Por el boulevard de los sueños rotos: OT
03.10.06 @ 13:14:23. Archivado en Audio/Visuales
Encendí la tele y vi unas imágenes bien montadas, sin voz en off, de elegante realización, el cásting de Operación Triunfo. Si hay una profesión que jamás ejercería —aparte de la de coreógrafo— sería la de jurado en el proceso de selección de OT. Tampoco en otros tipos de comité en que haya que decir “NO, no te queremos”. Nunca trabajaría por tanto en ningún dpto. de RR HH.
La pegatina. Esa era la presa a cazar, el objetivo visible sobre el pecho que había que lucir con el ídem bien alto, si uno lograba seducir al jurado. Una pegata que suponía el acceso a la siguiente ronda, la confirmación de estar entre “los elegidos”, de que el sueño queda más cerca, de que la lucha por la fama va por buen camino. Tras ese triunfo virtual los aspirantes se relajaban y se sinceraban ante la cámara: “No creía que fuera a conseguirlo, pero ya estoy aquí y, claro, ahora lo veo todo más cerca. No me importaba irme a casa de vacío, pero ahora siento que todo es posible, qué fuerte, buah, cuándo se lo diga a mis amigos, no lo van a creer, qué fuerteee.”
Este era un chico con un look bien estudiado, pero espontáneo, fresco, espigado, simpático, espontáneo, con voz digamos que bien apoyada, que sonaba profesional, de esas que vuelan con autonomía. El chaval se sabía con posibilidades, había conseguido la pegatina, estaba cantando con seguridad, se veía ya en la plataforma junto a Carlos Lozano y firmando contratos con EMI, Warner y Virgin. Abandonaría por fin esa vida de conciertos cutres en el pub de su primo Lucas. Despreciaría con sus discos de platino a aquellos que no confiaron en él, que le dijeron que aquel mundo era muy difícil, que sentara la cabeza, que madurara: “No sigues con nosotros”. Ojos líquidos, brazos caídos, la oportunidad perdida, quizá la única.
Había también una chica, mona ella, un poco soñadora, a las puertas de su sueño: ser cantante. Y hay que reconocer que el entramado promocional de OT lo pone en bandeja, no siempre, es cierto, quién se acuerda de ¿Elena Gadel? pero sí en suficientes ocasiones de abrumadores éxitos. Basta ver a Bisbal arrasando por donde pisa.
La aspirante muestra su tatuaje a la cámara, tirando a vulgar. “¿Qué es lo que me ha gustado a mí desde siempre, mi verdadera pasión: la música. Así que eso es lo que hice, tatuarme la palabra música, con todas las letras (de un estilo gótico bastante cutre, in my opinion)". Al igual que el otro chaval, toca el cielo con los dedos, se emociona, ríe, sueña, canta, se come los mocos, hasta que le comunican el jarro de agua fría: “Lo siento”. Y a llorar. No pasa nada, dice entre lágrimas, no pasa nada, y llora, y llora.
El último en aparecer es un tal Jorge González, que no se qué ha sido de él pero que desde luego tenía un halo especial, un algo de artista nato, una autenticidad de esas que venden discos más allá de cualquier estrategia de MK. Gitano él, le pregunta Toni Cruz a qué se dedica: “Pues… a esto de la ropa”. “¿Qué es esto de la ropa?”. “Bueno, ahora no hago nada, pero eso, pues la ropa y eso”. Y el tío se pone a cantar y lo hace muy bien, y luego cuenta cómo su familia le ha acompañado en el proceso. Incluso ha venido su padre, con el que apenas se hablaba, dice emocionado, sorprendido, y ahora el padre fabula la idea de ver a su hijo convertido en el orgullo de la familia. Ya no le parece tan mal eso de cantar. Todos le esperan a la puerta del Palacio de Congresos de Madrid, como si viniera de aprobar unas oposiciones a juez. “Otra vez será, no pasa nada, otra vez será”, repite un nervioso patriarca gitano de bigote gris. Y sale el joven hombre a lo lejos, y levanta los brazos y todos se emocionan en ese instante feliz en que intuyen qué es aquello de ser alguien en la vida.
Cualquiera le dice “No sigues con nosotros”.
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Eduardo Laporte
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