Con Aznar se hizo el silencio
25.07.06 @ 02:23:43. Archivado en Verano escurialense
Se ha hablado mucho sobre el silencio, no voy ahora a añadir más apreciaciones sobre tal cuestión. “El silencio es tan preciso”, dijo el pintor Rothko, harto seguramente de entrevistas ruidosas, en la que a lo mejor iba gestando su ulterior y definitivo suicidio. El caso es que apareció José María Aznar y se hizo el silencio. Sí, el consejero de Rupert Murdoch, el firmante de esa sociedad familiar y pudiente que atiende por Famaztella S.A., el del azorado gesto en la foto de las Azores, el que escuchó los gritos de “¡asesino!” en el funeral por los muertos del 11 de marzo, el que no supo bien donde meterse cuando se hundió el petrolero, el mismo que sobrevivió a aquel peliculero atentado antes de convertirse en presidente del Gobierno, el mismo que hizo todas esas cosas que ahora no recuerdo.
Aznar volvió a San Lorenzo del Escorial, lugar que vio casarse a su hija Ana con Alejandro, matrimonio a todas luces reditivo, eso se dice, dadas las relaciones del yernísimo con Briatores y demás ricachones del entorno liberal. Pero hablemos del silencio. Tuvo lugar a las 11.15 de la mañana, en medio de ese trajín de cursos, periodistas, secretarios, botellas de agua, bolis en ristre y micrófonos ídem que definen una mañana cualquiera en los cursos de verano de El Escorial (que organiza la Universidad Complutense de Madrid, ojo). Se preveía también la visita de don Zapatero, que finalmente “se cayó” por tener que recibir al Ponferradina, equipo de fútbol de su tierra y tal. Sin duda, sus asesores se cuidaron de hacerle coincidir con Mr. Ansar, el rutilante ponente de Georgetown, el asesor, el amigo de Bush, George W. Habría quedado raro.
Y poco más. Entró y el mundo enmudeció, como si hubiera aparecido un trozo de Historia enfundando en un conjunto algo horripilante, como si ocho años de España se hubieran colado en esas instalaciones perladas de verdes ositos de Caja Madrid. Porque todos callaron, callamos, devotos y contrarios, se hizo un elocuente silencio que sin duda conmocionó al otrora mister President, que debió de sentir el escalofrío de saberse todavía un soy más que un fui. Y todo eso, al personal le impresiona, le achanta, le hace callar.
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Eduardo Laporte
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