dueños de un verdadero conflicto en al área cerebral de la lógica.
Luego llegó el turno de los “sabios”, el catedrático Vestrynge y ese enjuto Amando de Miguel, que pedía más banderas en todas las manifestaciones, banderas de España por aquí y por allá, y al que no le guste es que no es buen español. Algunos no se acuerdan que el día de la Hispanidad es el 12 de octubre. Son los que como dice Latinajo de Híspalis, “quieren hacer de España su cortijo particular”.
El tal Vestrynge tuvo pocas intervenciones, pero fueron estelares. Empezó diciendo en plan rompe y rasga que que le metan 12 años a de Juana por dos artículos le parece una barbaridad. Cosa en la que yo en principio estoy acuerdo. Luego resulta que por una ley franquista del 73, ya ha cumplido condena por sus 25 asesinatos, en 18 años. Joder con Franco. Todo suena a chapuza penal, pero no se puede, digo yo, ampliar una pena de prisión por cualquier cosa, y los artículos no dejan de ser unos juegos retóricos, abominables, pero retóricos. Luego añade, vehemente, que él ha vivido en Francia muchos años y que es jacobino, y que la idea de las autonomías no le gusta un pelo. Y que se trate como a terroristas a unos chavales que pisotearon las flores de la tumba de Gregorio Ordoñez es un despropósito. Y la verdad es que suena sensato todo lo que dice, argumentos que van a parar en el soberbio Nacho Villas, quien como respuesta espeta: “Todo eso es un estercolero de ideas”. Vestrynge se enciende, y le contesta iracundo que nadie le insulta ni le llama basura, y que la única basura es él, y que así no está dispuesto a seguir hablando, y que se va del programa. Y se pone en pie, y Buruaga trata de contenerlo con éxito.
Después el debate sigue, sobre los etarras, el antiterrorismo y la manipulación dentro de la propia cadena donde se produce el debate, algo que roza el surrealismo televisivo. Sotillos suelta un incómodo dardo a la cara del presentador: “Todo empieza desde los propios temas que seleccionáis aquí para hablar”.
En fin, un programa de lo más cómico, que lo sería más si todo ese galimatías ideológico, esa pérdida de las formas, del respeto, ese infantilismo cainita, esos argumentos ramplones, esa política del “bombo y el metido”, ese interés por imponer tu tesis más que en escuchar la del otro, fuera el guión de la hora Chanante en vez de un programa de televisión de la principal cadena pública de Madrid, en prime time. Si esto es España, yo me bajo.
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El otro día asistí como interlocutor a uno de esos diálogos que, de tan típico, me llamó poderosamente la atención. Era de un tipismo tan exagerado, tan de manual, un atajo de tópicos ensamblados uno detrás de otro, un catálogo de boutades filofascistas tan habituales entre ciertos españolitos de a pie, que no pude decirme a mí mismo aquello de : ¡carne de blog! (esa especie de eureka bloguil).
El autor de esta serie de lindezas me hizo pensar que estaba poseído por el espíritu de un escritor fracasado de guiones de Torrente. Tocaba todos los puntos que todo buen aspirante a cafre nacional debe poseer: racismo a flor de piel, homofobia, machismo, antivasquismo, anticatalanismo y una oposición constante al cambio. Para definir un poco más a este figura de lo políticamente incorrecto, diré que tendrá más de cuarenta años y que es manchego, pero con esto no quiero decir que todos los manchegos tengan que ser como él. Esta pequeña radiografía sociológica no es representativa, es una muestra de uno solo, así que no permite sacar ninguna conclusión (excepto la conclusión que se desprende de analizar a un tipo entre un millón).
Todo empezó al pasar por una tienda de chinos, una de esas con luz metálica y risquetos colgando por las paredes, chicles orbit, latas de fabada y fregonas baratas por el fondo:
- Estos chinos no cierran nunca.
- Ya.
- Joé con los chinos, si es que no se mueren nunca. ¿Tú has visto alguna vez un entierro de chinos?
- Hombre, supongo que los mandarán a sus países a que los entierren. Como los marroquís, ¿tú has visto un entierro de moros?
- Bah, bah. Esos te los meten luego en la comida, por qué si no hay tantos restaurantes chinos en todas partes. Tú te estás comiendo al abuelo muerto.
- Mal rollito de primavera (coñita propia…).
- En la vida pienso ir a un restaurante de esos, quita, quita.
- ¿No has ido nunca?
- Nunca, ni pienso.
- Pues yo estuve en uno, aquí en Ciudad Real, que tiene comida japonesa. Sushi y eso.
- ¿Sussi? A la Susi me iba comer yo, pero que esté buena la Susi (aquí estuvo rápido).
- Jaja. No sé, a mí me gusta eso de que esté crudo, me parece hasta más limpio.
- Carne cruda, qué guarrada. Donde esté una buena pierna de cordero, ¡o un buen bistéc!
- Pues no sé, más asco te puede dar comerte una oveja, que se pega todo el día comiendo hierba, que tiene pelos (gran argumento el mío)…
- ¿Y los peces qué??, ¡si están todo el día comiendo mierdas, y todo el mar está hecho un asco de petróleo, residuos y no sé qué más…! (ahí me dio).
(Ya en el coche, pasamos junto a unos ecuatorianos que nos hicieron dar un giro nada forzado. Metían una descomunal compra del Carrefour en el maletero, bolsa a bolsa, con el carrito en la carretera…)
- Mira cuánta basura. Si es que aquí no llega nada más que basura. Andaa. Ya se podían volver a su pueblo, aquí sólo viene lo peor. Y luego esos rumanos, esos del Este, que están todo el día robando casas. Claro, aquí puede entrar todo el mundo, antes no había toda esta delincuencia. ¡Basura!
- Tranquilooo. (Hace años hasta le hubiera seguido el rollo, por no discutir. Hasta me hubiera reído. Debo de haber madurado socialmente o algo, porque de pronto el humorcete de este hombre me empezó a asquear, me asqueaba que tras la broma hubiera unas convicciones tan mugrientas como esas. Luego me saqué unos datos de la manga, que si la delincuencia había descendido en los últimos años, y le vine con el manido discurso de que los inmigrantes están aquí porque los necesitamos, y bla, bla.) ¿Tú eres un poco Torrente, no?
- Que se larguen todos. Mira, yo lo que haría sería fusilarlos a todos. Bueno, no, eso es que es muy sucio. Los gaseaba a todos y arreglado.
- A tu lado Hitler es un santo, dije, pero ni siquiera me escuchaba, y ya nuestro camino común se acabó, como el constructivo diálogo monologado.
Concluiré este Esperando a Godot a la española con uno de esos extraños consejos de Sánchez Dragó, en su libro El sendero de la mano izquierda:
43. Desconfía, en principio, de quienes piden en el restaurante un filete con patatas fritas.
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01.02.07 @ 17:53:44. Archivado en Misceláneo
Mi último descubrimiento sobre mis propios hábitos cotidianos ha sido el descubrir la vida sin cafeína ni teína. Aceptarla sin esos estimulantes está siendo para mí toda una sorpresa, sobre todo cuando uno comprueba como desaparece la ansiedad. Las colas del DÍA, los trayectos del metro, el relojito del Windows, todas esas esperas de las que un día aquí se divagó, se hacen menos intensas, nos oprimen menos el pecho, dejan de ser un final countdown hacia inexistentes patíbulos.

Es admirable como una pequeña sustancia puede modificar tanto el curso de los días, cambiar la consideración que uno tenía incluso de su mismo, la mente y el mundo. Porque ahora resulta que ciertos pensamientos no se arrebujan entre sí como en un txupinazo paralímpico, y que uno puede atender una conversación sin estar sometido a un constante y molesto zapping mental, convirtiendo el ocio en una paliza para el body. Porque el café, y el té, pueden llegar a dar sueño. Espolean tanto a las neuronas, que éstas acaban por darlo todo, y parecen esas secretarias eficientes, que a la vez son madres, deportistas y presidentas de su beligerante asociación de vecinos. Al final, después de tanto frenesí, el coco acaba pidiendo su dosis de sueño, y pueden ser las siete de la tarde.
Por todo ello, casi me he quitado del té, del té con leche, como un día me deshice del café. Por eso, tampoco me afecta tanto ese reciente estudio que ha demostrado que la leche anula los beneficiosos efectos del té. (El té negro mejora significativamente la capacidad de las arterias para relajarse y dilatarse, dice el artículo.) Yo no sabía nada de esto, que el té fuera beneficioso para nada, más que como un excitante de segunda categoría (porque también están los que dicen que el té es más estimulante que el café, cosa que me niego a aceptar). Y, bueno, ya que tomas una cosa, siempre es preferible que cuide tu organismo, y tal (véase el éxito de los actimeles, activias, etc. Ya nadie come por comer). Me pregunto qué harán ahora los millones de teinómanos de la Gran Bretaña, si seguirán tomando el té con el hilillo de leche, o progresivamente la irán suprimiendo, como un enemigo anticardiovasculante contra el que luchar.
Recuerdo un mes que pasé en la calle Saint Lukes, Road, 46, de Bournemouth, Inglaterra, en una familia, cuyos nombres eran John (no estoy seguro), Angie, James, Samantha y Steven. El padre, mientras veíamos un partido de Wimbledon antes de cenar a las soleadas seis de julio, me ofrecía un té calentísimo que yo aceptaba. Descubrí entonces que el té y la leche eran compatibles, como el whisky con cocacola o el melón con jamón. Recuerdo también que tenían uno de esos productos farsa del telemárketing, el magnetizador, o imantador de las aguas, que los consumidores cándidos colocaban en el grifo, para luego beber felices y sanos. ¿Cómo beberá el té esta familia a partir de ahora. ¿Con leche o con mala leche?
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La otra alusión (erudistoide) es de Chesterton, uno de esos personajes al que los entendidos recomiendan acercarse. Este periodista, crítico, ensayista, novelista poeta y biógrafo (lo que yo diría escritor, distinto a novelista u otra cosa), grande como un buey, se marchó a vivir a Beaconsfield, una localidad de 11.000 habitantes. Luego haría apología de la vida en pequeñas geografías, y creo que dijo que una ciudad que no se puede recorrer de punta a punta en un paseo es inabarcable, excesiva. Un tío experto en Chesterton, el Padre Ian Boyd, y esto es lo que me llamó la atención, dice en una entrevista que
“hay una suerte de aislacionismo moral en las grandes ciudades que ha hecho más difícil que la gente esté en contacto. Cada persona vive en un universo propio y, como diría T.S. Eliot, el resto de la gente no es más que proyecciones, así que cada uno termina inventando su propio mundo.
Blogs, fotologs, Messengers, eso del conectismo que hablan los nuevos gurús, serían entonces, antídotos para sobrellevar esa carencia del abrazo social que todos necesitamos (muy interesante, por cierto, esa iniciativa de unos jóvenes simpaticones de dar ‘abrazos gratis’, en el parque del Retiro). Fórmulas un poco intermedias para sacar al provinciano que todos tenemos dentro, que pugna duramente con ese otro personaje, esa probable otra mitad, la pedante, egoísta y glaciar.
Supongo que a todos nos gusta estar rodeados de gente que nos conoce (e incluso aprecia) y, que al apagar la luz, podrían venir a socorrernos si nos entra un ataque epiléptico súbito. Tener también a mano esa pasta reparadora de grietas y fisuras que es la familia, ese pegaplás de los conflictos cotidianos, personas que en su ausencia dejan al descubierto que el día tenía demasiadas horas para estar con uno mismo. Porque, la sociabilidad de las grandes ciudades es todo menos espontánea, casual, sorprendente. Desaparece la posibilidad del ‘encuentro’, ese afortunado concepto que acuñó un ilustre filósofo del copuz tintineante. Porque en Madrid, para ver a gente, hay que pasar por ese trance tan poco antinatural y humano como es llamar por teléfono, por mucho que se empeñen las operadoras telefónicas en vendernos la idea contraria. Aunque tampoco en ‘provincias’ la vida es más sociable en ese sentido, para mí que la tendencia es crear madrides en pequeñito (esto es muy complejo y daría para pedaleos de todo tipo y extensión).
Ya no hay cafés Gijón, ni Comerciales, ni de Fornos, ni de Pombo, ni del Gato Negro. La tecnología quizá haya reducido nuestra distancia, y se ha recuperado el antiguo concepto de la ‘placica del pueblo’, que es el Messenger. Con la ventaja de que si no quieres encontrarte con el tonto del pueblo pues lo eliminas y aquí no ha pasado ná. Se ha creado una ilusión de comunidad, que en cierta manera lo es, y hasta los blogs nos hacen creer a veces que presenciamos una de esas tertulias de café con leche y humo azul.
Me quejo, sí, y miro al pasado con nostalgia, craso error. No eliminaré Madrid como ciudad, pues tiene esa cosa de saber que es el sitio adecuado, en el que debes estar, y eso ya la hace suficientemente grandiosa. Quizá mi desubicatio sea una pataleta contra el clásico concepto del solitario urbano, ese Alain Leroy de El fuego fatuo, (peli que recomiendo, por cierto). Una reivindicación del concepto de visita, del encuentro, de ir a un sitio y que haya gente, donde no haya incluso que hablar, como dijo el otro día Carlos Fuentes de su amistad con Luis Buñuel: “Pasarnos diez minutos sin hablar era para Luis el cenit de la amistad”. Un ataque furibundo contra el quetalismo, esa tendencia actual (aunque tan vieja como el mear) que consiste en contarse las dos o tres novedades que uno haya acumulado a lo largo de la semana, hasta intuir cómo la conversación se agotará en cuanto acabe el relato de las nouvelles. En fin, todo eso, pues, me hace renegar muchos días de mi madrileñismo.
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Usaré el lenguaje jurídico de mi amigo Porfiri Petrovich Durruty, un funcionario cuya cabeza no descansa, pues es un animado gimnasio donde las neuronas hacen flexiones, remo y spinning. Usaré el término latino para referirme a ese constante elemento, desubicatio, que alimenta esa crisis permanente de aquí uno y la gente de su entorno, en reñida competencia con la crisis del Periodismo y sus subcrisis, que merecería un post infinito que debería autodestruirse en cinco segundos.
Parece que va quedando demostrado que las grandes ciudades no son los mejores lugares para vivir, que dificultan esa existencia en comunidad que genera lazos y cierta estabilidad en los afectos. Este aspecto es propicio justamente para aquellos que quieren huir de lazos afectuosos demasiado pegajosos, o ásperos, o asfixiantes, y en Madrid y Barcelona sienten la libertad de la correa suelta. Y brincan, cantan y ríen, y se comen los mocos, como diría Caperuza G., hasta que notan cierto frío en el cogote que no se les acaba de ir, y la euforia empieza un imparable proceso de descomposición.
En una par de recientes viajes a la erudición, me he encontrado con dos interesantes, y un tanto descorazonadores alegatos a favor de la vida en comunidades pequeñas. Uno, de Pla, dice:
Si yo fuese un solitario viviría en las grandes ciudades. Considero, sin embargo, que el solitario es uno de los tipos humanos más ridículos que existen. Un solitario, en general, es un refinado, un hombre que necesita la abstracción y hacer funcionar una supuesta racionalidad. Suele ser, además, un hombre pedante, egoísta y glacial. De todo esto tal vez valga la pena librarse.
A mí, por descontado, me gusta la materia, más que nada, la realidad. Siento que la vida del pueblo me acerca a la realidad, a la corporeidad. Descubro en las cosas tal como son el máximo encanto, elementos de maravilla insospechados. Esta línea serena del horizonte, esta vela latina que se desliza por la sonrisa innumerable del mar, ¿qué más podría desear?
Y acaba así su libro, Madrid, 1921, un dietario (que escribió con ventipocos, el tío). Aterra reconocerse en ese retrato del hombre de la gran ciudad. ¿Glacial yo? ¿Has dicho glacial?
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En mi breve carrera como periodista he ejercido a menudo eso que el profesor Pedro Sorela llama el síndrome de la alcachofa o de los periodistas sentados. Ese cortaypega del teletipo al programa de turno y que se acepta comúnmente como periodismo. Le comentaba esta mañana a Caperuza Gómez que para mí que eso es más común en la radio. Recuerdo haber pasado por los micrófonos de una emisora de Vocento, y haber comprobado como gran parte de lo que luego escuchamos no es más que un revuelco, es decir, recontar lo que te ha expulsado el teletipo, pero en cortito, y con un corte de voz chulimangado de la CNN. Luego había otros que ‘buscaban’ la noticia, es decir, iban donde los políticos, grababan sus jaculatorias y después las contaban con entusiasmo. Vale. Pero no nos enrollemos con metaperiodismos.
El caso es que ayer me tocó vivir de cerca un tipo de periodismo más real, de esos que te generan también dudas sobre el oficio de vender periódicos y sus límites, pero bueno. Que cambien el mundo otros, al menos de momento. Llamó un taxista de Miguelturra a la redacción, por la mañana, domingo: “Le han cortado el cuello a una mujer, y el marido se ha ido con su hija pequeña”. Reaccioné poco, vamos, no me dio el vuelco el corazón ni esas cosas, no así el fotógrafo, cuya adrenalina nos hizo salir disparados hacia el pueblo el cuestión: Miguelturra, Ciudad Real.
No diré que fuera un pueblo de esos siniestrorros, España profunda, y tal. A mí La Mancha no me parece la España profunda, sino una España tan solo agachada, que no se la ve mucho, como a ese invitado que apenas habla en la mesa de la boda, pero que cae bien a todos. Eso sí, el pueblo tiene esas casas bajas, con calles estrechas y renqueantes que yo diría que son una proto-Andalucía, una Andalucía a medio hacer, una Andalucía indefinida.
Allí llegamos y el vecindario decía con sus caras que allí había pasado algo gordo. Salían a medias de sus portales, y barruntaban las primeras hipótesis, con esa excitación discreta de cuando pasan desgracias a los demás. Pude ver a varias de esas viejas con uno o dos pelos en la barbilla, pronunciada, casi afilada, y los ojillos hundidos. “No la conocíamos”, “Eran de fuera”, “Se había instalado hace poco, estaba reformando la casa”. Poco a poco fueron reconstruyendo el crimen a su manera, conforme iban apareciendo personajes, testigos, de ese drama de domingo. “Allí viene Santiago, ese seguro que sabe.” Y algo sabía: “Es hija de la Telendas”, certificó. A mí eso me sonó a dialecto chino, y me explicaban que eran los motes, y yo "ah, ah". Hasta la propia casa tenía mote, Casa Cencerra, número 13, donde por cierto, decían también los vecinos, se había suicidado alguien hace años. Pueblos silenciosos en que no pasa nada, hasta que pasa. Se ve que le clavó el cuchillo en el pecho, y la dejó allí abandonada, en la cocina.
Los hermanos de la víctima nos miraban con comprensible gesto hosco. Preferí entonces el periodismo de alcachofa, y añoré el canutazo simplón de darle al rec y callar. Aquello era todo un ir y venir de policías de esos de paisano con tanta pinta de polis, que acordonaron la zona. Mientras, los vecinos lanzaban al aire tecnicismos: “¿Ha llegado ya el juez? No, tampoco el forense”. “¿Y el ex marido?”. Los bulos corrían pronto, y unos dijeron que lo habían detenido, y todos lo aceptaron. Lo de la fuga con la hija ya no lo comentaba nadie. Lo que no sabían es que se había colgado de un árbol, en un descampado manchego, cerca un macizo llamado ‘Cabeza de palo’.
A lo largo de este año, un día como éste se repetirá más de cincuenta veces. No parece haber un antídoto claro, ni siquiera dejar de hablar de ello, como decía un tipo: “De tanto sacarlo en la tele, se incita a la gente, y luego pasa lo que pasa”. Aunque quien sabe.
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Como ese libro de Antonio Reig Tapia que venden en los Vip’s, Anti-Moa. Si mañana hubiera elecciones generales, votaría a todos menos a los peperos. En la vida, en el capítulo de la libertad, un ejercicio que ayuda bastante es rechazar lo que uno no quiere. “No estudiaré Ingeniería Industrial”, dice el artista adolescente, mientras compone una oda al rizo púbico de su novia negra. El ejercicio de la democracia llega a su máxima expresión en cada cita a las urnas, y supone toda una toma de decisiones, que se han ido madurando en el tiempo de la legislatura, en esa pre-campaña que dura cuatro años. Es tranquilizador saber que, al menos, hay una papeleta que está claro que no cogeré, la de las gaviotas genovesas.
El Partido Popular perdió su idea de hacer política a partir del 14-M, cuando vio que sus estratagemas para aprisionar el poder no sólo le salieron rana, sino que surtieron el efecto contrario. Desde entonces, va buscando esa particular golpe de suerte y cada acción que realiza pretende que se repita ese vuelco ideológico que ocurrió en los días más intensos de nuestra historia reciente, del 11 al 14 de marzo de 2004. Basta recordar cómo todo ese trajín inquisidor de las comisiones de investigación del 11M, que si explosivos, confidentes, furgonetas, cintas de la orquesta Mondragón, mochilas y polvos bóricos se ha empleado a saco paco no por conocer la verdad, oh, sino por quitar la razón a un Gobierno con el que aún están escocidos. Conspiranoia con fines electorales, no digo nada nuevo, la verdad. Y luego va uno y coge El Mundo, y resulta que siguen hablando de Zougam, El Chino y los trenes de El Pozo. Si alguien se atreve a leer el editorial de hoy (18 de enero) sobre el tema, comprobará la incontestable capacidad de este diario para hacer el periodismo un verdadero Brain Training mucho más barato y accesible que el de la Nintendo DS. ¡Qué mareo!
Vayamos terminando. El tema de ETA. Empecemos diciendo que lo más criticable es que nos pasemos toda la vida política hablando de ellos, y además con todo chirimundi, para que todo el mundo opine, y juegue a ser presidente. A mí esto me recuerda al Bernabeú, ese estadio con 70.000 entrenadores. (¿O era el Camp Nou?) Pero volviendo al antipepeísmo, decir que su actitud ahora sigue siendo la misma, es decir, sacar tajada electoral, hacer todo menos política. Y lo hace mal, y no cuela. Y da pena verlo. ¿Es que esta gente no tiene asesores? Bush será un completo cretino, pero ahí están todos los hombres del presidente para hacer que parezca listo, coño. Basta leer la columnita de Manuel Hidalgo, en el propio El Mundo, para darse cuenta de la zopenquez de este hombre:
“Rajoy se comportó como un energúmeno. (…) Miente en lo más esencial y desprecie lo que nos queda de inteligencia. (…) Movido por una impaciencia y rencor indescriptibles, Rajoy persigue y está logrando la creación de un clima insoportable que aconseje elecciones anticipadas.”
Y luego están las propuestas del PP, descaradamente enviadas para que no se diga que no aportan nada y tal. A cada cual más inoportuna, inviable y torpe, en el momento en que nos encontramos. Esta es la primera, fíjense:
“Proposición no de ley para instar al Gobierno a que, a través de la Abogacía del Estado, inicie el proceso de ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas”.
Sal gorda. Política carroñera, torpe, interesada, macabra, turbulenta, fea.
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14.01.07 @ 22:37:48. Archivado en En el Moleskine
Sin duda este post le parecerá a más de uno de un mariobenedettismo subido, pero hoy no lo puedo evitar. Me he levantado almizclado como un tulipán caramelizado de lapislázuli garrapiñado. O algo así. El caso es que yo tenía una grabadora de estas digitales de periodista modenno y dinámico, en la que guardaba unos poemillas que recitó Ángel González en los dos últimos veranos en que dio con sus huesos de posguerra en los cursos de El Escorial.
Tenía que hacer hueco para entrevistar a un delegado de Hacienda que me contaría los detalles de una reforma fiscal que reducirá las retenciones en las nóminas una media, ojo, del 4,6%. En pocos minutos me esperaba el afable hombre de bien para desbrozarme todo aquel galimatías tributario que se me atragantaba por la mañana como uno de esos jeroglíficos quasi egipcios de los periódicos. Mientras repasaba mis cuatro conceptos torpemente aprendidos con la mejor de mis intenciones, procedí a borrar archivos desfasados de la grabadora, en una cafetería ciudadrealeña en la que pides un té con leche y te sirven leche con té. Y no sabes si la culpa es tuya o suya.
De una primera tacada me cargué ese que empieza con Ayer fue miércoles toda la mañana, por la tarde cambió, se puso casi lunes. Luego fusilé el de Todos ustedes parecen felices, para guillotinar poco después aquel inventario propicio de lugares para el amor. La tecnología se alió en mi contra mientras la pata coja de la mesa me pringaba mi mesa de trabajo de un té tibiorro. Por la tele salía un ecuatoriano hablando de manifestaciones, lemas y pancartas, y Pepa Bueno con su expresión de ojeras bien disimuladas por el tapaídem.
Una punzada me perforó levemente el alma cuando descubrí mi autoexpolio lírico. “Al menos he salvado uno”, me dije, ese de Muerte en olvido, tan breve y certero. Lo guardé como un tesoro de bits sonoros, que jamás se borraría de sobre la faz de la tierra. Pero algo volví a toquitear mal, que el poema en ciernes desapareció, se lo llevó el viento, se fue, voló, murió, se perdió. Quise automáticamente presionar un enorme control+Z que por ningún lado existía, y me entró como una pena pequeña y profunda de la que ni Pepa Bueno, ni el ecuatoriano, ni el Delegado de Hacienda me resarcirían.
Al menos había salvado uno, el del campo de batalla, que no estaba mal, pero que no era ese. Traté de consolarme, pensando en que siempre podría volver a recordarlo, a leerlo por ahí. Luego descubrí que quizá ese olvido del que habla el poema no se produciría tan pronto como pensé, y que a lo mejor tardaría en llegar muchos más años de los que creía. Esto ampliaba entonces mi margen para seguir existiendo, para no ser aún ese hombre oscuro, torpe y malo en que pensé que podría convertirme.
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08.01.07 @ 19:44:27. Archivado en Audio/Visuales
Ese era el subtítulo que aparecía en la portada del libro ¡Viven!, de Piers Paul Read. Lo leí en un fin de semana playero, con 13 años veraniegos, fascinado por aquella tragedia real, con supervivientes que llevaban sus vidas reales, en Uruguay, mientras yo leía el drama por el que pasaron. Dijo Felipe Benítez Reyes en la entrevista posterior a la entrega de su premio Nadal, que uno de los deberes del novelista es entretener. Pero no entretener en el sentido barato de la expresión, aclaró, sino en el sentido de fascinar. (Este escritor tiene dos libros muy entretenifascinadores: El novio del mundo y El pensamiento de los monstruos.)
El caso es que me enganchó aquel libro porque era una aventura bien contada, sin las grandilocuencias de las guerras. Una aventura localizable, asumible, con unas coordenadas geográficas concretas (el fuselaje roto de un avión en medio de la nada de Los Andes) y con unos problemas bien concretos: hambre y frío. A los que se le sumaba el dilema moral, no exento de un cierto morbo nunca antes experimentado (como lector): comerse crudos a sus amigos. (Se podrían hacer chistes de mal gusto aquí sobre el anisakis…)
Hay días en que me acuerdo de esa gente: Roberto Canessa, Nando Parrado, Carlitos Páez, Vicintín, Gustavo Zerbino. Pienso entonces en sus 72 días de castañear dientes, de esperar a un helicóptero que no llegaba, mientras los más vulnerables se iban apagando en una muerte dulce y tristísima. Cuando vieron que o hacían algo o morirían también, Parrado y Canessa iniciaron una travesía que duró diez días, errando por ese virgen territorio blanco sin caminos. Con tan sólo 21 años, cuatro ropajes y alguna que otra proteína extraída de la carne de sus compañeros. Lograron contactar con un campesino, Sergio Catalán, y se salvaron, gracias a la fuerza del espíritu humano, ese plus extraño, no sabemos si divino o humano, residuo de tiempos más duros o qué sé yo, que nos hace seguir avanzando cuando el suelo se cae.
Y voy a hablar ya de lo que quería porque se me agota el post. Quería hacerlo sobre una película llamada Mía Sarah, y que han llevado a la realidad del cine los hermanos Ron, viejos amigos de este náufrago digital. Desde que los conozco han querido hacer cine, un cine que ha buscado entretener y fascinar a la vez, lo cual es arduo y jodido asunto. En Mía Sarah lo consiguen en no pocos ratos, y el espectador se queda entretenido y fascinado por un instante, y entonces la inversión de tiempo y dinero y palomitas ha merecido la pena. Y uno se siente orgulloso de esos nombres que de pronto salen en los títulos de crédito.
Es un triunfo del espíritu humano superar unas cumbres que ni Juanito Oyarzábal con los pies al completo, pero también lo es tener una ambición/sueño y llevarlo a cabo, cueste lo que cueste: pasaditas por el hospital, crisis de todos tipos y modelos. La dificultad da el valor. No es lo mismo ¡Viven! que aquel accidente de Rajoy y Espe en ese helicóptero.
Muchos de los que empezaron la carrera (audiovisual, periodismo, publicidad) querían llegar lejos y comerse el mundo. Luego se contentaron con comerse uno de los bordes resecos, cual pizza bbq del día de ayer. No los criticaré, porque no todo el mundo está hecho de la pasta de los Canessas y los Parrado. “Cada cual tiene su guerra”, como dijo un día un rocafasiliano de pro. Menos mal, por otra parte, que no hay que aspirar a héroes a cada rato. Aunque sí que se me antoja que ese “espíritu humano”, está un poco como Bershka y Stradivarius a estas horas de la tarde. Por eso este post, por eso me apetecía destacar esa primera gesta audiovisual, que es todo un triunfo, un triunfo del espíritu humano, raro en estos días como hacerse mormón. Siempre se dijo de los hermanos Ron: “Llegaran lejos”. Yo diría que ya han llegado, aunque ellos sientan que aún ni han empezado.
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Tiene Sánchez Dragó (en uno de sus curiosos consejos de su código de conducta recogidos en El sendero de la mano izquierda) opinión concreta sobre la comodidad. “La vida no es cómoda, nacer no es cómodo, vivir no es cómodo, rechaza la comodidad”. O algo así. Algo parecido a lo que parece aplicar en vida Amancio Ortega, uno de los hombres más ricos de España, pero que ha vivido tantos años en un piso sobrio de La Coruña. Aunque esto daría para otros pedaleos, sobre el dinero y el no cambiar de hábitos, y bla, bla.
Hace unos días viví una de esas visitas guiadas en un piso de protección oficial que una “parejota” a punto está de estrenar. Poco a poco comienza a convertirse en un hábito no sé si preocupante, pero habitual y agradable, esto de fisgar en las domésticas vidas futuras de nuestros amigos. Y todo es ilusión, y los pequeños detallitos son encantadores botones sobre los que se pulsará para activar la felicidad, al llegar a casa un viernes, o un día festivo que nos quedemos en la cama por la mañana. El fregaplatos es moderno, y ya no hay que agacharse para colocar la maculada vajilla. Sobre el armario de los vasos y platos emergen unas luces tonificantes que crean una suave aureola que hace desaparecer por arte de magia borrás el cabreo constitucional que traíamos al arribar a casa. Después, cortamos un poco de queso del Roncal, un poco de chorizo con tintico Monjardín, y lo disponemos sobre la península, y una placidez oronda nos impregna el alma como un beso de Dios. Ahhhh.
Pero, calma, a la casa le faltan todavía bastantes trabajos para “entrar a vivir” (¿por qué no se dice directamente entrar?) y el chorizamen de antes de la cena tendrá que esperar. Sigue entonces el tour y el invitado se siente en la responsabilidad de decir “qué bonito todo, qué rico todo, qué buena inversión”. Hay veces, como en ésta que os cuento, en que es verdad, pero en otras se echa de menos haber dado alguna clase en el Actor’s Studio de Elia Kazan. Sigue entonces la breve peregrinación por los distintos cuartos, y en los más íntimos es inevitable no sentir el acecho de pensamientos de dudosa corrección estilística y moral. En este metro cuadrado, Roca, butiñarán durante los próximos 30 años. En este cubículo gozarán de los privilegios de tener pareja estable, cuando no haya dolores de cabeza o desganas más profundas, durante décadas. (Por qué, amigos, decir hipoteca es básicamente lo mismo que mentar al santo matrimonio, incluso más, pues en el casamiento nadie pone plazos fijos -si obviamos aquello de "hasta que las muerte os separe" y tal.)
Y si los detalles se magnifican con entusiasmo, los problemillas, las insuficiencias de la casita de sus vidas, se comentan rapidito y en voz baja, como los logros económicos del Gobierno en el diario El Mundo. También con cierto optimismo de última hora. "Está a media hora del metro, pero así hacemos ejercicio". "No hay ventilación en el baño, pero así es más acogedor". "El dormitorio da a un patio interior, pero muy luminoso". "El barrio está lleno de manguis, pero es super multicultural". A todo asentimos con un "claro, claro", e incluso añadimos algún elemento que refuerce sus tesis: “Y el pakistaní abre a todas horas, oye, qué práctico”.
Con todo, el visitante se va de ese proyecto de vida entre paredes con cierta envidia sana, alegre por la consolidación en ladrillos de ese amor universitario que va cuajando. Luego, quizá para compensar, sobreviene la sensación de si no es todo aquello una prematura conquista de la comodidad, de un remanso de paz aún no merecido, que no se sabrá valorar. Años de felicidad de protección oficial, con constante cambios de macetero y tardes de bricolaje, o visitas a Leroy Merlin para comprar clavos. Un espacio afable gracias a IKEA que promete vidas como de catálogo, del que no se suele leer la letra pequeña. Y a mí me parecen palabras mayores.
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