El cristo clonado: El nacimiento de una era

Permalink 26.09.06 @ 16:50:59. Archivado en Libros recibidos

Pag. 261: “Dios se alimenta de la discordia y el sufrimiento”. Pag. 262: “Dios no desea paz ni buena voluntad entre los hombres. ¡Lo demuestra la propia Biblia!” Pag. 267: “Yahvé no es un dios amor!”

Así de revolucionaria se muestra la segunda entrega de la trilogía de religión-ficción con toques de geopolítica apocalíptica. Más breve en páginas, pero no en desgracias para la Humanidad, en ese futuro próximo indefinido en que se sitúa la acción. Después de "El Desastre" narrado en el primer libro, que segó millones de vidas de la noche a la mañana, ahora llegan asteroides y plagas de langostas para crear el caos y la muerte en un planeta en crisis perpetua. Todo ello basado en las profecías del Apocalipsis, algunas de esas rimbombantes y aplicables a cualquier terremoto (cuando el cuervo graznó y se oyó un sonido de corneta), pero otras más concretas, como ésta: “…del humo saltaron a la tierra langostas (…) se les dijo que no hicieran estragos a la hierba de la tierra (…), sino sólo a los hombres que no llevaban la marca de Dios en la frente”. (Apocalipsis, 9, 1-6)

¿Qué tenemos entonces en este libro? Profecías oscuras que se cumplen, que diezman el planeta y que obedecen a un cambio de era, en la que las creencias asumidas durante milenios quedarán obsoletas. Una nueva era que nace, que se apunta, y que rompe con la tradicional idea de bondad de Dios, aparte de otras tradicionales ideas teológicas que también sufren cambios, como el origen extraterrestre del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Hace bien el autor en invitar a los lectores de cuando en cuando a considerar la advertencia del prólogo: “Soy consciente de que esta historia puede ser contemplada con recelo por muchos cristianos”. En otros tiempos le habrían enviado a la hoguera por afirmaciones como las que arriba cito. En un momento habla de los “perturbados designios de Yahvé” y, en general, se mantiene esa tesis de que Dios era en realidad el malo y Lucifer el bueno. (Como también Judas, según plantea el autor, poniendo a Juan como el verdadero traidor, hecho este de la inocencia de Judas que cuenta con la actualidad del descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto, cosa que tiene su punto sorprendente.) Pero, vamos, lograr hablar de estas cuestiones, Yahvé, galaxias, Elohim, Lucifer y la luz, Dios como asesino de su hijo y tal, sin que suene a cuento chino infumable es todo un mérito. Y BeauSeigneur lo logra, con unos pasajes bien calzados de la Biblia que sostienen esas tesis, y crean una sensación de verosimilitud fantástica que provoca la perplejidad del lector.

Al igual que en A su imagen, este tomo se recrea en exceso en algún aspecto concreto, congelando el ritmo frenético que se supone a este tipo de literatura ágil y “en la que ocurren cosas”. Si el primero se pasaba algún que otro pueblo en mostrar el funcionamiento interno de esa ONU imaginaria, aquí sucede tres cuartos de lo mismo con el relato de la caída de los asteroides y los precedentes estudios astronómicos al impacto de las endiabladas rocas. Páginas y páginas en esta línea:

“Se trata de una misión que sólo puede llevarse a cabo con misiles de cabezas múltiples independientes o MIRVs, lo que reduce aún más nuestro inventario de lanzaderas óptimas. Para ser más exactos, sólo existen dos lanzaderas con capacidad para alcanzar el objetivo y transportar los MIRVs.”

No es que uno se pierda, es el interés el que se pierde, como si uno asistiera a una clase de astrofísica nuclear siendo de letras. Luego llega la descripción de los daños del asteroide que cae a la Tierra y el autor carga las tintas en narrar la trayectoria destructiva que empieza en Siberia, perdón, en la atmósfera de Siberia, y que luego entra por el norte de América y bla, bla, bla, con mucho kilómetros, latitudes y ciudades tipo: Fort McPherson, Fort Goodhope, Norman Wells, Fort Norman y Wrigley.

Así llegamos a la mitad del viaje, que es cuando empieza a ponerse interesante. Por fin, y ya llevamos casi media trilogía, cuando aparece un malo malísimo, que es además homosexual y bebe los vientos por su jefe. Pienso en Los pilares de la Tierra, obra ejemplar del género de novela histórica de acción, y ya en la primera página aparece William Hamleigh, ese antagonista de cajón que complica la historia casi hasta el final. En El nacimiento de una era los únicos malos son las desgracias naturales, hasta que de pronto, parece que el autor se da cuenta y mete enemigos por todas partes: el secretario gay, los profetas Juan y Cohen y hasta el propio… Dios.

Una orquestación demasiado dilatada, floja de ritmo, de intensidad en muchos casos, pero que abre unas posibilidades al final que invitan a seguir la historia. Las propuestas argumentales abiertas son estimulantes, y el mero planteamiento, del modo en que está hecho, de una vuelta a la tortilla teológica en toda regla, pica la curiosidad, pienso yo, del lector universal, sea cual sea su color religioso. Lo dice el autor también al principio, lo de no dar nada por sentado hasta concluir la trilogía. Veremos pues, que sucede en Los actos de Dios. Que nos pille confesados.


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