Post a lo José Joaquín Arazuri (1/2)
04.12.06 @ 18:40:00. Archivado en Hiperlocalismo
Visto que aún no se muere el hijodeputa chileno, se me ha ocurrido volver a la interesante fórmula del Post a lo. Leí en el DDN que al cineasta hiperlocal (que en paz descansa) Antonio Ruiz le han dedicado una placa en el Rincón de la Aduana, ese mágico, florido y recoleto lugar hasta que construyeron un parking en sus tripas. Pamplona antaño. Justo enfrente de ese maestro del peteuvismo, el médico e historiador de la ciudad de Pamplona José Joaquín Arazuri, al que una vez robaron las gafas, en su estática e indefensa estatua. Calle ésta pues, flanqueada por dos de los más castas personajes rescatadores de rincones y nostalgias de ladrillo.
Si uno pone los ojos a lo Arazuri, con o sin gafas, la ciudad de pronto se hace más entretenida de ver, al tiempo que uno se siente un joven prematuro, y un anciano demasiado joven y ágil. Así, el otro día, en uno de mis paseos con Molusco, me dio por fijarme en ese elemento tradicional de la fisonomía pamplonesa: “Los carros” (conocidos en otras partes del mundo como quioscos). Supongo que se llamarán carros porque antes iría un tío con su carro a cuestas, el carrico del helado, etc. Esto de “los carros” a mí me simboliza el encanto de las provincias, como ese ir a por pipas (frías o calientes) y gominolas de cocacola las tardes de domingo azulón. En Almería hay unos muy curiosones, que los vi yo, que sirvieron de refugio a la población asustada, cuando la guerra civil, diseñados por el insigne arquitecto local, Guillermo Langle, que es como el Víctor Eusa de esa luminosa ciudad.
En Pamplona, había sobre todo de dos tipos, y una excepción. La excepción sigue vigente, en la plaza de los ajos o Recoletas, cerca de la placa y la estatua citadas, y era un carro raro, pues no se ajustaba a los ojos de niño clasificadores y dados al "pensamiento por complejos". Sin embargo, lo comprobé el otro día, su diseño es con diferencia el más logrado, y es un pequeño pero notable complemento a ese pequeño universo que engloba la Taconera, con el café Vienés, el bosquecillo, con el árbol del Cuco al que se subía Pío Baroja a soñarse Robinson y la iglesia de San Lorenzo.
Seguiré otro día.
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Eduardo Laporte
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