Humor negro
10.11.05 @ 22:21:22. Archivado en Misceláneo
Tarde de noviembre, metro de Madrid, en una línea normal (bueno, circular), con gente normal y abrigos normales, donde nadie piensa en otra cosa que sus preocupaciones normales, en esa hora tan normal como las 18.32. Tan normal como las 7.39 de un 11 de marzo de 2004.
De pronto, hacen aparición dos locoides disfrazados como de duendecillos del bosque y jugadores de béisbol, algo difuso, con esos sombreros élficos y triangulares sobre la cabeza. Empiezan a arengar al personal: “Primer y único espectáculo del Teatro Mágico…, chasquido igual a aplauso…, chasquido igual a aplauso”. Hay señoras con reuma, ecuatorianos que no entienden bien, amas de casa apocadas, un tipo con aspecto de profesor que busca complicidad en mi mirada fruncida, miradas incómodas, fastidiadas. La gente que quiere ver un show se va al teatro Alcázar, me amarga esta tortura vespertina gratuita.
“Venga, no sean tímidos… No me han oído, chasquido igual a palmada”. Un grupo de estudiantas con manoletinas les siguen el juego, con sus risas metalizadas en el ortodoncista. Ríen, mecen sus melenas, aplauden. ¡PLAS!
Parece que estoy metido en uno de esos telefilmes angustiantes de la sobremesa, esos telefilmes que son de una ficción tan real como el secuestro del colegio de Beslán, y otras desgracias que no me vienen ahora a la cabeza. Uno de los dos elfos sudorosos, el que lleva la voz cantante, tiene la piel tostada, y por un momento me asusto por partida doble: porque pienso que es árabe, y porque pienso que soy un racista. Qué queréis. También nos asusta ver una mochila en un vagón de tren de cercanías y nadie es misomóchilo, esto hay que dejarlo claro.
No parece un fundamentalista islámico, ciertamente, pero lo que está claro es que ambos personajes están completamente chalados, o al menos lo demuestran: “Ah, ¿usted se baja aquí?, que suerte ha tenido. Miren, se baja en Metropolitano, qué afortunado”, y le apunta con algo que simula ser una cámara. Siento un raro, inusitado, acojono del que me avergüenzo. Quedan bastantes paradas hasta Avenida de América. Y descubro que tienen algo peor que una mochila, un macuto bastante considerable que puede contener cualquier cosas: bolas circenses de colorines o goma2 de la buena.
Siento también otro mal rollo ante lo que podría considerarse como un cuadro paranoide. Pero noto que no soy el único achantado. “Esto es un espectáculo televisivo, no me hagan bajar la audiencia, no queremos que baje la audiencia, ¿verdad…?” El guión es penoso, no hay lógica, es una sarta de paridas inconexas. Y escucho esto, y se me revuelve un poco el estómago: “Verán ruedas girar, piernas volando y juegos malabares”.
El mal rato continúa un poco más. Después, como si hubieran hecho unos cuantos “más difícil todavía” se disponen a pasar la gorra, y noto que el personal permanece impávido, tan sólo las estudiantas les ríen las gracias. No parece que recauden muchos euros, pero siguen dando brincos por los vagones, como si hubieran consumido ración extra de setas mágicas de algún druida generoso. Mientras, sueltan una frase que al menos me produce cierta risa: “Hagan el amor todos los días del año”. Se bajan, para alivio de los viajeros, en Rep. Argentina y dedican una larga y sentida reverencia al convoy, esperando una ovación inmerecida que no llega. El metro arranca y ellos siguen agachados y todos respiramos ya, y sentimos las corbatas aflojarse y la Avenida de América como una salida de emergencia balsámica y acogedora.
No está el metro para bollos.
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Eduardo Laporte
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