Bar Los Portales
10.10.06 @ 20:56:39. Archivado en Hiperlocalismo
El viernes me tomé uno de esos coponcios en vaso ancho, largo y de dimensiones generosas, en Los Portales, uno de esos reductos donde la juvenería todavía puede protegerse del reaggeton y del garrafón. Reabrió sus puertas de la mano de Juan/Mortadelo/Pájaro Sorbet a principios de mediados de los noventa, cuando todos éramos más jóvenes y felices (aprox). Ahora, este particular Rick de las recoletas noches iruñesas ya no pasea su espigado cuerpecillo de ave sedentaria por detrás de una de las barras más queridas de Pamplona. Desde hace meses voló del nido para descansar en la nebulosa y contaminada Londres, donde aseguró a algunas fuentes poco fidedignas que se iba “a vivir de mantenido”.
Una vez confesé que había bebido. Demasiado, se entiende. Tiendo a pensar que el beber va en menoscabo del vivir, como si con la priva uno se bebiera la vida, que transcurre difusa por la noche y legañosa por la mañana/tarde. Nadie me enseñó a vivir, como dijo Pilar Miró, y mucho menos a beber, así que a lo hecho, pechos.
El caso es que me entró una suerte de nostalgia del tiempo ido, el viernes, en compañía de Molusco y Bro, sobre el serrinoso suelo de esa nuestra The Cavern pamplonesa sin Beatles. La no presencia del Cándido del Casa Cándido, véase Juan, ofrecía un panorama no diré desolador, pero sí un poco hueco, vacío, calvo. Aquello era un bar cualquiera, otro bar, un bar más (aunque con buenas copas e ídem música, parece que al menos la marca de la casa se mantiene).
Entonces, descubrí cómo entre los etílicos souvenirs todavía había muchos muebles salvables de ese presunto naufragio que es a ratos la juventud. Pensé en todas esas noches despreocupadas, colmadas de drogas legales y de amistades en el estado eufórico de la noche, ese que nunca muestra resquicios ni sombras extrañas. Pensé en que aquel y no otro era el escenario de gran parte de mi curriculum sentimental, testigo mudo de los capítulos fundamentales de mi autobiografía rosa. Pensé algo también en que todo eso era ya nostalgia de premadurez, y que tenía ya puesto sin remedio el filtro añorador. Aquello había pasado ya, quién lo vivió, disfrutó y bebió, brindo por él, pero se acabó, se fue. Como Juan, ese Moe nuestro de cada sábado que, ay, no volverá.
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Un chupito de capitán Morgan mientras suena esa balada de U2, se sacan las escobas y la oscuridad se vuelve aséptica con esas luces blancas. Se echa el cierre, y ya casi no queda nadie, excepto ese par de brasas, ya se van, se acaba el fin de semana, la ciudad duerme la mona. Ciao. Abur.
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Eduardo Laporte
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