Bahía, snack - bar

Permalink 18.05.06 @ 21:31:54. Archivado en Hiperlocalismo

Cuando uno se sumerge en la negra provincia de Flaubert, y en ciudades como Pamplona, hay que echarle un poco más de imaginación para encontrar temas bloguiles. Ser un poco esquimal y ponerse a diferenciar los cuarenta tipos de copos de nieve, ponerse las microgafas y fijarse en los detallicos. Luego, claro, desembarca uno en la tocha Atocha y entran sudores fríos, la nuca se tensa y la lengua pesa más de lo normal ante tanto estímulo salvaje y descontrolado.

Eso pensaba viendo trabajar a los camaretas del bar Bahía de Pamplona, uno de esos “snack – bar” en los que se cultiva una extraña elegancia que algún poeta podría definir, pero que es muy difícil. El caso, quedaba muy bien eso de “snack”, que venía a significar “algo pa’ jalar”, seguido de “bar”, que viene significando mayormente “barra”. De “snack – bar” sólo conservamos lo de “bar”, palabra tan inglesa como umbrella, pero que utilizamos con la misma alegría y despreocupación que avestruz.

Son estos camareros dignos de observación, con ese uniforme que no sabemos si da prestancia o la quita definitivamente. Una especie de dignidad proletaria, color amarillo mostaza Prima nada chillón. Uno de ellos padece una minusvalía en una de las piernas, que arrastra por entre las cámaras con un esfuerzo que el sudor en la frente impide disimular. Otro gasta unos ojos saltones del tamaño de un huevo duro, que imponen un poco y que no sabemos tampoco muy bien qué es lo que expresan. Un personal decididamente freak, pero de una autenticidad que ninguno de esos garitos encargados a Decostudio alcanzará jamás. Todos esos pafs temáticos que evocan tiempos y usos de otras épocas o latitudes: La antigua farmacia; El zorro, el faisán y la perdiz; El Indalo cojo, El tabernáculo de Lancelot el valeroso, etc.

Es cierto que el glamour del snack – bar Bahía no tendría cabida en ninguna guía Michelin, ni siquiera en una muy gorda. Se trata de un glamour que no sabe de dominicales ni ferranes adrías, sino de algo menos computable como el ser un-bar-de-toda-la-vida con los camareros-de-siempre, con ese pseudolujo tan inofensivo como simpático. Un pseudo lujo que combina carteles dorados de ampulosas letras grabadas: “Disponemos de carta de sándwiches…” con hojas blancas pegadas con cello y escritas a máquina de escribir.

A la estación de autobuses no le queda más que un sanfermin, leí el otro día. Verdadero monumento de la cutrería más rampante al que al final uno coge cariño, que uno incluye en el imaginario de la ciudad. Como aquel malogrado bar Cinema, tan casposo como entrañable, que nos dejó hace poco. El bar Bahía podría palmarla en cualquier momento, quién sabe. Pondrían en su lugar una tienda de chuches, y pasaríamos de largo sin permitirnos el lujo de apenarnos, porque en la vida hay problemas más serios. Supongo.


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