Los jóvenes (I)
17.11.05 @ 11:50:22. Archivado en Boutades
Ayer conocí a tres informáticos de veintipocos, cada uno de una de las 17 españitas que tenemos por ahí repartidas, como colonias dentro de la península. Gente maja. Uno, de Valencia, no conocía a Coldplay, y el otro, catalán de Santa Coloma de Gramelet, que decía que era de Barcelona (ahhh, menosprecio de aldea, alabanza de corte, ¿o era al revés?), no había oído hablar de los kebaps, hasta que acabó desvirgándose y con salsa libanesa por las comisuras.
El tercero sólo pensaba en los asuntos amatorios, a lo que el catalán recordó una máxima, que definía los mínimos necesarios para interesarse por una mujer: “Que pese más que un pollo, que haya hecho la comunión y/o que no lleve más de tres días muerta”. Entiéndase que el punto de la comunión no implica unas empatías confesionales, a ver si la CONCAPA lo iba a celebrar cómo un éxito.
No sé, pensaba intentar ahora un sesudo análisis de quiénes somos y adónde vamos basado en un artículo que leí el domingo de Vicente Verdú titulado ‘La época sin prestigio’. Otro día, mejor. Resulta que en tomando unas cañas latinas apareció una chinita traficanta de música a tres euros. Por piratear un poco, y jugar también un poco a ser joven, hombre de mi tiempo, supercool, le compré el último disco de Coldplay, sí, señores, música aztual. Y el informático valenciano me dice que no sabe quienes son, como si aquello fuera, yo que sé una antología del gran Franco Battiato. “Pero si son los sucesores de U2”, le espeto soltándole un felipillo por molestar un poco. Se queda callado y se pone a hablar de la Campus Party y de los 150 cd’s que se bajaba. ¿De qué música? Me pregunto.
No hay pista búlgara, no hay referentes comunes, no hay tablas de la ley para todos, más allá del odio al reggaeton, el amor al sexo, quizá Torrente, la bebida, el fútbol y las fiestas patronales. Pienso en Nirvana, puede que fuera el último grupo generacional, sí, por qué no. El suicidio de Kurt Cobain dio paso a otra era (puede que esta teoría repentina cuente con teóricos previos), inconmensurable e inasible como los almacenes de Amazon.com, una cosa difusa y que se nos escapa, que no sabemos si existe siquiera. Como Internet. Como Madrid. Tenerlo todo y no tener nada. Cada uno somos nuestras nueve o diez páginas webs incluidas en nuestros particulares Favoritos. Difícil esto de encontrarse en ese ciberespacio que hemos construido, en este caleidoscopio borracho y con astigmatismo.
Mira, de pronto, me encuentro a un viejo amigo de Pamplona. Nos introducimos en nuestra propia pista búlgara, una aorta común de la que tiramos hasta casi secarla, una época en la ciudad vieja en que hubo algo así como una especie de movida, con grupos, bares a los que ir, conciertos, festivales y cosas así. Aludimos a amigos en común, que todavía persisten en esa carrera musical que no fue flor de una noche de verano adolescente y a una página en que aparecen. Bananas, gente que edita sus discos en vinilo. Dice que se puede escuchar allí su música, pincho y no funciona. “Buena puta mierda”, es el apartado donde se incluyen a esos grupos de ese underground contemporáneo. Todo muy transgresor… y desierto.
Los jóvenes, hoy, todo un poco así.
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Eduardo Laporte
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