Un mundo pequeño
22.02.06 @ 20:05:37. Archivado en Tiempos modernos
Dicen que con sólo siete personas uno es capaz de llegar a contactar con quien se lo proponga. Con Camilla Parker, supongamos: mi primo conoce a uno que trabaja en la embajada española en Londres que conoce a uno que está casado con una sirvienta del palacio de Windsor. Cuatro pasos para llegar la mesa de Camilla, y enviarle un mensaje, una proposición decente, lo que se quiera. No sé si eran siete, o tres, dejémoslo en cinco. El otro día conseguí llegar nada menos que a Carlota Casiraghi, en tan sólo tres pasos, y gracias, obviamente a unas herramientas al alcance tan sólo de unos pocos. Un mundo ancho, el planeta Tierra, que cabe en el tamaño de una Palm y en el que la jet-set se mueve con más soltura que Pocholo en una cabina de diyei. Hablo de una comunidad virtual para la beautiful people de cuentas corrientes abisales, de esos pocos miles de individuos cuyas rentas per cápitas unidas llegan al infinito y más allá. A small world.
El cómo accedí yo a meter los morros en tan privado lugar no tiene interés a estas horas de la tarde. Porque eso sí, en tan selecta lista no entra cualquiera. No es que haya que subirse a la torre del homenaje, pero sí que son necesarios varios padrinos que avalen tu pertenencia en esos salones virtuales tan high. Dentro de ese fastuoso microuniverso uno incluye sus contactos, donde conviene tener unos cien para que parezca que tienes amigos. Uno se coloca ahí su fotito, si quiere el curriculum y se exhibe ante las mayores fortunas de nuestro universo actual, que tienen acceso a llamar a tu puerta para invitarte a suculentos festejos en el quinto coño. Uno se construye su ‘network’, su red de amigüitos, y puede fisgonear en las redes ajenas, ver quiénes son los amigos de Giselle Bundchen, Cutufa Ridruejo o Cayetana de Borbón Dos Sicilias de Parma. A partir de ahí, se abre la puerta a posibles intercambios de archivos, mensajes, invitaciones incluso existe la posibilidad de chatear mesenyerilmente cual preadolescentes de barrio en las afueras. Siempre que el otro esté lo admita, claro.
Internet, de nuevo me asombra, y me pongo a los pies de su señora. Surgen comunidades, exclusivas, selectas, privadas, salones venecianos con máscaras de carnaval a los que no estamos invitados. Una representación del mundo a través de las tres uves dobles, un mundo que se expande, pero que también se nos hace más pequeño, con suerte más aprensible, más real, incluso más humano. En las high societys o en la banlieu de Paris. Que cada uno se fabrique su small world, y a lo mejor los naufragios de ciudad son más llevaderos.
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Eduardo Laporte
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