Borges está vivo, me lo dijo un amigo
05.07.06 @ 01:55:27. Archivado en Verano escurialense
Esta mañana de principios de julio, en San Lorenzo del Escorial, en una cafetería de esas con cucharillas que tintinean y demás ruidos infernales, me he cruzado con María Kodama, la viuda de Borges. Escuchimizada figura de inspiración oriental, cabello blanquinegro a partes desiguales y gestos menudos de una mujer de vejez indefinida. Ha sido un instante decisivo, que diría el fotógrafo Cartier Bresson. Un momento mínimo, pero que me ha situado más cerca de Borges que cualquier relato suyo. Allí estaba ese menudo cuerpo, la viudísima, la que fuera mujer de Jorge Luis. Dudo que nadie citara a Borges con tanto rigor y oportunidad como ella.
Han pasado veinte años de la muerte del Maradona literario. Ya dice el tango que veinte años no es nada, que febril la mirada, y tal, porque María Kodama, la viuda, sigue aferrada a su papel de mujer-de para dirigir cursos sobre ese marido suyo tan venerado. ¿Podemos criticar este vivir del cuento ajeno? Quizá en perfiles tan cantosos como el de Marina Castaño, donde esa atracción por el poderoso, por el consagrado, atufa desde lejos. Justo lo mismo que hacía el propio Cela cuando aparecía todo ufano en casa de Pío Baroja, en las crepusculares tertulias del piso de Ruiz de Alarcón de Madrid, a figurar y tal y labrar su destino de gloria literaria.
Kodama será siempre recordada como la “mujer de Borges”, cosa que suena a papel secundario, pero que no deja de ser papel. Es alguien. Y en una cafetería a media mañana eso impacta, tiene sus varios aqueles.
También está la cosa de que gracias a este cargo vitalicio de represetante de la gloria literaria, nos llegan aspectos más cercanos del escritor mitificado. Leo hoy una lúcida y entrevista escurialense que Borges no tenía ninguna rutina, que escribía sin planificación, cuando le apetecía contar algo. Leo también, versión Kodama, que JLB no era un tipo obsesivo, pues la “obsesión es una pasión que enceguece, que ciega”. Dice la viuda que lo conoció cuando ella tenía 16 años y que nunca vio persona “que disfrutara tanto de la vida”. Cuántos tópicos sobre los escritores han creado proyectos de escritores frustrados, malas y siniestras copias de una torcida idea de escritor, amargado, taciturno, reconcentrado, como si eso fuera el requisito fundamental para ganarse el parnaso. Porque si algo es el escritor es libre, creador de su propio yo y del mundo que lo acompaña. Quizá eso fue lo que le gustó a Kodama de B. Quizá hoy día, a veinte años de su ceguera definitiva, lo siga recordando por esa forma de encarar la vida, tan borgesiana, en el sentido menos profundo de la palabra.
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Eduardo Laporte
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