Ciudad - monstruo
25.05.06 @ 12:30:18. Archivado en Geografías
Pero, una vez saboreado el cielo de Madrid abierto y claro, vienen unos retortijones nada agradables. Piensa uno entonces que en las ciudades-balnearios no hay Viaductos desde los que saltan los desesperados, los que perdieron el carril y decidieron que ya era tarde para volver atrás porque tampoco serviría de nada. Piensa uno que al menos, en el reino del lexatín, en el refugio que ofrecen las murallas de la provincia, al igual que en un psiquiátrico, o en casa de tu abuela, queda garantizada una existencia al menos llevadera.
Se cuela por el metro el sudorcillo insidioso, metálico, de quienes acuden a diario a ganarse la vida, en batalla sin medallas pero sí penurias. Unos prefieren atacar desde su cuadriga, y luchan con atascos furibundos mientras los locutores de radio dan más alimento a ese monstruo que crece sin límite. A lo largo de la jornada, los estados de ánimo abarcan toda la gama de tonos y brillos, de la negritud más abisal a la euforia incontenible. Pero basta ver muchas de esas caras apocadas del metro para comprobar que eso de la euforia se administra en capsulitas muy esporádicas.
En la ciudad monstruo todos los males del mundo pueden llegar a escenificarse, aunque sea en un lapso de segundo, en una coyuntura breve pero lúcida, como un aleph esclarecedor y deprimente a partes iguales. En la ciudad monstruo los cabezas de familia tragan el polvo necesario en busca de un sueldo que les garantice una inmunidad, un balneario dentro de la ciudad monstruo, con rejas en las ventanas y un contrato en Securitas Direct que les permita dormir sin desvelarse del todo. Hasta que una banda de rumanos se cuela en ese pseudoparaíso con muebles de IKEA y con suerte sólo te desvalija.
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Eduardo Laporte
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