Post a lo José Joaquín Arazuri (2/2)
05.12.06 @ 17:58:14. Archivado en Hiperlocalismo
Me olvidaba de otra “excepción” (y vale, seguro que hay miles de excepciones…), que además está dentro de ese perímetro poetico-botánico de la Taconera, y que no es otro que el quiosco de los patos, con ese sempiterno dependiente de gafas de culo de botella al que siempre bauticé mentalmente como Mambrú. Si algún día pasáis por ahí, pediros un flash o un bubalú y fijaros en su entera presencia. Os saldrá automáticamente esa denominación: Mambrú. Lleva cosa de mil años, allí metidico. Yo y mis hermanos comprábamos Toma2, jamones y chicles Boomer de manzana ácida y ya estaba allí. Es como un dinosaurio monterrosiano del mundo de las chuches.
Las otras dos clases de “carros” son estas: los verdes y los de rejilla metálica. De los verdes, recuerdo sobre todo dos, que eran de un verde como de pintura plastidecor verde. Uno de ellos pegado a la iglesia de San Nicolás, como un parásito, una lapa que en vez de hostias daba regalices rojos. Tenía una ventanita de cristal que se abría durante el horario de apertura y otros cristales con los productos más destacados pegados con cello. No sabría precisar cuál era el horario de aquellas cajitas de chucherías con dependiente dentro; supongo que se regirían según su propio criterio comercial que a saber cuál era. El otro era una casetilla verde que parecía que se la podía llevar el viento de octubre, en la plaza de San Nicolás, junto al eternamente joven y sonriente Mikel, el castañero, que lleva nada menos que desde 1979 allí aparcado junto a su furgoneta roja (pero el tema castañas daría para otros cuantos posts a lo Arazuri…). Lo mejor de aquel “carro” era que parecía que encogía. Uno iba creciendo y el carro era cada vez más pequeño. Llegaba entonces esa difusa edad de los 12 o 13 años en que uno no sabe si todavía es niño o qué cosa es, y para pedir una bolsa de pipas de 15 pelas había que ponerse casi de rodillas. (Dizque para entonces yo era un mozo tirando a alto.) Y lo mejor de todo es que la dependienta carrera (vaya palabro, ¿¿carrera vendrá de camino de carros?? Carrera de San Jerónimo...) era gorda como una mesa camilla, y alguna vez pensé si se quedaría encajada allí dentro y tendría que volver a su casa incrustada en esa minúscula estructura de riskettos, aspilates, conguitos y fresquitos.
También era algo gruesa, pero menos, la tendera de ese otro carro de grato recuerdo para mí, en Sarasate, uno de los de tipo “B”, de rejilla por fuera y revistas colgadas a los lados. Para más inri, en aquel breve espacio con olor a gominola de fresa y a Diario de Navarra, solía introducirse también el novio de la susodicha, que se quedaba en el fondo del cubículo como haciendo compañía a esa novia de toda la vida, dando calor humano en los días más fríos de los años ochenta. De vez en cuando actuaba como asistente, y alcanzaba los pedidos más a desmano del “local”, como algún tebeo de zipi zape desclasificado.
También estaba el de las Navas de Tolosa, con ese revisterío porno y nítidamente obsceno de la parte de atrás (rejilla metálica, claro), con un dependiente que recordaba a Rompetechos, por lo cegato. O el de la plaza de Toros, donde vendían esos “fuertes” a veinte pelas que eran sobres con soldados de plástico dentro. También había otro en Carlos III, jarl, y por supuesto “el carrico de José”, ese señor con gabardina y boina al que luego sustituyó aquel tío tan majo y cojitranco cuya suela del zapato izquierdo era de esas de cuarenta centímetros. Quedan pocos ya, absorbidos por los grandes magnates de la chucheína, como el Dulce Alivio y demás. Pero quien tenga todavía algún resquicio para la nostalgia y quiera sentir aquello de “no todo está perdido”, siempre se puede acercar a Mambrú, o al de la plaza de los ajos. O a “La Virola”, por supuesto, que ahí sigue, donde San Ignacio, enjoyada y simpática sin temor a expropiaciones.
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Eduardo Laporte
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