Cainismo de andar por casa
19.07.06 @ 20:46:46. Archivado en Cuestiones de Estado

P. ¿Se acabó la España cainita?
R. ¡Qué se va a acabar! Es un rasgo de carácter nacional, que está ahí, anquilosado. Tú llamas a un fontanero, ve el destrozo que hay, se lleva las manos a la cabeza y acusa al fontanero que vino antes... Ésa es la guerra civil, y ése es el carácter de los españoles. De aquellos que cortan el bacalao a lo largo de la historia. Ésa es la España de mala entraña. La otra España es silenciosa.
Esto responde Sánchez – Dragó en una entrevista de hoy 19 de julio, 70 años y un día después de aquello, en El País. Este FSD es un avezado soltador de boutades a lo Clemente, actitud esta que a veces te da un programa de tele como que te lo quita, o bien te manda a Serbia. El caso es que esa respuesta me ha gustado, y me ha hecho pensar que las guerras no se gestan en los anchos campos de batalla, sino cambiando la junta del grifo, recogiendo remolachas o jugando al dominós en un casino de Villafranca, España.
Me refiero a las guerras españolas, como esa guerra que ahora se subtitula mucho con lo de “incivil”, pero que por desgracia ha quedado escrita en Mayúsculas, como paradigma del enfrentamiento cazurro y feo que se vivió por estas tierras hace siete veces diez años. La Guerra Civil, todo un magno capítulo de nuestros libros de Historia que bien pudo gestarse tras la suma continuada de esos minúsculos enconos diarios: un pequeño pisotón, un insulto volandero, una ofensa al apellido, un trozo de tierra arrebatado, una comparación odiosa.
Basta despertarse cualquier mañana en España para palpar la presencia de esos miniembriones guerracivilinos en muchos gestos, frases, salidas de tono, mofas fules, puyas bufas, comentarios fofos y demás agresividad verbal. Un nanobelicismo de andar por casa que cuesta ver con claridad, pues desde pequeños lo hemos mamado, y que hoy he logrado visualizar con nitidez, gracias a esa imagen del fontanero acusica. Cualquiera que tenga amigos o trabaje lo puede comprobar de primera mano, ese constante tono faltón y ridiculizador, tocapelotesco, en el que la autocrítica, la humildad y el aprender del otro son virtudes antipódicas. Se me antoja que todo esto no es sino un extraño artilugio psicológico para vencer nuestro atávico sentimiento de mediocridad.
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Eduardo Laporte
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