Ciudad - balneario
24.05.06 @ 13:30:37. Archivado en Geografías
Cuando se llega a Madrid tras abandonar el calor uterino de una ciudad como Pamplona, aparecen las inevitables comparaciones, y se entiende mejor esa cosa tan concreta pero sublime que son las ciudades, las grandes y las pequeñas. Esas creaciones del hombre, vivísimos museos de la historia de la Humanidad donde además podemos tocar, ensuciar y hasta construir. Mientras venía en el confortable Continental Auto, cinto al abdomen, pensaba en Pamplona como una gran ciudad – balneario. Como esa Baden – Baden, ciudad de aguas termales y casinos donde el ludópata que fue Dostoievski sacó rédito de tan caro vicio en su novela El Jugador.
Una noche, en Baden, le dije que quería dejar su servicio, y esa misma noche me fui a la ruleta. ¡Oh, cómo me martilleaba el corazón!
Un entorno apacible, supongo, donde dejar que las zozobras del mundo golpeen menos, como si resbalaran por la piel cubierta de aceites de almendra. Un lugar en el que vivir en la comodidad, en lo agradable, con todo en su sitio, bombones debajo de la almohada y barquetitas de frambuesas en la ventanita por do entra un frugal rayo de sol por la mañana.
Un sitio donde saludar a los Frügger y a los Vögler, e incluso aceptar una partida de bacará con ellos previo atracón de ostras con un rico jurançon sec bien fresquito. Un lugar en el que extasiarse con la interpretación certera de las piezas más ambiciosas de un pianista como Rajmáninov. Un enclave donde prender la felicidad y hasta tenerla bajo control por un rato, por unos días, hasta que se va secando, desgastando, penetrando en la piel como esos ungüentos aceitosas de los que estamos demasiado servidos ya.
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Eduardo Laporte
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