Esperar

Permalink 08.09.06 @ 17:27:26. Archivado en Divagaciones

A lo largo del día, pasamos mucho tiempo esperando. No sé cuánto, quizá una hora, así a ojo. O más. Ayer presté especial atención a ese soso fenómeno al que nos enfrentamos a diario, y que sólo podemos combatir con el antídoto de la paciencia. Pero, a veces, a ésta la vencen la cafeína, la ansiedad, lo indómito de nuestros rebeldes procesos mentales, y una cierta mala gana generalizada se nos apodera paralizándonos un poco la alegría que teníamos otro día.

En un mismo día, me enfrenté a diversos modelos de espera, dentro ese catálogo más o menos habitual al que se enfrenta cualquier peatón de nuestros días. La primera fue la del banco, esa cola, o fila, lenta como los movimientos de un viejo con artritis, que nos hace pensar algunos de los fotogramas de Un día de furia, esa gran película. Ayer se les apagó el sistema, y hubo que esperar más, qué divertido.

También me tocó hacer cola, o fila, en una librería-papelería. En pleno mes de septiembre estos escenarios con luz fluorescente son territorio comanche de pedidos, facturas y libros de texto de Vicens-Vives y demás. Hacía tiempo que no veía tanta pasta circular en tan pocos metros cuadrados, como la aquel chino pagó sin rechistar, mientras la gotilla de sudor correteaba por mis sienes. Mala época para transitar por esos comercios en plena rentrée.

Pero la peor espera, la más angustiante y generadora de una languidez espiritual sin parangón es aquella que sufrí en una tienda de móviles. No sé que tienen estos establecimientos, qué taimada ley de Murphy les gobierna, qué siempre hay una o dos personas antes de ti. Pero sí lo del banco era lento, esto es más estático como una estatua de la plaza de Oriente. Las piernas empiezan a flaquear cuando uno ya se ha leído y remirado todas las promociones, packs, duos, tríos, kits y blutuces que nos rodean amenazantes. Normalmente, las dos personas que te preceden son venerables ancianos con ganas de llamar y ser llamados y entonces uno admira a los banqueros, librero-papeleros y al personal de las tiendas de telefonía móvil, reducidos infiernos con aire acondicionado (excepto ayer).

Por fin arribo a casa, me tomo un Nescafé Capuchino y me siento frente al ordenador, una de las máquinas mejor diseñadas para hacerte esperar, con esos relojes de arena digitalizada tan coñazos y todo parece una sala de espera sin esperanza, exagerando un poco. Hay muchos más tipos de espera, que desesperan. Seguro que a Molusco se le ocurre alguno. Espero.


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