Baroja, un escritor con mucha miga
30.10.06 @ 20:04:20. Archivado en Husma literaria
Se ha escrito alguna que otra vez aquí sobre Pío. Pero hoy tocaba hacerlo, pues desde que se inició la televisión en España, el “hombre malo de Itzea” (así lo llamaban los niños del pueblo), no está ya entre los vivos. Bueno, en realidad, Baroja convivió dos días con el nuevo medio de comunicación, pues murió un 30 de octubre de 1956, 48 horas después de las primeras emisiones.
Porque Baroja suena ya a otra época, a época de cafetines madrileños, sombreros hongos y periódicos asabanados ensalzando la República. Se le ve como un hombre del pasado, en blanco y negro, antiguo, cuando su modo de pasear por la vida tuvo más de moderno, “de precursor”, que tantas vanguardias fules.
En Saber y Ganar le dedican un apartado, la efemérides lo merece. Una pregunta de El duelo se refiere a esos inicios suyos en que combinaba el noble arte de la fabricación de pan con el ejercicio de la literatura. Su hermano Ricardo regentaba una tahona en Madrid, y Pío decidió ocuparse de ella en vista de que el otro pasaba de la hogaza. De ahí surgieron pitorreos ilustres, como el de Rubén Darío, que dijo aquello de que Baroja era un “escritor con mucha miga”. Habría que tener los panecillos bien puestos, en aquella época de hipocresías, vivir para afuera, de qué dirán y del clasismo más cruento, para meterse a escritor/panadero. Sólo por eso, por ese contumaz vivir a contracorriente, por ese resbalamiento constante de los comentarios ajenos que fue su vida, merece un mucho de interés, a cincuenta años de su enterramiento en un cementerio civil de Madrid, donde decidió que le sepultaron con todos los honores “ateos”.
Hoy en una biblioteca madrileña cojo una especie de flyer de temática barojiana. Son los itinerarios madrileños de personajes como Andrés Hurtado o Silvestre Paradox. Ya pasaron las fechas, una pena. En el Museo de la Ciudad una exposición rememora la “Memoria de Pío Baroja” y me hace pensar si tuvo tanta influencia en él Madrid, como el universo vasco. A juzgar por los homenajes, parece como si no hubieran existido La casa de Aizgorri, El mayorazgo de Labraz, Zalacaín o ninguna de las inquietudes del bravo Shanti Andia.
Me entero también en Saber y ganar que Hemingway y Cela, dos premios Nobel, portaron su féretro por las calles de Madrid hasta el cementerio. Dan ganas de investigar sobre tan curioso capítulo de la historia de la Literatura. Al final, a cincuenta años de su muerte, nadie sabe donde honrarle. Al menos, en Euskadi o en Chamberí, quedan sus libros, siempre por encima de nacionalismos, politiqueos y otras hemiplejias de la razón.
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Eduardo Laporte
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